Nueve con noventa y nueve Capítulo 20 — Vuelta #2
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Capítulo 20 — Vuelta #2

Nos detenemos junto a la máquina de café. Hay cola. Tres personas delante. Dos hablan de la reunión. La tercera mira el móvil. En la pantalla de la máquina parpadea un aviso de mantenimiento preventivo programado. Andrés lo señala con la cucharilla de plástico que ha traído de no sé dónde.

—Todo está en mantenimiento preventivo menos nosotros.

—Nosotros también.

Me mira.

—Eso ha sonado raro incluso para ti.

No respondo. Pide café. Yo agua. La máquina tarda en llenar el vaso. Andrés golpea la cucharilla contra el borde del envase vacío de yogur que todavía lleva en la otra mano.

—Oye —dice—. Lo de la web.

—¿Qué?

—Nada. Sigue igual.

Bajo la vista al vaso de agua.

—No responde.

—No. —Se encoge de hombros—. Igual mejor.

Eso sí es nuevo.

—¿Mejor?

—Sí. No sé. A lo mejor hay puertas que conviene que no abran siempre.

Lo dice sin mirarme, pendiente de que la máquina termine. La frase no parece suya. O quizá empieza a serlo. Recoge su café y se aparta para dejar sitio al siguiente.

—Olvídalo —añade—. Estoy filosófico por falta de azúcar.

Se va hacia su mesa. Yo me quedo un segundo más junto a la máquina. El aviso de mantenimiento sigue parpadeando. Programado. Preventivo. Dos palabras que no arreglan nada y, aun así, permiten que la máquina continúe aceptando monedas.

A mediodía recibo un correo de Marta. Asunto: Q3 / validaciones pendientes .

«Necesito saber si los nuevos controles afectan al acceso externo de la campaña. Comercial quiere fecha. Si puedes, lo vemos hoy antes de las cuatro».

No hay saludo. No hay residuo del parque. No hay hotel. No hay Romero. El correo podría pertenecer a cualquier lunes. Contesto a las tres y media. Ella responde dos minutos después.

«Sala 4».

Miro la respuesta hasta que la notificación desaparece de la esquina de la pantalla. Después abro el documento de campaña y trabajo.

A las dos bajo a comer solo. No voy a la cafetería.

Salgo a la calle y compro un bocadillo en la tienda de la esquina.

Me siento en el mismo banco de hormigón donde miré la fachada después de la caída de Romero.

Desde allí, el edificio sigue sin permitir diferencias.

La planta de Auditoría, la de Dirección, la de Marketing, la nuestra.

Todo queda cubierto por la misma piel de cristal. Como despacio.

Un grupo de empleados sale por la puerta principal.

Hablan de vacaciones, de guarderías, de una hipoteca que ha vuelto a cambiar de cuota.

Nadie menciona la reunión de la mañana. Nadie menciona a Romero.

La institución ya ha empezado a absorberlo.

Primero con silencio, luego con procedimiento, después con olvido útil.

Cuando termino, doblo el papel del bocadillo y lo tiro en una papelera. Esta vez no lo guardo en el bolsillo.

A las tres y media entro en la sala 4. Marta ya está allí. Tiene el portátil abierto y dos documentos impresos sobre la mesa. No se levanta. No sonríe. Señala la silla frente a ella.

—Gracias por venir.

—Es trabajo.

—Por eso.

Me siento. Durante veinte minutos revisamos la campaña.

Permisos, accesos, validaciones, nuevos controles, plazos.

Marta habla con la misma precisión de antes.

No hay temblor. No hay acusación. No hay tregua.

Hay dos profesionales colocando una campaña dentro de un procedimiento que acaba de endurecerse por un daño que ninguno de los dos puede nombrar ahí.

—Si aplicamos doble validación, Comercial pierde dos días —dice.

—Los pierde.

—No puedo recuperar esos dos días por otro lado.

—No sin abrir otra excepción.

Marta deja el bolígrafo sobre la mesa.

—Entonces no la abro.

La frase tiene una segunda vida. Los dos la oímos. No la comentamos. Sigo revisando el documento. En la última página, una celda queda marcada en amarillo. Acceso externo pendiente de aprobación. Escribo una nota técnica. Marta la lee desde su lado de la mesa.

—Eso nos protege —dice.

—Eso protege al banco.

—Hoy no voy a discutir la diferencia.

Cierra la carpeta. Por primera vez desde que entré, me mira directamente.

—¿Te han escrito?

La pregunta no pertenece a la reunión.

—No.

—A mí tampoco.

Asiento. Marta recoge los documentos. La conversación podría terminar ahí. Debería.

—El lunes siempre ayuda —dice.

—¿A qué?

—A fingir que todo tiene continuidad.

No parece una frase preparada. Tampoco busca consuelo. La dice, guarda el portátil y se levanta.

—Te mando la versión final.

—De acuerdo.

Sale de la sala antes que yo. Me quedo sentado unos segundos. En la mesa hay una marca rectangular donde estuvo su carpeta. Polvo desplazado, nada más. Paso el dedo por el borde y lo retiro enseguida. No quiero dejar una línea visible.

A las seis y media, la oficina empieza a vaciarse. Andrés se despide con una mano levantada.

—Mañana café —dice.

—Mañana.

La palabra sale sola. Contrato mínimo, como él diría. Espero diez minutos más antes de apagar el ordenador. No por trabajo. Por evitar coincidir con nadie en los ascensores. La estrategia ya no tiene la intensidad de antes. Es solo una preferencia logística.

A las siete menos cuarto bajo al parking.

El ascensor se detiene en la planta cero.

Entra un hombre de Legal con una carpeta azul.

Me saluda. Le respondo. Baja en la menos uno.

Sigo solo hasta la menos dos. Mi coche está en la plaza treinta y cuatro de la columna H.

Marta no está en su fila. Eso también es un dato. No sé de qué.

Arranco. Al salir por la rampa, la barrera automática sube con el mismo movimiento de siempre.

El lector ha reconocido mi matrícula. Entrada, salida, horario, usuario.

Todo queda escrito en alguna parte. En la avenida, el tráfico de la tarde avanza despacio.

No hay mensajes en el móvil. No hay llamadas perdidas.

No hay ninguna señal de que la Compañía exista todavía, salvo el orden con que el día ha vuelto a cerrarse sobre mí. Conduzco hasta casa.