Nueve con noventa y nueve Capítulo 19 — Parque #3
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Capítulo 19 — Parque #3

Y dentro de esos vídeos está ella. Esa es la parte que no digo, la que acabo de enterrar bajo un «no» hace cinco minutos.

Marta cree estar en paz, y lo está frente a la Compañía, pero no sabe que en algún servidor hay diecinueve minutos en los que aparece desnuda, fechada, a disposición de quien decida cuándo usarlos.

No los temería para sí, porque ella no debe; los temería por lo que son: una exposición que no eligió y que ni siquiera sabe que existe.

Yo la metí ahí. Y acabo de quitarle la única información que le permitiría saberlo.

—No responden —digo, en cambio—. La web no está. El número tampoco.

—Lo sé. —Cada respuesta suya cierra una puerta que yo ya había encontrado cerrada—. A ti no te van a responder hasta que cumplas. A mí no me van a responder porque ya no me necesitan.

La distinción es exacta. La hace sin crueldad, como una observación de inventario, y es más certera que cualquier cosa que yo haya conseguido pensar en las últimas semanas. Ella es pasado para la Compañía. Yo soy operación en curso.

—Lo sabías cuando pediste —dice—. Lo del puesto. Lo de la candidata. Sabías que alguien pagaba.

—Lo sospechaba.

—Yo también lo sospechaba con lo mío. Lo hice igual. —Mira al frente—. No te lo digo para que estemos a la par. No estamos a la par. Te lo digo para que no te creas distinto.

—Andrés tampoco consigue contactar —digo.

Ahora Marta me mira.

—¿Andrés?

—Sí.

—¿Él también?

—Sí.

La información tarda poco en entrarle. Se le ve en la cara, no como sorpresa, sino como ajuste.

Marta siempre ha sido rápida para ordenar una sala.

También ordena esto. Andrés. Pablo. Ella.

La candidata apartada. Romero. El padre de Andrés.

Otros nombres que no tenemos. Otros sobres. Otros hoteles. Otras pantallas.

—No somos casos —dice.

—No.

—Somos flujo.

La palabra suena a ella. A presentación de campaña. A gráfico descendente. A sala de juntas. Colocada aquí, en el banco frío de un parque sin nombre, pierde la limpieza corporativa y conserva solo el mecanismo.

—No vuelvas a decir eso —digo.

—¿Por qué?

—Porque tienes razón.

Marta aparta la vista. El niño de los columpios se va con su padre. Quedan las cadenas moviéndose solas, muy poco, con un sonido metálico que tarda en desaparecer.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta.

—No lo sé.

—Eso es mentira.

No respondo. No porque no tenga respuesta, sino porque la que tengo no me deja en mejor lugar que el silencio. Los dos sabemos lo que voy a hacer. Voy a volver el lunes. No hace falta que ella me lo recite para que yo lo oiga. Que lo deje sin decir es más duro que si lo dijera.

—¿Y tú? —pregunto.

—Lo mismo. —La respuesta llega sin pausa—. Con Daniel.

Marta mira el anillo. Esta vez sí lo gira un poco. Una vuelta incompleta.

—¿Se lo dirás?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sería verdad completa. Solo sería una forma de quitarme peso y ponérselo a él.

Podría ser justificación. No lo es del todo. Tampoco deja de serlo.

—¿Y tú? —pregunta.

—No tengo a quién decírselo.

—Eso no te hace más libre.

—No he dicho que lo haga.

Un perro ladra al otro lado del parque. Dos veces. Luego se calla. La avenida sigue. Semáforos, motores, pasos. Todo mantiene su horario.

Marta recoge el móvil que había dejado sobre el banco y lo guarda en el bolsillo del abrigo.

—No he venido a perdonarte —dice.

—No lo he pedido.

—Tampoco a que me perdones.

—No podría.

—Bien.

Se levanta. No se ajusta el abrigo. No mira hacia la zona infantil. No me toca el hombro. La escena no ofrece ningún gesto que pueda confundirse con reconciliación.

—Si te escriben —dice—, si vuelven a aparecer, quiero saberlo.

—No sé si podré avisarte.

—No he dicho que puedas.

Da un paso hacia la avenida. Luego se detiene.

—Pablo.

Levanto la vista.

—El hotel no fue tu peor momento.

No pregunta si entiendo. Sigue caminando.

La veo alejarse por la línea de baldosas.

Cruza junto a la fuente sin pulsador, pasa frente a la estructura de hormigón y sale a la acera de la avenida.

En el semáforo, espera con las manos en los bolsillos del abrigo.

Cuando cambia la luz, cruza sin mirar atrás.

El abrigo gris se mezcla con otros abrigos, otras personas, otros movimientos de sábado por la mañana.

Después desaparece detrás de un autobús detenido.

Me quedo en el banco. El metal ya no está frío. O yo he dejado de registrarlo.

En el suelo, junto a mi zapato, hay una brida de plástico cortada.

Alguien la usó para sujetar uno de los árboles jóvenes y luego la dejó allí, abierta, inútil.

La recojo. Tiene un extremo dentado, casi transparente.

La doblo entre los dedos hasta que marca una línea blanca y vuelve a su forma. No la tiro.

El parque sigue funcionando sin nosotros. Un hombre hace estiramientos junto al carril bici. Una mujer coloca una manta bajo un árbol pequeño y saca un libro. Un repartidor cruza por la acera empujando una bicicleta con la rueda trasera pinchada.

Miro hacia la avenida por donde se ha ido Marta. No hay nada que ver.

A las nueve y dieciséis, me levanto. Camino hasta la papelera. Abro la mano. La brida cae dentro, sobre un vaso de cartón aplastado y un folleto de comida a domicilio. Después salgo del parque por el lado contrario.