Capítulo 19 — Parque #2
—Que me eligieran a mí. —La frase no ocupa mucho espacio—.
Dos semanas después, apareció una filtración en un informe que llevaba la firma de ella.
No era grave al principio. Después lo fue.
Un archivo enviado a quien no debía, una cadena de correos incompleta, una captura fuera de contexto.
Todo pequeño. Todo verificable. Nadie pudo decir que aquello no había ocurrido.
—¿Lo hiciste tú?
—No.
Lo dice demasiado rápido para que parezca defensa y demasiado seco para que parezca mentira.
—Eso fue lo peor. No tuve que hacer nada. Solo esperar. La apartaron de la candidatura, primero. Después del proyecto. Después de la planta. Me dijeron que era una decisión difícil, que confiaban en mí, que el momento exigía a alguien con energía. Usaron esa palabra. Energía.
Marta se queda callada. Un camión de reparto se detiene frente a la panadería de la esquina. El conductor baja con una carpeta en la mano. Desde aquí no se ve el interior del local, solo la puerta abriéndose y cerrándose.
—La vi recoger sus cosas —dice Marta—. No una caja. Una mochila y dos carpetas. No lloró. Eso lo recuerdo. Habló con Recursos Humanos en una sala acristalada. Cuando salió, llevaba la acreditación en la mano. Como si no supiera dónde dejarla.
Marta mira sus propios dedos.
—Yo entré en su despacho una semana después.
No dice el nombre. No se lo pregunto. La omisión queda entre nosotros como otro objeto sobre el banco.
—Luego llegó el hotel —dice.
—¿Como contraprestación?
—Sí.
—¿Te dijeron quién iría?
—No. Una habitación. Una hora. El aviso de que debía estar allí y cumplir lo que se me pidiera dentro de unos límites que parecían legales porque estaban redactados como si lo fueran.
Marta suelta una risa breve. Sin humor. Casi una expulsión de aire.
—Leí las condiciones tres veces. Eso me pareció una forma de control.
El niño de los columpios salta antes de que el asiento se detenga. Cae bien. El padre levanta el pulgar sin acercarse.
—Cuando abriste la puerta —dice Marta—, entendí dos cosas.
No la miro.
—La primera, que tú habías pedido algo. —Miro el hormigón de la estructura frente a nosotros. Alguien ha escrito una inicial dentro de un corazón y luego ha rayado encima hasta dejar solo una mancha—. La segunda, que no era casualidad que fueras tú.
El banco parece más estrecho.
—Yo te pedí a ti —digo.
Marta no reacciona. Ya lo sabía. O lo había terminado de saber antes de que yo lo dijera.
—Lo sé.
Y lo que pasó en la habitación lo sabe también, porque estuvo, porque lo hizo ella misma con las manos y la calma con que se ordena una sala.
No tengo que decirle qué pedí. Lo pedí y lo obtuve, y ella lo administró de principio a fin.
La palabra que en el formulario era abstracta —una casilla, un término técnico— tiene ahora una hora, una habitación y un cuerpo.
Lo que ella no sabe es que también tiene una duración exacta, diecinueve minutos y cuarenta y siete segundos, en un archivo que acabo de jurar que no existe.
Eso me lo guardo. Está sobre el banco, entre los dos, sin que ella pueda verlo, igual que su móvil apagado.
Aun así, algo me empuja a hablar, y es la peor clase de impulso: la de quien quiere que lo absuelvan por confesar una parte mientras esconde la otra.
—No te pedí solo eso —digo—. O sí. No lo sé.
—Lo sabes. —Marta gira la cabeza muy despacio—. Estuve allí. No hace falta que lo formules mejor de lo que lo formuló tu cuerpo.
Tiene razón. No hay nada que yo pueda decir aquí que no haya quedado ya escrito allí, en lo que hicimos, con más exactitud de la que tienen mis palabras.
Y hay una versión todavía más exacta, fechada, que solo yo he visto y de la que acabo de negar la existencia.
Cada cosa verdadera que digo ahora se apoya en esa mentira de debajo, y la mentira la sostiene todo, como un suelo que no se ve.
—Gracias por no fingir que fue otra cosa —dice. No suena agradecida.
—No sé fingir bien.
—Sí sabes. Lo has hecho durante semanas.
El golpe entra porque no viene acompañado de fuerza. No contesto.
Marta vuelve a dejar la vista en la avenida.
—Yo también he hecho daño a alguien que tenía cara. —La frase estaba preparada. No ensayada. Preparada—. No necesitas decirme quién.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—No es para protegerte.
—Lo sé.
—Es para que no puedas usarlo.
Eso sí me hace mirarla. Marta tiene la cara quieta. No hay dureza añadida. Solo una claridad que no le había visto en las reuniones, ni en el pasillo, ni en la habitación. Allí su desnudez había sido física, un instrumento. Aquí es otra cosa. Más exacta, y por eso peor.
—¿Usarlo para qué? —pregunto.
—Para equilibrar. Para decirte que lo mío fue peor, o que lo tuyo fue distinto, o que los dos somos víctimas de algo que nos supera. Para encontrar una forma limpia de seguir respirando.
Un semáforo peatonal cambia a verde. Tres personas cruzan la avenida. Una de ellas empuja un carrito vacío de supermercado. Las ruedas delanteras vibran en cada junta del asfalto.
—No hay forma limpia —dice Marta.
No responde nadie. El móvil de Marta sigue boca abajo entre los dos. No vibra. No se ilumina. Un rectángulo negro, apagado por voluntad humana. La diferencia entre ese móvil y el mío queda ahí, sobre el banco, sin que ninguno la señale.
—Lo de Romero —dice.
El nombre cae por primera vez fuera del banco.
—Sí.
—¿Lo hiciste tú?
No pregunta si participé. No pregunta si sabía. Pregunta la única cosa que puede preguntarse.
—Sí.
El sí no pesa lo suficiente. Ningún sí pesa lo suficiente para lo que confirma.
—¿Sabías a quién iba a afectar?
—No.
—¿Y después?
—Después sí.
Marta asiente una vez.
—¿Lo viste?
La caja. El maletín. La corbata torcida. Los nudillos blancos. La manera en que miró los números del ascensor sin saber que el hombre a su lado le había abierto una puerta en el suelo.
—Sí.
—¿Te reconoció?
—No.
Marta cierra los ojos. Cuando los abre, mira al frente.
—Eso es lo peor, a veces.
No pregunto qué quiere decir. Lo sé. Ser visto permite algo. Una acusación. Una escena. Un lugar donde colocar el daño. No ser visto deja el daño flotando sin destinatario visible, como una operación sin firma.
—¿Tú esperas algo de ellos? —pregunto.
Marta tarda en contestar. No mucho.
—No. Yo pedí, me cumplieron, fui al hotel. Estamos en paz, ellos y yo. —Lo dice sin alivio, como quien lee un saldo a cero que no por estar a cero deja de pesar—. Lo que me dieran después no sería un cobro. Sería otra cosa.
Otra cosa. La palabra queda en el aire y no la recoge.
No le hace falta. Ella cumplió su parte y la Compañía cumplió la suya, y por eso no tiene nada que temer de ellos, ningún archivo colgando sobre su cabeza, ninguna deuda que la obligue.
Está limpia. La que no está limpia soy yo, que todavía no he pagado, que recibí los vídeos como recibe una advertencia el que aún debe.