Capítulo 17 — Silencio
Llego al banco antes de las ocho del lunes.
No hay ninguna razón operativa. Mi calendario empieza a las nueve y media.
A esa hora, la cuarta planta tiene una actividad incompleta, de edificio encendido por sectores: dos puestos ocupados, una impresora inicializando bandejas, una sala de reuniones reservada sin nadie dentro.
En Auditoría han cambiado las placas durante el fin de semana.
El nombre de Romero ya no está en la puerta de su despacho.
Hay una etiqueta provisional con el nombre de otra persona, impresa en papel normal y pegada por dentro del plástico transparente.
La alineación está torcida medio centímetro. Sigo caminando.
En mi mesa, enciendo el ordenador. La pantalla corporativa aparece con su secuencia habitual: logotipo, aviso legal, usuario, contraseña, segundo factor. Todo responde a la primera. El sistema del banco se comporta con una obediencia que no ayuda.
Abro el navegador. No entro en la intranet. No reviso el correo. Tecleo la dirección de la Compañía. La sé de memoria; la he escrito pocas veces, pero la secuencia está en los dedos con la misma precisión que una contraseña antigua. Pulso Intro.
La pestaña queda en blanco. Durante varios segundos, el navegador no muestra error.
Solo la barra de carga detenida a la izquierda, una línea mínima, incompleta.
Después aparece una página blanca con un bloque de texto en el centro.
No es un cuatrocientos cuatro. No es un quinientos.
Tampoco un problema de DNS. El mensaje no pertenece a ninguna familia de errores que yo reconozca.
«Solicitud no direccionable».
Debajo hay una cadena alfanumérica de treinta y dos caracteres.
Ningún enlace. Ningún botón. Ningún identificador de servidor.
Copio la URL y la pego en una ventana privada.
Mismo resultado. Pruebo desde otro navegador.
Mismo resultado. Cambio la conexión al punto de acceso del teléfono y vuelvo a escribir la dirección, carácter por carácter, sin usar el portapapeles.
«Solicitud no direccionable».
La cadena cambia. Copio las dos en un documento de texto.
Las comparo. No hay patrón visible. No hay prefijo común.
No hay marca horaria legible. No hay nada que pueda llevar a un servidor, a una ruta, a una pasarela de pago.
Borro el documento sin guardarlo. No sé por qué lo hago.
O sí. Un archivo con dos errores imposibles es menos útil que un error imposible dentro de la cabeza.
A las once salgo a la calle. En el calendario marco una ausencia de treinta minutos con el título « gestión externa ».
No compromete nada y cubre demasiado. Camino dos manzanas hasta una pausa urbanística entre dos bloques, con tres árboles jóvenes sujetos por tutores metálicos y una fuente que no funciona.
Me siento en el banco más alejado de la avenida.
Busco en el teléfono la página donde apareció el primer enlace hace dos años.
No era una web de la Compañía. Era un comparador de préstamos rápidos, una página secundaria que usé una noche por aburrimiento, o por algo que entonces llamé aburrimiento.
Entre dos anuncios había un rectángulo gris sin diseño.
Lo recuerdo por su pobreza. Tres palabras, una flecha, nada más.
La página sigue existiendo. El rectángulo no.
En su lugar hay un anuncio de una financiera con nombre inglés y una familia sentada alrededor de una mesa demasiado limpia.
Actualizo. Seguros dentales. Actualizo. Telefonía.
Otra vez. Un curso de inversión para principiantes. Ningún rectángulo gris. Ninguna flecha.
Reviso el historial antiguo sincronizado en la cuenta.
La visita de hace dos años no aparece. Hay huecos en esa semana.
Páginas antes. Páginas después. Ese enlace no.
Un hombre con traje gris se sienta en el otro extremo del banco y abre una fiambrera.
Come arroz con una cuchara de metal. No mira hacia mí.
Tengo un contacto guardado con un nombre neutro: « Servicio ».
Lo creé después del primer deseo, cuando el número llamó para confirmar la entrega del sobre.
Entonces me pareció prudente. Ahora parece una broma pobre de alguien que no quiso escribir lo que sabía.
Abro el contacto. Número móvil. Sin foto. Sin dirección. Sin notas.
Escribo un mensaje. « He cumplido. Necesito confirmación de eliminación ». Lo leo dos veces. Borro « necesito ». « He cumplido. Solicito confirmación de eliminación ». Lo envío. El mensaje queda con una sola marca gris. Espero cinco minutos. La marca no cambia.
Llamo. La pantalla muestra el número durante tres segundos.
Después no aparece el contador de llamada.
Tampoco comunica. No hay locución de fuera de servicio.
Oigo tres pulsos breves, separados por intervalos idénticos.
Luego una línea continua, baja, que no se parece al tono de ningún operador.
Cuelgo. Llamo otra vez. Tres pulsos. Línea continua.
Cuelgo. El hombre de la fiambrera termina de comer, encaja la tapa y se levanta sin haber mirado una sola vez hacia los árboles.
Vuelvo al banco. Valido lo que está en la cola de tareas, no porque importe, sino porque una cola de tareas tiene una lógica más soportable que un contacto sin respuesta.
A las seis y media apago el ordenador y bajo solo al parking.
El ascensor se detiene en la segunda planta.
No entra nadie. Las puertas permanecen abiertas dos segundos y vuelven a cerrarse.
En casa no enciendo el portátil hasta después de cenar. El gesto de esperar no modifica nada. Solo retrasa la comprobación. A las veintiuna y cuarenta y tres abro la tapa. La dirección no está en el historial. La escribo otra vez.
«Solicitud no direccionable».
Otra cadena. La copio en una libreta de papel, a mano. Treinta y dos caracteres. Al terminar, comparo la línea escrita con la pantalla. Hay un error en el carácter diecinueve. Lo tacho y lo corrijo encima. El resultado parece una contraseña de algo que no tiene puerta.
El jueves por la mañana no voy. Llamo a Recursos Humanos al tercer tono. Al otro lado, una mujer pronuncia mi nombre antes de que yo termine de identificarme. Tiene la pantalla delante. Eso ahorra tiempo.
—No voy a poder ir hoy —digo.
Hay una pausa breve. No de preocupación. De procedimiento.
—¿Baja por enfermedad?
—Por malestar. Necesito cuarenta y ocho horas.
Oigo un teclado. Tres pulsaciones.
—Registramos ausencia justificada. Necesitaríamos justificante si se prolonga.
—No se prolongará.
La frase sale antes de que pueda medirla. La mujer la acepta como acepta cualquier dato que encaja en una casilla. No hay compasión en una llamada así. Tampoco crueldad. Solo un hueco administrativo abierto durante dos días y cerrado con una etiqueta suficiente.
La casa tiene la luz plana de las mañanas laborables cuando uno no sale. No parece una casa distinta. Parece la misma casa vista desde un horario equivocado. La mesa baja conserva una marca circular del vaso de la noche anterior. En el respaldo de la silla sigue colgada la americana.
Durante la primera hora no hago nada que pueda llamarse decisión.
Me levanto dos veces para ir a la cocina.
Abro la nevera. La cierro. Bebo agua del grifo.
Dejo el vaso en el fregadero sin usarlo.
A las nueve y cuarto, el calendario recuerda una reunión de seguimiento.
La alerta aparece y se apaga sola. No la cancelo.
La reunión seguirá sin mí. Alguien compartirá pantalla.
Andrés hará una broma. Nadie mencionará mi silla vacía más de lo necesario.
La ausencia también tiene un tamaño. La mía cabe en una línea de calendario.
El hotel vuelve sin que lo llame. No la habitación entera.
Por partes, aunque ella estuviera entera.
La tarjeta en la ranura. La luz verde. La nuca de Marta.
El giro. La mano de ella en el cuello de mi camisa.
El punto negro del techo. No intento apartar la imagen.
Tampoco la busco. La imagen trabaja sola, y cada vez que termina deja la misma sensación en las manos: la de haber sostenido algo y haberlo roto sin que se notara desde fuera.
Me levanto. Camino hasta la ventana. Desde aquí se ve la avenida secundaria, un semáforo, la marquesina de autobús.
A las diez y media pasa el camión de reparto del supermercado.
Un hombre baja cajas azules y las apila junto a la puerta lateral.
La vida exterior conserva horarios. Yo he salido del mío.
Abro el correo corporativo desde el acceso remoto.
Hay un mensaje de Andrés. Asunto: « Te han dado por muerto ».
Lo abro. « Nuria pregunta si sobrevives.
He dicho que sí, pero sin garantías técnicas.
Descansa. » No respondo. Busco el nombre de Eduardo Romero en la intranet.
La ficha sigue ahí, pero ya no aparece en el organigrama visible.
El sistema tarda más de lo normal en cargar la foto.
Cuando aparece, la miro sin acercar la pantalla.
Traje, gafas, fondo neutro. No es la cara del ascensor.
La foto pertenece a un hombre que todavía tenía una oficina. Cierro la sesión.
Abro la aplicación bancaria. El cargo sigue ahí. Nueve euros con noventa y nueve céntimos. Concepto: servicio. Fecha, hora, número de operación. Todo normal. Todo inútil. Después reconstruyo de memoria el mensaje de la misión. La ejecución fue correcta. Eso no significa nada.
La Compañía no ha incumplido. Esa es la parte que más cuesta colocar.
No prometió devolver nada en una fecha concreta.
No dijo cuándo terminaría el procedimiento.
No ofreció una vía de reclamación. Acepté una frase con bordes suficientes para que ahora no haya un error al que agarrarse.
En una operación normal, uno busca la cláusula. Aquí la cláusula me busca a mí.
El viernes es el segundo día del permiso y el último que el banco tiene registrado.
No lo distingo del jueves más que por el número en la pantalla del móvil.
Hago café y lo dejo enfriar sin tocarlo.
Escribo una vez más la dirección de la Compañía y obtengo el mismo error, otra cadena distinta.
A media tarde bajo a comprar pan, leche y bolsas de basura.
En el portal, el buzón de publicidad rebosa folletos doblados: comida preparada, un gimnasio nuevo, una tarjeta de cerrajero urgente con el número impreso en rojo.
Cojo la tarjeta sin saber por qué. La leo en la calle.
La tiro en la primera papelera. En el supermercado compro lo que llevo en la lista y tres cosas más que no necesito.
La cajera me entrega el recibo sin mirarme.
Todo lo demás funciona. Vuelvo a casa con una bolsa en cada mano.
El permiso termina aquí, en el papel. El fin de semana lo prolonga sin que nadie lo haya autorizado.
El sábado no tiene forma. Me despierto tarde, aunque no he dormido más.
Lavo dos camisas y las tiendo en un soporte plegable dentro del salón.
El agua cae de los puños y forma tres manchas oscuras en el suelo.
Las seco con papel de cocina y después dejo el papel húmedo sobre la encimera y se me olvida tirarlo.
Por la tarde vuelvo a la novela inglesa.
El protagonista ha entrado en una casa que fue suya y no reconoce la disposición de los muebles.
Leo dos páginas. Luego vuelvo atrás porque no he entendido nada.
No porque el texto sea difícil. Porque cada frase termina en otro sitio.
El domingo hago la cama, aunque no suelo hacerla los domingos.
La hago porque las sábanas revueltas tienen una forma que no quiero seguir mirando.
Limpio la cocina. Tiro la sopa del otro día, el papel húmedo, dos envases caducados.
Froto la encimera hasta que no queda nada adherido.
La limpieza no modifica la casa. Solo cambia el reparto de residuos.
Por la tarde preparo la camisa blanca para el lunes.
La plancho siguiendo las costuras. Cuello.
Puños. Delantero derecho. Delantero izquierdo.
Espalda. La cuelgo del respaldo de la silla y abro los dos primeros botones para que no parezca recién preparada.
Luego limpio los zapatos. La crema negra deja una mancha en el paño.
Froto hasta que la piel recupera un brillo discreto.
No demasiado. El brillo excesivo siempre parece una solicitud de atención.
A las nueve ceno algo que no recuerdo mientras lo como.
Compruebo la alarma del móvil. Siete en punto.
De lunes a viernes. El permiso ha terminado.
El fin de semana también. No ha llegado ningún mensaje.
La Compañía no necesita cerrar una conversación que nunca abrió de verdad.
Los archivos existen en algún lugar, o en todos, y quedan pegados a mi vida con una exactitud que no requiere presencia.
No encima. No visibles. No teatrales. Incorporados al horario.
Dejo el portátil abierto sobre la mesa mientras recojo la cocina.
La pantalla pasa al modo de reposo. No se apaga del todo.
Solo reduce la luz hasta dejar un rectángulo oscuro sobre la mesa.
En ese rectángulo aparece mi cara. No entera.
La frente, un ojo, la línea de la boca. Lo suficiente para reconocer al hombre que ha cumplido una orden y no tiene recibo.
Toco una tecla. La pantalla vuelve al blanco.
La dirección, cuando la escribo por última vez antes de cerrar, sigue devolviendo lo mismo.
No hay instrucciones. No hay confirmación.
No hay borrado. Lo dejo todo en su sitio: el portátil cerrado, la camisa en la silla, el móvil boca abajo sobre la mesilla. Mañana es lunes.