Nueve con noventa y nueve Capítulo 16 — Cara
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Capítulo 16 — Cara

Esa noche no duermo.

No es insomnio al principio. Es una administración defectuosa del descanso. Me tumbo, apago la luz, cierro los ojos y espero a que el cuerpo haga lo que hace siempre después de un día largo. Respirar más despacio. Soltar la mandíbula. Perder el orden de los pensamientos.

No ocurre.

La habitación permanece quieta. La sábana se pega a la pierna derecha. El reloj de la mesilla marca la una y diecisiete. Después la una y veinticuatro. Después la una y treinta y nueve.

No miro el móvil.

Miro el techo.

La caja de cartón vuelve sin pedir permiso.

No vuelve entera. Primero aparece una esquina vencida, blanda por el peso.

Luego la mano de Romero debajo, los dedos abiertos para sostenerla desde abajo.

Luego los nudillos, blancos, tensos para un hombre que intenta salir del edificio como si solo terminara una jornada más.

El maletín en la otra mano. La corbata torcida.

La cara limpia, cansada, sin entender todavía qué parte de su vida ha dejado de pertenecerle.

Me incorporo.

Voy a la cocina y lleno un vaso de agua. Bebo de pie, junto al fregadero. En la encimera hay una miga endurecida de pan. La retiro con el dedo y la dejo en la palma. Es pequeña. Podría tirarla. No lo hago hasta que el agua termina de bajar por la tubería.

Vuelvo al dormitorio.

La cama conserva la forma de mi cuerpo. Me tumbo en el otro lado, como si eso modificara algo. A los seis minutos, la caja vuelve.

Esta vez Romero no está en el ascensor.

Está en mi salón.

No como una aparición. No hay nada de sueño todavía.

Solo una imagen mal colocada. Romero está junto a la mesa baja, con la caja entre las manos, esperando a que yo le diga dónde dejarla.

No me mira con reproche. Eso sería más fácil.

Me pregunta si pesa demasiado la parte de abajo. Le digo que no. Le señalo el sofá.

Después sí duermo.

El sueño no tiene la forma que corresponde.

No es una pesadilla. No hay persecución, ni caída, ni grito.

Estoy en el parking del banco, pero el parking está iluminado como una cocina de domingo.

Romero camina delante de mí con la caja de cartón.

Yo llevo el maletín. Bajamos por una rampa que no existe en el edificio.

Él me dice que tenga cuidado con la esquina.

Yo asiento. La caja contiene carpetas, una taza, un portarretratos boca abajo y un cargador de móvil enrollado con una goma.

Llegamos a su coche.

No sé qué coche es. En el sueño, eso no importa. Romero abre el maletero y me pide que coloque primero el maletín, para que no aplaste los papeles. Lo hago. Después deja la caja encima. La caja encaja mal. Hay que girarla un poco. Entre los dos la acomodamos hasta que el portón puede cerrar.

—Gracias —dice.

No me reconoce.

Me despierto a las cinco y cincuenta y dos.

La habitación está empezando a aclararse. No ha sonado el despertador. El cuerpo ha decidido terminar el sueño antes de que el sueño encuentre una salida.

Me levanto.

El jueves y el viernes pasan sin ofrecer nada que merezca conservarse. Trabajo, vuelvo a casa, duermo mal. El sábado no tiene estructura propia. Por eso conviene dársela.

Hago la cama. Pongo una lavadora. Tiro dos recibos viejos. Ordeno los libros de la estantería por tamaño, no por autor, porque el tamaño ofrece menos discusión.

A las once y media, Andrés escribe.

«Te vienes a comer fuera. No es pregunta.»

Miro el mensaje hasta que la pantalla se apaga. Lo vuelvo a encender.

Contesto: «¿ Dónde? ».

Me manda una ubicación y una hora.

El bar está a veinte minutos andando de mi casa, en una calle secundaria con árboles jóvenes protegidos por rejillas metálicas.

No es un sitio de oficina. Las mesas son estrechas, la carta está escrita en una pizarra y hay una televisión sin sonido sobre la barra.

Juegan dos equipos que no conozco. El marcador cambia una vez mientras entro.

Andrés ya está sentado en una mesa del fondo.

Lleva una camisa de cuadros y unas zapatillas blancas muy limpias para un sábado. Tiene una cerveza delante y un plato de aceitunas que no ha tocado. Me saluda levantando dos dedos.

—Has venido —dice.

—Me lo has ordenado.

—Funcionas mejor así.

Me siento frente a él. La mesa cojea. Andrés dobla una servilleta y la coloca bajo una pata sin mirar. Lo hace con precisión de hombre acostumbrado a corregir problemas pequeños antes de que se conviertan en tema.

—Tienes mala cara —dice.

—Gracias.

—No era una crítica. Era un informe.

Pide dos platos y otra cerveza sin preguntarme. La camarera asiente desde la barra. Andrés sabe ocupar los sitios. A los cinco minutos parece que conoce al dueño, a la camarera y al equipo que juega en la televisión.

Yo miro las manos de la camarera cuando deja los vasos.

No tienen nada que ver con Romero.

Aun así, la memoria coloca una caja entre sus dedos.

—¿Estás aquí? —pregunta Andrés.

—Sí.

—Eso ha sido una respuesta muy de no estar.

Bebe.

—Mira, no voy a preguntarte qué pasa porque entonces dirás que nada y yo tendré que fingir que te creo. Nos ahorramos el teatro. Comemos. Hablamos de cosas normales. La gente sobrevive así desde antes de que existieran los departamentos de Riesgos.

—¿Qué son cosas normales?

—Fútbol, alquileres, vacaciones, padres, enfermedades leves, precios absurdos.

—Ambicioso.

—Realista.

Traen los platos. Andrés empieza a hablar de su hermana, que ha decidido cambiar de trabajo porque dice que su empresa la consume, aunque su empresa fabrica material de oficina y cuesta imaginar una forma más lenta de ser devorado.

Habla de su novia, a la que todavía no he visto nunca, y de una discusión sobre comprar o no una freidora de aire.

Habla de su padre sin la ligereza del capítulo de la cafetería, pero tampoco con gravedad.

Dice que está mejor. Dice que su madre ha vuelto a llamar a sus amigas por teléfono.

—No es perfecto —dice—. Pero nada lo es.

Corta un trozo de tortilla con el borde del tenedor.

—A veces basta con que algo deje de romperse todos los días.

La frase tendría que quedarse donde está. En su familia. En su plato. En la superficie irregular de la tortilla.

No se queda.

Romero aparece en el ascensor con la caja. El borde inferior cede un poco. Un archivador empuja el cartón desde dentro. Romero cambia el peso de una mano a otra. Los nudillos vuelven a marcarse. Yo miro mi vaso para no mirar su cara.

—Hay soluciones baratas que te salvan media vida —dice Andrés.

La frase sale sin intención. Andrés habla de la freidora. O de su padre. O de cualquier cosa que en su cabeza pertenece al mismo grupo de problemas domésticos corregibles.

Yo levanto la vista.

—¿Qué?

—Que hay cosas que por poco dinero te quitan años de encima. Una freidora, un psicólogo bueno, una persona de limpieza si te lo puedes permitir. Herramientas. Lo del otro día.

—Lo del otro día.

Andrés deja el tenedor.

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como si estuvieras comprobando si también llevo una caja en la mano.

La frase queda entre nosotros más tiempo del que debería.

Andrés no sabe lo que ha dicho. O sabe solo una parte. Su cara cambia apenas. La sonrisa se le queda preparada, pero no termina de salir.

—Era una forma de hablar —añade.

—Claro.

—Pablo.

—Estoy bien.

—No, no estás bien. Pero eso ya lo sabíamos antes de sentarnos.

La televisión cambia de plano. Un jugador protesta al árbitro con los brazos abiertos.

Nadie en el bar le presta atención. En una mesa cercana, dos hombres discuten una factura de teléfono.

En otra, una pareja reparte croquetas en platos pequeños.

Todo sigue funcionando con una precisión indiferente.

Andrés empuja el plato hacia mí.

—Come.

Como.

La comida no arregla nada. Pero obliga a usar las manos para algo que no sea recordar.

Salimos del bar después de las cuatro. Andrés propone una segunda cerveza. Digo que no. No insiste. Caminamos juntos hasta la esquina. Allí él sigue hacia una parada de autobús y yo hacia el centro.

—No te encierres —dice.

—No voy a encerrarme.

—Eso también ha sonado a mentira.

Levanta la mano y se va.

No vuelvo a casa.

Camino sin decidir nada. Las calles del sábado tienen un funcionamiento diferente al de los días laborables.

La gente no avanza en línea recta. Se detiene delante de escaparates, cruza sin mirar, ocupa la acera en grupos.

Todo lo que en una mañana de banco sería ineficiente aquí parece una forma aceptada de existir.

Entro en una librería.

No por Romero. Eso me digo al cruzar la puerta. Entro porque está abierta, porque hace tiempo que no compro nada, porque los fines de semana conviene llevar a casa algún objeto que demuestre que uno ha salido.

La librería es estrecha y larga. La mesa de novedades ocupa el centro. Al fondo hay una escalera corta hacia una segunda sala. Un empleado coloca etiquetas en los lomos de una estantería. No levanta la cabeza.

Paso junto a narrativa extranjera. Después ensayo. Después historia.

En la sección de economía hay un hombre de espaldas, con una americana azul marino y el pelo cano, escaso, peinado hacia la derecha.

Me detengo.

La caja no está.

Eso debería bastar.

El hombre toma un libro del estante y gira apenas la cabeza para leer la contracubierta. Durante medio segundo veo el perfil. Gafas. Nariz. La línea de la mandíbula.

No es Romero.

Me acerco igualmente.

No mucho. Lo suficiente para confirmar una diferencia en la oreja, en la forma del cuello, en la manera de sostener el libro. El hombre deja el volumen en su sitio y se mueve hacia otra balda. No me mira.

Vuelvo a la mesa de novedades.

Cojo una novela cualquiera. Leo la primera frase. No la retengo. En la cubierta hay una casa junto a un lago. El agua ocupa más espacio que la casa. La dejo donde estaba.

Salgo sin comprar nada.

En la calle, el teléfono vibra.

No es la Compañía. Es una notificación del banco. Un aviso automático sobre una actualización programada para el lunes por la noche. Leo la hora. La cierro.

El domingo por la mañana busco a Eduardo Romero.

No lo decido como quien toma una decisión grave.

Abro el portátil para revisar el correo, escribo su nombre en el buscador y dejo que la página cargue.

Primero aparecen resultados del banco: menciones antiguas en boletines internos, una nota sobre una auditoría certificada hace seis años, una fotografía pequeña en una jornada de cumplimiento normativo.

Después, una red social profesional. Después otra personal, pública por descuido o por una confianza antigua en que nadie buscaría.

La foto familiar es de hace dos años.

Romero está en una terraza, sentado en una silla de plástico, con una camisa de manga corta y unas gafas de sol colgadas del cuello.

A su lado hay una mujer de pelo oscuro y dos jóvenes que podrían ser sus hijos.

Uno levanta una mano hacia la cámara. El otro mira hacia un punto fuera del encuadre.

A los pies de Romero, un perro pequeño aparece movido, como si hubiera girado la cabeza justo cuando alguien disparó la foto.

Romero sonríe.

No mucho. Una sonrisa breve, contenida, casi administrativa. La de un hombre que no necesita demostrar felicidad para que la escena la contenga.

Amplío la imagen.

La resolución no aguanta. La cara se descompone en cuadrados. La boca pierde forma. Los ojos se convierten en manchas. El perro desaparece primero. Después los hijos. Después la mujer. Romero queda un momento más, sostenido por la camisa clara y la línea de las gafas.

Cierro la pestaña.

La pantalla vuelve al correo.

Hay tres mensajes nuevos. Una comunicación automática del banco. Una oferta de una tienda donde compré algo hace meses. Un recordatorio de lectura de la novela inglesa que sigo sin terminar.

No abro ninguno.

Me levanto y voy hasta la ventana. La calle está casi vacía. Un niño pasa en patinete, seguido por un adulto con una bolsa de pan. En el edificio de enfrente, alguien sacude una sábana desde un balcón. La tela cae y sube dos veces, blanca, limpia, demasiado grande para las manos que la sujetan.

Vuelvo al escritorio.

El nombre de Eduardo Romero sigue en la barra de búsqueda.

Lo borro letra a letra.