Nueve con noventa y nueve Capítulo 15 — Romero #2
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Capítulo 15 — Romero #2

Romero coloca la caja contra la pared lateral para liberar un poco el brazo. El maletín le golpea la pierna. No me mira al principio. Mira los números del panel.

Cuarta.

Tercera.

Segunda.

El ascensor desciende con su vibración habitual. Seis plantas hasta el aparcamiento. Una caja metálica haciendo el trabajo que se le ha pedido.

Romero respira por la boca. No mucho. Lo justo para que el aire salga con una pequeña fricción. De cerca parece más bajo que en su ficha. O quizá la caja lo reduce. Tiene rojez en la nariz y un corte mínimo en el labio inferior, como si se hubiera mordido por dentro durante horas.

La fotografía de la intranet no sirve.

Esta cara no está hecha para un directorio. Tiene zonas mal iluminadas, una sombra bajo cada ojo, un cansancio que no se puede comprimir en ciento ochenta píxeles. La piel de la frente conserva una marca donde quizá ha apoyado los dedos. Las gafas están ligeramente torcidas.

En la planta primera, el ascensor se detiene.

Las puertas se abren.

No hay nadie.

Durante dos segundos vemos el rellano vacío, una papelera, una flecha adhesiva señalando una sala de formación. Después las puertas se cierran.

Romero mira la caja.

La taza se ha movido. La inscripción queda visible ahora: «Papá trabaja aquí» . Letras azules, torcidas, probablemente hechas por un niño hace años sobre una plantilla de cerámica. La taza tiene una pequeña muesca en el borde.

Romero la ve también.

Mueve la mano derecha para recolocarla, pero el maletín se lo impide. La deja como está.

Cero.

Menos uno.

—Perdón —dice.

No sé por qué lo dice. No me ha tocado. No ha hecho nada que exija disculpa. Quizá la palabra sale porque es lo único que le queda de una vida profesional construida sobre no molestar.

—No pasa nada.

Mi voz suena correcta.

Romero gira la cabeza hacia mí por primera vez.

Sus ojos pasan por mi cara sin detenerse.

No hay reconocimiento. No hay ninguna conexión entre el hombre que sostiene una carpeta junto a él y la caída que acaba de atravesarle el día.

Para Romero soy un empleado más, quizá de Riesgos, quizá de Sistemas, quizá de cualquier área con acceso a los mismos ascensores.

Eso es peor que si me mirara.

La ausencia de reconocimiento me deja entero.

Menos dos.

Las puertas se abren al aparcamiento.

El aire de la planta menos dos es más bajo, más quieto. Las luces blancas caen sobre las plazas numeradas, sobre los pilares pintados con franjas amarillas, sobre los coches alineados con una obediencia perfecta.

Romero tarda en salir. Ajusta la caja contra el pecho. El maletín vuelve a golpearle la pierna. Da un paso fuera. Luego otro.

No sé dónde tiene aparcado el coche. No sé si alguien le espera arriba, en la calle, o si tendrá que llamar a su mujer desde el aparcamiento para decirle una frase que no cabe en una llamada.

Camina hacia la fila opuesta a la mía.

La manga de la chaqueta sigue colgando.

Me quedo dentro del ascensor hasta que las puertas empiezan a cerrarse.

Entonces bloqueo el cierre con la mano y salgo.

No por seguirle. No exactamente. Mi coche está en la otra dirección, columna H, plaza treinta y cuatro.

Lo sé. El cuerpo lo sabe. Aun así doy tres pasos hacia la fila por la que Romero se aleja.

Se detiene junto a un coche gris oscuro.

Deja primero el maletín en el suelo. Luego intenta apoyar la caja sobre el capó para buscar las llaves. La caja se inclina. La grapadora azul cae dentro con un golpe pequeño. Romero la mira. No la recoge. Mete la mano en el bolsillo del pantalón, saca un llavero, abre el coche.

El maletero sube con una suavidad que no corresponde a la escena.

Romero coloca la caja dentro.

No de golpe. No como quien se desprende de algo. La coloca con cuidado, moviendo primero la taza, luego la agenda, luego el marco boca abajo. Después deja el maletín al lado. La chaqueta queda encima de todo, mal doblada.

Cierra el maletero.

La chapa produce un sonido breve, definitivo.

Romero se queda quieto con la mano sobre el coche. Diez segundos. Doce. No los cuento al principio, pero cuando llego a ocho ya sé que estoy contando.

Después abre la puerta del conductor y entra.

No arranca enseguida.

Vuelvo hacia mi plaza.

La carpeta que llevo bajo el brazo no contiene nada que necesite estar en ninguna parte. Son tres hojas impresas de un informe que ya existe en la red. Las había cogido para tener un motivo. Ahora pesan menos que antes.

Subo de nuevo a la cuarta planta.

Nadie comenta mi ausencia. Andrés está en su sitio, con el yogur cerrado junto al teclado. Marta no está en la zona de Marketing. La puerta de Auditoría sigue abierta. El despacho de Romero ya no tiene nombre en la placa digital de reserva. La pantalla junto a la puerta muestra: Sala disponible.

Me siento.

Trabajo dos horas.

Contesto cinco correos. Reviso un informe de permisos.

Devuelvo una llamada interna. Marco como resuelta una incidencia menor que no he resuelto yo.

A las seis y cuarenta y tres envío un documento con un comentario técnico en la página dos.

Todo queda escrito con mi nombre, mi hora y mi firma corporativa.

A las siete cierro sesión.

La silla de Romero no se ve desde mi mesa. Aun así, antes de levantarme, miro hacia esa dirección.

No hay nada que mirar.

Cojo la chaqueta y bajo al aparcamiento. Esta vez el ascensor va lleno. Dos personas de Comercial hablan de un cliente que ha pedido adelantar una campaña. Una mujer de Jurídico revisa el móvil con el ceño fruncido. Nadie menciona a Romero.

En la planta menos dos, camino hasta mi coche.

La plaza del coche gris oscuro está vacía.

No sé si era la suya.

Arranco.

Al salir por la rampa, la barrera automática sube con su movimiento rápido. Delante de mí no hay ningún coche. Detrás tampoco.

La calle recibe el vehículo sin resistencia.

En el primer semáforo, miro mis manos sobre el volante.

No hay cartón en ellas.