Nueve con noventa y nueve Capítulo 15 — Romero
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Capítulo 15 — Romero

Antes de las nueve del miércoles, la noticia ya está completa.

No llega en un correo oficial. No hace falta. En el banco, las cosas importantes se saben antes de que alguien las escriba. Cambian primero las conversaciones junto a las impresoras, después las caras en los pasillos, después las puertas que permanecen cerradas más tiempo de lo normal.

Romero ha sido apartado.

La palabra circula sin sujeto. Apartado. Como si una mano neutra hubiera retirado una carpeta de una mesa para dejar espacio a otra. No despedido todavía, no acusado en voz alta, no culpable. Apartado. La precisión administrativa permite respirar a los demás.

Andrés aparece junto a mi mesa con una botella de agua sin abrir.

—Dicen que es grave —dice.

No se sienta. Mira hacia el pasillo de Auditoría, aunque desde aquí no se ve nada más que la curva de las mamparas y la puerta de una sala pequeña ocupada desde primera hora.

—¿Quién lo dice?

—Todo el mundo.

La respuesta le parece suficiente. Gira la botella entre las manos. La etiqueta se arruga bajo sus dedos.

—Inspección abierta. Accesos no justificados. Firma digital. Algo de una cuenta de servicio. No sé. Palabras caras.

—Si no sabes, no repitas.

—Eso nunca ha impedido que funcione una oficina.

Intenta sonreír. No le sale del todo. Andrés no está asustado por Romero. Está asustado por la posibilidad de que el sistema, ese animal que normalmente mastica lejos, haya empezado a hacerlo cerca de su mesa.

—¿Le conocías? —pregunta.

—De verlo.

—Veintidós años aquí.

Lo dice como si la antigüedad fuera una forma de blindaje y alguien acabara de demostrar que no.

Después se va. No abre la botella.

Trabajo durante cuarenta minutos con el informe de exposición de clientes corporativos abierto en la pantalla. No avanzo. Cambio una coma. Reordeno una línea. Devuelvo la coma a su sitio anterior. El documento conserva un aspecto razonable para cualquiera que pase detrás de mí.

A las diez y doce abro la intranet.

No busco a Romero de inmediato. Entro primero en el directorio general, después en organigrama, después en Auditoría Interna.

El acceso requiere una autenticación que el sistema me concede sin protestar.

Mi perfil puede consultar cargos, extensiones, dependencias funcionales.

No debería bastar para saber lo que quiero saber, pero basta para saber lo suficiente.

Eduardo Romero.

Director de Auditoría Interna.

Cincuenta y dos años.

Veintidós años en la entidad.

La fotografía corporativa tiene al menos cinco años.

Tal vez más. Está tomada contra un fondo gris, con la luz plana de los retratos hechos por obligación.

Romero lleva traje azul oscuro, camisa blanca y una corbata granate con un nudo correcto.

El pelo, ya cano, aparece más abundante que cuando lo vi en su despacho.

Mira a cámara con una paciencia profesional, sin sonrisa completa.

La ficha incluye extensión directa, despacho, comité al que reporta, certificaciones internas, proyectos en curso. Todo lo que una persona puede ser dentro de una empresa cuando la empresa decide resumirla.

Hay un enlace a su equipo.

Dos responsables de área. Cuatro analistas sénior. Un asistente administrativo. Ningún nombre aparece en rojo. Nadie ha sido borrado todavía. El sistema tarda unas horas en adaptar la realidad a la versión que necesita.

Cierro la ficha.

La abro otra vez.

Miro la fotografía hasta que deja de parecer una fotografía y se convierte en un documento más. La corbata. Las gafas. La piel clara alrededor de la nariz. Los ojos pequeños, atentos. La cara de quien todavía duerme bien en el momento en que alguien pulsa el disparador.

Cierro la pestaña.

A media mañana, la planta de Auditoría cambia de ritmo.

No hay gritos. No hay puertas golpeadas.

Eso pertenece a otro tipo de relato. Aquí las cosas ocurren con carpetas, reuniones breves y personas que caminan deprisa sin mirar a los lados.

Dos empleados de Seguridad suben desde el vestíbulo.

No llevan uniforme de calle, sino traje oscuro y auricular.

Uno sostiene una funda de portátil vacía.

El otro una carpeta azul con el logotipo del banco.

Se colocan junto al acceso a Auditoría.

Nadie pregunta nada.

Nuria pasa por detrás de mi mesa y reduce el paso sin detenerse.

Su mirada se mueve hacia la puerta, vuelve a la pantalla de su móvil y continúa por el pasillo.

A los diez segundos, alguien de Comercial sale de una sala y hace exactamente lo mismo.

El edificio está lleno de gente que no mira y, aun así, ve.

A las once y cuarenta y siete recibo una invitación automática para una reunión de seguimiento el viernes. El remitente es una cuenta genérica. El título no menciona a Romero. Cambios de procedimiento tras revisión externa. Treinta minutos. Asistencia obligatoria.

Acepto.

El calendario coloca el bloque en azul.

A las doce y media bajo a la calle.

No paso por la cafetería. Salgo por la puerta principal, cruzo la plaza delantera y me siento en uno de los bancos de hormigón que miran hacia la fachada del edificio.

No hay sombra. El sol cae sobre el cristal de la torre y convierte las ventanas en una superficie continua, sin plantas, sin despachos, sin personas dentro.

Como un bocadillo comprado en la tienda de la esquina.

Pan blando. Jamón cocido. Queso sin temperatura.

Lo mastico sin prisa. A mi derecha, un repartidor deja la bicicleta apoyada contra una papelera y consulta una dirección en el móvil.

Dos mujeres con acreditación del banco fuman de pie, una junto a la otra, hablando de un colegio privado y de una matrícula que ha vuelto a subir.

Miro la fachada.

Desde fuera, el edificio no permite distinguir el despacho de Romero. No hay una ventana que pueda señalarse. Ningún punto donde colocar la responsabilidad. Solo vidrio repetido, juntas metálicas, plantas superpuestas. Una estructura diseñada para que cada vida sea intercambiable desde la calle.

Termino el bocadillo.

Doblo el papel por la mitad, luego otra vez. Lo guardo en el bolsillo hasta encontrar una papelera. No quiero dejarlo en el banco. Esa corrección mínima me parece importante durante tres segundos. Después deja de parecerlo.

Vuelvo a entrar.

Los tornos leen mi tarjeta. La luz verde se enciende. Paso.

En la cuarta planta, el aire ha cambiado de disposición aunque no de temperatura.

Las personas hablan menos, o hablan en grupos más cerrados.

La zona de Auditoría permanece con la puerta abierta.

Dentro, una mujer que no conozco revisa cajones con guantes de nitrilo.

Un técnico desconecta un monitor y pega una etiqueta blanca en la parte trasera.

No sé si el equipo es de Romero. No necesito saberlo.

Me siento en mi puesto.

Abro el informe de antes.

A las cuatro y veintiséis, alguien dice su nombre en voz alta.

—Sale ahora.

No sé quién lo dice. La frase pasa por la oficina con una velocidad pequeña, de mesa en mesa, sin que nadie la repita completa.

Levanto la vista.

Romero aparece al fondo del pasillo de Auditoría.

No va esposado. No va escoltado como en una película. Camina entre dos personas: un hombre de Recursos Humanos y uno de Seguridad. Los tres avanzan despacio, no por solemnidad, sino porque Romero lleva una caja de cartón entre los brazos y la caja no permite caminar de otra manera.

La caja es mediana. Cartón marrón, sin marca, con las solapas abiertas. Dentro hay una agenda de tapas negras, un marco de fotos puesto boca abajo, dos carpetas, un cargador enrollado y una taza blanca con una inscripción que no puedo leer. Sobre la taza descansa una grapadora pequeña, azul.

En la otra mano lleva el maletín.

Ese maletín ya lo he visto. Cuero oscuro, usado en las esquinas, asa brillante por el contacto de años. La clase de objeto que no se compra para una temporada, sino para acompañar una idea estable de uno mismo.

Romero no mira las mesas.

Tiene la corbata torcida. No mucho. Solo lo suficiente para que se note que alguien se la ha ajustado por la mañana y que el día la ha desplazado sin que él encontrara un momento para corregirla.

La camisa le forma una arruga horizontal bajo el cuello.

La chaqueta está doblada sobre la caja, mal colocada, con una manga colgando por un lateral.

El hombre de Recursos Humanos habla en voz baja. Romero asiente una vez. No parece escucharle. Parece ahorrar movimientos.

Cuando pasa junto a mi fila, veo sus manos.

Los nudillos están blancos alrededor del borde de la caja. No por fuerza excesiva. Por permanencia. Por haber sostenido el mismo peso desde un punto anterior del pasillo y no haber encontrado aún dónde dejarlo.

No levanta la cabeza.

Nadie dice nada.

Las teclas se han detenido en varias mesas, pero algunas pantallas siguen cambiando solas: barras de progreso, avisos de reunión, correos que entran, un gráfico que se actualiza cada minuto. La oficina continúa trabajando alrededor de la escena con una cortesía automática.

Romero llega al núcleo de ascensores.

El guardia de Seguridad pulsa el botón. Recursos Humanos revisa algo en una tablet. Romero espera con la caja contra el pecho y el maletín colgando de los dedos. La manga de la chaqueta roza el suelo. Nadie se agacha a colocarla.

Yo me levanto.

No lo decido como se decide una cosa. Ya estoy de pie cuando la silla golpea suavemente la mampara de detrás. Cojo una carpeta cualquiera de mi mesa. No miro a Andrés. No sé si Andrés me mira.

Camino hacia los ascensores.

Llego cuando se abren las puertas.

Recursos Humanos dice algo que no entiendo. El hombre de Seguridad se queda fuera. Romero entra primero. Yo entro después, con la carpeta bajo el brazo. Los dos hombres de fuera ven la escena: Romero con su caja, yo con mi carpeta, dos empleados bajando por motivos que podrían ser distintos.

Las puertas se cierran.

Quedamos los dos.