Nueve con noventa y nueve Capítulo 14 — Inspección #2
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Capítulo 14 — Inspección #2

A las cinco y media, la sala seis sigue bloqueada.

La reserva inicial terminaba a las dieciocho.

Alguien la amplía hasta las veinte y treinta.

El cambio aparece en el calendario sin notificación.

Solo una franja gris que se estira dos horas y media más.

Nuria pasa por delante de nuestra zona con una carpeta en la mano. No mira a nadie. Eso sí es nuevo.

—Esto se pone divertido —dice Andrés.

Pero no sonríe.

A las seis y cuarto, me levanto para llevar un documento a la impresora segura de la zona de auditoría.

No es necesario. Podría imprimirlo en la nuestra.

La diferencia son treinta metros de pasillo y una excusa aceptable.

Camino despacio. Las mamparas allí son más opacas.

Las mesas tienen menos objetos personales.

Nada de tazas con frases, ni plantas pequeñas, ni fotografías de hijos apoyadas contra el monitor.

Solo archivadores, pantallas, bandejas de entrada, sillas ergonómicas.

La impresora segura pide mi tarjeta. La acerco al lector. El aparato reconoce el documento y lo libera con una pausa mecánica. Una hoja. Dos. Tres. Las recojo todavía calientes y las alineo con dos golpes contra el borde de la bandeja. Entonces veo a Romero dentro de su despacho.

La puerta está entornada. No lo suficiente para invadir.

Lo justo para mirar si uno ya estaba mirando.

Está de pie junto a la mesa, con el teléfono pegado a la oreja.

La chaqueta cuelga del respaldo de la silla.

La corbata está aflojada un punto. En la mano libre sostiene unas gafas que no lleva puestas.

No habla. Escucha. Sobre su mesa hay tres montones de carpetas.

Uno ordenado, dos no. La carpeta roja de la mañana está abierta en el centro.

No alcanzo a leer nada. Tampoco lo intento.

Romero gira un poco la cabeza. No hacia mí.

Hacia la ventana interior del despacho. En el cristal se ve la franja apagada del pasillo y el movimiento de alguien que pasa detrás.

Su cara queda de perfil. Cansada, no hundida.

Dice una frase al teléfono. No la oigo. Después cierra los ojos.

Solo un momento. Los abre antes de que el gesto pueda convertirse en algo.

Recojo mis hojas. Vuelvo por el pasillo sin acelerar. En mi mesa, Andrés ya ha cerrado el yogur sin terminarlo. La tapa está doblada sobre sí misma, pegada al borde.

—¿Qué tal por la zona noble? —pregunta.

—Igual.

—Eso nunca es verdad.

Tiene otra vez razón.

A las siete menos cinco, Marta pasa por delante de nuestra zona con el portátil bajo el brazo. Viene de Comercial. Camina rápido, pero al llegar a mi altura reduce un poco el paso.

—¿Lo de auditoría afecta a la campaña? —pregunta.

—No debería.

—¿No debería o no afecta?

—No afecta mientras nadie cambie permisos sin avisar.

Asiente. La respuesta le basta.

—Entonces no toco nada.

—Mejor.

Se queda un poco más. No mira hacia Dirección. Mira mi pantalla, luego el documento impreso junto al teclado. No pregunta.

—Hasta mañana, Pablo.

—Hasta mañana.

Se va. Andrés espera a que desaparezca por el pasillo.

—La gente dice hasta mañana como si fuera un contrato —dice.

No contesto. A las siete y media, la sala seis sigue ocupada. A las ocho menos diez, se apagan algunas luces de la planta. Dirección permanece encendida. Cierro sesión. Recojo la mochila. Andrés se queda un rato más. Tiene el gesto de quien quiere ver algo sin admitir que espera verlo.

—¿Te vas? —pregunta.

—Sí.

—Yo bajo luego.

—Hasta mañana.

—Eso espero.

No sé si lo dice por costumbre o por la sala seis.

Camino hacia los ascensores. En el indicador, uno de ellos baja desde la séptima.

El otro permanece detenido en Dirección.

Pulso el botón. El círculo luminoso se enciende.

Mientras espero, la puerta cortafuegos del pasillo de Dirección se abre. Sale Romero. Va solo.

Lleva la chaqueta puesta otra vez y la carpeta roja bajo el brazo.

No trae caja. No trae nada que permita entender el final de la jornada.

Camina con la misma corrección de la mañana, pero un poco más despacio.

Se detiene a mi lado. Durante unos segundos miramos los dos el indicador.

Sé quién es. Él no tiene por qué saber quién soy yo.

Cuando las puertas se abren, Romero entra primero.

Pulsa la planta menos dos. Yo no tengo que pulsar nada.

La cabina empieza a bajar. Sexta. Quinta.

Cuarta. Tercera. No hablamos. Romero sostiene la carpeta con la mano izquierda.

Los nudillos no están blancos todavía. Solo firmes.

En la otra mano lleva el móvil, apagado o bloqueado. La pantalla negra contra la palma.

Segunda. Primera. Cero. En la planta baja entra una mujer de Administración. Saluda con un «buenas noches» general. Romero inclina la cabeza. Yo también. Menos uno. Menos dos. Las puertas se abren en el parking. Romero sale hacia la fila de plazas de Dirección. Yo camino hacia la columna H.

Antes de doblar, miro una vez. Romero está junto a un coche azul oscuro.

Deja la carpeta sobre el techo mientras busca las llaves.

Luego se queda quieto, con la mano dentro del bolsillo.

No más de dos segundos. Después abre el coche.

Yo sigo hasta mi plaza. Arranco y salgo del parking detrás de otro vehículo.

La barrera sube, baja, vuelve a quedar en reposo.

En la avenida, el tráfico avanza con normalidad. Eso es lo que hace mejor el mundo.