Nueve con noventa y nueve Capítulo 14 — Inspección
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Capítulo 14 — Inspección

El lunes siguiente, Andrés llega tarde. No mucho.

Doce minutos. Lo suficiente para que su silla vacía resulte visible antes de que él ocupe el hueco y lo convierta en una anécdota.

Entra con el portátil bajo el brazo, la acreditación colgada del cuello y dos sobres de azúcar sujetos entre los dientes.

Deja todo sobre la mesa, se sienta sin quitarse la chaqueta y enciende el equipo con una mano.

—Tenemos visita —dice.

No levanto la vista del informe.

—¿De quién?

—Auditoría externa. O inspección. O una mezcla de las dos. Ya sabes cómo lo llaman cuando nadie quiere decir exactamente lo que está pasando.

La pantalla de mi ordenador muestra un cuadro de permisos. Tres columnas. Cuarenta y ocho filas. Un usuario con privilegios duplicados que no debería estar duplicado. Lo marco para revisión.

—¿Por qué área?

—Interna. Cumplimiento. Auditoría. Algo de un descuadre en cierres trimestrales. Nuria dice que ha visto a dos personas de fuera en la planta de Dirección.

—Nuria ve muchas cosas.

—Por eso sigue viva.

Andrés remueve el yogur. Esta vez no hace ruido. Usa una cuchara de plástico y la mueve con una lentitud impropia de él.

—Además, han pedido una sala cerrada todo el día.

Ahora sí lo miro.

—¿Cuál?

—La seis.

La sala seis está al fondo del pasillo de Dirección. No tiene paredes de cristal. En este edificio eso ya es una declaración. Andrés mete la cuchara en el yogur y se queda con ella suspendida a medio camino.

—Dicen que Romero está dentro.

—¿Romero?

—Eduardo Romero. Auditoría interna.

Asiento como si el nombre necesitara ser colocado en algún archivo mental y no estuviera ya en su sitio.

—¿Lo conoces?

—De reuniones.

—Claro. Tú conoces a todo el mundo de reuniones. Es una forma triste de conocer gente.

No contesto. La mañana empieza a moverse con una velocidad distinta.

No más rápida. Más contenida. Los empleados caminan igual, pero se detienen menos en los pasillos.

Las conversaciones bajan un punto cuando pasa alguien con americana que no pertenece a la planta.

Dos personas de Legal cruzan hacia los ascensores con carpetas azules contra el pecho.

Una directora de área habla por teléfono junto a la ventana y se aparta cuando ve pasar a un compañero.

En el calendario compartido aparece una reserva nueva. Sala 6. Bloqueada hasta las dieciocho. Sin asunto. El sistema deja ese espacio vacío donde debería haber una explicación. En una organización como esta, los espacios vacíos pesan más que los llenos.

A las diez y treinta y cinco, recibo una convocatoria para una reunión menor sobre accesos a una campaña.

Marta no está incluida. Tampoco Andrés. La abro, la acepto y la cierro.

Luego vuelvo a la bandeja de entrada. Hay tres correos de seguimiento, dos avisos automáticos y una cadena sobre criterios de conservación documental.

Nada que diga inspección. Nada que diga Romero. Eso confirma que existe.

A media mañana, voy a por agua. La fuente está junto a una pared donde alguien ha pegado un cartel de prevención de riesgos laborales: un muñeco sin rostro levanta una caja con la espalda recta, y debajo una frase recomienda doblar las rodillas y pedir ayuda si el peso supera lo razonable.

El papel tiene una esquina despegada. Nuria está allí, llenando una botella metálica.

—¿Te has enterado? —pregunta.

—De algo.

—No digas que te lo he dicho yo.

—No sé qué me has dicho.

Eso la tranquiliza. Cierra la botella con dos vueltas rápidas.

—Han pedido extractos completos de varios procesos. No solo muestras. Completos.

—¿Quién?

—Los de fuera.

Nuria mira hacia el pasillo antes de continuar.

—Y han subido dos de Sistemas a Dirección. No para arreglar nada. Para estar.

—Eso puede ser normal.

—Sí. También puede ser normal que Belén de Cumplimiento lleve toda la mañana con la misma carpeta en la mano sin abrirla.

Se marcha antes de que tenga que sostener la conversación. Nuria administra la información como otros administran el azúcar: pequeñas dosis, justo antes de que se disuelva. Vuelvo a mi mesa. Andrés está escribiendo con una concentración artificial. Cuando me ve, baja la voz sin necesidad.

—¿Qué?

—Nada concreto.

—Eso es lo peor.

Tiene razón, pero no se lo digo.

A las once y diez, dos hombres con traje oscuro pasan por delante de nuestra zona.

No llevan acreditación visible. Eso no ocurre nunca.

Uno de ellos tiene una tableta en la mano.

El otro sostiene una carpeta fina, sin logotipo.

Caminan junto a una mujer de Recursos Humanos que sonríe demasiado para una mañana de lunes.

Nadie los saluda. Nadie pregunta. Cuando desaparecen hacia Dirección, el murmullo de la planta vuelve por partes: primero una impresora, después un teclado, luego una llamada.

El edificio recupera su sonido normal con la prudencia de quien no quiere llamar la atención.

Trabajo. Reviso accesos, cierro dos incidencias y respondo a un correo de Marta sobre la campaña Q3.

Su mensaje tiene una pregunta concreta: si el cambio de validación puede esperar al miércoles.

Contesto que sí, siempre que no toquen el módulo de identificación. Ella responde cinco minutos después.

«No lo toco».

Nada más. Dejo el mensaje abierto más tiempo del necesario. Luego lo archivo.

A las doce, hay movimiento en el pasillo de Dirección.

Lo veo desde mi mesa porque alguien ha dejado abierta la puerta cortafuegos.

No se distingue la sala seis, pero sí el tramo anterior: moqueta más oscura, paredes sin carteles, puertas con placas metálicas.

Una mujer de Legal sale con el móvil en la mano.

Detrás de ella, un hombre de barba corta consulta una hoja y señala algo hacia dentro. Después aparece Eduardo Romero.

Lo he visto antes en reuniones trimestrales.

Traje gris, camisa azul clara, corbata discreta.

La cara de un hombre que no necesita hacer notar su cargo porque el cargo llega antes que él.

Hoy lleva la chaqueta desabrochada y una carpeta roja bajo el brazo.

No camina deprisa. Tampoco despacio. Camina como quien ha aprendido a no dar información con el cuerpo.

Se detiene en el pasillo. Escucha a la mujer de Legal.

Asiente una vez. Luego se pasa la mano por la frente, un gesto breve, más administrativo que nervioso.

La carpeta roja queda apretada contra su costado.

Andrés se inclina apenas hacia mí.

—Ese es Romero.

—Ya.

—Parece tranquilo.

—Puede estarlo.

—O parecerlo.

La mujer de Legal dice algo que no oigo. Romero mira hacia la planta abierta. Durante un instante su vista pasa por nuestra zona. No se detiene en nadie. No tiene motivo. Luego vuelve a entrar. La puerta cortafuegos se cierra. El pasillo desaparece.

A partir de ese momento, la planta trabaja peor.

No de forma visible. Nadie deja de hacer lo que debe.

Pero los tiempos se alargan: una respuesta que normalmente tarda tres minutos tarda once, una llamada interna suena varias veces antes de que alguien la coja, en la sala de descanso dos personas hablan de vacaciones con frases cortas y pendientes del pasillo, la impresora se queda sin papel y nadie la repone durante media hora.

A las dos, la cafetería está más llena de lo habitual.

No bajo con Andrés. Como en mi mesa un sándwich comprado en la máquina: pan blando, queso muy uniforme, jamón que se separa en láminas rectangulares.

Lo dejo a medias dentro del envoltorio de plástico.

En la pantalla tengo abierto un informe de permisos históricos.

Lo leo sin leer. Fechas, nombres de usuario, roles, validaciones.

Todo parece correcto cuando se mira desde lejos.

Cualquier sistema complejo ofrece esa cortesía.

Desde la distancia, el daño se confunde con el orden.

A las tres y veinte llega un correo de Sistemas.

«Durante la jornada de hoy pueden producirse consultas extraordinarias sobre trazabilidad y registros de auditoría. Se ruega priorizar cualquier petición asociada al proceso de revisión en curso».

No hay firma personal. Solo el buzón genérico. Andrés lee el mismo correo al otro lado de la mampara.

—Proceso de revisión en curso —dice—. Qué manera tan elegante de no decir nada.

—Es lo que se les paga.

—A nosotros también.

Marca el correo como destacado. Luego lo desmarca. Después vuelve a marcarlo.

—¿Tú crees que es grave?

—No lo sé.

—Pero puedes saber cosas.

—Puedo saber si me las piden.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Andrés espera un comentario más. No se lo doy.

Por la tarde, los directores empiezan a moverse en parejas.

Dos entran en la sala grande y salen sin haber encendido la pantalla.

Una jefa de área pregunta por un informe que no le corresponde.

Alguien cierra una persiana interior. En este edificio las persianas interiores son decorativas casi todo el año.

Cuando alguien las baja, la planta lo nota.

A las cuatro y diez, me llega una petición de acceso temporal a un repositorio de auditoría.

Solicitante: Cumplimiento Normativo. Validez: cuatro horas.

Objeto: revisión documental. La petición es correcta.

Tiene todos los campos. No hay nada que justifique rechazarla.

La apruebo. El sistema genera un registro automático con mi usuario, la hora y el identificador de solicitud.

Todo queda escrito en algún sitio. Esa es la promesa de los sistemas bien diseñados: que nada desaparece del todo, solo cambia de tabla.

Miro el número de solicitud. No lo memorizo.