Capítulo 18 — Andrés
A las once y diez, Andrés deja un mensaje en el chat interno.
«¿Café?»
El signo de apertura no aparece. Andrés escribe como si la puntuación fuera una cortesía opcional.
Durante unos segundos miro la palabra en la esquina inferior de la pantalla.
No contesto. La notificación queda allí, encima de una hoja de cálculo con veintiséis filas y cinco columnas.
La celda activa está en blanco. A las once y doce, escribe otra vez.
«Estás vivo?»
Pulso responder.
«Bajo».
No sé por qué lo hago. Quizá porque no contestar habría exigido una explicación posterior.
En el banco, la cortesía también es mantenimiento preventivo.
Me levanto. La silla retrocede sin ruido sobre la moqueta.
En la mesa queda el informe abierto, una botella de agua sin abrir y el móvil boca abajo junto al teclado.
No bloqueo el ordenador. Solo bajo la tapa del portátil unos centímetros, lo justo para que la pantalla quede en reposo sin llegar a cerrarse.
Camino hacia la cafetería. A esa hora, el edificio tiene un movimiento ordenado: personas con acreditaciones colgadas al cuello, carpetas bajo el brazo, conversaciones detenidas delante de puertas acristaladas.
En la zona de Auditoría han retirado el nombre de Romero del directorio digital.
Donde antes estaba su ficha, ahora aparece una línea genérica: Dirección provisional.
No hay fotografía. No hay edad. No hay antigüedad. Paso de largo.
La cafetería está a medio llenar. Las mesas altas quedan ocupadas por grupos que no piensan quedarse mucho.
En la barra, alguien discute con la máquina de pago porque no reconoce una tarjeta corporativa.
Dos empleados de Legal esperan detrás con una paciencia visible, de las que se usan cuando hay público.
Andrés está en la mesa del fondo, la misma de casi siempre.
Tiene un café con leche, un yogur cerrado y un paquete de galletas que no ha abierto.
El yogur intacto empieza a parecer una señal privada, aunque no lo sea.
—Tardabas —dice.
Me siento frente a él.
—Dos minutos.
—En tiempo corporativo eso es un trimestre.
Rompe la tapa del yogur con la cuchara. Esta vez no lo remueve. Se queda mirando la superficie blanca, como si esperara que algo apareciera allí.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada. Que esto va fatal.
Señala alrededor con la cuchara. La cafetería, la barra, las mesas, el edificio entero. No sé a qué parte se refiere.
—¿El qué?
—Todo. El banco. Los proveedores. Las plataformas. La vida moderna en general.
Lo dice sonriendo, pero la sonrisa no termina de completar el recorrido. Coge una galleta, la parte en dos y deja una mitad sobre la servilleta.
—Pedí otra cosa —dice.
La cuchara queda suspendida sobre el yogur. No la baja.
—¿A quién?
Andrés me mira como si la pregunta fuese absurda.
—A los de siempre.
No dice la Compañía. En la cafetería nadie la nombra dos veces de la misma forma. Unos dicen la web. Otros dicen los de la cuota. Andrés suele decir los de siempre cuando quiere que algo parezca menos importante de lo que es.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas. Casi cuatro.
Mete por fin la cuchara en el yogur. La hunde despacio, sin ganas.
—Y nada.
No muevo las manos. Las tengo apoyadas sobre la mesa, una a cada lado del vaso de agua. La superficie laminada conserva marcas circulares de otros vasos. Una de ellas coincide con el borde del mío.
—¿Nada cómo?
—Nada de nada. Ni confirmación buena, ni confirmación mala, ni llamada, ni pantalla rara, ni el mensajito de «permanezca disponible» , ni siquiera el cargo. Eso es lo peor. Que ni me cobran.
Lo dice con una indignación de consumidor desatendido. No hay miedo. No hay sospecha. Solo la molestia de quien ha utilizado un servicio que antes funcionaba y ahora no responde al formulario.
—Quizá ya no aceptan solicitudes —digo.
—Podrían ponerlo. Servicio temporalmente no disponible. Estamos trabajando para mejorar. Cualquier mentira de esas.
Se come la mitad de la galleta y habla antes de tragar del todo.
—Pero no. Página en blanco. A veces carga, a veces no. El otro día entré desde el móvil de Lucía y durante dos segundos apareció el formulario. Dos segundos. Luego desapareció.
—¿Lucía?
—Mi novia.
Lo dice como si ya la hubiera mencionado muchas veces, aunque solo conozco su nombre por un comentario anterior de pasillo.
—¿Usaste su móvil?
—Para probar. No iba a pedir desde ahí. Tampoco soy idiota.
Baja la vista al yogur. Remueve una vuelta, dos, tres. La superficie se rompe en una espiral pequeña.
—Igual va por cupos —dice—. Como las entradas de conciertos. O igual han subido el nivel de cliente. Ahora solo atienden a gente con historial. Premium del deseo.
Se ríe. La risa no llega a ningún sitio. Miro la servilleta doblada junto a su vaso. Andrés ha escrito algo en ella con bolígrafo azul. No son palabras. Son números: 9,99 repetido tres veces, uno debajo de otro, con la coma alineada. Luego una línea horizontal, como si fuera una suma.
—¿Qué pediste? —pregunto.
—Una tontería.
—La otra vez también era una tontería.
—Y funcionó.
Toca la servilleta con el dedo índice y la arrastra hacia sí, tapando los números.
—No era para mí del todo.
—¿Qué significa eso?
—Que hay cosas que te arreglan a ti porque arreglan a alguien de alrededor. Ya sabes.
No lo sé. O sí. Andrés sigue hablando antes de que pueda formular nada.
—Lucía tiene una hermana. O tenía una opción de trabajo, mejor dicho. En una clínica privada. Buen horario, cerca de casa, contrato decente. Todo iba bien hasta que apareció otra candidata con más contactos. Lo normal.
Levanta los hombros.
—Pedí que la llamaran. Solo eso. Que la llamaran. Ni siquiera que la contrataran. Una llamada, una entrevista, una puerta un poco menos cerrada. Como lo del piso de la hermana de aquella de Operaciones, ¿te acuerdas?
Asiento. Me acuerdo de la manzana verde, de la mordida, de las tres semanas.
—Pues nada. Ni llamada ni puerta. Lucía me pregunta si sé algo porque le dije que igual podía moverse. No le dije cómo. Claro. No se lo puedes contar todo a todo el mundo.
Parte la otra mitad de la galleta en dos trozos más pequeños. Migas secas quedan sobre la servilleta, encima de los números tapados.
—El caso es que no contestan.
No contestan. No dice no me contestan. Dice no contestan. En plural abierto. Como si él, sin saberlo, hubiera ampliado el problema hasta tocar una pared más grande.
—¿Has probado desde otro navegador? —pregunto.
—Claro.
—¿Otro dispositivo?
—Tres.
—¿Otra red?
—La del banco, la de casa, datos, la wifi de un centro comercial. Me sentí como un delincuente malo. De esos que se ponen gorra en las cámaras.
Sonríe otra vez. Después deja de hacerlo.
—Nada.
El camarero deja una bandeja en la mesa de al lado. Tres cafés, dos sobres de azúcar, una botella pequeña de agua. Nadie de esa mesa mira hacia nosotros. Una mujer consulta el móvil y pasa la pantalla con el pulgar en movimientos rápidos, idénticos.
—Igual se han saturado —dice Andrés—. Tiene sentido. Al principio todo va bien porque hay poca gente. Luego se corre la voz, entran todos, el sistema no aguanta, bajan la calidad, externalizan atención al cliente y al final acabas hablando con un bot que no sabe ni en qué idioma le escribes.
—No era atención al cliente.
—Todo es atención al cliente si pagas.
La frase le sale sin esfuerzo. No la piensa. No pretende decir nada importante. Por eso queda donde queda. Cojo el vaso de agua y bebo. El plástico del vaso cede un poco entre los dedos. Lo dejo en la misma marca circular.
—A lo mejor ahora atienden a otros —dice.
—¿Otros?
—No sé. Gente más rentable. Pedidos más grandes. Empresas. Políticos. Enfermos desesperados. Solteros con dinero. —Me mira—. Lo que haya.
No aparto la vista. Andrés baja la suya al yogur.
—Es broma.
—Ya.
—Joder, Pablo. Era broma.
Remueve de nuevo. Esta vez la cuchara golpea el fondo del envase una vez, seca.
—Lo que quiero decir es que han debido de cambiar algo. Antes era sencillo. Entrabas, pedías, pagabas, esperabas. Ahora parece que la puerta sigue ahí, pero no se abre para todos.
La puerta sigue ahí. No se abre para todos.
Miro la boca de Andrés mientras habla. La misma boca que tiempo atrás había dicho un regalo.
La misma que ahora habla de saturación, cupos, premium, calidad de servicio.
No hay una fisura real en su cara. Solo una molestia leve, un pequeño error en la satisfacción general del usuario.
—¿Te preocupa? —pregunto.
—Me fastidia.
—No es lo mismo.
—No. Preocuparme me preocuparía si hubieran cobrado y no hubieran hecho nada. Eso sí sería grave. Pero ni siquiera han cobrado.
Se inclina hacia mí.
—¿Tú has probado últimamente?
La pregunta llega sin preparación. El ruido de la cafetería continúa igual. Nadie baja la voz. Una bandeja entra en la pila de la barra. Alguien se ríe en la mesa alta de la entrada. En la pantalla pequeña de la máquina de turnos aparece el número 43 y nadie se levanta.
—No —digo.
—Pues mira. Igual soy yo.
—Puede ser.
Andrés asiente. La posibilidad de ser un caso individual lo tranquiliza. Lo individual siempre parece más manejable que lo común.
—También pensé que a lo mejor me tienen bloqueado por lo de mi padre. Como si ya hubiera consumido una oferta de bienvenida.
—No es una aplicación de comida.
—No lo sabemos.
Lo dice rápido, como una broma más. Luego se queda quieto. La frase parece haberle dado alcance.
—Bueno —añade—. No sabemos casi nada, en realidad.
Por primera vez desde que se ha sentado, Andrés mira alrededor antes de seguir hablando. No mucho. Solo una comprobación lateral. Dos mesas, la barra, la puerta. El gesto dura poco, pero no pertenece a su manera habitual de estar en la cafetería.
—En fin —dice—. Si vuelven a funcionar, te aviso.
—No hace falta.
—Claro que hace falta. Hay que compartir proveedores útiles.
Se termina el café con leche. El yogur queda a medias. Eso tampoco es habitual.
—Tengo reunión con Formación a las doce. Van a explicarnos otra vez cómo no pinchar enlaces sospechosos. Una hora de mi vida para aprender que si un príncipe nigeriano me ofrece dinero quizá no sea buena idea mandarle el IBAN.
Se levanta.
—¿Vienes?
—Luego.
—Luego nunca es una hora.
—Hoy sí.
Andrés recoge la bandeja. Antes de irse, destapa la servilleta sin darse cuenta. Los tres 9,99 vuelven a quedar visibles, alineados en columna, con la suma sin resolver debajo.
—Estás rarísimo —dice.
—Hay mucho trabajo.
—Eso ya no te sirve. Todo el mundo tiene mucho trabajo.
No espera respuesta. Camina hacia la barra, deja la bandeja, habla con alguien de Sistemas y sale de la cafetería con el móvil en la mano. Antes de cruzar la puerta mira la pantalla. La guarda. Desaparece por el pasillo.
Me quedo sentado. El yogur de Andrés sigue en la mesa. Lo ha olvidado. O lo ha dejado. La cuchara se mantiene dentro, inclinada hacia un lado. En la superficie blanca queda una espiral abierta. No contestan. La frase no se parece a una amenaza. Ese es el problema.
Recojo mi vaso y la servilleta. La servilleta tiene los números escritos con demasiada presión; el bolígrafo ha marcado la fibra del papel. La doblo una vez y la dejo bajo el plato de mi taza. No sé por qué no la tiro.
Vuelvo a la cuarta planta. El ascensor se detiene en la segunda y sube una mujer de Recursos Humanos con una carpeta roja. La conozco de vista. Ella dice buenos días aunque son casi las doce. Yo contesto lo mismo. En la cuarta, salimos los dos. Ella gira hacia Administración. Yo hacia mi puesto.
En el directorio digital, la línea de Dirección provisional sigue donde estaba.
El espacio de Romero no ha vuelto. Me siento.
La hoja de cálculo continúa abierta. La celda activa sigue en blanco.
El sistema no ha cerrado la sesión. En la esquina inferior derecha, una notificación informa de que se han actualizado tres archivos compartidos.
Apoyo las manos sobre el teclado. No escribo.
Durante un cuarto de hora, la celda permanece vacía.