Nueve con noventa y nueve Capítulo 9 — Hotel #2
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Capítulo 9 — Hotel #2

No se detiene. No se cubre. No cambia nada en lo que está haciendo.

Mira el punto negro, sin pudor y sin miedo, con una calma que no es calma sino otra cosa más dura, y después vuelve a mí.

Entiendo, en ese gesto, la distancia exacta que nos separa.

Yo temo la cámara: intuyo lo que vendrá, el cobro, la deuda, el sobre que algún día tendré que dejar en alguna parte.

Ella no. Ella ya sabe que están los dos dentro de la máquina y ha decidido no concederle a la máquina la satisfacción de verla esconderse. La graban. Lo sabe. No le da nada.

Esa indiferencia suya ante el ojo que graba me deshace más que su cuerpo.

Porque yo no la tengo. Lo que tengo es un acto comprado, vigilado por quien me lo vendió, ejecutado por una mujer que no me concede ni siquiera el favor de fingir que esto le ocurre a ella.

Le ocurre a Pablo Marín. Ella solo lo administra.

Cuando termina —termina ella, decide ella que ha terminado—, se aparta sin prisa.

Se sienta en el borde de la cama, de espaldas, y se recoge un mechón que se le ha soltado de la pinza.

El gesto es doméstico, casi aburrido. Un cuerpo que vuelve a ser suyo después de haber sido usado como herramienta.

Yo me quedo donde estoy, vestido a medias, con la camisa abierta, con los botones que ella deshizo todavía deshechos.

Coge el albornoz. No para cubrirse de mí; ya no hay nada que cubrir ante quien importa, y a la cámara no piensa concederle el pudor.

Se lo pone porque tiene frío, o porque ha terminado, o porque vestirse es la manera de decir que la escena se ha acabado.

Anuda el cinturón con un nudo descuidado, uno de los extremos más largo que el otro.

Después se gira hacia mí. La miro en silencio.

—Ya lo tienes —dice—. ¿Era esto? ¿Verdad? Esto es todo lo que sabías pedir.

No subo la vista del suelo. La tira de plástico sigue ahí, junto a la pata de la cama, con sus tres unidades intactas dentro del envoltorio. Una previsión que ya es una prueba.

—No me pediste a mí —dice—. Ni siquiera pediste acostarte conmigo, no del todo. Pediste poder hacerlo sin que yo pudiera elegir. Eso cuesta nueve con noventa y nueve. Sale barato porque no vale nada.

La frase no sube de tono. Cae en el hueco exacto, sin esfuerzo, como cae una cifra correcta al final de una columna. No hay insulto. El insulto tendría calor, me daría algo contra lo que defenderme. Marta no me insulta. Me describe. Y la descripción es peor, porque la reconozco entera.

—Vístete —dice—. Y vete.

No es una orden cargada. Es el cierre de una reunión cuyo punto del día ya se ha tratado.

Me levanto. Me abrocho la camisa con dedos que conocen el gesto y lo ejecutan solos.

Recojo la chaqueta del suelo. La cartera, las llaves, la tira de plástico, todo vuelve al bolsillo interior con el mismo orden con que salió de casa hace una vida.

Marta no me ayuda a recoger nada. Me mira hacerlo, de pie junto a la cama, con el albornoz mal anudado y el punto negro del techo encima de los dos, registrando también esto, el final, el hombre que recoge sus cosas del suelo de una habitación que pagó.

Llego a la puerta. Pongo la mano en el picaporte.

No miro atrás del todo. Miro lo justo: el albornoz, el nudo torcido, la ropa en la silla, el espejo que la parte en franjas, el punto negro arriba.

Todo colocado en una composición ordenada, como si alguien hubiera preparado la escena y hubiera olvidado retirar las pruebas.

O no las hubiera olvidado. Las hubiera dejado a propósito.

Marta no se ha movido.

Salgo. La puerta no encaja a la primera; queda entornada unos centímetros. Desde el pasillo oigo el aire acondicionado de la habitación y, por debajo, un sonido mínimo de tela. Empujo con dos dedos. El cierre encaja. El pasillo está vacío.

Camino hacia el ascensor. No recuerdo haber pulsado el botón, pero las puertas se abren.

La pared oscura me devuelve una mancha gris de americana y mi cara.

Algo ha cambiado en la boca. No sé qué. Quizá la línea.

Quizá la manera de cerrarla. Los números descienden sin ruido. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cero.

Afuera, la noche conserva la misma temperatura.

En el bordillo hay una colilla reciente con el filtro manchado de carmín.

Camino hasta el coche sin acelerar el paso.

Meto la mano en el bolsillo para buscar las llaves y toco el teléfono.

No vibra. No se enciende. No necesita hacerlo.

El mensaje ya cumplió su parte y la habitación cumplió la suya.

Arranco. La avenida de vuelta parece más ancha. En un semáforo, miro mis manos sobre el volante. No hay nada en ellas. Ni la tarjeta, ni el cuerpo de Marta, ni la cifra. Solo las manos de un hombre que conduce a casa después de obtener exactamente lo que pidió.

Cuando entro en el apartamento, dejo las llaves en el recibidor.

No enciendo la luz del salón. Voy a la cocina.

El plato del sándwich sigue en el fregadero.

Dejo correr el agua sobre las migas. En el dormitorio, me siento en el borde de la cama con la americana todavía puesta.

Saco del bolsillo interior la tira de condones, intacta, y la dejo sobre la mesilla.

Tres unidades dentro del envoltorio. Optimista.

Me tumbo vestido. El techo no devuelve ninguna imagen.

Solo una superficie gris, plana, sin un punto negro que la rompa.

Eso debería ser un alivio. Cierro los ojos y el cuerpo de Marta no aparece como lo había imaginado tantas noches.

Aparece como fue: presente, despierto, mirándome.

Y encima de él, en el recuerdo, el techo de la 412 con su ojo quieto, registrando lo que ahora pertenece a alguien que sabrá cuándo cobrarlo.

Abro los ojos. No miro el teléfono.