Capítulo 10 — Pasillo
Despierto vestido. La americana me cruza el pecho como una manta mal puesta.
Durante unos segundos no sé si estoy en la cama o en el asiento del coche.
Después reconozco la grieta fina del techo, la línea del armario, la persiana bajada a medias.
La luz de la mañana entra con una claridad blanca, sin volumen. No ilumina la habitación. La registra.
Me incorporo despacio. La camisa se me ha pegado a la espalda. El cinturón me ajusta la cintura. Tengo los zapatos junto a la cama, paralelos, como si alguien los hubiera dejado allí con cuidado. No recuerdo haberlos colocado así. En la mesilla está el móvil, apagado. Lo miro sin tocarlo.
Camino hacia la cocina. Pongo café. La cafetera tarda más de lo normal en arrancar: primero gorgotea, luego suelta un chorro oscuro que golpea el fondo de la taza.
El sonido llena la cocina durante medio minuto.
Cuando termina, el silencio vuelve con la misma forma de antes.
Bebo de pie. El café sabe a metal y cloro.
Me ducho con agua bastante caliente. Apoyo una mano en el azulejo.
La palma deja una marca húmeda que desaparece en pocos segundos.
Me visto con otra camisa. Azul clara. Pantalón gris.
Americana limpia. Ropa de oficina, ropa que ordena el cuerpo desde fuera.
Antes de salir, miro otra vez el móvil. Pulso el botón lateral.
No se enciende. No tiene batería. Lo guardo en el bolsillo.
El coche huele a plástico caliente desde primera hora.
Conduzco por la misma avenida que la noche anterior, pero el día ha devuelto a la ciudad su función habitual: persianas abiertas, repartidores, autobuses, un hombre con chaleco reflectante que barre hojas secas junto a un semáforo.
Los comercios encienden los letreros mientras los empleados limpian los cristales por dentro.
Nadie sabe nada de lo ocurrido. Esa frase no aparece en mi cabeza como consuelo. Aparece como un dato provisional.
Aparco en mi plaza de la planta menos dos, la treinta y cuatro de la columna H.
Apago el motor. El ventilador sigue funcionando unos segundos, expulsando aire caliente hacia mis piernas.
Luego se detiene. En el parking, el olor a combustible es más fuerte que otros días.
Hay una mancha oscura cerca de una rueda del coche de al lado.
Rodeo el charco sin pisarlo. Camino hacia los ascensores con la mochila colgando en la mano izquierda.
En la puerta metálica del ascensor veo mi reflejo deformado: un hombre de treinta y cinco años, afeitado, con la camisa bien abrochada y una noche de hotel mal cerrada debajo de la ropa.
Las puertas se abren. Subo con dos empleados de Contabilidad y una mujer de Recursos Humanos.
Nadie habla. Todos miran sus pantallas. El ascensor se detiene en la planta cero, recoge a un repartidor con una caja de sobres corporativos y sigue hasta la cuarta.
La normalidad tiene mucha capacidad de carga.
Al salir, el pasillo principal de la planta parece más largo. La moqueta gris absorbe el ruido de los pasos. Las mamparas translúcidas convierten a la gente en siluetas parciales: un brazo, una cabeza inclinada, una mano sosteniendo un vaso de café. Camino hacia mi mesa.
A mitad del pasillo, Marta aparece por el extremo contrario.
No lleva el traje azul de anoche. Lleva pantalón negro, camisa blanca y una chaqueta corta de color arena.
El pelo recogido. El anillo en la mano izquierda.
Una carpeta contra el pecho. Todo en su aspecto pertenece al banco, a la mañana, al calendario de reuniones. Todo, menos lo que hay entre nosotros.
El pasillo se estrecha sin cambiar de tamaño.
Sigo caminando. Ella también. A cuatro metros levanta la vista.
No hay sorpresa. No hay gesto. Solo un reconocimiento, seco, sin sitio para la interpretación.
Sus ojos pasan por mi cara. Después bajan a la carpeta que lleva contra el pecho.
A dos metros, aparta la mirada. No como quien no ha visto. Como quien ha visto suficiente.
Pasamos uno junto al otro sin rozarnos. El aire que desplaza su cuerpo llega con el perfume de siempre, más débil por la mañana, reducido a una línea cítrica que desaparece enseguida bajo el olor del aire acondicionado. No me vuelvo.
Llego a mi mesa. Andrés está sentado, mirando fijo el monitor ensimismado en la planilla de cierre, mientras juega con un bolígrafo junto al teclado.
Se gira al notar mi presencia a su lado.
—Tienes cara de cierre trimestral —dice.
—He dormido poco.
—Eso es el cierre trimestral.
Se ríe con la nariz y vuelve a la pantalla. La conversación termina ahí. Andrés no necesita más. Hay hombres que preguntan para saber; Andrés pregunta para confirmar que el día sigue teniendo la forma que esperaba.
Abro la sesión. El sistema tarda seis segundos en validar mis credenciales.
Los cuento sin querer. Aparece el escritorio: fondo corporativo, acceso directo a Riesgos, carpeta de auditorías, bandeja de entrada.
Diecinueve correos nuevos. Contesto primero los que no exigen pensar.
Después reviso dos informes de solvencia y un documento de validación para la campaña de Marta.
El archivo lleva su nombre en la ruta: VIDAL_Marta_Campaña_Q3_AccesoCliente.
Lo abro. Durante un momento, la pantalla muestra una tabla de permisos y fechas de activación.
Nada más. Corrijo dos campos. Marco una observación menor sobre el acceso externo.
Guardo. El trabajo acepta cualquier cosa si se le ofrece en el formato adecuado.
A media mañana, Andrés se acerca y se sienta en el borde de su mesa.
—¿Viste el partido de anoche?
—No.
—Hiciste bien. Fue una pérdida de tiempo con camisetas.
Asiento.
—Faltó intensidad —digo.
—Eso dice todo el mundo cuando no sabe qué decir.
—Entonces servirá.
Andrés sonríe. Mira hacia el pasillo.
—Hoy hay reunión de seguimiento, ¿no?
—A las doce.
—Con Marketing.
—Con Marketing.
No añade el nombre de Marta. No hace falta. Se pone de pie y se va con una frase sobre el entrenador que no termino de entender.
A las doce menos cinco, cierro los informes y camino hacia la sala de juntas.
La sala está en el centro de la planta, rodeada de cristal.
Desde fuera, las personas sentadas alrededor de la mesa parecen piezas dentro de una vitrina: portátiles abiertos, botellas de agua, cuadernos con el logotipo del banco, una pantalla grande apagada en la pared del fondo.
Marta ya está allí. Ocupa una silla lateral, con el portátil abierto, la libreta a la derecha y un bolígrafo negro alineado con el borde de la mesa.
No mira hacia la puerta cuando entro. Yo me siento tres sitios más allá, en el lado opuesto.
Entre los dos queda la superficie barnizada de la mesa, tres portátiles, una botella de agua sin abrir y el director de Comercial hablando por teléfono.
Empieza la reunión. Se discuten ratios de conversión, ventanas de activación, límites de acceso, trazabilidad de clientes.
Cada palabra pertenece a su sitio. Cada gráfico se abre en la pantalla con el retraso exacto de la red interna.
La gente asiente, corrige cifras, pide fechas. Marta interviene una vez.
—El acceso externo no puede quedar abierto sin validación de Riesgos —dice—. Pablo ha señalado una restricción en el documento.
Varias cabezas giran hacia mí.
—Es un ajuste menor —digo—. La campaña puede salir igual si se limita el primer tramo a usuarios ya identificados.
—Entonces lo hacemos así —dice el director de Comercial.
Marta anota algo en la libreta. No me mira. Su letra avanza rápida, inclinada hacia la derecha. La observo durante dos segundos. Después miro la pantalla.
La reunión dura cuarenta y tres minutos.
Cuando termina, todos se levantan al mismo tiempo: sillas contra el suelo, tapas de portátil, cremalleras de fundas, frases sueltas sobre comida y llamadas pendientes.
Marta recoge sus cosas con precisión. Mete la libreta en la carpeta, guarda el bolígrafo, cierra el portátil.
Pasa junto a mí al salir. Esta vez tampoco hay roce.
El resto del día se organiza en bloques de quince minutos.
Una llamada con Sistemas. Dos incidencias.
Un informe que vuelve de Legal con comentarios en rojo.
Una circular interna sobre protección de datos que nadie leerá completa.
El banco produce documentos para demostrar que existe una vigilancia sobre sí mismo. Yo trabajo. Trabajo bien.
A las siete, las luces de la planta empiezan a apagarse por sectores.
Primero la zona de reuniones. Después el pasillo lateral.
Luego el área de impresoras. Quedan encendidas las pantallas de quienes no saben irse a tiempo.
Recojo el portátil, guardo la libreta en el maletín y cierro los cajones.
Andrés se despide desde su mesa sin levantar la mano.
—Mañana café —dice.
—Mañana.
Camino hacia los ascensores. El pasillo está casi vacío.
A través de las mamparas se ven algunas lámparas de escritorio, círculos pequeños de luz sobre mesas ordenadas.
La moqueta devuelve un olor tibio, mezclado con polvo y electricidad.
Pulso el botón de bajada. La puerta se abre. Marta está dentro. Sola.
Ninguno de los dos se mueve. Ella está de pie al fondo, junto al espejo, con el bolso colgado del hombro y la carpeta contra el cuerpo.
Mira los números rojos sobre la puerta, no a mí.
Entro. Me coloco a su lado, dejando el espacio que marca la cortesía profesional.
La puerta se cierra con un susurro metálico.
Cuarta planta. El ascensor inicia el descenso. No digo nada. Marta tampoco.
Tres. El motor vibra detrás de las paredes. En el espejo, mi reflejo queda junto al suyo. No somos la imagen de la mañana. No somos dos empleados subiendo al mismo lugar. Somos dos personas que comparten una habitación que no aparece en ningún calendario.
Dos. Marta cambia la carpeta de brazo. El gesto es mínimo. El anillo golpea el cartón con un sonido seco. Lo miro antes de poder evitarlo.
Uno. Ajusto el cuello de la camisa. En el espejo, Marta ve el movimiento. No gira la cabeza.
Cero. El ascensor se detiene. Las puertas se abren al vestíbulo. Hay un hombre esperando con una mochila de mensajería. Al vernos, mira la pantalla del móvil y decide no entrar. Las puertas vuelven a cerrarse.
Menos uno. El aire dentro de la cabina se vuelve más frío. O el metal lo devuelve así. El ambientador cítrico no alcanza para cubrir el olor del freno hidráulico. Marta respira por la nariz. Una vez. Después otra. No es un suspiro. Es una medida.
Menos dos. Las puertas se abren. Marta sale primero.
Sus tacones golpean el cemento del parking con regularidad.
No acelera. No mira atrás. Camina hacia la fila de plazas junto a la columna J.
Yo salgo después. Mi coche está en la treinta y cuatro de la columna H.
El trayecto hasta allí no llega a veinte metros.
Lo hago con la mochila en la mano izquierda y las llaves ya preparadas en la derecha.
Cuando abro el coche, el cierre centralizado responde con dos destellos naranjas. Marta ya no está en mi campo de visión.
Me siento al volante y cierro la puerta. Dentro del coche, el silencio tiene otro tamaño.