Capítulo 9 — Hotel
Conduzco por la avenida principal con las dos manos sobre el volante.
La ciudad de noche no cambia de forma. Solo pierde color.
Las fachadas de cristal dejan de reflejar el cielo y devuelven interiores encendidos, máquinas expendedoras, pantallas en reposo.
Los carteles luminosos siguen ofreciendo créditos rápidos, seguros de vida, gimnasios abiertos veinticuatro horas.
Todo continúa disponible, aunque nadie lo esté pidiendo.
Aparco a una manzana, bajo la copa oscura de un árbol de tronco torcido.
En el salpicadero, la hora marca las veintidós diecisiete.
Treinta y tres minutos desde que salí de casa.
Apago el motor y el silencio entra de golpe.
Mis manos siguen sobre el volante, como si el coche aún tuviera que ser conducido después de haber llegado.
La recepcionista no pregunta mi nombre. Extiende la mano hacia un sobre blanco que ya estaba preparado junto al teclado y me lo entrega con el número de habitación impreso en una etiqueta.
No hay registro. No hay firma. No hay ninguna pregunta que permita fingir que esto todavía pertenece al mundo administrativo de los hoteles.
El ascensor es estrecho, revestido de panel oscuro.
Pulso el cuatro. La pared me devuelve la americana gris, la camisa abierta hasta el segundo botón, el pelo peinado como cualquier mañana de trabajo.
El cuerpo conoce el protocolo: mirar los números, mantener las manos quietas, esperar. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
El pasillo de la cuarta planta está cubierto por una moqueta azul que borra el sonido. La 412 está al final, a la izquierda, con el número ligeramente torcido. Saco la tarjeta del sobre. La luz parpadea en rojo y después en verde. El mecanismo hace clic. Empujo la puerta. No hace ruido.
La habitación no está iluminada por el techo.
Hay una lámpara de pared encendida sobre el escritorio, encima de un espejo rectangular atornillado al panel de madera.
La luz cae hacia abajo y el espejo la devuelve rota, suficiente para alcanzar la cama, la silla y la moqueta y dejar zonas irregulares en sombra.
La cortina está corrida, pero no del todo.
Un palmo de luz blanca de la calle entra y no ilumina la habitación: la corta.
Sobre la silla hay una americana azul oscuro doblada, una blusa clara encima, una falda caída sobre el respaldo.
Los zapatos debajo, juntos, con los tacones hacia la puerta.
El sujetador negro junto al borde de la cama, colocado como si alguien lo hubiera dejado allí siguiendo instrucciones.
La cama está abierta. Una esquina de la sábana forma un pliegue blanco sobre la colcha.
Ella está junto al ventanal. De espaldas. Desnuda.
No lleva albornoz. No hay una prenda a medio quitar ni una sábana colocada con pudor.
Está de pie, con los brazos caídos a los lados del cuerpo y la cabeza apenas inclinada hacia la ciudad.
Al principio no veo a Marta. Veo una espalda, la línea de los hombros, la nuca descubierta, el pelo recogido con una pinza oscura que no le había visto en la oficina.
Después la reconozco. No por la cara, que todavía no se ha girado.
Por la manera de cargar el peso sobre una pierna.
Por el ángulo de la cabeza cuando escucha algo sin moverse.
Marta oye el cierre de la puerta. No se cubre.
Se gira. No con lentitud teatral, sino con la demora exacta de quien necesita confirmar algo antes de reaccionar.
Primero el perfil. El mentón. Un hombro.
Después me mira de frente, entera, y deja que la luz lateral le alcance el cuerpo sin hacer nada por administrarlo.
La tarjeta magnética se me clava en la yema del pulgar. No recuerdo seguir sosteniéndola.
El reconocimiento le cambia la cara, pero no en la dirección que yo esperaba.
No hay sorpresa que dure. No hay un segundo de pudor.
Veo trabajar algo detrás de los ojos, rápido, ordenado, la misma velocidad con que coloca una cifra en una reunión cuando los demás todavía están llegando.
Marta entiende la escena entera antes de que yo haya cerrado la puerta del todo: yo vestido en el umbral, la americana, la camisa con el cuello abierto, la tarjeta en la mano. Entiende quién ha pagado. Entiende qué.
—Eras tú.
No es una pregunta. Mi nombre no llega a sonar en la habitación; ella no lo dice. Lo que hace es peor. Da un paso. La moqueta se traga el movimiento. Yo no me muevo. Ella sí, y sigue, hasta que la distancia que había medido al entrar deja de existir.
Podría cubrirse ahora. La ropa está a un brazo.
El albornoz, doblado a los pies de la cama.
No los mira. Avanza desnuda hacia un hombre vestido y, al hacerlo, invierte algo que yo creía haber comprado.
La desnudez deja de ser exposición. Se convierte en lo contrario: el que está a la intemperie soy yo, con la chaqueta puesta, las manos ocupadas, sin saber dónde poner los ojos.
—¿Cuánto? —dice.
No entiendo la palabra hasta que la repite, con la boca casi en mi mandíbula. El aliento me toca antes que la voz.
—¿Cuánto has pagado?
No contesto. Me sube una mano al pecho y deshace el tercer botón de la camisa sin prisa, como quien corrige un detalle ajeno.
No me toca la piel. Toca la tela, el borde, el sitio donde la respiración la mueve.
El cuarto botón. El quinto. Yo dejo que lo haga.
Esa es la parte que no cabrá después en ninguna coartada: dejo que lo haga.
—Nueve con noventa y nueve —digo.
La cifra suena ridícula en voz alta. Más ridícula aquí que en el formulario, más que en la pantalla del banco, más que en cualquier sitio donde la haya pensado.
Marta no se ríe. Sonríe sin que la sonrisa llegue a los ojos, una sonrisa anterior a cualquier oficina, y me empuja la chaqueta por los hombros.
La americana cae al suelo con un peso que no esperaba: la cartera, las llaves, la tira de condones que llevo en el bolsillo interior y que ahora golpea la moqueta con un sonido pequeño y exacto.
Ella lo oye. Baja la vista. Vuelve a la mía.
—¿Tres? —dice—. ¡Qué optimista!
No es burla. La burla tendría calor. Esto es frío, medido, una observación de inventario.
Marta ha contado lo que llevo encima y lo ha colocado en la categoría que le corresponde: un hombre que vino preparado, que guardó la tira en el cajón sin pensar y la sacó pensando.
La he visto hacer ese gesto con cifras de campaña, con accesos mal configurados, con personas.
Ahora lo hace conmigo. Me reduce a una previsión razonable.
Me besa. No es un beso que ofrezca nada.
Es un beso que toma, que prueba la resistencia de una puerta antes de empujarla, y la puerta soy yo y cedo.
La mano que tenía en mi camisa baja. La otra se cierra en mi nuca, no con ternura, con dirección, igual que se sujeta algo para que no se mueva mientras se trabaja en ello.
Y el cuerpo responde. Esa es la trampa que la habitación tenía preparada y que ninguna cláusula nombró: el cuerpo responde sin permiso, contra todo, mientras la cabeza registra que cada respuesta me hace más pequeño.
La deseo. Aquí, ahora, con su mano en mi nuca y la prueba en el suelo, la deseo como la deseé escribiendo su nombre en una casilla, y el deseo no me redime.
Es lo contrario. El deseo es la confirmación.
Marta lo nota —es imposible que no lo note— y eso es exactamente lo que ha venido a comprobar.
No que yo la quiera. Que yo la quiera así.
Me lleva hacia la cama sin dejar de mirarme, caminando hacia atrás, conduciendo, y el espejo del escritorio nos parte a los dos en franjas de luz.
La veo entera y la veo rota a la vez. Me sienta en el borde.
Se queda de pie más alto que yo, y desde ahí, desde arriba, me mira como se mira una operación que va a salir bien.
Lo que ocurre después ocurre en sus términos.
Marta decide el ritmo, decide cuándo, decide cómo.
No hay nada de entrega en ello. Hay administración.
Me usa con la misma eficacia con que usa un rotulador o una hora de reunión, y cada cosa que hace está calculada para que yo sienta que la tengo y, en el mismo movimiento, que no tengo nada.
Me da exactamente lo que pagué. Ni un gramo de más.
Y descubro, mientras sucede, que exactamente lo que pagué es la forma más limpia de quedarme sin nada.
No me besa más después del primero. No cierra los ojos.
En ningún momento se va a otro sitio dentro de sí misma, que es lo que yo había imaginado tantas noches sin saber que lo imaginaba: una Marta ausente, perdida, vencida por el deseo.
La Marta real está presente todo el tiempo.
Me mira. Registra. Es la testigo de su propia humillación de mí, y la convierte en mía.
En algún punto levanto la vista hacia el techo.
No por placer. Por huir de su cara, que no me da tregua.
Y ahí está, junto a la moldura, entre dos paneles de pintura: el punto negro.
No parpadea. El detector de humo, a su lado, tiene su luz roja regular.
El punto negro no tiene luz. Está quieto, más oscuro que la pintura, mirando hacia abajo.
Se me corta algo. No el cuerpo: el cuerpo sigue, obediente, ajeno.
Se me corta la última coartada. No estamos solos.
No lo estuvimos nunca. Lo que ocurre aquí no termina aquí.
Va a quedar en algún sitio, fuera de mi alcance, con la frialdad de un archivo que alguien podrá abrir cuando convenga.
La contraprestación que todavía no tiene nombre empieza a tenerlo en ese punto negro del techo.
Marta sigue la dirección de mi mirada. Levanta la cabeza. Lo ve.