Nueve con noventa y nueve Capítulo 8 — Mensaje
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Capítulo 8 — Mensaje

No llego a dormirme. Al cabo de unos minutos vuelvo a la cocina.

La cena es un sándwich. El plato tiembla cuando lo dejo sobre la encimera.

Lo como de pie, frente a la encimera, con la tablet apoyada contra el frutero.

En la pantalla sigue abierta la novela inglesa del hombre que vuelve al pueblo.

Leo el primer párrafo, llego a la mitad del segundo y vuelvo al principio sin darme cuenta.

La cocina está iluminada solo por la luz de la campana extractora. Los azulejos blancos devuelven una claridad baja, suficiente para ver la mancha de cal alrededor del grifo y las gotas secas junto al fregadero. La casa tiene el silencio de los sitios donde no se espera a nadie.

He dejado de contar los días. Durante la primera semana, cada notificación del móvil me obligaba a mirar.

Durante la segunda, empecé a dejarlo en otra habitación.

Durante la tercera, volví a llevarlo encima por una disciplina contraria: mirar para demostrar que no esperaba nada.

Ahora lo apago al llegar a casa y lo dejo sobre la mesa de centro, en el salón.

La pantalla negra, la funda de silicona, el cristal sin huellas. Un objeto muerto.

El cargo de nueve con noventa y nueve sigue en mi cuenta.

Lo he visto dos veces. No aparece con ningún nombre reconocible, solo una referencia corta, una combinación de letras que podría pertenecer a cualquier pasarela de pago.

El banco registra millones de movimientos así cada día.

Nadie pregunta por una cifra que cabe en el margen de error de una semana.

En el piso de arriba arrastran una silla. Después nada. El frigorífico arranca con un golpe seco y queda zumbando detrás de mí. Miro la tablet. La frase inglesa sigue ahí, inmóvil. Un hombre entra en una casa que fue suya. Yo no paso de esa línea.

Entonces el salón se ilumina. No es una vibración ni un tono.

No hay música, ni aviso, ni parpadeo. Solo una luz blanca que aparece desde la mesa de centro y recorta el marco de la puerta de la cocina.

La intensidad no sube poco a poco. Está ahí de golpe, fija, como si alguien hubiera encendido una lámpara dentro del teléfono.

Dejo el plato dentro del fregadero. El móvil está apagado.

Lo sé porque lo apagué hace unos minutos.

Lo sé porque esperé a que la pantalla quedara negra antes de dejarlo en la mesa.

Lo sé porque esa comprobación forma parte de la rutina nueva, igual que cerrar la puerta con dos vueltas de llave o dejar las llaves en el plato del recibidor.

Camino hasta el salón. La alfombra amortigua mis pasos.

El teléfono está boca arriba sobre la mesa baja.

La pantalla encendida recorta el mando del televisor y una revista del banco que nunca he abierto.

Muestra un fondo negro absoluto. No hay iconos.

No hay hora. No hay indicador de batería.

Solo texto. La fuente no pertenece al sistema: las letras son excesivamente estrechas, con trazos verticales que parecen alargarse un poco más de lo necesario. No hay logo ni remitente.

Pulso el botón lateral. Nada cambia. Lo mantengo apretado durante tres segundos.

Cinco. La pantalla no se apaga. Tampoco aparece el símbolo de encendido.

El teléfono no responde al hardware. El mensaje permanece quieto, centrado sobre el negro, como si no estuviera mostrado por la pantalla sino colocado detrás de ella. Leo.

«Su deseo se cumplirá hoy. Hotel Metropol. Habitación 412. Cuatro horas a partir de ahora».

No hay firma. Leo otra vez. No por asombro. Por verificación. Las palabras no varían. El número de habitación tampoco. El plazo queda ahí, sin cuenta atrás visible, pero la cuenta empieza de todos modos. La entiendo en el estómago antes que en la cabeza. Cuatro horas.

Vuelvo a pulsar el botón lateral. Esta vez la pantalla se apaga. El móvil recupera su condición de objeto ordinario: cristal, metal, funda negra. Lo levanto. Está frío. Demasiado frío para haber estado emitiendo esa luz. No intento llamar a nadie. No hay nadie a quien llamar.

Regreso a la cocina. La tablet ha entrado en reposo.

En la pantalla oscura veo mi reflejo partido por la fruta del frutero.

Abro el grifo y dejo que el agua corra sobre los dedos.

No sé cuánto tiempo. El sonido llena la cocina con una continuidad constante.

Después cierro. Me seco las manos con un paño rígido por los lavados.

Voy al dormitorio. En el armario, las camisas están ordenadas por color, del blanco al azul oscuro.

Elijo una blanca. No la más nueva. Una que no exige plancha si la llevo con americana.

Me cambio despacio, sin encender la luz principal.

La lámpara de la mesilla basta. En el espejo del armario, mi cuerpo aparece dividido por la línea vertical de las puertas correderas.

Me abrocho la camisa. Primer botón. Segundo.

Tercero. El gesto tiene la tranquilidad de una mañana laboral.

En el baño, me paso agua por la cara. No me afeito.

La barba de un día no cambia nada. Sobre el lavabo hay un tubo de pasta de dientes doblado por la mitad, un frasco de colonia casi vacío y una cuchilla usada que debería haber tirado hace una semana.

Objetos sin relación con lo que va a ocurrir. Objetos que permanecen.

Vuelvo al dormitorio y abro el cajón de la mesilla.

Al fondo, debajo de un cargador antiguo y de una caja de ibuprofeno, hay una tira de preservativos.

Tres. La compré hace meses en una farmacia de guardia, sin motivo concreto.

La dependienta no levantó la vista de la caja registradora.

Cojo la tira. La sostengo en la mano. Después la meto en el bolsillo interior de la americana.

No hay pensamiento detrás del gesto. O no uno que merezca ese nombre. Es una operación práctica. Llaves. Cartera. Teléfono. Preservativos. Chaqueta.

El móvil pesa en el bolsillo del pantalón. Lo saco una última vez. Está apagado. Pulso el botón. No responde. La batería debería estar muerta o el sistema bloqueado. No aparece nada. Ninguna marca del mensaje. Lo guardo.

La cocina queda al fondo del pasillo. La luz de la campana sigue encendida. Durante un instante pienso en apagarla. No lo hago.

Abro la puerta. El rellano está vacío. La cera del suelo refleja la bombilla del techo.

Una bombilla del pasillo parpadea dos veces antes de estabilizarse.

Cierro con doble vuelta de llave. El clic del cerrojo suena más fuerte de lo habitual, aunque el mecanismo es el mismo.

Camino hacia el ascensor. No voy deprisa. Tampoco me detengo.