Capítulo 7 — Espera
El tiempo, en la oficina, no se mide en horas.
Se mide en ciclos de ventilación, en reuniones que cambian de sala tres minutos antes de empezar, en actualizaciones de software que nadie ha pedido y en el parpadeo constante del cursor sobre documentos que podrían no existir sin alterar demasiado el curso de la mañana.
Pasa una semana. Después otra. La realidad no se mueve.
El aire acondicionado zumba con la misma frecuencia monótona.
Las máquinas de café expulsan el mismo líquido oscuro.
Los correos electrónicos se acumulan en la bandeja de entrada con una insistencia que no tiene relación con la importancia de su contenido.
Cada mañana me levanto a las siete, me afeito si toca, tomo café de pie y conduzco hasta el banco por la avenida principal.
Aparco en la planta menos dos, en la plaza treinta y cuatro de la columna H.
Subo a la oficina. Abro la sesión. Trabajo. Nada cambia.
Después de aquella noche frente al portátil, después del formulario, de la voz y del pago, esperaba alguna alteración visible.
No algo espectacular. No una señal torpe.
Solo una desviación mínima: un correo mal dirigido, una llamada fuera de hora, una coincidencia exacta.
Algo que pudiera registrar como inicio del cumplimiento. No ocurre.
Marta sigue cruzándose conmigo en los pasillos con la misma precisión de siempre, a veces con una carpeta bajo el brazo, a veces hablando por teléfono con alguien de Comercial, a veces corrigiendo una presentación desde la pantalla de una sala acristalada.
El anillo de compromiso brilla bajo los fluorescentes cuando mueve la mano sobre la mesa.
No lo enseña. Está ahí. Me saluda con una cortesía normal.
—Buenos días, Pablo.
—Buenos días.
Nada más. No hay encuentros fuera de horario. No hay retrasos calculados en el ascensor. No hay una llamada de madrugada ni un mensaje que pueda leerse de dos formas.
Durante la primera semana reviso el móvil más veces de las necesarias.
Lo hago sin teatralidad. Entre informe e informe.
Después de comer. Antes de entrar en una reunión.
Al salir del baño. La pantalla muestra lo que debe mostrar: notificaciones del banco, avisos de seguridad, mensajes de Andrés, publicidad que el sistema coloca con una puntería vulgar. Ninguna pantalla se abre sola.
La segunda semana empieza con una cena en casa de mis padres.
Es domingo. El comedor conserva la misma disposición desde que tengo memoria: la mesa rectangular junto al aparador, el frutero de cristal, las sillas tapizadas con una tela que mi madre sigue llamando nueva, aunque lleva allí más de diez años.
Mi padre corta el pan en rebanadas exactas. Mi madre deja la fuente en el centro.
—Estás más delgado —dice.
—Peso lo mismo, mamá.
—Eso no se sabe solo por el peso, Pablo.
Mi padre cambia el canal de la televisión antes de apagarla.
En la pantalla queda un reflejo oscuro de los tres, deformado por la curvatura del cristal.
Nadie ocupa el centro. Cenamos sopa, tortilla y una ensalada que mi madre ha preparado como si fuéramos cuatro.
La conversación se mantiene en la superficie útil de las cosas: el calor, la salud de una tía, una avería en el ascensor del edificio, el precio del aceite, la posibilidad de que en verano vuelva a haber restricciones de agua.
—¿Has conocido a alguien? —pregunta mi madre cuando mi padre se levanta a buscar otra botella.
La pregunta no cambia nunca. Solo cambia el momento en que aparece.
—No.
—En el banco habrá gente.
—Hay mucha gente.
—No me refería a eso.
Miro el borde del plato. Hay una gota de aceite suspendida en la loza, cerca del dibujo azul. Tarda mucho en moverse.
—Nada nuevo —digo.
Mi padre vuelve con la botella y la conversación se desplaza hacia la derrama por la reparación del ascensor. Mi madre no insiste. Tiene esa forma de cerrar las preguntas que no ha terminado de hacer, como si las guardara dobladas en algún cajón para la próxima cena.
Cuando salgo de su casa, el rellano está recién fregado.
La luz automática tarda en encenderse. Bajo por las escaleras porque el ascensor no funciona.
En el portal, el cristal de la puerta me devuelve una imagen breve: camisa clara, hombros algo caídos, la cara de un hombre que sigue llevando una vida explicable.
La tercera semana Andrés nota algo. Lo hace en la sala de descanso, a media mañana, con un vaso de café en una mano y un yogur cerrado en la otra. No lo ha abierto todavía. Eso ya es una anomalía menor.
—Te veo raro —dice.
—Estoy igual.
—Eso también lo dices raro.
Me apoyo en la encimera. La máquina de café hace un ruido de tubería antigua. En la pantalla pequeña, una barra azul avanza sobre el dibujo de una taza.
—Hay mucho trabajo, Andrés.
—Siempre hay mucho trabajo.
—Entonces estoy como siempre.
Andrés retira el vaso antes de que la máquina termine de gotear. Cae una última gota sobre la bandeja metálica. La gota burbujea hasta que se evapora, agregando un aroma ácido al ambiente.
—No. Tienes cara de estar esperando una resolución.
—¿Una resolución de qué?
—Eso es lo que quiero saber.
Lo dice sonriendo. Todavía puede convertir cualquier frase en broma. Es su manera de no quedarse demasiado tiempo delante de nada.
—No espero nada —digo.
Andrés me mira. Después abre el yogur, hunde la cuchara en el centro y rompe la superficie blanca con un gesto limpio.
—Entonces peor.
No pregunta más. Me cuenta que han cambiado otra vez las plazas del curso de formación, que Nuria se ha equivocado de adjunto y que alguien de Jurídico ha enviado una cadena de correos a toda la planta sin ocultar destinatarios.
Habla de todo eso con una energía ligera, como si el edificio pudiera sostenerse sobre pequeñas negligencias compartidas. Yo asiento en los lugares correctos.
Esa noche, en casa, busco el cargo en la aplicación del banco.
Está ahí. 9,99 €. Una línea entre el supermercado y una suscripción mensual que no recuerdo haber renovado.
La descripción del movimiento no dice nada útil.
Un código. Una referencia de pago. Fecha y hora.
Todo lo que hace falta para que una transacción exista y nada de lo necesario para entenderla.
Amplío el detalle con dos dedos. La pantalla responde.
El importe no cambia. Durante unos minutos considero la posibilidad de haber sido estafado por algo menor.
Una página falsa. Un formulario vacío. Un sistema automatizado que cobra pequeñas cantidades a hombres que escriben deseos en una casilla durante una noche de calor.
La hipótesis tiene una limpieza agradable.
No absuelve, pero ordena. Cierro la aplicación.
El portátil está sobre la mesa baja del salón. No lo abro.
La cuarta semana llega sin anunciarse. El lunes, Marta presenta una campaña en la sala grande.
Lleva el pelo recogido y una camisa azul oscuro.
Habla de segmentación, de permisos, de cumplimiento normativo.
Cuando alguien de Comercial propone saltarse una validación para ganar tiempo, Marta gira la cabeza hacia mí.
—Eso tendrá que decirlo Riesgos.
Todas las miradas pasan a mi lado de la mesa.
—No —digo.
—Pues no —dice Marta.
No sonríe. No me da las gracias. Continúa con la siguiente diapositiva.
La escena no contiene nada. Precisamente por eso la reviso después, sentado frente al monitor, con el informe abierto y sin tocar el teclado.
Una frase laboral. Una respuesta técnica.
Un cierre. Nada que pueda alimentar una espera razonable.
El martes duermo seis horas seguidas. El miércoles dejo de consultar el teléfono durante las reuniones. El jueves bajo al parking sin mirar si Marta sale a la misma hora.
El viernes por la noche compro en el supermercado de la esquina las cosas que hay que reponer en la nevera. La cajera pasa los productos por el lector sin levantar la vista. El total aparece en la pantalla. Pago con tarjeta. El terminal emite un pitido breve. Operación autorizada.
En casa, guardo la compra y dejo sobre la encimera lo necesario para prepararme un sándwich.
No tengo hambre todavía. Enciendo la tablet y abro la novela inglesa del hombre que vuelve al pueblo.
Sigue en la página cuarenta y dos. Leo el mismo párrafo tres veces.
No avanza. El apartamento no cambia cuando uno deja de esperar.
Cambia la cantidad de cosas que uno mira.
Me levanto, voy al salón y miro el portátil cerrado. La superficie refleja una franja de luz de la cocina. Hay una marca de un dedo junto al borde derecho. La limpio con la manga de la camisa. Después apago el móvil. No lo pongo en silencio. Lo apago.
El cristal queda negro sobre la mesa de centro, junto al mando de la televisión y un recibo doblado del supermercado. Durante unos segundos todavía espero que vibre, que se ilumine, que haga algo que contradiga el estado del hardware. No hace nada. El sistema está cerrado.
Me voy al dormitorio. Dejo la camisa sobre la silla. Me tumbo boca arriba y miro el techo. La habitación conserva el calor del día, atrapado en las paredes. Del piso de arriba llega el sonido de una cisterna y luego varios pasos descalzos. Mañana será sábado. No tengo planes. Cierro los ojos.