Nueve con noventa y nueve Capítulo 6 — Contrato
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Capítulo 6 — Contrato

El salón está a oscuras. No enciendo la lámpara de pie ni la luz de la cocina.

La única claridad viene del portátil abierto sobre la mesa baja.

El resplandor de la pantalla no ilumina la habitación; solo recorta las aristas de los muebles, el borde del sofá, el lomo de la tablet abandonada junto al reposabrazos.

La dirección queda escrita en la barra del navegador. No hay historial asociado, ni sugerencia automática, ni icono guardado. La escribo de memoria, igual que se introduce una clave que no conviene tener anotada en ninguna parte. Pulso Intro.

Durante dos segundos no ocurre nada. El navegador muestra una página en blanco.

Después aparece el formulario. No hay logotipo.

No hay menú superior. No hay aviso de cookies ni pie legal.

Solo un fondo gris claro, casi blanco, y una caja de texto en el centro.

La fuente no pertenece al sistema. Lo sé porque llevo demasiados años mirando interfaces para no notar una desviación de medio milímetro en una letra.

La eme de «Compañía» tiene una caída vertical larga.

La tilde de «contraprestación» parece desplazada hacia la derecha. No me detengo en eso.

En la parte superior de la caja aparece una frase. «Formule su solicitud».

El cursor parpadea dentro del campo vacío.

Apoyo las manos sobre el teclado. Durante unos segundos solo oigo el zumbido bajo del frigorífico y una tubería del edificio golpeando en algún punto de la pared.

El apartamento tiene esos ruidos cuando la noche avanza: pequeños ajustes de temperatura, dilataciones, agua que circula por conductos que nadie ve.

Sonidos de una estructura que sigue trabajando, aunque todos los pisos estén cerrados.

Escribo: «Tener una relación sexual con Marta Vidal, empleada del departamento de marketing de Grupo Financiero Meridian».

La frase queda ahí, negra sobre fondo blanco.

No parece una confesión. Parece una incidencia abierta en un sistema de gestión.

Miro el nombre completo. Marta Vidal. Dos palabras que en la oficina pertenecen a una firma de correo, a una tarjeta de identificación, a una convocatoria de reunión.

Aquí ocupan el centro exacto de una petición que no admite malentendidos.

Podría borrar la palabra sexual. No la borro.

Podría escribir otra cosa: hablar con ella, gustarle, que me mire de otro modo, que dude de Daniel.

El formulario no me impide hacerlo. La caja de texto permanece abierta, obediente, como si la precisión moral dependiera de mí.

Dejo la frase como está. Pulso «Continuar» .

La pantalla cambia sin transición. Ahora aparece el importe: 9,99 €.

Debajo, una línea más pequeña indica que el pago inicial no cubre la contraprestación posterior.

No hay explicación adicional. Solo una casilla vacía junto a «Acepto las condiciones de cumplimiento y cobro» .

La palabra cobro está escrita con la misma fuente desplazada.

La observo un momento. Después marco la casilla.

Mi teléfono vibra sobre la mesa. Número privado.

La llamada entra sin sonido, solo con la vibración contra la madera.

La pantalla del móvil muestra el icono verde de aceptar y el rojo de rechazar.

No aparece país, prefijo ni identificador.

Aun así, sé quién llama. No por intuición. Por procedimiento. Acepto.

—Cliente identificado —dice una voz.

No es una voz masculina ni femenina. Tampoco exactamente neutra. Tiene la limpieza de los asistentes automáticos, pero no su torpeza. Pronuncia mi nombre completo sin arrastrar las erres ni convertir los espacios en pausas artificiales.

—Pablo Marín.

No respondo.

—Solicitud registrada: tener una relación sexual con Marta Vidal, empleada del departamento de marketing de Grupo Financiero Meridian.

Importe inicial: nueve euros con noventa y nueve céntimos.

El cumplimiento de la solicitud generará una contraprestación posterior no determinada en este momento.

La Compañía establecerá naturaleza, plazo y forma de ejecución una vez verificado el cumplimiento.

La voz hace una pausa exacta.

—Diga sí para continuar.

Miro la pantalla del portátil. El formulario permanece inmóvil. La casilla marcada no parpadea. No hay botón de cancelar a la vista. En la mesa baja queda un vaso con dos dedos de agua. Dentro flota una mota de polvo. El borde tiene una marca de cal que no había visto antes.

—Sí.

—El cliente declara conocer que la negativa a ejecutar la contraprestación podrá activar medidas de recuperación. La recuperación no requerirá nuevo consentimiento. Diga sí para aceptar.

—Sí.

—El cliente declara que la solicitud se formula libremente.

Ahí la voz se detiene una fracción de segundo más. No lo suficiente para parecer humana.

—Diga sí para confirmar.

El ventilador del portátil acelera durante un instante y vuelve a estabilizarse. En la pantalla, el importe sigue fijo. 9,99 €. Una cifra casi amable. Menos que una cena rápida. Menos que una botella aceptable de vino. Menos que el taxi que Marta tomará después de cualquier comida con clientes.

—Sí.

La llamada se corta. No hay despedida. El formulario se actualiza. Aparece una cuenta de destino, un identificador alfanumérico y el botón de pago instantáneo. El sistema no me pide tarjeta. No me pide dirección fiscal. No me pide nada que una entidad normal utilizaría para fingir legalidad.

Abro la aplicación bancaria. La pantalla reconoce mi cara.

Durante un instante veo mi reflejo superpuesto al teclado numérico, la frente iluminada por el móvil, los ojos abiertos para una operación de menos de diez euros.

Confirmo el bizum . El banco me envía un código.

Lo copio. Lo pego. Pulso aceptar. Transferencia realizada.

La notificación aparece con el sonido habitual, el mismo que recibo cuando pago el supermercado o divido una comida con Andrés. Ese sonido deja la operación en una categoría manejable. El banco no sabe distinguir un deseo de una cena.

El portátil espera. Durante unos segundos, el formulario muestra un círculo de procesamiento.

No gira rápido. Cada vuelta parece corregir un retraso mínimo, como si el sistema ajustara una pieza que no encaja del todo en la pantalla.

Pienso en el anillo de Marta. No en Daniel.

No en la boda. En el anillo. En la forma en que la piedra recogía la luz de la sala de descanso y la devolvía multiplicada, fría, sobre las caras de todos.

Un objeto pequeño ocupando demasiado espacio.

En la pantalla aparece un nuevo texto.

«Solicitud aceptada».

Debajo, en un bloque de líneas cortas:

«El deseo será cumplido en plazo no comunicado. El cliente deberá permanecer disponible. La Compañía contactará por el medio adecuado. No intente duplicar la solicitud. No intente modificar el beneficiario. No intente revocar el consentimiento después de iniciado el proceso».

La última línea tarda más en aparecer.

«La realidad no admite devoluciones».

Leo el texto dos veces. No hay firma. El portátil vuelve al escritorio como si la página nunca hubiera existido. El navegador queda abierto en blanco. En la barra de direcciones no figura nada. Ni la URL, ni un error, ni una redirección. Pulso atrás. No ocurre nada. Cierro el navegador.

El salón recupera una oscuridad menos azul. Durante unos segundos, la casa parece más grande. O más vacía. El sofá, la mesa baja, la estantería, el vaso con agua, la tablet. Todo sigue en su sitio, pero el orden ya no significa lo mismo.

Cojo el móvil. En la aplicación bancaria, el movimiento está registrado con normalidad.

9,99 €. Concepto: servicio. Fecha, hora, número de operación.

Lo guardo en favoritos sin saber por qué.

Después cierro la aplicación y bloqueo la pantalla.

El cristal negro me devuelve una cara que no parece haber hecho nada extraordinario.

Me levanto. En la cocina, la cuchara que usé para la sopa sigue junto al fregadero.

La lavo. La seco. La dejo en el cajón correspondiente.

Al volver al salón, el portátil continúa cerrado sobre la mesa.

El teléfono está a su lado. Dos rectángulos negros, uno mayor que el otro, esperando.

No hay instrucciones. No hay mensaje de Marta.

No hay ninguna señal de que el mundo haya empezado a moverse para cumplir lo que acabo de pedir.

Me siento en el sofá y enciendo la tablet. La novela inglesa sigue en la página cuarenta y dos. El protagonista vuelve al pueblo después de muchos años. Leo el primer párrafo. Después el mismo párrafo otra vez. Las palabras entran y salen sin dejar imagen. Apago la tablet.

Voy a la ventana. La ciudad continúa encendida al otro lado del cristal.

Algunos coches circulan por la avenida con los faros bajos.

En el edificio de enfrente, una mujer recoge ropa de un tendedero interior.

Un televisor parpadea en una habitación sin cortinas.

Nadie mira hacia mi ventana. La operación ya está hecha.

Vuelvo al sofá y me tumbo sin quitarme los zapatos. El portátil queda al alcance de la mano. El teléfono, también. Cierro los ojos. El zumbido del frigorífico vuelve a ocupar la casa.