Capítulo 5 — Anuncio
La oficina cambia de aspecto los días de celebraciones forzadas: platos de cartón, servilletas abiertas, tenedores de plástico y una tarta brillante, todo en una sala muy blanca para parecer acogedora. El pretexto es el cumpleaños de Andrés.
La tarta, de nata y fresas, la ha comprado alguien en el supermercado de la esquina. Las servilletas llevan el logotipo de una cadena que no existe en el centro de la ciudad. Brilla bajo los fluorescentes con una intensidad que no pertenece a ningún alimento.
Andrés está en el centro de la sala, aceptando felicitaciones con la incomodidad alegre de quien disfruta del foco y finge que no.
Lleva una corona de papel que alguien de Operaciones le ha puesto en la cabeza.
No se la quita. Ese es uno de sus talentos: sabe distinguir qué humillaciones menores conviene aceptar para mantener lubricada la maquinaria social.
—Treinta —dice Nuria, levantando un vaso de plástico—. Ya no puedes echarle la culpa a la juventud.
—Puedo echarles la culpa a mis padres —responde Andrés—. Es más tradicional.
La sala se ríe con la medida justa. Nadie quiere prolongar demasiado la celebración. A esta hora todos tienen una pestaña mental abierta con los correos que han dejado sin contestar.
Me quedo cerca de la cafetera, con un vaso de agua en la mano. El agua sabe a cloro. Desde allí veo la mesa, la puerta, el pasillo y el reflejo de la sala en el cristal del microondas. Es una posición cómoda. Permite estar sin participar del todo.
Marta entra cuando Andrés está cortando el primer trozo.
No lo hace de forma teatral. Solo abre la puerta con el hombro porque trae una carpeta en una mano y una bolsa de papel en la otra.
Lleva un vestido azul oscuro bajo la americana clara.
El pelo recogido, los pendientes pequeños, la acreditación girada del revés sobre el pecho.
—Traigo velas —dice—. Aunque llego tarde para salvar la dignidad del homenajeado.
Andrés levanta la corona de papel con dos dedos.
—La dignidad se fue a las nueve y cuarto.
Marta deja la bolsa sobre la mesa. Saca un paquete de velas finas, de colores distintos, y lo entrega a Nuria. Mientras lo hace, una luz se prende en su mano izquierda. No es una luz grande. Es un destello breve, producido por el fluorescente al tocar una superficie nueva. El anillo no estaba ayer.
Al principio nadie lo advierte. Nuria está ocupada separando las velas.
Andrés intenta cortar la tarta sin destrozarla.
Dos compañeros discuten si treinta años exigen una vela simbólica o treinta reales.
Marta coloca la carpeta sobre una silla y se remanga un poco la americana para ayudar. Entonces Nuria lo ve.
—Espera.
La palabra detiene más que una palmada. Marta levanta la vista.
—¿Qué?
Nuria señala su mano con el cuchillo de plástico.
—Eso.
Marta mira el anillo como si también necesitara comprobar que está ahí. Después sonríe. No es una sonrisa distinta a las demás, pero la sala decide leerla como si lo fuera.
—Ah —dice—. Sí.
Andrés deja el cuchillo sobre el borde del envase.
—No me digas que vienes a robarme el protagonismo.
—Solo un poco.
Marta extiende la mano. Lo hace sin exagerar, con una mezcla de pudor y cálculo social. El diamante es pequeño, más sobrio de lo que esperaba la sala. Platino, quizá. U oro blanco caro. La piedra no necesita tamaño; le basta con estar donde está.
—Me caso en septiembre —dice.
La frase queda suspendida un instante antes de que la habitación entienda qué debe hacer con ella.
Luego llegan las felicitaciones. No son falsas.
Tampoco del todo verdaderas. Son gestos de oficina: abrazos breves, exclamaciones, preguntas sobre la fecha, sobre el sitio, sobre el vestido, sobre Daniel.
El nombre de Daniel entra en la sala como un expediente ya aprobado.
Nadie pregunta quién es. Todos saben lo suficiente: abogado, correcto, sonriente, el hombre que la recoge algunos días junto a la entrada principal.
Aplaudo cuando los demás aplauden. Ni antes ni después.
La tarta queda desplazada a un segundo plano. Andrés acepta la derrota con buena educación. Se sirve un trozo grande y dice que al menos él no tiene que pagar un banquete para doscientas personas. Marta se ríe. Alguien pide ver el anillo más de cerca. Ella deja que le tomen la mano.
Yo miro la cafetera. El líquido negro cae gota a gota dentro de la jarra, con una lentitud angustiante.
El filtro está mal encajado y una línea de café resbala por el lateral hasta formar un charco pequeño sobre la placa caliente.
Nadie lo limpia. La máquina seguirá funcionando hasta que alguien se queme o se estropee del todo.
—¿Tú ya lo sabías? —me pregunta Andrés, apareciendo a mi lado con un plato de tarta.
—No.
—Pues mira. El mercado se mueve rápido.
Le doy un sorbo al agua. Está tibia.
—No todo es mercado.
Andrés me mira con la cuchara de plástico suspendida a medio camino.
—Eso lo dices porque no trabajas en Comercial.
Se mete la tarta en la boca y vuelve al grupo antes de que tenga que contestarle.
Marta está respondiendo preguntas. Septiembre.
Una iglesia pequeña. Cena después. No demasiada gente.
Daniel quería algo discreto. Su madre no.
La madre gana, como suelen ganar las madres en los eventos que otros pagan y ellas organizan.
Lo cuenta con soltura. Sin euforia. Como si estuviera presentando un calendario de campaña con variables familiares.
Esa serenidad irrita más que cualquier alarde.
El anillo aparece y desaparece entre las manos de los demás.
Cuando vuelve a su dedo, la sala recupera el movimiento.
Se reparten los trozos de tarta. Alguien pone platos sobre la encimera.
Nuria pregunta por la fecha exacta. Andrés hace una broma sobre el divorcio preventivo.
La sala se ríe de nuevo, con la misma eficiencia de antes.
Marta levanta la vista en mi dirección. No sé si me busca.
Es posible que solo esté comprobando quién falta por felicitarla.
Es posible que mire hacia la cafetera porque alguien ha dejado la jarra fuera de sitio.
Es posible que no haya nada en ese gesto.
Sostengo el vaso de agua hasta que el plástico empieza a ceder entre los dedos.
—Enhorabuena —digo cuando paso junto a ella para dejar el vaso en la papelera.
Marta gira la cabeza.
—Gracias, Pablo.
No añade nada. Su voz tiene el mismo tono que usa para agradecer una corrección técnica en un informe. Correcto, cercano, sin residuo.
Salgo de la sala de descanso antes de que terminen la tarta. En el pasillo, el aire acondicionado suena más fuerte. Camino hacia mi mesa con la sensación física de haber olvidado algo en algún sitio. Reviso los bolsillos: móvil, tarjeta, llaves del coche. Todo está donde debe estar.
Me siento. La bandeja de entrada ha sumado seis mensajes nuevos durante la celebración. Uno de ellos es de Marta. Asunto: «Accesos campaña Q3» . Lo abro. «Cuando puedas, revisa la versión definitiva. Comercial quiere dejarlo cerrado hoy. Gracias».
Debajo, un archivo adjunto. Nada más. El cursor queda al final del mensaje, como si esperara que yo escriba una respuesta que no corresponde.
No contesto. Abro el archivo. Reviso permisos, rutas, enlaces, condiciones de acceso.
Encuentro dos errores menores. Los corrijo.
Dejo un comentario técnico en una celda.
Otro en una pestaña oculta. Trabajo durante cuarenta y seis minutos sin levantar la vista.
A las doce y veintiocho, Marta responde al documento compartido.
«Perfecto. Te debo una».
La frase aparece en la esquina derecha de la pantalla, dentro de una notificación pequeña.
Permanece ahí tres segundos. Luego desaparece.
No hay nada en esa frase. Una fórmula laboral.
Un agradecimiento automático. Un resto de cortesía corporativa.
Aun así, muevo el ratón y abro el comentario para leerlo otra vez.
Por la tarde, la oficina recupera su textura normal.
La sala de descanso queda con platos de cartón apilados, servilletas arrugadas y migas en el suelo.
El anuncio se disuelve en tareas. Marta pasa dos veces por el pasillo.
En una lleva el portátil bajo el brazo. En otra habla por teléfono y camina deprisa hacia los ascensores.
No mira hacia mi mesa. Eso también entra en el registro.
Andrés se acerca a media tarde con una botella de agua en la mano.
—Al final me ha robado el cumpleaños —dice.
—Te quedaba poca propiedad sobre el evento.
—Cierto. Pero no todos los días una compañera anuncia boda encima de una tarta con mi nombre.
—No tenía tu nombre.
—Eso empeora las cosas.
Se apoya en la mampara.
—Daniel parece buen tipo.
No respondo de inmediato. En la pantalla tengo abierto un informe de exposición de riesgo. Tres columnas, cifras en azul, una alerta amarilla en una celda que no debería estar coloreada.
—Lo parece —digo.
—Eso es lo importante. Parecerlo. Serlo ya es una carga adicional.
Se ríe con la nariz. Después mira hacia la zona de Marketing.
—Marta acabará dirigiendo algo grande. Siempre da la impresión de saber dónde está la salida antes de que los demás hayamos visto la puerta.
—Puede ser.
—No te entusiasmes tanto. Vas a romper la silla.
Andrés se va antes de que la frase tenga que convertirse en conversación.
A las siete y tres minutos apago el ordenador. Las luces de la planta empiezan a bajar por sectores. Recojo la americana del respaldo de la silla. En la pantalla ya negra queda un reflejo débil de mi cara y, detrás, la geometría gris de la oficina.
Bajo al parking. Dos empleados hablan de reservas para vacaciones durante el trayecto.
En el coche, antes de arrancar, veo a Marta salir del ascensor por el retrovisor.
Camina hacia otra fila de plazas. Daniel la espera junto a un coche oscuro, apoyado en la puerta del conductor.
Lleva camisa blanca, sin corbata. Cuando la ve, guarda el móvil en el bolsillo.
Marta levanta la mano izquierda para saludarlo.
El anillo recoge la luz de los fluorescentes.
Daniel la besa en la mejilla. Después le abre la puerta del coche.
El gesto es breve, educado, casi antiguo.
Marta entra. Él rodea el vehículo y se sienta al volante.
Las luces traseras se encienden. No arranco hasta que salen del parking.
La barrera automática sube para ellos con un movimiento limpio.
Luego baja. El mecanismo queda de nuevo en reposo.
Conduzco a casa por la avenida principal. La ciudad tiene a esa hora un color naranja, sucio, de final de jornada. Las fachadas de cristal devuelven los últimos restos de sol. En las paradas de autobús, la gente mira pantallas pequeñas con una concentración de enfermos.
Llego al apartamento y dejo las llaves en el cuenco de madera de la entrada.
El sonido es más fuerte de lo habitual. Me quito la chaqueta.
La cuelgo en el respaldo de una silla, no en el armario.
Voy a la cocina. Abro el congelador. Saco una sopa preparada en un recipiente de plástico.
Retiro la tapa hasta la mitad y la meto en el microondas. Tres minutos.
El plato gira bajo una luz amarilla. La superficie congelada empieza a ceder por los bordes.
En el centro queda una isla sólida, opaca, que tarda más en obedecer al calor.
Miro el calendario pegado en la nevera. No tiene fotos.
Solo números, festivos en rojo y una publicidad de la gestoría que lo regaló.
Septiembre está cuatro hojas más adelante. Cuatro hojas.
El microondas emite tres pitidos. Saco la sopa.
Quema por fuera y sigue fría en algunas zonas.
La remuevo con una cuchara hasta que la temperatura se reparte mal.
Como de pie, junto a la encimera. El anillo vuelve sin imagen completa.
Solo el destello. La mano izquierda extendida.
Los dedos de Marta sujetos por otras manos.
Lavo el recipiente. El plástico conserva grasa en las esquinas.
Insisto con la esponja hasta que la superficie chirría.
Después voy al salón. La tablet está sobre el sofá.
El libro en inglés sigue en la misma página.
La pantalla se activa al tocarla y muestra una frase cortada por la mitad.
No recuerdo de qué trata el capítulo. Tampoco importa. Dejo la tablet boca abajo.
Me siento frente al portátil. Durante unos segundos no lo abro. Miro la tapa cerrada, el logotipo apagado, la línea fina que separa la pantalla del teclado. Una cosa plegada sobre sí misma. Una puerta sin pomo visible. Enciendo la lámpara de pie. Luego la apago. La luz del salón no mejora nada.
Abro el portátil. La pantalla ilumina la mesa baja, el borde del vaso que he dejado por la mañana, una mota de polvo sobre el panel táctil.
El sistema tarda once segundos en pedirme la contraseña.
Tecleo. El escritorio aparece con sus carpetas ordenadas.
Trabajo. Personal. Lecturas. Facturas. Nada fuera de sitio.
Abro el navegador. La barra de dirección queda vacía. Miro el cursor. Empiezo a escribir.