Nueve con noventa y nueve Capítulo 4 — Marta
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Capítulo 4 — Marta

La sala de juntas de la cuarta planta tiene las paredes de cristal y una mesa grande para las reuniones que suele alojar. Desde fuera parece una pecera. Desde dentro, un escaparate. Nadie habla allí sin saber que puede ser visto desde el pasillo.

Entro dos minutos antes de la hora. Hay tres personas de Comercial sentadas ya en el lado derecho, con los portátiles abiertos y vasos de café de la máquina.

Andrés ocupa una silla al fondo, junto a la pared, y revisa el móvil con la postura de quien está haciendo algo importante y quiere que no lo parezca.

Marta está de pie junto a la pantalla. No mira la puerta cuando entro.

Tiene el portátil conectado al proyector y una libreta negra abierta sobre la mesa.

Lleva pantalón azul oscuro, camisa blanca y una americana clara que ha dejado en el respaldo de una silla.

El pelo, suelto ahora, le cae sobre un hombro mientras ajusta un gráfico en la presentación.

Hay una mancha de tinta en el lateral de su dedo índice.

Azul. Pequeña. La clase de detalle que no pertenece a una imagen preparada.

Me siento en el extremo contrario de la mesa, junto a Andrés. La reunión empieza sin que nadie la declare abierta. En este banco las reuniones no empiezan; se imponen por acumulación de personas sentadas y pantallas encendidas.

Marta pulsa el mando del proyector. La primera diapositiva muestra una campaña de captación para clientes de perfil medio, una mezcla de seguros, financiación y promesas de estabilidad empaquetadas con colores suaves.

Nada demasiado agresivo. Nada que pudiera incomodar a quien ya ha decidido comprar tranquilidad antes de saber de qué tiene miedo.

—El problema no es el producto —dice Marta—. El producto es correcto. El problema es el acceso. Si el cliente tarda más de cuatro clics en llegar al formulario, perdemos a la mitad antes de que lea la primera condición.

Habla sin subir la voz. No necesita hacerlo. Tiene una claridad práctica que ordena la sala. No sonríe para caer bien. Sonríe cuando algo le parece evidente y los demás todavía están llegando.

Uno de Comercial, un hombre con corbata estrecha y reloj grande interviene para defender el flujo actual.

—El cliente financiero necesita seguridad. Si simplificamos demasiado, parece una plataforma de compra impulsiva.

Marta lo mira durante medio segundo.

—Exacto.

El hombre parpadea.

—¿Exacto?

—Sí. Eso es lo que ya somos. La diferencia es que nosotros fingimos que el impulso pasa por un comité.

Alguien se ríe. Andrés levanta la vista del móvil. Marta no remata la frase. Cambia de diapositiva y señala una curva descendente.

—Aquí se cae el usuario. Aquí. No en el precio. No en la letra pequeña. En el segundo aviso de validación. Si le pedimos que confirme demasiadas veces que quiere lo que acaba de pedir, le recordamos que puede no quererlo.

Anoto el punto exacto donde aparece el aviso de validación. No porque lo necesite —la presentación se enviará luego por correo—, sino porque mi mano necesita ocupar una superficie.

Durante los siguientes veinte minutos, Marta conduce la reunión con una eficacia que desarma a los otros sin humillarlos del todo.

Les concede una frase, retira dos. Acepta un matiz, corrige una conclusión.

Hace preguntas que parecen inocentes y obligan a los demás a decir en voz alta que no han leído el informe completo.

Andrés me pasa una nota escrita en el margen de una hoja impresa.

«Viene fuerte».

No le contesto. Marta cambia otra vez de diapositiva. El proyector dibuja sobre su camisa una cuadrícula azulada. Después se aparta, casi sin darse cuenta, y la luz vuelve a la pared.

—Necesito que Riesgos valide el acceso antes de final de semana —dice.

Ahora sí me mira. No hay nada especial en la mirada. Es una petición de trabajo dentro de una sala de trabajo, delante de seis personas que podrían repetir la frase si alguien la pidiera después. Aun así, la registro con una precisión excesiva.

—Depende de qué queráis cambiar —respondo.

—Dos pantallas y el aviso legal.

—Eso nunca son dos pantallas.

Marta deja el mando sobre la mesa.

—Por eso te lo pregunto a ti.

No hay coqueteo en la frase. Hay eficiencia. Sabe a quién necesita para que algo avance y lo usa igual que usa un rotulador o una cifra. Andrés me mira. Luego mira a Marta. Después baja la vista para ocultar una sonrisa que no le he pedido.

La reunión termina con tres tareas asignadas, dos plazos imposibles y una promesa genérica de coordinación entre departamentos. Los de Comercial salen primero. Andrés recoge sus papeles sin prisa.

—Te dejo con la campaña —dice al pasar junto a mí—. Bendiciones técnicas y esas cosas.

No respondo. Marta sigue junto a la pantalla, cerrando ventanas en su portátil. La sala se vacía poco a poco. Queda el zumbido del proyector, todavía caliente, y tres vasos de café que nadie ha tirado. Me levanto para recoger mi libreta.

—¿Tienes cinco minutos? —pregunta ella.

—Ahora sí.

—Solo quiero enseñarte dónde se atasca el acceso.

Gira el portátil hacia mí. Me acerco al borde de la mesa. La pantalla muestra el prototipo de la campaña en un entorno de prueba. Marta navega por las páginas con rapidez, sin adornar la explicación.

—Aquí entra desde el anuncio. Aquí acepta política de privacidad. Aquí le pedimos identificación. Aquí se pierde.

—Porque le pedís identificación antes de decirle qué obtiene.

—Le decimos qué obtiene.

—Le decís qué puede contratar. No es lo mismo.

Marta se queda quieta, con el dedo sobre el panel táctil. Después abre la libreta y escribe algo. Su letra es pequeña, inclinada hacia la derecha. No intenta ser bonita. Intenta caber.

—Eso me sirve —dice.

—No era una propuesta.

—Las mejores no lo parecen.

Levanta la vista y sonríe, pero ya está mirando de nuevo la pantalla antes de que la sonrisa termine de formarse. Esa velocidad la protege. No deja que ningún gesto permanezca lo suficiente para adquirir otro significado.

Se inclina para señalar el tercer bloque del formulario. Su manga roza el borde de mi libreta, nada más. No me toca. El roce desplaza el bolígrafo unos centímetros. Lo miro caer hasta detenerse junto a mi muñeca.

—Perdona —dice.

—Da igual.

Cojo el bolígrafo. Lo dejo paralelo a la libreta.

Marta sigue explicando el acceso como si el movimiento no hubiera existido.

Tiene razón. No ha existido para ella. Para mí sí.

Durante diez minutos revisamos pantallas, avisos, campos obligatorios y errores de validación.

Le marco dos problemas reales: una duplicidad en el consentimiento y una redirección mal planteada desde la página de producto.

Ella escucha con atención. No finge saber lo que no sabe.

Pregunta poco y bien. Eso la hace más peligrosa que una persona que intenta gustar.

—Puedo corregir esto hoy —dice—. Si tú me validas el acceso mañana, llegamos al viernes.

—Mañana no sé.

—Mañana por la mañana.

—No he dicho que sí.

—No. Has dicho que no sabes.

Cierra el portátil con una mano. El sonido de la tapa contra la mesa es seco, limpio.

—Te mando la versión esta tarde. La miras cuando puedas.

—Eso no es una pregunta.

—No.

Se pone la americana de pie, sin mirarse en el cristal, con un movimiento práctico. Después recoge la libreta negra, el portátil y el rotulador. La mancha de tinta sigue en su dedo.

—Gracias, Pablo.

Dice mi nombre como dice cualquier otra cosa. Con claridad. Sin promesa. Sale de la sala antes que yo.

Me quedo unos segundos junto a la mesa. En la pantalla apagada del proyector queda un rectángulo gris sobre la pared blanca. Nada más. El ventilador interno sigue girando, expulsando calor hacia una habitación que ya no lo necesita.

Vuelvo a mi puesto. Andrés levanta la cabeza cuando paso junto a su mesa.

—¿Ha sobrevivido el sistema? —pregunta.

—De momento.

—Buena señal. Cuando Marketing y Riesgos hablan más de diez minutos sin que nadie llame a Legal, sube la confianza en el país.

No contesto. Me siento y abro el correo. Dos minutos después llega el mensaje de Marta con el asunto: «Versión revisada campaña Q2» . El cuerpo del correo tiene tres líneas.

«Te paso lo que hemos comentado. Prometo tocar solo lo imprescindible. Gracias otra vez».

Debajo, su firma corporativa. Nombre, cargo, extensión interna, logotipo del banco. La misma plantilla que usa todo el mundo. Leo el correo una vez. Después otra. No hay nada ahí. Tres líneas de trabajo, una promesa mínima, una cortesía. Marco el mensaje como no leído.

La tarde avanza con una lentitud pasmosa.

Reviso expedientes, contesto correos, modifico un informe de solvencia que nadie leerá entero.

A las seis, la luz exterior empieza a perder fuerza contra los cristales.

Vuelvo al correo de Marta. Abro el archivo adjunto.

Reviso las pantallas. Ha corregido dos de los tres puntos que le he marcado.

El tercero lo ha resuelto de otra forma. Mejor. No se lo digo todavía.

A las siete menos diez cierro sesión. Andrés ya se ha ido.

En la oficina quedan pocas personas, todas con la misma expresión de quien espera que el día termine sin pedirle una última cosa.

Bajo hacia el vestíbulo para salir por la puerta principal.

No voy al parking. Necesito caminar diez minutos antes de meterme en el coche, aunque luego tenga que volver a entrar por la rampa interior.

Es una costumbre inútil que mantengo algunos días para fingir que hay un corte entre el banco y el resto de la ciudad.

En la puerta giratoria veo a Marta. Está de espaldas, hablando con alguien junto al bordillo.

No lleva la americana; la sostiene doblada sobre un brazo.

El hombre que la espera se apoya en un coche oscuro, con la chaqueta abierta y una mano dentro del bolsillo.

Tiene treinta y pocos, quizá algo más. Camisa sin corbata.

Zapatos limpios. La postura tranquila de quien no necesita demostrar que pertenece.

Marta se acerca a él, le besa la mejilla y le dice algo.

El hombre sonríe. Ella también, ahora sí, con una facilidad que no le he visto en la sala de juntas.

Él abre la puerta del copiloto. No es un gesto antiguo.

No parece cortesía aprendida. Parece costumbre.

Marta entra en el coche sin mirar hacia el edificio.

El hombre cierra la puerta, rodea el capó y se sienta al volante.

El coche se incorpora al tráfico con una suavidad cara.

Me quedo al otro lado del cristal de la entrada, entre los tornos de seguridad y la calle. Un vigilante me saluda con la cabeza.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana —respondo por rutina.

La puerta giratoria empieza a moverse cuando empujo el cristal.

El aire de fuera entra caliente. En la acera, la luz de los coches se rompe contra los cristales de la entrada.

Camino sin prisa. En el bolsillo, el teléfono vibra una vez.

No lo saco. Sé que no es ella. Ese conocimiento no tiene ningún valor práctico. Solo ocupa espacio.