Nueva Vida CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Luca tenía un número que yo representaba a la perfección, y que se trataba de no sólo ir en el monociclo a cierta altura –doblé los cinco metros de mi compañero italiano, cosa que al responsable de aquel circo le entusiasmó tanto como le preocupó mi seguridad, aunque al ver cómo respondía el público y que yo lo hacía sin inmutarme no mencionó palabra alguna, pues la taquilla funcionaba.

Aquel número añadía al paseo por la cuerda una hermosa mujer que se subía a mis hombros, daba volteretas sobre sí misma y caía en mi cabeza o manos mientras yo iba de un lado a otro de la cuerda floja.

Aquella mujer era Marta. Una española preciosa, morena de ojos verdes, nacida en Figueras hacía veintitrés años.

Ella siempre me corregía, con cara de malas pulgas, diciendo que no era española, sino catalana, y hablándome luego en catalán –maldiciéndome, supongo– mientras me contaba una y otra vez que en su pueblo había nacido también el maravilloso Dalí, para acabar dándome un beso en los labios, bien apretado, seguido de un guiño picarón con sonrisa incluida.

Caí en los brazos de Marta nada más verla.

Era imposible no enamorarse de aquella mujer.

Dulce, tan hermosa que los pájaros callaban su canto a su paso.

Una voz angelical que te conquistaba sin poder ofrecer resistencia alguna.

Y con genio. Con un genio que cuando salía desataba tormentas que harían arrodillarse al más grande de los reyes.

Lo nuestro fue una historia de amor y odio, pero sobre todo un flechazo.

Una breve historia de pasión sin fronteras ni límites.

Un derroche de sexo y lujuria, sin duda alguna.

Mentiría si dijera que no discutíamos más de lo que nos amábamos.

Pero las reconciliaciones eran lo mejor de aquella relación tan disparatada, y que a todo el personal del circo traía de cabeza, separándonos más de una vez en alguna que otra absurda pelea, que siempre acababan con los dos abrazados y disfrutando de nuestros cuerpos para después llorar como Magdalenas pidiéndonos perdón mutuamente por haber sido tan estúpidos.

Más de una función peligró por el simple y estúpido hecho de habernos enfadado cinco minutos antes a causa de cualquier tontería.

Al señor Zuffhausen, alemán de origen, pero italiano de corazón, director de aquel circo ambulante, le poníamos de los nervios.

En más de una ocasión nos amenazó con echarnos a los dos, aunque todos sabíamos –él incluido– que era algo que jamás haría, pues las entradas se vendían en gran parte por nuestro número de funambulismo suicida.

Siempre conseguía, todavía no sé cómo, que hiciéramos las paces en el último momento y saliéramos a tiempo a escena, a veces con miradas llenas de ira y furia, que desaparecían en cuanto escuchábamos los primeros aplausos.

La mala suerte quiso hacer acto de presencia en una actuación en las afueras de Florencia.

Después de una de sus volteretas acrobáticas, Marta resbaló al caer sobre mis manos, las cuales no pudieron soportar el movimiento brusco ni evitar que cayera al vacío, bajo mi mirada de horror y un silencio sepulcral del público, que fue roto por el crujido de su cuello al llegar al suelo.

Aquella imagen es imposible borrarla de mi mente y todavía hoy juraría que fueron horas las que transcurrieron entre su llegada al suelo, el sonido seco de su columna al romperse y la primera mujer en el público en chillar horrorizada por lo que había presenciado.

Jamás nada había sucedido tan lento y me había parecido tan irreal, como si fuera un sueño a cámara lenta, imposible de rebobinar para evitarlo.

Caí en una profunda depresión, y decidí abandonar aquella misma noche el circo.

Aquel escenario de alegría y fiesta no correspondía ya a mi alma, que vagaba en pena y llantos llamando a Marta, preguntándole por qué me había abandonado de aquella manera.

Volví a mis orígenes vagabundos y malviví entre las limosnas y alguna pequeña actuación de malabarismo callejero con latas vacías, pelotas o lo que pudiera recoger de la basura por la calle.

Me situaba en los semáforos aprovechando el tiempo en que estaban en rojo para entretener a los automovilistas y así, con un poco de suerte, recoger algunas monedas que me permitieran comer algo, asearme y comprar algo de bebida.

Pero mi cabeza no dejaba de maltratarme con Marta y la visión de cómo caía, mirándome asustada para después quedar como un muñeco de trapo en el suelo, sola en mi mente.

Sin público. Sin nadie alrededor. Silencio absoluto y el negro como un todo rodeándola.

Aquel pensamiento me torturaba, haciéndome responsable de lo sucedido, haciendo que me fuera imposible seguir viviendo con ello.

Así anduve por Florencia durante año y medio.

La lluvia había comenzado a caer con más ganas que nunca.

Era como si los ángeles en el cielo adivinaran mis pensamientos suicidas y quisieran evitarlo pero, al no poder, derramaran la mayor cantidad de lágrimas jamás lloradas.

El ruido que devolvían los adoquines del casco antiguo de Florencia era ensordecedor.

Apenas había tráfico ya. Era tarde, muy tarde.

Las farolas iluminaban unas estatuas sin público en la Piazza della Signoria.

En un paseo solitario hacia el río Arno sentí todas y cada una de las gotas que azotaban mi cabeza.

Noté el peso del agua en mi ropa, haciendo que el caminar fuera más lento y sin evitar que mis pensamientos siguieran su camino hacia la autodestrucción.

Llegué al Ponte Vecchio y me quedé un rato mirando cómo el río bajaba desbordante y con furia.

Cómo toda aquella agua salvaje se perdía en la oscuridad.

Dediqué unos minutos a observar todas aquellas tiendas ya cerradas.

Fratelli Piccini, Tozzi, Risaliti, Cassetti…

Era curioso ver cómo todas aquellas joyas y demás objetos tan preciados por los turistas en pleno día, eran totalmente ignorados por la lluvia y la noche.

Perdían todo su valor, como mi vida había perdido el suyo para mí.

Me senté al lado del busto a Cellini. Y mi decisión fue tan espontánea como veloz, viéndome al instante siguiente subido en la baranda, mirando hacia abajo al agua rabiosa, suplicándome que le entregara mi cuerpo para limpiar mis penas para siempre.

Y entre los ligeros balanceos que mi cuerpo hacía para tirarse y la resistencia de un rincón de mi mente –o el miedo a morir ahogado, pues sabía que no iba a ser agradable– surgió otra voz angelical, que fue mi salvación. Joanne.

Mi salvación de aquel lluvioso día. Quizás mi perdición hoy.

Todavía está por saber lo que el destino me tiene preparado, pero Raquel es, hoy por hoy, la bendición que por tercera vez llama a mi puerta en forma de mujer.

Y no puedo evitar tener un sentimiento de agradecimiento hacia ella, al igual que no puedo esconder la atracción que siento ni el miedo a lo desconocido aun siendo lo que soy ahora.