Nueva Vida CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

« DPTO. BIOLOGÍA

Localidad: Selsey

Responsable: Edward Culsey

Asistentes: Mónica Brown, Alec Ilsey

Paciente: Bárbara Emington

Edad: 23

Fecha fecundación: 10/07/72

Fecha conversión: 12/07/72

Tras la exitosa fecundación in vitro efectuada el pasado lunes día diez de julio, la paciente ha evolucionado sin problemas.

Contrariamente a lo esperado y experimentado hasta la fecha con otros casos, la paciente no presenta ningún cuadro anormal tras ser convertida, y tanto el feto como su madre evolucionan favorablemente en su tercer día de vida. […]

Se procede al seguimiento correspondiente a la primera semana, aunque según lo observado, el feto aumenta de tamaño con una inusual rapidez.

De seguir en esta escala de progreso, se calcula que se deberá adelantar el parto a la vigésima semana para evitar posibles complicaciones por tamaño y envergadura del feto. […]

La paciente ha mostrado un apetito superior al normal, ingiriendo hoy un total de 12 litros de sangre humana, el triple de lo habitual en un recién convertido.

La sangre ha sido administrada por vez primera por vía oral, eliminando definitivamente la vía endovenosa.

El alimento sólido es rechazado sistemáticamente al intentar su ingesta.

Se aprecia una actividad superior del feto cuando la sangre proporcionada es del tipo O–».

La lectura del informe fue algo tan inaudito como inesperado.

No todos los días descubre uno que es el resultado de un experimento biológico.

Y menos todavía que se trata de una práctica de vampiros.

Aquello fue como un jarro de agua fría, aunque por otro lado explicaba muchos aspectos de mi vida que hasta la fecha no había logrado entender.

Por otro lado, era la primera vez que veía el nombre de mi madre biológica. Y eso generó inmediatamente una cascada inagotable de preguntas, de suposiciones o historias hipotéticas, que tuve que cortar por lo sano para poder centrarme en lo que debía.

Aquel fue el primero de muchos informes médicos sobre mí.

Mi cerebro hacía esfuerzos sobrehumanos para no derrumbarse emocionalmente.

El primer conflicto, evidentemente, es el saber que no eres fruto del deseo o el amor entre dos personas, sino que has sido más bien una idea de un científico.

Me sentí como un nuevo chicle en el mercado, sabor a tequila.

Como el experimento que supera con éxito todas las pruebas y por fin ve la luz de la calle, dejando a otros en la cuneta que no tuvieron tanta suerte.

El resto de los informes explicaba con todo tipo de detalles la evolución de mi difunta madre –de ahí que mi niñez la viviera en un centro de acogida para huérfanos en las afueras de Londres–, quien no pudo soportar mi crecimiento y a las once semanas de gestación tuvo un parto prematuro, naciendo yo de improviso total.

Pesé casi cinco kilos y medí cincuenta y cinco centímetros.

Mi morfología estaba completa. No era en absoluto un bebé que precisara una estancia prolongada en incubadora, como cualquier ginecólogo o pediatra hubiera podido pensar. Estaba sano, sanísimo. Y todo a costa de la salud de mi madre. Otro experimento, pero esta vez fracasado.

Tras leer y analizar toda aquella información, vi claro que el experimento en sí no era mi madre, sino yo. Había sido el primer nacimiento en siglos. La primera vez que una humana convertida daba a luz un bebé con sangre vampira.

Pero lo que auguraba un futuro de la raza sin igual, se transformó en decepción para los investigadores, quienes esperaban que mi crecimiento fuera total como vampiro, no siendo así.

Crecí en el vientre materno con una velocidad espantosa que destrozó la vida de mi madre biológica.

La maté. La devoré por dentro. No literalmente, pero sí en un sentido no tan figurado.

Al crecer tan rápido el espacio interior que precisaba era mayor que el que su cuerpo podía darme.

Sus células no reaccionaban con la misma rapidez, por lo que acabé destrozando literalmente los órganos vitales, por aplastamiento.

Cuando el equipo médico practicó la cesárea, apenas cinco minutos más tarde fallecía ella.

Dejándome no mucho más huérfano de lo que iba a ser en realidad en el futuro.

Durante los primeros cuatro años de mi vida humana estuve en el centro de Selsey.

Quizás por eso me resultaba un tanto familiar la fachada y el lugar.

Cuando mi crecimiento se estancó y no evolucionó más, los investigadores decidieron darme en adopción, no sin perder un cierto control sobre mi estado de salud por si las cosas cambiaban.

Así pues, ellos siguieron experimentando, en busca de algo, algo que todavía yo desconocía.

Pero estaba claro que tantos experimentos –si el mío era el número 12567, entendí que hubieron más de doce mil quinientos experimentos anteriores a mí– habían significado un número exagerado de fracasos, delante de los cuales no iban a rendirse hasta dar con el resultado que buscaban.

Mi organismo experimentó un crecimiento inusual hasta los dos años, pero desde esa edad hasta mi madurez humana, aunque fue creciendo algo más rápido que el de otros niños, nada era excesivamente anormal.

Siempre fui de los más grandes de mi clase, pero en el colegio no destacaba por nada.

Los años pasaban y había gente que me superaba en estatura y corpulencia, siendo ya entonces un niño normal.

Un adolescente mediocre y un adulto que fácilmente pasaba desapercibido entre el gentío.

Pero durante todos esos años, el equipo de Edward siguió mis pasos desde la oscuridad y el silencio.

En ningún caso me di cuenta, ni siquiera cuando teóricamente somos adultos.

Y es que mi infancia con los padres adoptivos no fue fácil.

De hecho, soportaba tan poco a mis padres que a los dieciséis años me fui de casa y, aunque no duré más de tres días fuera de mi cárcel privada hasta que me encontró la policía, cuando cumplí los dieciocho abandoné definitivamente el hogar que durante tanto tiempo torturó mi mente.

Dije adiós a una mujer sin personalidad, que era maltratada, tanto física como emocionalmente, por un bastardo alcohólico sin escrúpulos, al que no me hubiera importado asesinar en más de una ocasión.

De hecho, aún recuerdo como si fuera ayer aquel día, con dieciocho años recién cumplidos, en que me planté de madrugada con un cuchillo muy afilado en mi mano derecha, junto a su cama mientras él dormía plácidamente, roncando cual oso que hiberna en invierno.

La catástrofe la impidió mi madre adoptiva, quien se despertó y –sin hacer el más mínimo ruido o movimiento que pudiera perturbar el sueño de mi padrastro– me miró fijamente.

La luz de la luna me mostró una mirada que combinaba el pánico con la compasión, hasta que mi mente, en aquel momento excitada a más no poder, se fijó en un pequeño detalle: unas lágrimas que se lanzaban al vacío, una tras otra, pidiendo a gritos silenciosos que no lo hiciera.

Aquella mujer, aun siendo maltratada de aquella manera, amaba a su esposo.

Aquella misma noche preparé una mochila con lo imprescindible y me marché de casa.

Sin notas. Sin preocupaciones sobre dónde iría o qué sería de mí.

Simplemente cerré la ventana de mi dormitorio con cuidado de no hacer demasiado ruido y marché por la puerta de atrás, cruzando el jardín y caminando durante tres horas y media hasta llegar a Londres.

Me desperté al lado de tres mendigos borrachos en la estación de Victoria, muerto de frío y con más hambre del que había tenido jamás.

Pero feliz. Contento de haber tomado aquella decisión y listo para afrontar lo que viniera.

Peor no podía ser que todos aquellos años esclavo de aquel matrimonio, que todavía hoy no me explico cómo pudo adoptarme, o en qué estarían pensando al acoger a un niño de cuatro años.

Los años pasaron y jamás hacía lo posible para encontrar trabajo de camarero de «McDonalds», barrendero, o cualquier empleo que pudiera darme unas libras para alojarme en casas destartaladas, ocupadas y compartidas con yo qué sé cuánta gente; las camas rotaban por horas, para hacer de las estancias algo más económico.

Recuerdo haber estado horas bajo la intensa lluvia, nieve y frío en invierno o un sol horroroso en verano portando como un negrito de las películas de Tarzán un cartel sobre mi espalda anunciando una tienda de artículos de golf, en Oxford Street esquina con Bond St.

Mis habilidades con los malabares me condujeron a trabajar una temporada con un circo ambulante italiano, formado por gente humilde, hippies en su mayoría, gente joven sin nada que perder, que iba de aquí para allá, ganando el dinero justo para sobrevivir, pero al menos haciendo algo que les gustaba y sin molestar a nadie.

Estaban de gira europea, y me reclutaron primero para limpiar el escenario y las gradas al finalizar la función, aunque al cabo de pocas semanas de viaje por el sur de Inglaterra y el norte de Francia descubrieron que no se me daba mal hacer malabarismo con bolos –con o sin fuego–, así como que tenía ciertas dotes funambulistas y un buen equilibrio que facilitó enormemente el poder cubrir al gran Luca, un maravilloso feriante que tuvo la mala suerte de caerse del monociclo durante una actuación de funambulismo a cinco metros de altura, rompiéndose ambas piernas al caer al suelo.

Aquello fue una oportunidad de oro y disfruté mucho en los seis meses posteriores, viajando por Alemania, Austria, Suiza y, finalmente, Italia. La gira italiana supuso un revés y una prueba de fuego a mis sentimientos y mente, que no logré superar.