Nueva Vida CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Estaba comenzando a amanecer, y necesitábamos un lugar seguro donde descansar un poco, asearnos y así poder pasar más desapercibidos en la ciudad de la luz y el amor.

Nos adentramos en un callejón del barrio de la Defénse.

Las calles estaban desiertas y, al ser un distrito básicamente financiero, no nos encontramos con ni un alma en nuestro recorrido hacia un lujoso apartamento con vistas al maravilloso cubo blanco parisino.

Por un momento me paré a pensar, y llegué a la conclusión de que debía ser sábado o domingo. La actividad en la calle, tanto de transeúntes como de tráfico, era nula, y eso en París es muy inusual. ¿Quizás era un día festivo en la ciudad?

El apartamento estaba en un edificio relativamente nuevo, y el portero todavía no estaba de servicio, por lo que nadie nos vio excepto las cámaras de seguridad.

Raquel me aseguró que no funcionaban pues eran meramente disuasorias, lo cual me tranquilizó bastante.

Tanto Edward como Remus tenían contactos en las más altas esferas de París, y no me hubiera extrañado que nos localizaran a las pocas horas si aquellas cámaras estaban conectadas con alguna empresa privada de seguridad.

La gran mayoría pertenecían a alguno de los dos clanes.

Un gran negocio en estos tiempos de inseguridad, sin duda.

Y es asombroso lo que la técnica de reconocimiento de rostros puede hacer.

Nada más entrar me puse a observar con detenimiento aquel espacio diáfano, decorado con extremo gusto. Tenía un olor un tanto particular. A perfume, «Chanel», pero también a un poco de humedad, polvo y espacio cerrado. Allí no vivía nadie desde hacía tiempo, era evidente hasta para un humano.

–Antes de que preguntes nada, te lo explico.

Es uno de mis antiguos apartamentos. Antes de ser lo que soy ahora.

Por eso verás que la limpieza no es lo mío, aunque deberían venir una vez cada quince días.

O al menos yo sigo pagando para que lo hagan.

La gente se piensa que estoy en los Estados Unidos trabajando.

Así es más fácil –dijo Raquel, mientras se desprendía de sus ropas sin ningún tipo de vergüenza, dejando que sólo un diminuto tanga negro le cubriera el cuerpo.

Debí quedarme unos segundos sin habla, y con cara de estúpido, pues su reacción fue tan espontánea como inesperada.

–Si te vas a quedar mucho más rato así te traigo una silla –dijo entre sonrisas mientras caminaba hacia el baño, un espacio también abierto, aunque con unas paredes de pavés traslúcido que me permitieron contemplar cómo se quitaba la última pieza de ropa antes de entrar en la ducha, mientras mi imaginación volaba dibujando su cuerpo una y otra vez.

–Si no te importa, le echo un vistazo al loft. Cuando acabes entro yo –le dije alzando un poco la voz estúpidamente, pues, aunque lo hubiera susurrado ella me hubiera oído perfectamente.

–Vale. Ponte cómodo y mira en la cocina, quizás haya algo para comer o beber que no esté caducado –me dijo entrelazando su adorable voz con el sonido del agua envolviéndola y cayendo al suelo de la ducha.

En apenas cinco minutos apareció tras de mí, envuelta en una toalla de tacto sumamente suave que le dejaba al descubierto el cuello, ya que se había recogido el pelo con otra toalla más pequeña, pero con la misma apariencia de hotel de cinco estrellas que la que le cubría el cuerpo.

Yo estaba absorto en unas réplicas de Leonardo Da Vinci que colgaban de la pared principal, justo delante de la cocina, y al lado de un gran ventanal que ofrecía unas magníficas vistas de la ciudad.

–Me encantaría pasar unas horas aquí contigo, parar el tiempo, y disfrutar más de este encuentro.

Pero me temo que nos están buscando. Y no podemos perder ni un segundo.

Tienes toallas limpias en el baño y, mientras te duchas, te dejaré algo de ropa limpia, creo que tengo algo de tu talla por ahí –dijo ella.

Sus labios, todavía húmedos, surcaron suavemente mi cuello para luego alejarse con aquel susurro, dejándome en la espalda un rastro de dos gotas de agua que descendieron lentamente por mi espalda.

Me giré y sólo encontré una mirada, tan parecida a la de Joanne, llena de complicidad y provocación.

Evidentemente estaba disfrutando con aquel juego de seducción.

Pero como ella bien decía no podíamos arriesgarnos a perder mucho más tiempo, así que me dirigí a asearme, no sin antes devolverle una sonrisa silenciosa, llena de intención, que ella aceptó con un guiño a cambio.

La ducha, helada, me sentó de maravilla.

Y aunque me pareciera curioso conseguí no pensar en nada y recuperar energía.

Estaba listo para cualquier cosa. Me sentía un hombre nuevo, si es que podía definirme así.

Por un momento había olvidado lo sucedido antes de emprender la huida.

Pero mi cabeza enseguida retomó su conciencia y me puso al día, por si me había olvidado de algo.

Los conflictos enseguida surgieron entre Joanne y Raquel, y no sabía qué hacer.

Mientras me vestía con unos vaqueros «Dolce y Gabanna» impecables y una preciosa camisa blanca de «Yves Saint Laurent» que todavía lucía la etiqueta colgando, observaba a través del ventanal cómo poco a poco la ciudad iba cobrando vida, llenándose de personas y vehículos que circulaban cada minuto con más intensidad y aumentando también en densidad.

París acababa de despertarse, otro día más para la ciudad del amor.

–Vamos, tenemos que elaborar un plan, pero no aquí. Esta casa ya está seguramente identificada y será uno de los sitios donde Remus envíe a sus lacayos –dijo ella.

Raquel iba vestida también de una manera cómoda pero elegante –también de marca– y con zapatos deportivos por si teníamos que huir.

Una coleta dejaba al aire su perfecto cuello, que me regaló de nuevo aquella esencia tan embriagadora.

«Chanel», de nuevo. Aunque ahora era mucho más intenso, acababa de rociarse con el perfume.

En el tiempo que yo me había duchado y cambiado de ropa ella no sólo se había preparado, sino que tenía a punto dos pasaportes –desconozco todavía cómo se hizo con una foto mía– con nombres falsos, por si decidíamos usarlos.

Un par de tarjetas de crédito nuevas nos facilitarían el efectivo necesario para poder escapar.

Según ella las tarjetas y cuentas asociadas estaban libres de sospecha y rastreo, pues no habían sido creadas ni por los Vahu ni por los discípulos de Edward.

«Tengo mis contactos», me dijo mientras dejaba escapar de nuevo una sonrisa pícara, pero sellando su boca al respecto.

La idea de coger un avión y escaparnos a algún destino que presuntamente no estuviera controlado por ninguno de los dos clanes era la inicial, pero también la más lógica, por lo que finalmente decidimos coger un coche e irnos por carretera, mucho menos controladas y con más margen de escape.

Aunque inicialmente pensamos en ir a Italia o Bélgica, donde ella tenía algún contacto de hacía años, finalmente decidimos que la soleada España sería mejor destino.

No teníamos conocimiento de ningún movimiento licántropo o chupasangre en la península ibérica, por lo que fue un destino fácil de decidir una vez en ruta.

Yo pensé que iríamos a una oficina de Hertz a coger un coche, pero, aunque era la opción más rápida quizás también la más obvia.

Así pues, tomamos un taxi privado que nos llevó a las afueras de la ciudad.

Nos dejó a las puertas de un taller de reparación de coches, donde desde luego dábamos el cante con aquella ropa de marca.

En la puerta, un chico árabe de unos veinte años nos miró de arriba abajo mientras Raquel con decisión entró hasta una pequeña oficina que había dentro.

Todos los operarios se pararon a observarla, y mis sentidos se pusieron alerta, ya que no me causaban una buena impresión.

Entramos en la oficina del responsable de aquel lugar y, tras una breve introducción de qué queríamos, nos acompañó con una sonrisa artificial a la parte posterior de aquella nave industrial.

Allí, para mi asombro –no el de Raquel– había todo un garaje de vehículos de lujo: «Hummer H2 », «Ferrari», «Lamborghini», « BMW », «Mercedes…

», vehículos a la carta. Salimos con un «Porsche 997 » turbo negro de segunda mano después de estar una media hora arreglando todo el papeleo necesario para no tener problemas con ninguna policía europea.

No hay nada como ir con un maletín lleno de pasta para que no hagan preguntas y las cosas vayan como la seda.

Al salir del recinto, aquel tipo se frotaba las manos por haber vendido un coche bastante por encima de su valor. Pero a nosotros nos interesaba la rapidez, y eso cuesta dinero también.

–Esto es lo que se llama ser discretos, ¿no? –Le dije mientras tomábamos rumbo a la frontera española– Yo hubiera cogido aquel X5 negro.

–Siempre quise tener uno, así que… ¿por qué no ahora? Total, apenas lo tendremos unos días. Y para eso está el dinero. Una vez en España lo venderemos y cambiaremos de vehículo por uno nacional, para no levantar demasiadas sospechas si nos tenemos que quedar mucho tiempo.

Su voz era calmada, aun conduciendo a más de 200 kilómetros por hora.

El coche llevaba un detector de radares, así que pudimos acortar el tiempo de viaje bastante.

El hecho de disponer de una visión perfeccionada y también de unos reflejos inmensamente superiores a los humanos, hacía que conducir aquella bestia de casi quinientos caballos a toda velocidad por el tráfico de la autopista fuera una tarea de niños.

Apenas seis horas más tarde de haber abandonado París entrábamos en el área metropolitana de Barcelona.

Eran poco más de las cuatro de la tarde y el sol era de justicia.

El termómetro del coche indicaba unos salvajes treinta y cinco grados.

Demasiado para nuestra condición sobrehumana, aunque soportable durante un rato.

Nos alojamos al sur de la ciudad condal, en la localidad costera de Sitges, donde dos extranjeros con dinero no serían más que un par de caras más entre la multitud.

Era casi imprescindible basar nuestra estancia en una localidad donde la vida nocturna fuera muy activa, para disimular nuestros hábitos y que el hecho de dormir de día no fuera tan anormal.

Y Sitges en verano es uno de los mejores sitios para ir.

Los dos primeros días estuvimos en un hotel de primera línea de mar y los aprovechamos para comprar ropa menos llamativa, así como acostumbrarnos a la zona y ver qué posibilidades de caza teníamos. Por suerte la zona era rica en jabalíes, así que no habría problema.

A Raquel le encantaba sentarse por las noches en la terraza y observar la luna, bañando con su luz las olas que susurraban bajo nuestros pies, ignorando por completo todo aquel gentío y ruido provocado por bares, restaurantes y discotecas.

Nos era fácil aislarnos de aquellos sonidos desagradables y centrarnos en una concentración perfecta para poder relajarnos un poco.

Pero no podíamos estar demasiados días en el hotel, así que pronto alquilamos un apartamento.

Los propietarios, una pareja local septuagenaria, estuvieron encantados de que sus inquilinos fueran unos novios tan educados y que no pusieran problemas ni con la elevada fianza ni a la hora de hacer el trato en negro, para así ellos no tener que declarar aquellos ingresos extra. Contentos unos, contentos todos.

Hacía ya más de una semana que estábamos en aquel apartamento con unas maravillosas vistas a la playa de San Sebastián y el mar Mediterráneo, y dos semanas desde la fuga.

Y de momento no habíamos tenido el más mínimo indicio de que nos hubieran localizado.

Me encontraba de nuevo en la terraza, mirando al cielo, y mis pensamientos divagaban todavía entre aquella aventura surrealista: vampiros, hombres lobo…

Joanne, Raquel.... No sabía qué hacer y la luna llena no me ayudaba a encontrar una salida razonable, o una respuesta lógica a todo aquel lío que se había montado semanas atrás.

Raquel se acercó a mí sigilosamente y se sentó a mi lado, mirando también hacia la luna. Con sigilo y cuidado dejó un ordenador portátil encendido entre los dos y me miró para responder a mi perplejidad.

–En esta carpeta está todo lo que necesitas para arreglar tus ideas.

Creo que necesitas un poco de tiempo, pero esto pondrá todo en su sitio para que puedas tomar una decisión acerca de tu futuro –y con aquellas palabras me dejó, delante de una pantalla azul parpadeando con una carpeta en el centro, nombrada «Xavier».

Mi cerebro por un momento se colapsó, y dejé para más adelante abrir aquella carpeta. Hacía mucho tiempo que no tenía un portátil en las manos y aproveché para explorar aquel ordenador y estaba completamente limpio.

Ningún archivo o documento. Ningún vídeo o fotografía. Nada excepto aquella carpeta. El resto permanecía oculto o simplemente no existía. Y mis dedos temblaron antes de hacer el doble clic en el ratón integrado de aquel «Mac Air».

Inmediatamente se abrió una pantalla con dos ventanas perfectamente simétricas.

En la parte izquierda de la pantalla vi una ficha, con mis datos completos actuales, estatura y peso, trayectoria profesional, etc.

, completados por una fotografía que ocupaba la cuarta parte de la mitad superior izquierda de la pantalla.

A la derecha se extendía toda una serie de subcarpetas y archivos con fechas, como si fuera un diario.

Y abrí la primera. El archivo tardó apenas unos segundos en descubrir algo que quizás hubiera preferido ignorar, aunque tal y como dijo Raquel, facilitó enormemente mi comprensión de lo sucedido hasta el momento, y sería vital para el futuro desenlace.