Nueva Vida CAPÍTULO 24
87%

CAPÍTULO 24

Aquella noche me costó horrores conciliar el sueño.

Cualquier minuto que no dedicara en estudiar cómo salir de aquella fortaleza me parecía una pérdida de tiempo, aunque finalmente acepté que para poder pensar con mayor celeridad y eficacia, debía descansar.

No había otra opción. El cansancio, tanto físico como mental, había hecho mella en mí y conseguí caer profundamente dormido en menos tiempo del habitual.

Y entre sueños apareció Joanne de nuevo.

Volví a estar bajo la lluvia, en aquel puente sobre el río Arno de Florencia, mirando hacia abajo cómo el agua bajaba a toda velocidad, arropado por una completa oscuridad y mostrando reflejos de la luna llena, que apenas duraban unas milésimas de segundo para escaparse corriente abajo.

Tenía claro que no quería vivir más así. Quería desaparecer. Y me lancé. Esta vez no hubo una voz angelical que me detuviera. Esta vez nadie evitaba mi final. Y el agua abrió sus brazos para arroparme con su frío instantáneo.

Mis pies apenas rozaron el fondo del río cuando ya sentí cómo la corriente me arrastraba con gran celeridad. Mi cuerpo luchaba por intentar respirar mientras yo miraba hacia arriba a la luna, el único testigo de mi demencial acto.

De repente una mano cogió mi camisa y tiró con gran fuerza, sacándome del río y posándome en una de las orillas.

Las piedras se me clavaban en la espalda haciendo difícil el mantener una postura cómoda.

Pero eso era lo de menos. Mi cuerpo luchaba ahora por recuperar el aliento, por expulsar toda aquella agua que había ingerido tanto por la nariz como por la boca, mientras mi cerebro pasaba de toda aquella movida para centrarse en un único tema. ¿Quién demonios me había salvado?

Y allí estaba Joanne. Otra vez. Mismo lugar, situación ligeramente distinta, aunque con igual final. Pero en esta ocasión fui yo quien inició la conversación.

–¿Qué haces? –Pregunté– ¿No puedes dejarme morir en paz?

–No hasta que nos ayudes, Xavier. Lo sabes –contestó ella, mutando su angelical cara de enamorada a una horrible expresión de no–muerta, con ojos sangrientos y voz amenazante.

Fui incapaz de controlar el sobresalto, que me despertó de inmediato con el corazón acelerado. Y en ese momento de desconcierto escuché un ligero murmullo, como una tímida risa.

Giré de inmediato la cabeza hacia donde creía haber escuchado aquella presencia y me encontré con una nueva cara.

Era una mujer y, en vez de asustarse por mi brusco movimiento, me hizo la señal de callar.

Posiblemente había algún guardia cercano y no quería que nos oyera.

Mi cabeza comenzó a pensar, pues hasta aquel momento todavía estaba a medio camino entre la pesadilla y aquel inesperado encuentro.

¿Cómo había entrado en mi habitación si teóricamente era de alta seguridad? ¿Quién era ella? ¿Por qué estaba allí conmigo? ¿Sabía quién era? Un cúmulo de preguntas bombardeó mi cabeza hasta que tuve que parar en seco y tranquilizarme un poco.

Ella seguía en un rincón de la habitación, sin moverse. En su rostro, parcialmente iluminado por la claridad de la noche a través de mi ventana, adiviné una tímida sonrisa de nuevo, aunque esta vez silenciosa. Estaba coqueteando, o eso me pareció.

–Soy Raquel. Y no te preocupes, que sé quién eres y qué haces aquí. He venido a ayudarte a escapar. Porque quieres salir, ¿verdad?

–Eh… sí, claro. Pero… –Mi sorpresa era total, pues ninguno de los dos habíamos movido los labios.

Aquel cruce de frases se produjo de forma telepática, por lo que mi ya relajado cerebro dedujo que se trataba de una vampira.

Sólo había podido comunicarme así con Edward y Joanne, por lo que la lógica se impuso en aquella deducción.

Pero si así era, ¿qué hacía una vampiresa en la mansión de los lobos?

Y aún más, ¿cómo se las arreglaba para estar viva y haber burlado toda aquella seguridad?

Las preguntas volvieron a acecharme, pero Raquel enseguida puso remedio.

–Sé que tienes muchas preguntas ahora, Xavier. Pero no es el momento de darte unas respuestas que requieren bastante tiempo. Si quieres que te ayude ahora es el momento. No tenemos demasiado tiempo.

Su voz comenzaba a agradarme de un modo casi adictivo. Me acordé de cómo Joanne también causó la misma sensación en mí cuando me rescató de mi inevitable suicidio en Florencia. Y volví a confirmar internamente que debía ser un chupasangre.

Aun sabiendo a lo que me arriesgaba, tenía claro que no deseaba seguir en aquel sitio.

Raquel, entonces, se acercó con sigilo, pero casi instantáneamente.

Sus ojos se fijaron en los míos y su aliento estaba tan cerca que sentí su frío contacto en mis labios.

Notaba cómo su helada piel estaba a escasos centímetros de la mía, casi ardiendo en aquel momento.

Sin saber por qué me estaba poniendo cachondo cuando lo más normal sería estar muerto de miedo.

Pero me era imposible controlar mis instintos. Y aquella mujer lo sabía.

Con su índice derecho silenció mis labios mientras seguía mirándome fijamente a los ojos.

Aproveché para distraerme mirándole el pelo, pues si seguía observando sus ojos temía una reacción demasiado instintiva.

Aquel pelo se me antojó como perfecto. Una melena negra ligeramente rizada se posaba sobre sus hombros, cayendo apenas unos pocos centímetros más abajo.

Brillaba bajo los rayos de la luna como ningún otro pelo había visto lucir y emitía un perfume sencillamente embriagador.

Volví a sus ojos y me hipnotizaron de nuevo, haciendo imposible que pudiera tener control sobre mis actos.

Sin saber exactamente cómo, se puso encima de mí atrapándome con sus delgadas piernas, pero presionándome con tal fuerza que no era capaz de soltarme.

Aunque en el fondo, tampoco quería. Tonto de mí, pensé que quería jugar, y me dejé llevar por la situación.

Ella sonrió, notando enseguida que yo estaba más relajado y se aprovechó de la situación.

Sin dilación, sin juegos previos se lanzó sobre mi cuello y sentí un fuerte pinchazo.

Acto seguido noté cómo su gélido cuerpo me abrazaba con fuerza, mientras el mío perdía las suyas y, con la energía, parte de su calor.

Pensé en lo peor, pero me equivocaba de nuevo. Apenas unos segundos después de morderme se retiró. Sus labios mostraban unas gotas densas y de un color casi negro. Gotas que se relamió mientras me miraba fijamente de nuevo.

–Toma, ahora te toca a ti. Date prisa, sólo con un poco bastará –me dijo, esta vez con un susurro que me confirmó que aquella deliciosa voz que escuché en silencio anteriormente era real.

Dudé. Estaba todavía perplejo por lo sucedido mientras ella me ofrecía para escoger entre su cuello y su muñeca.

–No tenemos todo el día, Xavier. ¿O quizás prefieres aquí? –Y con una sonrisa picarona se abrió el escote, mostrándome unos pechos pequeños pero perfectos.

Sin saber exactamente cómo, tenía la sensación de que la conocía desde hacía tiempo, aunque también estaba seguro de no haberla visto jamás.

–Aquí ya me está bien. Avísame si soy demasiado bruto, ¿vale? Es mi primera vez –Y tomé su muñeca mientras le devolvía una mirada de complicidad, sonriendo como ella.

Aquel instante jamás lo olvidaré. Mientras todavía notaba cómo mi cuerpo ardía y se congelaba por momentos tras su mordisco, la sensación de perforar su cuerpo y beber su sangre fue simplemente indescriptible.

De inmediato sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, pero cuando dirigía mis ojos hacia los suyos, la sensación se transformaba en calor y sosiego. Sin dudarlo puedo asegurar que en aquel momento supe que aquella mujer iba a ser una parte muy especial de mi futura vida.

E inmediatamente supe que comenzaba realmente una nueva vida, mucho mejor de la que hasta la fecha había vivido.

Contrariamente a lo que me pensé no estaba helada, aunque tampoco a una temperatura cálida.

Y su sabor, ¡oh, su sabor! Jamás había probado nada igual.

Al igual que ella, apenas fueron unos segundos los que duró mi mordisco e ingesta de su sangre.

Pero suficientes para que jamás olvide aquel sabor, y también los justos como para que todo mi cuerpo experimentara un cambio notable.

La mezcla de ambos fluidos fue instantánea, y notaba cómo mi corazón se aceleraba para completar una fusión que muchos hubieran calificado de imposible. Pero lo habíamos hecho, y apenas unos escasos minutos.

Más fuerte que nunca, los dos nos levantamos y me limité a seguirla. No sé cómo, pero ella poseía los códigos de todas las cerraduras de seguridad, y entre aquella enorme ventaja y nuestra nueva velocidad el salir de aquella fortaleza se hizo un juego de niños.

Ya fuera, tomamos un sendero que nos condujo al interior de un espeso bosque.

Y no paramos de correr. Como si la vida nos fuera en juego –y así era, realmente– corrimos a una velocidad que jamás hubiera pensado posible.

Notaba cómo mis pies apenas rozaban el suelo y las ramas de los árboles, aunque rozaran mi cuerpo, eran plumas acariciándome.

No obstante, mi ropa sí notó aquellos golpes, quedando la camisa casi destrozada.

Raquel tenía una velocidad asombrosa y me costaba seguir su ritmo.

Aun así, apenas nos separaban unos metros y, cuando notaba que se alejaba un poco más, conseguía seguir su rastro por el olfato.

Mis sentidos se habían agudizado todavía más, aunque no era precisamente el momento para pararme a analizar aquel detalle.

Tras unas horas sin parar de correr, ella se detuvo casi en seco, desviándose hacia una pradera. Me hizo parar a mí también, escondiéndonos en los límites del bosque, con vistas a un vasto campo de hierba, donde descansaba un grupo de ciervos.

–Necesito reponer fuerzas. ¿Tú cómo vas? –Preguntó ella.

–Algo cansado, pero… ¿quieres decir que…? –Y sin dejarme acabar se lanzó a la caza de una pieza de venado, no sin antes echarme una sonrisa que me recordó a las que Joanne solía mostrarme a veces.

En un abrir y cerrar de ojos se plantó frente a una hembra de la manada, que apenas tuvo tiempo de reaccionar ante la bestia que se le echaba encima.

Para mi sorpresa, instantes antes de lanzarse sobre su presa, Raquel se transformó.

Quizás para aprovechar más su potencial, quizás para probar su nueva condición.

El caso es que me sorprendió y, a la vez, me dejó con una sensación difícil de describir.

Verla cazando me emocionó como el que ve a un hijo comenzando a dar los primeros pasos, como el que descubre el primer beso de su amada. Fue una sensación de orgullo y felicidad absoluta, aunque no entendía exactamente por qué.

Ya abatida la presa y con el resto de los venados dispersos por la intrusión, me acerqué a ella sigilosamente. Yacía junto a su víctima y le había abierto una generosa herida en el cuello de donde estaba bebiendo su sangre cuando llegué junto a ella.

–Toma. Bebe tú ahora que todavía está caliente. Luego no vale nada, una lástima que se enfríe tan rápida- mente –comentó mientras, todavía con forma canina, abrió la tripa de aquel pobre animal con sus garras y le robó un apetitoso trozo de carne.

Aquel olor a sangre y vísceras, a muerte y comida era paradójicamente cautivador. Yo, que siempre prefería pescado y cuando comía carne lo hacía con el punto de cocción bien hecho, me encontraba ante un apetitoso trozo de carne cruda y se me hacía la boca agua. Lo que cambian las cosas.

Bebí con una sed inusitada. No pensaba que tuviera el cuerpo como para acercarme al cuello de aquel animal y beber sin medida hasta casi agotar su sangre.

Y aquella sed se calmó para dar paso al hambre.

Un hambre de lobo, nunca mejor dicho. Y en apenas unos minutos devoramos casi la totalidad del vientre de nuestra víctima.

Ambos teníamos un aspecto como para que cualquier humano saliera corriendo sin mirar atrás.

Pero comenzamos a mirarnos sin decir nada y, ya de vuelta a nuestra forma humana, no pudimos parar de reír durante un rato.

Nos mirábamos las manos y cara, llenas de sangre, y las carcajadas salían solas.

Cuando ya parecía calmarse la cosa, vi un trozo de carne colgando de su mejilla y me abalancé sobre ella.

Raquel no se lo esperaba, al parecer, mi rápida reacción, pues se quedó inmóvil, cerrando incluso los ojos por un momento, pero abriéndolos de inmediato para mirarme fijamente y observando con cautela mis intenciones.

Su mirada era penetrante y desafiante a la vez, con una combinación de provocación y pizcas de inocencia.

Unos ojos castaños que bajo aquella luna brillaban con luz propia, con un destello especial. Deseo.

Tomé con mi lengua suavemente aquel pedacito de su mejilla y, sin dejar de mirarla, nos levantamos. Sonreímos y nos dispusimos para proseguir. Me dio la impresión de que quería decirme algo, así que corté mi inicio de frase para dejarle hablar.

–Dime, ¿querías decirme algo? –Me dijo.

–No, tú querías decirme algo ahora, ¿no? –Le comenté yo.

–Tú primero –contestó ella.

–No, tú primera, anda… –Le dije yo, comenzando una sonrisa.

–Deberíamos seguir con la huida, ¿no crees? –Dijimos los dos a la vez. Y de nuevo las carcajadas retumbaron en nuestros oídos y en aquel espacio abierto en el bosque.

Nos miramos, volvimos a sonreír y me dejé llevar por aquel regalo del destino, siguiendo su aroma durante unas pocas horas más a un ritmo endiablado, hasta llegar a las afueras de París.