Nueva Vida CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La tensión en la sala era palpable no sólo a los agudizados sentidos vampíricos sino a los de cualquier mortal, si hubiera habido alguno presente. Era notable que mi captura por los licántropos había sido un duro golpe.

Edward había mandado castigar severamente a los que consideró responsables de aquel suceso.

Dos vampiros fueron ajusticiados para dar ejemplo de qué sucedía en caso de negligencia en aquella comunidad.

Fueron los dos que asignó para mi protección, aunque yo desconocía en aquel momento que tuviera guardaespaldas.

Cuando me cogieron Joanne estuvo un día entero sin aparecer por la mansión, recluida en su habitación.

Después se dio cuenta de que no conseguiría nada escondiéndose y se puso manos a la obra para intentar recuperarme.

Cualquier esfuerzo era poco para conseguir que los hombres lobo no sólo no sacaran información de mí –cosa que ellos dudaban que sucediera– sino que pudieran torturarme o hacerme daño con tales fines, a lo que sí tenían miedo.

–¡Tiene que haber alguna manera de recuperar a Xavier! –Dijo con un tono mezcla de furia y de desesperación mientras entraba con decisión en el despacho de Edward. –Lo hay, pero ahora mismo es inútil –comentó Edward mientras subía la cara para observar a Joanne.

–¿Cómo? ¿A qué te refieres, Edward? ¿Sabes cómo encontrarle? –Le preguntó con una segunda intención en su voz, como insinuando que no se estaba haciendo lo suficiente.

–Xavier, al igual que todos los nuestros, lleva un chip bajo su piel.

Ese artefacto permitiría su localización con un margen de error de apenas cinco metros, pero ahora mismo es como si estuviera inutilizado.

Podría ser que se encuentre en algún tipo de búnker o similar, donde nuestros aparatos de rastreo no consiguen entrar.

–¿Y sabemos dónde se perdió la última señal? Así podríamos desplazarnos y buscar con más eficacia…

–Claro que lo sabemos Joanne –su tono de voz mostró un poco de ofensa por no haber deducido que ya habían tenido eso en cuenta–, pero ahora mismo no sabemos dónde buscar.

La señal se perdió en la zona costera, por lo que es posible que estén por ahí o que hayan cruzado el estrecho, o que incluso hayan localizado el chip y se lo hayan extirpado.

Las posibilidades son múltiples, así que debemos guiarnos por otros caminos para encontrarle –contestó Edward a la vez que posaba su mano sobre el hombro de Joanne, intentando calmarla.

–Lo siento, Edward. No sé qué me pasa. Jamás había estado tan descentrada. Si os puedo ser de alguna ayuda, dímelo, te lo ruego. Tengo la sensación de que algo malo va a suceder y no sé qué es. Vuelvo a descansar un poco para estar en forma lo antes posible. Si me necesitas estaré en mi habitación.

–Descuida. Sabes que haremos todo lo que esté en nuestras manos –concluyó Edward mientras Joanne abandonaba su despacho.

Habían pasado ya tres días desde mi captura y nadie conocía mi paradero en Sesley.

El ambiente entre el Consejo era también tenso.

Se barajaban varias posibilidades de búsqueda, incluso preparaban una retirada estratégica en caso de fracaso, por necesidad.

Si mis conocimientos llegaban a manos de los licántropos, incluyendo las técnicas que habían ensayado sobre mí, deberían abandonar la mansión y trasladarse a otro sitio más seguro. Y posiblemente comenzar de nuevo.

Aquella última noche soñé con Joanne. Fue tan real. Me visitaba en la celda de la fortaleza licántropa para rescatarme y hablábamos apresurados, como si no tuviéramos tiempo.

–Amor. ¿Cómo estás? ¿Te han hecho algo? –Me preguntaba mientras no era capaz de controlar sus manos acariciándome la cara, buscando algún signo de violencia en ella.

–No, no. No te preocupes. No me han hecho nada de momento. Y tú, ¿cómo estás? –Le pregunté, antes y después de besarla una y otra vez. La deseaba tanto que la hubiera poseído allí mismo, incluso con la presencia de los «perros» de seguridad.

–Bien. Estoy bien. Vendré en seguida, te sacaré de aquí. Sólo tienes que decirme dónde estás para poder encontrarte –insistía ella, sin desplazar ni un milímetro sus ojos de los míos.

–Pues, a decir verdad, no tengo ni idea. Me trajeron sedado y lo único que he podido ver del exterior son unos jardines. Franceses juraría, pero no estoy seguro. Me recordaron tu visita a París, pero son sólo fragmentos en mi memoria, sin sentido alguno.

–No, seguro que algún sentido tiene. Dime cómo son, descríbemelos lo más exactamente posible –suplicó ella. Y le expliqué con todo el detalle que pude recordar aquellos jardines, los ventanales de la casa desde donde los vi y cualquier detalle que pensé que pudiera ser relevante.

–Juro que te encontraré y te sacaremos de aquí. No tardaremos mucho. ¡Aguanta! –Me dijo tras besarme dulcemente los labios, apenas rozándolos, antes de desaparecer.

Pocos segundos después fue cuando Remus entró en mi habitación. Tuve el presentimiento de que se habían detectado, aún entre sueños, entre ellos y evitaban estar presentes conmigo a la vez.

–Buenos días, Xavier. ¿Descansaste? –Me dijo con una voz pausada e incluso amigable.

–Sí, gracias. Teniendo en cuenta las circunstancias he dormido bien –le contesté sin ningún tipo de tono en mi voz. Sin inmutarme por su presencia.

–¿Me acompañas? Como te dije ayer tengo algunas cosas que contarte antes de que sea demasiado tarde para hacértelo entender –sonrió mientras pronunciaba las últimas palabras de la frase.

Esperó tras de mí para cerrar la puerta y guiarme por unos pasillos que no había visto anteriormente.

Fuimos a una especie de sala, donde estaba todo oscuro.

De repente se hizo la luz en la habitación y me di cuenta dónde estaba.

Era una especie de sala de operaciones. Como un quirófano, con un montón de instrumentos de cirugía, monitores...

No es que fuera un experto en medicina, pero aquel lugar parecía realmente un quirófano de cualquier hospital de una ciudad actual.

Me fijé que también había, en una de las paredes, un mural compuesto por diferentes puertas de metal.

Inconfundible. Eran neveras para cadáveres. Y Remus se dirigió a ellas mientras no apartaba su mirada de la mía, mucho más curiosa por lo que iba a hacer.

Abrió una de ellas, y deslizó la base hacia fuera.

Encima de la fría superficie metálica había un cuerpo inerte.

Estaba muy pálido, casi blanco. Desde el lado izquierdo podría haberse dicho que era una muerte natural.

Pero no. Su cuello mostraba en su lado derecho un enorme desgarro, enseñando músculos y venas.

Un amasijo de sangre y carne que hubiera hecho vomitar a más de uno. Aquello era sumamente salvaje.

Aunque intenté no asustarme ni mostrar asombro alguno, parece ser que fracasé. Y ante mi rostro Remus notó mi angustia y desagrado.

–Es un licántropo, Xavier. Asesinado por uno de tus amigos neófitos, recientemente.

–¿Y era necesario que lo viera? No es que sea muy agradable, ¿no te parece? –Le espeté.

–Sí. Lo es. Quiero que recuerdes lo que vas a ver. Y que sepas lo que somos. No somos bestias. Somos humanos. Nuestra carne es humana. Tenemos sangre real en nuestras venas. Si nos cortan sangramos, si nos muerden sangramos. Cierto es que tenemos un poder de sanación inusual en el mundo animal.

Algunas especies consiguen regenerarse tras un ataque, eso todos lo sabemos.

Pero los licántropos somos casi indestructibles.

Podríamos sin problemas recibir una ráfaga de disparos que, aunque nos tirarían al suelo y probablemente nos dolería, en pocos minutos estaríamos como si nada nos hubiera pasado.

–No es nada nuevo para mí –le comenté–, y eso de que sois humanos…

–Lo sé. Los vampiros también tienen esa capacidad. Aunque distinta. La naturaleza es sabia, y no existe una sola especie totalmente invulnerable. Todos tenemos un punto débil. Todos – dijo él, siguiéndome con la mirada.

Remus encerró de nuevo a aquel desgraciado en su nevera y prosiguió, paseándose por aquel quirófano mientras no paraba de hablar.

–No te contaré nuestras debilidades. Algunas son conocidas, otras obvias, pero desde luego desconoces muchas características que quizás sería conveniente saber, dado tu actual estado, amigo mío.

Inmediatamente aquella frase entró en mi cerebro, despertándome de una especie de letargo, devolviéndome a la realidad y mostrándome al instante las imágenes de mí que vi en aquel espejo, tras mi transformación.

–Te escucho, Remus –le dije, mucho más atento ahora a sus palabras.

–Más te vale, pues de ello puede depender tu existencia o tu destrucción. Porque una vez sepan tus amigos lo que eres, tengo serias dudas de si seguirán siendo igual de cordiales contigo. En fin… prosigo.

«Habrás escuchado muchas historias sobre los licántropos.

Las más habituales son transformaciones con la luna llena, alérgicos a las balas de plata, etc.

Como comprenderás y ya estarás al corriente, son pamplinas en su gran mayoría.

Falsedades aireadas como espectáculo a la farándula del cine y literatura de terror y ficción.

La gente necesita creer que un monstruo como puede ser un hombre lobo pueda ser derrotado fácilmente por un mortal.

Con un simple disparo, por ejemplo. Así, y sólo así, pueden dormir más tranquilos.

Igual sucede con los mitos vampíricos que ya conoces.

Para derrotar a un hombre lobo hace falta algo más que una bala de plata.

Como te he explicado una bala no nos mata, nos hiere temporalmente.

En el caso de impacto en el corazón la herida puede ser de más gravedad, por la consecuente pérdida de sangre a mayor velocidad, pero nuestro cuerpo es infinitamente más inteligente y con más recursos que el humano y cubre las urgencias casi de inmediato, por lo que aunque tarde más no suele ser un problema tampoco.

Durante siglos hemos sido inmortales indestructibles. Nada se nos atrevía a enfrentarse con nosotros ni significaba la más mínima oposición ante nuestra fuerza bruta y poder de autosanación en caso de ataques contra nuestra especie.

Los mortales eran nuestro alimento y aprendimos a convivir en silencio con ellos. Aprendimos a alimentaros en exclusiva de gente no deseada por su sociedad. Y entonces vinieron ellos. Una nueva especie invadió nuestro territorio para alimentarse de nuestro «ganado».

Eran tiempos de los grandes faraones, y por aquel entonces una ciudad con puerto mercantil significaba abundante comida y movimiento de gente. Necesario para poder pasar desapercibidos entre los humanos.

Pero aquella nueva especie era despiadada y sin escrúpulos.

Y atacaban a cualquiera. Esclavos, niños…

, incluso sacerdotes. No tenían medida y pronto hubo alarma social en la ciudad.

Una epidemia que comenzaba a ser preocupante.

La gente moría desangrada sin motivo aparente, ya que las mordeduras –al contrario de lo que se ve en las películas– las efectuaban en partes del cuerpo donde fuera casi imposible localizarlas, ya que no existía la costumbre de hacer autopsias ni desvestir a los muertos por plaga.

Así pues, los médicos de aquel entonces se encontraban con una muerte insólita.

Hecho que achacaban a castigos de los dioses.

En cuanto estuvimos al corriente de aquellas muertes nos pusimos a investigar. Tardamos unos días en encontrar lo que buscábamos. En un principio nos costó aceptarlo.

Uno de los nuestros vio cómo un vampiro se alimentaba de una humana en un oscuro rincón de los muelles.

La primera impresión de nuestro hermano fue de canibalismo, pues aquel hombre había despojado a aquella mujer de su vestimenta inferior y su cabeza se encontraba en las ingles de la misma.

Su mordedura en la femoral era rápida y conseguía el mayor flujo de sangre en el menor tiempo posible.

Pero aquel ser se percató de la presencia del licántropo y, tras dejar caer a su presa en el suelo estrepitosamente, se dio a la fuga con la velocidad de un rayo.

Nosotros, que estábamos acostumbrados a ser más veloces que cualquiera de los animales conocidos, no dimos crédito a que un ser vivo se escapara con tal rapidez de uno de los nuestros. Y ampliamos las guardias y vigilancias, básicamente por la noche, que es cuando se producían los ataques.

Poco más tarde descubrimos a otro de ellos alimentándose y conseguimos rodearle antes de que pudiera escapar.

Aquella bestia era como un humano, pero era tan poderoso como nosotros. Y aquel hecho nos fascinó a la vez que por vez primera nos alertó de que el fin de nuestro reinado podía tener fecha.

Tras varios intentos de zafarse de nuestro acoso, el vampiro cedió y pudimos hablar con él, y convencerle de que nos llevara a su líder, dada nuestra superioridad numérica. Fue entonces cuando conocí a Edward. O Yeshua, como se hacía llamar en aquella época».