CAPÍTULO 21
Hacía un sol de justicia y apenas podía ver, cegado por tanta luz.
Estaba desorientado, y no me ubicaba. Notaba cómo el sudor caía a mares por mi rostro, haciendo que mis labios notaran una humedad salada casi constante.
Por la espalda notaba cómo varias gotas hacían carreras simultáneas hasta desaparecer por el coxis.
Me notaba extraño, un poco incómodo con la ropa y me molestaban los pies al andar.
Estaba caminando por un camino lleno de piedras, sin duda alguna, y mi calzado no era lo suficientemente cómodo como para filtrar los pedruscos y arenilla que se clavaban sin piedad en la planta de unos doloridos pies.
Un segundo repaso a mi vestimenta me hizo parar en seco y que un hombre que caminaba a mi lado tuviera que esquivarme, dándome un ligero golpe con su hombro en el mío y maldiciendo en voz baja mientras se alejaba.
Mis ropas no eran más que una mugrienta túnica de un color ocre oscuro, cubierta con una especie de cinturón hecho con una soga desgastada.
Estaba lleno de polvo, y debajo de aquel harapo apenas llevaba algo que pudiera llamarse ropa interior.
Mi asombro fue tal que tardé en reaccionar.
Miré a mi alrededor y me di cuenta de dónde estaba.
Era una especie de desierto, aunque al fondo, tras de mí, se podían distinguir unas casas de barro antiguas formando un poblado.
Estaría a unos dos o tres kilómetros de aquella pequeña concentración de edificios bajos, de máximo dos plantas.
A los lados del camino que serpenteaba ladera arriba había algunos árboles.
Olivos, concretamente, pero el clima era extremadamente seco y caluroso, por lo que hasta los matojos estaban casi muertos. Hacía días que no llovía, meses quizás.
Seguí a la gente que poco a poco iba subiendo por el camino del montículo e iba acumulándose en la cima de este.
Estaban hombres y mujeres de todas las edades dispuestas en un semicírculo alrededor de un hombre de mi edad aproximadamente.
No tendría más de treinta y pocos, aunque la barba le hacía parecer mayor.
El pelo largo y oscuro le brillaba en contraste con el mate del resto de cabelleras presentes.
Su túnica era sin duda la más limpia de todas, impoluta y perfectamente acomodada en un cuerpo delgado, pero no enclenque.
Sus brazos estaban perfectamente formados y musculosos, al igual que sus piernas.
Se notaba que hacía ejercicio, o al menos eso pensé por un instante, un pensamiento un tanto absurdo si más no.
Me dio la certera impresión de que estaba en algún lugar muy remoto y que aquella escena me era terriblemente familiar. Por dos motivos, básicamente.
Había visto muchas películas en Semana Santa sobre Jesucristo y sus discursos ante los judíos, pero me negaba a aceptar que aquello estuviera pasando delante de mis propios ojos.
Asimismo, lo que más me llamó la atención fue el asombroso parecido de aquel hombre que estaba hablando a la multitud con Edward.
Sus facciones eran idénticas, y aquella mirada y tono de voz eran verdaderamente inconfundibles. Pero, si aquel era Edward, ¿dónde estábamos…? ¿o sería mejor pensar en qué año estábamos?
Un vistazo más pausado a las personas que parecían acompañar a Edward me trajo de nuevo caras conocidas.
A su lado estaban, también en sendas túnicas y sentados como indios a punto de fumar la pipa de la paz James y Jacob a la derecha, mientras que me pareció ver a Ahmed a la izquierda. Faltaban Florence e Isaiah.
Nada me cuadraba y cerré los ojos, intentando concentrarme.
Mi mente pensó en una posible insolación y alucinaciones derivadas de la misma.
Aquello no era posible. Pero cuando volví a abrir los ojos aquella escena seguía allí.
Tan real como la vida misma. Podía sentir la brisa en el vello de mis brazos y escuchar cómo Edward hablaba en voz alta al gentío.
Mi mirada se fijó en aquel hombre y él se fijó en mí también, aunque no dejó de hablar.
Nuestros ojos se cruzaron y mientras mantuvimos aquel contacto visual se hizo el silencio en mi cabeza y una sola palabra retumbó y se repitió con eco hasta desaparecer, mientras no daba crédito a lo que estaba pasando.
Era la voz de Remus, y la palabra en sí era un nombre. Yeshua. El mismo nombre con el que se había dirigido a Edward en la mansión de Selsey. Y mi desconcierto se acentuó todavía más. No entendía qué estaba sucediendo ni qué quería decir todo aquello.
De repente, Edward se acercó a la multitud y tomó de la mano a una mujer de la primera fila, haciendo que esta se levantara y le acompañara al centro de aquel pequeño espacio que tenía como escenario, donde todos podíamos observarle y escucharle.
Sin mencionar palabra alguna, sólo mirando a aquella joven hizo que esta se desmayara y quedara a su merced.
Con un rápido gesto de su mano, apartó la melena pelirroja de su cuello, quedando este al descubierto, con la cabeza inerte como los brazos y el resto de su cuerpo aguantado sólo por el fornido brazo derecho de Edward.
En sus ojos pude ver toda la maldad del diablo, así como sus intenciones.
Pero lo que me heló la sangre e hizo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo fue el ver la cara de Joanne en aquella mujer, indefensa, a punto de ser mordida por un vampiro delante de decenas de personas a plena luz del día.
–Yo soy la vida eterna –dijo él antes de morder su yugular y dejarla caer al suelo tras unos segundos de tensión para los espectadores y alimento para el vampiro.
Mis ojos se abrieron tras un breve parpadeo y me encontré de nuevo en la habitación de la guarida Vahu. Había sudado tanto que estaba completamente empapado y comenzaba a sentir un frío en mi cuerpo debido al aire acondicionado del recinto.
Me desvestí y me fui directamente al baño que tenía dentro de la habitación, para quitarme de encima aquel desagradable sudor y temblores del cuerpo. Pero mi mente no dejaba todavía la pesadilla de lado, y se retorcía intentando encontrar algún sentido –si es que lo tenía– a todo aquello.
El agua llenó la bañera más rápido de lo que esperaba, seguramente porque me pasé demasiado rato pensando en Edward, Yoshua, o como quiera que se llame el príncipe de las tinieblas protagonista de mi pesadilla.
Me deslicé en aquel pequeño oasis de espuma intentando desconectar en vano de aquella desagradable experiencia, aunque fue totalmente imposible.
En un pequeño instante en el que cerré los ojos para intentar descansar, volvieron a mi cabeza los ecos de Remus y aquel nombre: Yeshua.
Y tuve la certeza de que alguna parte de lo que había soñado era real, aunque desconocía todavía cuál de ellas.
Sumergí mi cabeza hasta hacer que mis oídos escaparan de todo el ruido debajo del agua, mientras miraba fijamente a la luz de la habitación. Mis pensamientos se desviaron a Joanne y alternaron imágenes reales con aquella muchacha pelirroja de la túnica blanca que vi en mis sueños.
Eché de menos sus caricias, y esta vez fue su dulce voz la que me cantaba susurrando al oído.
Escuché también su risa, y hubiera jurado que sentí sus dedos jugar con los míos.
Su pelo acariciando mi rostro fue una sensación tan real que casi me hundo en la bañera al intentar atraparla con una mano, perdiendo parte del equilibrio dentro del agua.
Mientras seguía soñando medio despierto con mi amada me despertó de golpe la voz de Remus, quien había entrado en la habitación sin que yo me diera cuenta.
–Ya has descansado bastante, Xavier. Vamos a hablar.
Hay cosas que debes saber y no tenemos demasiado tiempo, desgraciadamente.
Tus amigos chupasangre están cerrando el círculo sobre nosotros y es posible que nos encuentren pronto, por lo que debemos apresurarnos.
Tú eres nuestra carta comodina, nuestra única posibilidad –me dijo serio y amenazante mientras me vestía.
–¿Y pretendes que os ayude? Te recuerdo que no habéis sido demasiado corteses conmigo, Remus. ¿Qué os debo yo para tener que serviros? Creo que nada –intenté dejar clara mi postura, aunque aquel ser que llenaba de miedo todo mi cuerpo cada vez que le miraba fijamente.
Aun sabiendo que Remus era capaz de destrozarme en aquel mismo instante si lo deseaba, me mantuve firme. Pero sabía que no iba a ser así, pues ya lo hubiera hecho si esa fuera su intención. Remus me miró sin mencionar palabra alguna y sugirió con la mirada que le acompañara de nuevo.
Tras nosotros nos escoltaban cuatro fornidos licántropos, que no me quitaron ojo de encima en todo el trayecto hasta una sala de reuniones, curiosamente similar a la que Edward tenía en Selsey.
No obstante, me percaté de un estilo diferente en el jardín que podía verse desde alguno de los ventanales de la sala.
El estilo era totalmente diferente al inglés, mucho más ordenado y curioso.
Francés, sin duda. ¿Estaba acaso en la Bretaña francesa?
Era una posibilidad, dado que la última reunión de la que tuvimos noticia sobre los hombres lobo había sido en París. Debía investigar algo más de mi paradero por si tenía la oportunidad de comunicarme con Joanne o Edward telepáticamente.
Sabía que aquello sólo era posible si estábamos realmente cerca. La máxima distancia que habíamos podido medir había sido de cinco kilómetros, aunque apenas eran frases sueltas lo que podíamos captar el uno del otro en aquella ocasión. Pero podía ser lo suficiente si tenía suerte.
Memoricé todos y cada uno de los detalles de aquel paisaje y no dejé de pasar aquellas imágenes por mi mente durante un rato, listo para emitirlas en el momento en que detectara alguna presencia amiga por la zona. Pero no fue así. No aquel día, ni sería en los tres siguientes.
Remus me invitó a sentarme. Intuí que la cosa iría para largo cuando me miró y comenzó a explicarme.
–Xavier. Sé que estás todavía desorientado por lo sucedido. En muy poco tiempo has vivido situaciones que jamás habrías podido ni imaginar, y esto son cosas que tu mente, por mucho que se haya preparado correctamente, debe digerir con paciencia.
–Te agradecería que fueras al grano, Remus. Eres consciente de que me incomoda tu presencia y mi condición de rehén o prisionero, llámalo como quieras –le espeté.
–Como gustes –dijo cambiando el cordial tono de voz por otro más grave y alterado, disgustado incluso–.
El caso es que creo conveniente que conozcas nuestro punto de vista de la situación.
No para que cambies de opinión sobre tus mal llamados amigos, ni para que seas ahora nuestro aliado.
Sino para que puedas juzgar desde una posición más neutral, a mi modo de ver, todo lo sucedido y lo que acontecerá en un futuro.
–Dispara –le dije mientras me echaba en el respaldo de un sillón no demasiado cómodo, contrariamente a su inicial aspecto.
–Bien. Tengo entendido, corrígeme si me equivoco, que conoces más o menos mi origen. ¿No es así? –me preguntó.
–Bueno. Digamos que Rómulo fue hermano tuyo según me han explicado, y que pudiste vengarte de su traición hace un tiempo ya –respondí irónicamente.
–Así es. Me sorprende que no demuestres sorpresa ante alguien que tiene más de dos mil años, Xavier. Parece como si te tomaras esto con menos seriedad de la que precisa –comentó un tanto enojado.
–Para nada, Remus. Pero entiéndeme que, tras estar conviviendo con vampiros una temporada, el hecho de que tú tengas más o menos años que Edward o sus colegas no me impresiona. Estoy ya acostumbrado. Te escucho –proseguí.
–Está bien. Más o menos conoces mi historia.
Al menos la parte inicial, el porqué soy lo que soy.
Digamos que lo esencial lo sabes. Pero desconoces por completo la historia de Edward y los suyos, así como el porqué de nuestra relación de odio y rivalidad.
¿Me equivoco? –Su tono era jocoso y a la vez creaba una curiosidad creciente en mí.
–Para nada. Y ardo en deseos de conocerla, si es lo que me vas a explicar ahora, Remus –me adelanté posando los codos sobre mis rodillas, mostrando interés.
Tenía cierto recelo sobre mi seguridad. Sabía que no debía confiarme de aquel ser o, al menos, es lo que mi instinto me decía.
Y Remus se levantó para seguir contándome una historia que, si más no, levantó en mí algo más que curiosidad en aquel momento.