CAPÍTULO 20
Aquel espejo me devolvía una imagen que me costaba aceptar.
Estaba desnudo pues mis ropas se habían caído después de que se desgarraran, pero no encontré un cuerpo humano desvestido frente a mí, sino una figura extremadamente musculosa, enorme, y con pelo.
Mucho pelo en todo el torso, brazos y piernas.
Era una masa de músculos y pelo, y no sabía identificarlo.
Bueno sí, era yo. Aunque me costaba aceptar que estuviera pasando todo aquello. Quería despertarme de aquella pesadilla, pero mis ojos estaban plenamente abiertos, sin parpadear, atónitos ante aquella imagen inmóvil en el espejo.
No me atrevía a mirar mi rostro, así que seguí por unos segundos investigando desde la distancia aquel cuerpo.
Me acerqué un poco más al reflejo hasta casi poder tocar con mis manos la fría superficie del espejo.
Mi piel se había vuelto oscura, lo poco que se veía de ella debajo de aquella manta peluda.
El pelaje que me cubría era de un precioso color gris oscuro, con algunos pelos blancos a modo de canas que hacían que el conjunto pareciera, desde la distancia, plateado.
Asimismo, me percaté que había ganado no sólo musculatura, sino también altura y volumen.
A falta de un sistema eficaz para medir mi altura, cogí como referencia a Remus y la estantería que había en la sala.
Remus era un hombre muy alto, de unos dos metros aproximadamente, y aquella estantería le quedaba más o menos a la altura de la cabeza.
Pero ahora me parecía más baja, pues podía ver perfectamente la superficie en su parte superior.
Así pues, había crecido unos treinta y cinco centímetros, si tomaba como referencia mi metro ochenta y cinco humano y aquellos veinte centímetros aproximados que tenía de ventaja sobre Remus y la estantería.
¿Treinta y cinco centímetros en cuánto? ¿Medio minuto?
Me parecía algo salvaje, imposible. Pero lo estaba viendo con mis propios ojos.
Mi corazón parecía latir mucho más fuerte e intensamente que nunca. «Normal, tiene trabajo extra con todo este nuevo volumen», pensé. Y seguí examinándome a través del reflejo y atreviéndome a tocarme con las manos.
Lo primero que me llamó la atención es que mantenía la forma humana en las manos, por lo que todos los dedos estaban perfectamente definidos.
Eso sí, mis uñas se habían convertido en una especie de zarpas, extremadamente afiladas, aunque cuando quise probar su poder de corte estas desaparecieron al contacto con mi piel.
¿Uñas retráctiles? Pensaba que era cosa de los felinos sólo, pero mi cuerpo reaccionó ante aquel intento de causarme daño yo mismo. Mi subconsciente se estaba defendiendo.
Mis brazos habían adquirido un volumen de concurso culturista y me sentía con una fuerza totalmente desorbitada.
Capaz de levantar un elefante macho con una sola mano, si me lo hubiera propuesto.
Era, dentro de todo, una sensación muy agradable.
Un poder que jamás había experimentado y me tenía totalmente drogado en aquel momento.
Justo cuando me había decidido a mirarme la cara en el reflejo escuché cómo una mano se posaba en la manija exterior de la puerta. Instantáneamente dirigí mi mirada hacia la entrada y el pomo se giró para dar paso a un Remus cauteloso y tan mudo como yo lo había estado desde la transformación.
Mi cara de asombro y tranquilidad aparente le dio la confianza suficiente como para entrar solo y cerrar tras de sí la puerta.
Estaba tan sorprendido como yo, pero lo que más me sorprendió fue notar un cierto miedo en él.
Podía olerlo, pero sobre todo podía escuchar sus pensamientos más claro que nunca.
–La verdad es que no dejo de asombrarme, Xavier. No nos esperábamos esto, no tan pronto al menos. Y no así, desde luego –comentó en una voz baja y calmada, casi susurrando.
–¿Qué es esto, Remus? ¿Qué me habéis hecho? ¿En qué me habéis convertido? –Pregunté con una voz que me costó aceptar.
Remus mostró una mueca de sorpresa todavía más grande que la mía al escuchar mi voz. Pude notar que no se esperaba que pudiera hablar. Al parecer era el único que, una vez transformado, era capaz de articular alguna palabra. Leer eso de sus pensamientos me dejó atónito.
–¿Puedes repetirlo? ¿Puedes hablarme de nuevo? –Me preguntó, juraría que asustado, aunque intentó reprimir cualquier señal de miedo.
Mi voz surgió de nuevo, muy grave y ronca, como si el mismísimo Satán estuviera poseyéndome, aunque con ciertas dificultades a la hora de entonar. Todavía me quemaba un poco la garganta, pero enseguida pude dominar mis cuerdas vocales y me acostumbré rápidamente a aquel nuevo tono.
–Quiero saber por qué, Remus. Por qué me habéis hecho esto –le volví a preguntar, mirándole fijamente, amenazante incluso.
–Supimos de tu existencia por una filtración, por un error, podría decirse.
Sabíamos que los vampiros tenían mucha capacidad tecnológica, que estaban más avanzados que nosotros en cualquier campo.
Ellos han tenido mucha más suerte los últimos siglos y eso les ha reportado una ventaja considerable a la hora de nuestros enfrentamientos.
Han podido desarrollar técnicas y aparatos que nosotros ni siquiera soñábamos, y a fecha de hoy están a años luz de nosotros.
Pero no nos rendiremos jamás. Y al parecer la suerte está de nuestro lado –dijo mientras se paseaba por la habitación.
Remus no paraba de observarme con asombro mientras proseguía con su explicación.
Mientras tanto, los demás seguían observando tensos desde el otro lado del cristal de seguridad, en el pasillo.
Podía notar todos y cada uno de aquellos corazones palpitando a un ritmo más acelerado de lo habitual.
Podía oler su miedo, que alimentaban mi ego y mi fuerza.
Podía haber saltado en un milisegundo y romper aquella fina barrera y eliminarlos sin esfuerzo.
Pero no lo hice. Y seguí escuchando lo que Remus tenía que contarme mientras continuaba explorando mi cuerpo y midiendo mis posibilidades respecto a aquellos seres, que curiosamente ahora no me parecían tan repulsivos.
Por un instante me paré a pensar en que lo que no era capaz de notar era su olor tan característico.
Aunque enseguida me di cuenta que no era ese el caso, sino que yo ahora también tenía aquella fragancia en mi cuerpo y por eso no distinguía tan notablemente la de los demás, aunque si me concentraba un mínimo podría identificarles con los ojos cerrados.
–La suerte nos ha sonreído y te ha traído con ella, Xavier. Si no fuera por ti no nos hubiéramos reunido y puesto en marcha todo este plan para capturarte. Eres una pieza clave en esta guerra, aunque te cueste comprender por qué –me dijo Remus mientras clavaba su mirada en mis ojos.
–Sabes que si lo que pretendes es que luche contra ellos no va a ser así. No porque me hayas convertido en un licántropo actuaré como tú y tus cachorros fieles. Por si no te has dado cuenta, aún en este estado conservo toda mi lucidez. Y esa diferencia es insalvable.
–Ciertamente, Xavier, pero no pienses mal de mí. Entiendo que tienes un corazón palpitando por una vampira, pero antes que nada deberás conocer muchas cosas para poder valorar por ti mismo quién es el bueno y quién es el malo en esta película. Puede que te lleves alguna decepción, amigo mío.
Remus sonrió con la confianza del ganador.
Posó su mirada de nuevo en mí antes de despedirse y abandonar la sala.
Mi cuerpo seguía caliente, aunque ya no ardía por dentro.
Y poco a poco el cansancio encontró todos y cada uno de los rincones de mi ser, venciendo así al intento de mantener aquel cuerpo mutante y seguir explorándome.
Me vencieron las fuerzas y el agotamiento hizo que no pudiera controlar el cambio.
Esta vez apenas fue doloroso, y en menos de un segundo, en lo que dura un parpadeo, me vi de nuevo en el espejo con mi habitual estructura humana.
Era como si lo hubiera soñado, como si una alucinación hubiera finalizado y mi cordura estuviera en debate.
Pero no, sabía que lo que había visto había sido real, aunque ya no tenía fuerzas ni para seguir mirándome en el espejo.
–Trasladadle a una habitación de seguridad y dejadle reposar –ordenó Remus a sus lacayos–. No temáis, ahora es completamente inofensivo.
Y aunque me doliera reconocerlo, tenía razón. Aunque hubiera buscado en el más profundo rincón de mi cuerpo, no había ni una gota de energía que pudiera apoyarme para plantar cara a los Vahu, y menos a un licántropo.
Me subieron a una camilla nueva y volvieron a atarme por si acaso, aunque sabían que las cinchas de seguridad servirían de bien poco si volvía a transformarme.
El camino a la habitación se me hizo eterno, y mi cabeza ya no sabía separar la realidad de los sueños.
Mis ojos permanecían en un vaivén entre el consciente y el inconsciente, hasta que me vencieron las fuerzas por completo y me dormí, justo en el momento en que notaba que me dejaban en una confortable cama, que me dio la impresión que me acogía con los brazos abiertos, mimándome como mi madre solía hacer cuando era pequeño.
Con el sonido de la cerradura al cerrar la puerta la oscuridad total y un silencio abismal se apoderaron de mí y entré en el mundo de los sueños, derrotado por un cansancio inhumano.