CAPÍTULO 19
Mi cabeza retumbaba y apenas podía distinguir los sonidos que recibían mis oídos.
No veía nada, todo era una oscuridad absoluta alrededor mío.
Por un instante pensé incluso si había muerto.
Si aquello que sentía era mi alma vagar por el vacío.
Pero mi cerebro se puso en marcha enseguida quitándome las tonterías de la cabeza y centrándome en las ondas sonoras que estaba percibiendo.
Eran voces que inicialmente no identificaba, aunque a los pocos segundos una de ellas fue inconfundiblemente familiar.
–¿Cómo está? –Preguntó aquella voz conocida.
–Responde bien al tratamiento, señor, y sus constantes son estables. No hay de qué preocuparse –contestó una segunda voz anónima.
–Perfecto. Quiero estar informado de cualquier cambio, por pequeño que sea. ¿De acuerdo? –Ordenó Remus.
Su voz era imposible de olvidar. Gutural, grave y penetrante como ninguna otra voz podría ser.
Cualquiera que le oyera, sin haberle visto jamás, podría asegurar que era la voz del mismísimo Satanás.
Daba miedo, absoluto pánico, el que aquellos sonidos entraran en cualquier cerebro humano.
Más todavía cuando reía. No había temido una risa desde aquella carcajada tenebrosa de Vincent Price en «Thriller», siendo yo un todavía un niño.
Quise concentrarme para adivinar dónde estaba aprovechando mis nuevas facultades adquiridas tras el entrenamiento con James y Joanne, pero un profundo dolor de cabeza censuró cualquier intento.
Mis fuerzas se concentraron entonces en averiguar qué me había pasado y qué me estaba pasando en aquel momento.
Mi cuerpo estaba inmóvil, atado a una camilla o similar.
Las ataduras no me herían, por lo que deduje que serían de cuero o algún material blando pero resistente, pues sujetaban fuertemente mis cuatro extremidades.
Todos mis músculos se sentían extremadamente agotados, como si hubiera estado una semana entera nadando sin parar.
Mis párpados seguían sin obedecerme cuando quería abrir los ojos.
Era como si pesaran toneladas, así que decidí centrarme de momento en los únicos sentidos de los que podía fiarme: oído y tacto.
Al estar amarrado a aquella especie de cama –bastante confortable, todo se tiene que decir– no podía más que explorar pocos centímetros con las yemas de mis dedos.
El tacto era suave y acolchado, y me recordó por un instante las sábanas del Ritz de París en la plaza Vendôme, cuando Joanne y yo nos escapamos unos meses atrás un fin de semana romántico.
Me vinieron escenas a la cabeza de largos paseos por los Campos Elíseos al atardecer, cogidos de la mano.
Y mi memoria me devolvió el olor de sus cabellos y su tacto al rozarme la cara mientras me besaba con ternura sentados en una terraza del Cartier Latin, esperando a que nos sirvieran un café.
Cuando comenzaba a recordar el calor de sus labios sobre los míos, noté una variación en aquella habitación.
Volvía a estar acompañado y el olor esta vez era muy familiar también.
Gracias a todos aquellos experimentos de Edward y los suyos sobre mi persona, había conseguido desarrollar hasta extremos insospechados los cinco sentidos humanos, y algún otro oculto, como ya expliqué.
Y aquel olor, incluso antes de traspasar la puerta, era extremadamente repulsivo. Licántropos, sin duda.
Dos de ellos entraron en forma humana, hablando en una lengua que no entendí e intenté memorizar sin éxito, debido de nuevo a la fuerte jaqueca.
Cualquier atisbo de forzar mi cerebro era recompensado con un dolor en la base del cráneo que noquearía a cualquier humano normal y que a mí me obligaba a abandonar el intento y reposar.
El tercero era Remus, quien se dirigió a mí, como si supiera perfectamente que estaba consciente y podía escucharle.
–Hola Xavier. Sé que puedes oírme, aunque todavía estés un poco confuso o tus párpados no te respondan. ¿Sabes dónde estás? –Me preguntó.
–Imagino que en alguna especie de madriguera, ¿no? –Dije sarcásticamente con una voz que me ardió en la garganta. Desconocía cuántas horas o incluso días podía haber estado inconsciente, pero era evidente que hacía mucho que no hablaba y mi garganta estaba seca y rasposa. La tos fue inevitable.
–No te molestes en sarcasmos, mi querido huésped. Efectivamente estás en uno de nuestros escondites. No necesitas saber más que eso, y que para tu suerte no estás herido. Simplemente te hemos atado por tu seguridad, y la nuestra –dijo con un tono calmado y cordial.
–¿Mi seguridad y la vuestra? –Respondí con curiosidad e hipocresía en cantidades equitativas.
–Sí. Durante el combate en la mansión de tus amigos chupasangre fuiste atacado por uno de los nuestros. De no ser por mis órdenes de que te quería vivo, no estaríamos hablando aquí y ahora. Pero eso no evitó que su sed se saciara con parte de tu sangre… y carne, desgraciadamente.
«¿Ha dicho carne?», pensé para mí mismo, e instintivamente mis ojos se abrieron y mi cuello hizo por girarse en dirección a mi pierna izquierda.
Fue imposible ver nada ya que la tenía vendada, pero sí recuperé parte de la sensibilidad, que me devolvió la información de que estaba intacta, aunque dolorida, la zona atacada.
–Increíble si no fuera porque lo vi con mis propios ojos –comentó Remus–. Es… cómo diría yo… un milagro, sin duda.
–¿A qué te refieres? –Le pregunté.
–A tu pierna, herrn Xavier. Fue mordida por un hombre lobo y cuando llegué apenas tenías gemelos.
Era todo un manojo de sangre y músculos desgarrados que colgaban de tu pierna.
Fuiste recogido por uno de los nuestros mientras el resto mantenía a raya a tus amigos, y se te trasladó aquí donde te hemos vigilado desde entonces.
–Pero… Yo no siento que a la pierna le falte nada. Incluso diría yo que podría saltar ahora mismo de la cama sin problemas, si no fuera porque estoy sujeto a ella –le respondí.
–Ahí radica el milagro que te comento. En cuanto a lo que quedó de tus gemelos se volvió a colocar encima de tu pierna durante el traslado, los tejidos comenzaron a mutar y sanar como por arte de magia.
Yo mismo me hubiera escandalizado de no ser porque conozco el proceso por experiencia propia.
Pero tú eres humano, o eso creíamos. Así que alguna explicación debe haber, la cual intuyo, para que ahora tu pierna esté intacta, como si nada hubiera pasado.
–¿Si tanto sabes, ¿qué hago aquí entonces? –Le espeté.
–No tenemos una tecnología tan avanzada como tus amigos, pero tampoco estamos en la Edad de Piedra. Hemos considerado necesario el analizar tu metabolismo, sobre todo ahora con la mezcla que llevas dentro. Es toda una incógnita, pues nadie que yo sepa ha sobrevivido a ello hasta la fecha.
–¿Sobrevivido a qué?
–A llevar dos sangres rivales en el mismo cuerpo. Bebiste la sangre de Edward, de ahí tu sanación en tiempo récord. Pero fuiste mordido por uno de nosotros, con lo que tu sangre se infectó también de saliva licántropa.
–Entiendo –respondí, escueto, con cierta preocupación.
Conocía las consecuencias de una mordedura de hombre lobo en un humano.
Joanne y Edward me habían explicado cómo el cuerpo se transforma en aquellos terribles monstruos y cómo ese proceso, aun siendo casi instantáneo en los licántropos que vimos –ya experimentados–, al principio era algo que debían controlar los humanos afectados y que podía ser muy doloroso.
Pero yo no era un humano cualquiera. No ahora.
Primero, por todo el proceso al que me había sometido en la mansión, que había potenciado no sólo mi físico, sino también mis capacidades sensitivas.
Pero sobre todo porque en las últimas horas había ingerido sangre vampira, y esta se había mezclado con mi propia sangre.
Aquello me había proporcionado fuerza extra, pero también –y yo lo desconocía– la capacidad de regeneración que tienen los vampiros ante las heridas.
El cómo iba a reaccionar aquella mezcla de sangre humano–vampira con la saliva licántropa era toda una incógnita, aunque al parecer las primeras horas habían sido tranquilas y estables.
–Te tendremos en observación unos días, aunque visto lo sucedido las últimas cuarenta y ocho horas, creo que podremos trasladarte a una habitación de seguridad en breve –dijo Remus.
–Sería de agradecer –contesté.
De repente sentí cómo mi cuerpo comenzaba a arder. Lo que inicialmente parecía una agradable sensación de calor y compensaba el frío de la sala, se transformó en una temperatura que parecía querer fundir mi piel y todo lo que esta contuviera.
No pude articular ni una palabra más, ya que mi garganta me daba la sensación de que o se había desintegrado ya, o estaba escupiendo fuego puro. Comencé a convulsionarme y rompí las cinchas de seguridad como si de mantequilla se tratara.
–Pero ¿qué…? Conseguí decir, aunque no era mi voz. Pero salía de mí. El pánico se asoció a aquel calor devastador y las convulsiones, creando un estado de shock que me tumbó al suelo.
Remus avisó de inmediato a más gente en un idioma que no supe identificar y salieron de la sala, cerrándola y quedándose fuera, mirando por la ventana del lado de la puerta.
Observaron cada una de mis convulsiones con una mezcla de preocupación, admiración y miedo por igual. Remus parecía el único entusiasmado con aquel espectáculo. Era como si lo estuviera deseando desde hacía tiempo, siglos incluso.
De repente todo acabó. Y comencé a sentir de nuevo la temperatura real de aquella habitación.
Me dio la sensación de que estaba en Alaska en pleno invierno, aunque en cuestión de un segundo desapareció por completo.
Sabía que una habitación, por muy buen sistema de calefacción que tuviera, no se acondicionaba tan rápido a una nueva temperatura, así que deduje que había sido mi cuerpo el que había regulado su calor para acomodarme a la situación.
Inmediatamente busqué la ayuda de algún soporte para levantarme del suelo, ya que mis fuerzas todavía brillaban por su ausencia.
No sin dificultades conseguí erguirme justo frente a un gran espejo.
Mi reflejo apareció al instante. Vi una ropa de hospital rasgada que cayó por sí sola durante los segundos que me mantuve quieto mirándome en aquella imagen.
Sabía que era yo porque la imagen que veía repetía al instante mis movimientos. Pero no daba crédito a lo que estaba viendo. No podía ser. Tenía que ser un sueño. Una pesadilla, más bien. Y permanecí inmóvil mirándome una y otra vez, sin poder articular palabra alguna.