CAPÍTULO 18 #2
–Lo siento, pero no tenemos nada que pueda interesarte. Te ruego que abandones tus intenciones antes de que puedas lamentarlo. No creo que te convenga exponer a tus hombres innecesariamente –concluyó Edward.
Remus estalló en cólera y demostró su alta proporción animal, frente al sosiego de Edward caminando de vuelta escoltado por Jacob e Isaiah.
Los demás licántropos volvieron a transformarse a la vez que Remus, devolviendo a la inocente imagen de diálogo la totalidad del terror que aquella escena debía tener.
Los caballos se perdieron en el horizonte sin sus jinetes, quienes anteriormente habían dejado a estos atados en los árboles que daban entrada al bosque. Un segundo de incertidumbre pareció congelarse y el silencio se apropió de mis sentidos, parándolo todo.
En aquel momento de quietud en mi mente, vi cómo cuatro de los diez licántropos se separaban del grupo y buscaban entrar a la mansión, mientras el resto de los hombres, un pequeño ejército de unos cuarenta o cincuenta individuos, se preparaban para un combate.
Todas aquellas escenas se sucedieron frente a mí en una serie de imágenes a cámara extremadamente lenta.
Edward, sin inmutarse, alzó su mano derecha. De inmediato el resto de los vampiros pasó a la acción y, como si nunca hubieran estado allí, desaparecieron de mi vista a una velocidad increíble para trasladarse a la zona de lucha, fuera de la casa.
Los vampiros eran menos en total, aunque por muy armados que estuvieran los humanos un solo vampiro podría sin dificultades con diez de ellos.
El problema eran los lobos. Diez lobos requerían la atención de lo menos veinte vampiros experimentados.
Y ahí radicaba la preocupación que vi en el rostro a Joanne.
Edward y el Consejo fueron los últimos en entrar en combate y fueron directamente a por Remus y su pequeño ejército de perros rabiosos.
Yo no supe qué hacer en aquel instante. Mientras parte de mi mente deseaba luchar y contribuir al éxito de los míos, otra parte no menos importante intentaba poner sentido a todo y hacer ver a la otra que la huida era más sensata.
Aquel conflicto interno desapareció instantáneamente cuando frente a mí apareció un licántropo que me superaba en tamaño por más de medio cuerpo. Sus fauces rugieron frente a mí, haciéndome reaccionar al instante.
Mi instinto protector generó inmediatamente un campo de fuerza que hizo que aquel bicho saltara unos metros por los aires, siendo repelido por una energía que no había visto en su vida. Aquel estruendo causado por el campo de fuerza llamó la atención de más gente que la deseada.
Remus volvió a cruzar mirada conmigo y sonrió de nuevo, intentando zafarse de sus rivales para ir a por mí.
Joanne se percató, al igual que Edward y Jacob, de aquel intento, y fueron a por él para intentar anular su ataque.
Pero la velocidad de Remus parecía no tener límites y consiguió zafarse del intento de Joanne para atraparle por las patas traseras, propinándole un zarpazo en uno de los brazos que me dolió hasta a mí con sólo verlo.
Mientras observaba cómo Remus avanzaba sin obstáculos hacia mí, uno de los humanos que había sido entrenado junto conmigo se interpuso en su camino. Remus apenas lo miró y usó un par de segundos para destrozarlo frente a mis ojos con una brutalidad que jamás hubiera imaginado.
Me preparé para hacerle frente, tensando mis músculos y afilando mis sentidos para anticiparme todo lo posible a sus movimientos. Pero en una milésima de segundo desapareció de mi vista.
Me giré instintivamente a la derecha para ver a Remus con Edward, enlazados en una fuerte lucha cuerpo a cuerpo. Me sorprendió la rapidez con la que se movían, casi imposible de seguir para mis ojos.
Durante aquel combate, y sin poder darme cuenta, perdí parte de la capacidad de atención al resto de licántropos y asociados.
Y me sorprendieron. Cuando quise darme cuenta uno de los humanos que venían con los hombres lobo estaba frente a mí con una espada, a punto de intentar que formara parte de mi anatomía.
Mi reacción fue inmediata y no menos sorprendente hasta para mi persona.
En el mismo movimiento salté por encima del individuo mientras desenvainaba la especie de catana que Isaiah me había dado minutos antes.
Aquel pobre hombre no tuvo tiempo ni de girarse cuando mi espada le seccionó a la altura de la cintura, probando la sangre y brillando en un tono azul y granate mientras reflejaba la luna en su filo.
Mi adrenalina se disparó y el corazón aceleró de repente, haciendo que mis sentidos se afinaran de nuevo y detectaran a otros dos discípulos de Remus que venían en mi dirección.
El primero de ellos sintió cómo mi afilada espada separaba su cabeza del resto del tronco, pero cuando me disponía a ir a por el segundo noté un fuerte dolor en mi pierna izquierda.
Fue una sensación repentina de dolor agudo, de carne rasgándose, seguida de un ardor que en milésimas de segundo invadió mi cuerpo, haciéndome perder no sólo el control de la espada, que cayó al césped brillante por el rocío, sino que cegó mi visión y consiguió tumbarme, quedándome inconsciente.