CAPÍTULO 18
La noche había caído profundamente sobre nosotros, dejando un escenario perfecto para la película de terror que amenazaba con hacerse real cada segundo que pasaba. El cielo estaba casi completamente despejado con algunas nubes finas cubriendo una enorme luna llena.
Estaba excepcionalmente grande. Casi se podían contar los cráteres y ofrecía una luminosidad increíble.
Apenas se necesitaba luz artificial para circular por la calle.
No pude evitar mirarla al salir por la puerta que conducía a la entrada principal y, sin saber por qué, me entró un tremendo escalofrío por la espalda, llenando de un temor extraño mi ser.
Sería en parte por la sensación de desconocimiento total a lo que me iba a enfrentar.
O quizás por el miedo a perder a Joanne si realmente ocurría algún imprevisto.
Todo lo que hacía unos minutos tenía tan claro se desvaneció frente a mí, temiendo el peor de los desenlaces.
No temía a mi muerte, pues hacía muchos meses que podría haber muerto, en alguno de los tantos intentos de suicidio que cometí.
No. Mi pánico estaba causado por la posibilidad de tener que afrontar una vida sin Joanne.
Mi cuerpo temía más una vida solitaria que a cualquiera de aquellos engendros de la naturaleza que estaba a punto de descubrir con mis propios ojos.
Otra imagen que me aterraba era la posibilidad de quedar mutilado, inválido.
Prefería la muerte a quedar como un vegetal o sin algún miembro.
Cosa totalmente posible dada la gran brutalidad con la que los licántropos atacaban a sus víctimas.
Cualquier cosa era posible. Y mi mente lo sabía y utilizó a mi subconsciente para que durante unos segundos mi cabeza se llenara de imágenes rebosantes de miedo, pena y desorientación.
Joanne se acercó a mí y me cogió de ambas manos, obligándome a guardar por un momento la espada que Isaiah me había dejado.
–No temas, amor. No voy a permitir que nada de lo que piensas te suceda.
Ni voy a arriesgar mi vida si no es que la tuya esté en peligro.
Será un mero trámite, un pequeño diálogo para establecer de nuevo contacto entre ambas especies tras tantos años de separación y desconocimiento por nuestra parte de sus actividades –me dijo mientras proyectaba imágenes en mi cabeza de nosotros dos disfrutando de un día juntos, riendo y amándonos.
–Ya, pero no puedo evitar pensar que puede pasar de todo, y que quizás no esté preparado para un encuentro así, poniendo al resto en peligro por alguna imprudencia o torpeza –le respondí.
–No te preocupes por el resto. Si no pensáramos que puedes estar, habríamos hecho todo lo posible para que no llegara este momento.
Confía en ti y en quien te ha enseñado. El nerviosismo es normal, pero debes centrarte y recordar las clases de concentración.
Eso te ayudará a eliminar cualquier atisbo de sentimiento que no te permita estar alerta al cien por cien.
Mi parte racional tomó las riendas sobre la sentimental y automáticamente, obedeciendo a Joanne, me sentí mucho más seguro y consciente de la seriedad de la situación.
Mis músculos volvieron a tensarse y estaban en un momento preparados para cualquier cosa.
Mi cara retomó unos rasgos serios y neutros, escondiendo en el más recóndito de los rincones mis muecas de temor o preocupación.
Era una persona completamente diferente.
Preparada para el enfrentamiento a los Vahu y sus nuevas amistades.
–Así me gusta. Esto es otra cosa. Vamos con el resto. Así te sentirás más seguro también –me dijo mientras llegábamos al lado de Edward y los demás del Consejo.
En el jardín principal se había reunido la totalidad de vampiros de la mansión y alrededores. Durante los últimos tres días habían estado llegando a la casa vampiros de todas partes del mundo, llamados por Edward para atender a tan especial ocasión.
Intenté contarlos a todos pero perdí la cuenta cuando, yendo por treinta y cinco vampiros y cuatro humanos en mis mismas condiciones, un olor peculiar captó mi atención y la de los presentes.
Era como un fuerte hedor a perro sucio, mezclado con un olor característico de las cuadras.
Por un momento nuestro olfato se sintió engañado y el cerebro descartó la posibilidad de estar en un establo o en algún zoológico, aunque la pituitaria insistiera en aquellas sensaciones.
Pero no se veía a nadie. El silencio era absoluto y hasta los búhos que acostumbraban a deleitarnos con sus cantos nocturnos habían callado.
Una ligera brisa nos seguía trayendo aquel característico aroma cuando, a lo lejos, vimos un grupo de gente que se aproximaba.
No pude contar cuántos eran, pero desde luego eran más de los diez o doce que esperábamos según mis visiones.
La gran mayoría iba a caballo, dando la sensación momentánea de que se aproximaba un grupo de cazadores, siguiendo al zorro en la típica estampa inglesa de un soleado día de caza.
Pero el zorro, en esta ocasión, era yo. Y no tenía nada de típica esta estampa. No esta vez. El ambiente fue tensándose todavía más y todos los miembros de nuestro grupo estaban alerta, mientras Edward y el resto del Consejo se acercaron a la puerta principal, cerrada todavía.
Cuanto más se acercaba el grupo visitante más claro estaba que algo no era del todo normal.
Y no era ya el olor, al que nos habíamos acostumbrado todos, sino unos seres que, por dimensiones, parecían caballos cabalgando de una manera un tanto extravagante y desconcertante, pero que en cuanto alcanzaron un claro tras abandonar el bosque colindante, vislumbramos con la claridad que la luna nos proporcionaba el verdadero origen de aquellas bestias.
Eran lobos, o algo similar, pero de un tamaño superlativo.
Fijándome un poco entendí sus formas y aprendí a ver algo de humano en ellas.
Una postura un tanto erguida para ser un animal, pero que no impedía que su trotar al lado de los caballos fuera igual o más rápido que estos, que iban casi al galope.
Su pelaje variaba en tonalidad dependiendo del individuo.
De los diez que conté, ninguno era igual, aunque con diferencia uno destacaba del resto.
Su pelaje era de un plateado brillante que reflejaba como ninguno los rayos lunares sobre él, ofreciendo un bello espectáculo a quien contemplara su pelaje moverse al compás del trote del grupo.
Pero aquella belleza se transformaba en terror si la vista se trasladaba a una visión más abierta del animal.
Sus fauces permanecían abiertas, enseñando a cualquiera que se atreviera a mirar unos dientes afilados como cuchillas y una imagen sacada de la peor de las pesadillas.
El resto de los licántropos que le acompañaban no eran menos aterradores, pero el hecho de que sí fueran menores en tamaño les restaba importancia frente aquel claro líder del grupo. Era Remus, sin duda.
Fueron aminorando la marcha hasta llegar a unos cien metros de la verja principal. Se reunieron todos frente a ella, iluminados todavía por la luna. Los licántropos cambiaron sus formas para volverse humanos, y tres de ellos, incluido Remus, se acercaron más todavía a la puerta de entrada.
Edward, a su vez, se adelantó con Jacob e Isaiah. Todos nos pusimos en posición para cualquier cosa que pudiera pasar, palpándose la tensión a ambos lados de la verja.
Edward inició la conversación con un claro tono de tranquilidad y ofrecimiento de diálogo pacífico. Escuchar su voz en aquella situación sorprendía pues no mostraba en absoluto tensión alguna y perfectamente podría haber usado ese tono para calmar el llanto de un bebé.
–Bienvenidos a nuestra casa, Remus. Es una grata sorpresa verte de nuevo tras tantos años sin saber de ti –dijo dirigiéndose al líder licántropo.
–El placer es mutuo, Yeshua. Mucho ha llovido desde que nos cruzó el destino la última vez –dijo Remus, retumbando su voz grave y gutural en mi cabeza, demostrándome que aquel ser era real y lo tenía delante.
Su mirada se desvió de Edward y comenzó a mirar hacia la casa, como si estuviera tanteando el terreno o buscando algo. Y lo encontró.
Entre todos los vampiros y humanos dentro de la mansión, su mirada se posó en mis ojos. Centrándose y esbozando una ligera sonrisa, como cuando se encuentra lo deseado.
Mi cuerpo se estremeció aunque no perdí el control, mostrándome incluso algo altivo y devolviendo la mirada a aquel horripilante ser.
–Veo que hay gente nueva. No paráis de crecer y veo que seguís con vuestros experimentos sobre los humanos. Deberíais avergonzaros de usarlos como si de ratas de laboratorio se trataran.
Sus comentarios fueron sarcásticos y de doble filo. Edward ni se inmutó ante aquellas palabras y su respuesta fue contundente.
–Nuestras actividades no son de tu incumbencia, Remus. Además, no creo que seas la «persona» adecuada para criticar nuestros actos, ¿no crees? –Comentó haciendo hincapié en pronunciar «persona» con más sarcasmo incluso que su rival.
–No comiences con tus ironías, Yeshua. Lo único que consigues así es alterar a los míos y abrirles todavía más la sed de venganza. Esta ha sido una visita de cortesía. Venimos en son de paz –dijo Remus mientras seguía mirándome de reojo.
–Pues lamento informarte que nos hemos quedado sin té. Tendréis que volver otro día. Te llamaré para cuando estemos en condiciones de proporcionaros nuestra hospitalidad. Siento ser maleducado, pero teníamos una reunión familiar, como puedes observar.
Edward se dio la vuelta, dando la espalda al grupo de licántropos que se agitaron entre ellos, mostrando claramente la desaprobación a aquel gesto de desprecio. No fui el único en sentir cómo la tensión se transformaba en algo casi palpable, aunque nadie se decidía a dar el primer paso.
–He venido a por algo y lo obtendré. Por las buenas o por las malas –dijo Remus, alzando la voz y haciendo que esta retumbara en toda la propiedad.