CAPÍTULO 17
Mi cabeza despertó entre una gran jaqueca y unos dolores tremendos en todo el cuerpo. Eran como unas agujetas agudas. Mi pensamiento primeramente se centró en aquel dolor que iba remitiendo con rapidez, pero enseguida se centró en otra cosa más importante. Donde estaba.
Lo que para mí había sido un mareo de apenas unos segundos fue realmente algo más de tiempo.
Estaba estirado en una de las camas de la sala de enfermería.
Junto a mí, sosteniendo mi mano derecha, estaba Joanne, que, en cuanto vio que mi mente despertaba, se apresuró a explicarme, sin esperar a que abriera los ojos para mirarla.
–¡Hola, amor! Bienvenido de vuelta. No te preocupes, que no ha sido nada.
Según Edward es un proceso normal, aunque sí es cierto que en ti se ha retrasado.
Lo habitual es que este tipo de desmayos se produzcan en las primeras horas del tratamiento.
Tu cuerpo está cambiando y a veces el cerebro no asimila tanto cambio hormonal y desconecta.
Tu biorritmo está cambiando a pasos forzados y el físico se resiente –me explicó con la ternura y sencillez de la voz de una madre.
–Pues ni me di cuenta de que me habíais trasladado.
¿Cuánto llevo así? –Pregunté mientras me incorporaba. –Tres horas. Pero tus constantes son estables y buenas a más no poder. No hay nada de qué temer. Tómate esto. Notarás mejora enseguida –me dijo mientras me acercaba un vaso de plástico pequeño, lleno de un líquido espeso, rojo.
Mi mente despertó enseguida ante aquel líquido.
Sabía lo que era, aunque no quería aceptarlo.
Mi mente no estaba preparada y rechazaba aquel brebaje.
Mi estómago se amotinó con el pensamiento y se estremeció ante el hecho de que mi mano estaba ya agarrando el vaso.
«No debe ser tan malo», pensaba parte de mí, mientras la otra mitad se negaba en rotundo a beber aquella sangre.
Su olor comenzó a penetrar mis fosas nasales y, de repente, aquel aroma nauseabundo inicial se transformó en un apetitoso jarabe que mis labios pedían degustar desesperadamente.
Casi podía sentir aquel dulzor en mi lengua mientras me acercaba a cámara lenta el vaso a la boca, sin poder dejar de mirar a su interior.
Sabía que me lo bebería, aunque desconocía su reacción en mí.
Las dudas se disiparon en un milisegundo y al siguiente momento el vaso estaba ya en el fondo de la papelera de la habitación.
Inmediatamente mi cuerpo sintió la reacción en cadena.
Al sabor dulce y caliente le seguía un ardor leve por el esófago y que culminaba con un calor que se expandía hasta la última de mis células.
Todo aquel proceso, aun siendo de apenas de unos segundos, lo viví como si se hubiera tratado de minutos enteros, y todavía ahora lo tengo fresco en la memoria como si acabara de suceder.
Tal y como predijo Joanne, al instante mi cuerpo sintió una energía nueva y ligera a la vez que poderosa.
Me sentía mejor que nunca. Y me dio la impresión de que mi cuerpo era más liviano y mis músculos ardían en busca de ejercitarse.
Mi boca quedó seca y el primer pensamiento me asustó. Mi cuerpo pedía más de aquel brebaje.
Unas risas recuperaron mi atención fuera de mi persona. Era Joanne, que me miraba como el que mira a un niño que acaba de descubrir cómo le cambió la voz. Yo no dejaba de asombrarme de mi sustancial mejora, pero sobre todo me preocupaba el querer volver a beber.
–Es absolutamente normal, Xavier –dijo ella–, más si tenemos en cuenta su procedencia.
–¿A qué te refieres? –Le pregunté mientras seguía mirándome los músculos, pues estaba convencido de que estaban tomando formas que antes no tenían, mucho más atléticas y definidas, a la vez que notaba una potencia extra.
–La sangre que acabas de tomar es de Edward. Si eso no te cura, nada puede hacerlo.
–Realmente es asombrosa la capacidad de curación. Había leído al respecto, pero siempre pensé que era parte de la leyenda.
–En absoluto. Nuestra sangre es como un elixir de la vida para un humano. Es capaz de acelerar la sanación de heridas, incluso muy graves, como una fractura de médula, por ejemplo. Pero la de Edward es diferente –me explicó Joanne.
Mientras escuchaba sus palabras un pensamiento suyo invadió mi mente y destacaba sobre el resto de sus palabras. «Es la sangre original», la oí pensar. Y ella se dio cuenta de que me había percatado de aquello.
–Veo que estás prosperando en tus dotes telepáticas. Quizás este «chupito» haya sido el culpable… –Esbozó una media sonrisa mezclada con síntomas de preocupación.
Quizás Joanne no debería haber pensado aquello, si más yo no debía haberme enterado.
Me quedó claro. En un intento de querer explicarme le di a entender que sería una tumba al respecto, a lo que me agradeció con una mirada irresistible, siempre dentro del silencio e intercambio de gestos entre ambos.
Cada día me gustaba más esto de la telepatía y escuchar los pensamientos de los demás.
Sentir la intimidad de aquella manera con Joanne era otra forma de amarnos todavía más profundamente, algo que jamás hubiera podido ni imaginar.
Aun siendo un ser que se alimentaba de sangre humana, que había asesinado por placer, cuando se trataba de pensar en mí su cabeza era increíblemente clara y transparente.
No existía ninguna duda de que su amor era incondicional y que estaba dispuesta a todo por la «eternidad de nuestra relación».
Palabras literales extraídas de su mente.
La puerta de repente se abrió de par en par en un estruendo que nos pilló completamente por sorpresa a ambos. Nuestras cabezas se giraron bruscamente para ver qué pasaba. Era James.
–Tenéis que venir enseguida. Tenemos noticias de Remo y su séquito –dijo en un tono de voz que, de ser humano, hubiera sido apresurado y marcado por las altas pulsaciones de su corazón, pero que en él se mostró simplemente tajante, seco.
Acompañamos a James al despacho de Edward, donde nos esperaba el Consejo de nuevo. James cerró la puerta tras nosotros y cedió la palabra a Edward, quien estaba extremadamente serio.
En el ambiente se podía casi coger con la mano la tensión. Algo malo había sucedido, y mis nuevos sentidos presentían que no iba a gustarme en absoluto.
–Están mucho más cerca de lo que nos temíamos, Xavier. Si no hay cambios, esta noche esperamos visita –dijo Edward mirándome fijamente. Su cara mostraba un cierto grado de preocupación, pero también seguridad y calma.
–Quiero que te prepares para cualquier cosa.
Aunque sinceramente preferiría la opción de mantenerte al margen en caso de que osen entrar a la mansión, sé que eso no va a ser posible, pues conozco tus deseos y tu curiosidad al final acabaría traicionándote.
Así pues, está en tu mano decidir qué hacer.
Estamos a tiempo de mantenerte oculto en un lugar lejano y mucho más seguro, a salvo de los licántropos que, como bien sabes, vienen a por ti –prosiguió Edward mientras el resto del Consejo confirmaba con sus miradas sus palabras.
–Como bien has dicho, Edward, no pienso moverme de aquí. Lo que tenga que ser, será. Estoy preparado –le dije mientras Joanne me apretaba la mano con tal fuerza que tuve que contenerme para no mostrar dolor.
–No. No lo estás. No para lo que puedes llegar a ver. No obstante, respetaremos tu decisión y queremos que sepas que estamos contigo. No permitiremos que te suceda nada –dijo Jacob.
–Gracias, Jacob. Sé que esperáis mucho de mí y espero no defraudaros.
No hoy al menos. Es muy posible que nada de lo que vaya a suceder esta noche pueda ni siquiera imaginármelo ahora, aunque insisto, estoy listo para lo que tenga que ser.
Desde luego que me gustaría disfrutar de más entrenamiento, aprender mucho más de cómo funciona mi nuevo cuerpo, todas estas facultades adquiridas que no dejan de fascinarme.
Pero no me echaré atrás ni mucho menos por unos perros curiosos –acabé con cierto tono sarcástico que fue del agrado de los presentes a juzgar por sus muecas y sonrisas entre la seriedad del asunto.
Un grupo de unos diez hombres lobo, liderados por Remus y sus dos escoltas, nos visitarían.
Parecía como si mi corazón adquiriera una nueva postura y comenzara a prepararse, tanto física como emocionalmente.
Mis sentidos se agudizaron en el mismo momento que abandonamos la sala y nos dirigimos a uno de los salones de entrenamiento.
En las horas siguientes, esperando a aquellos indeseados invitados, pude comprobar cómo mis músculos adquirían una consistencia y forma que no había sentido todavía.
Fueron unos minutos de tensión que intentamos aliviar con consejos de James y Jacob acerca de los hombres lobo.
En caso de ataque hay que arrancarles el corazón o degollarles.
Es la única manera de acabar con ellos. Y cualquiera de las dos estaba fuera de mi alcance.
Primero, por la velocidad que tenían, sobre todo los más ancianos.
Segundo, por la textura de su piel, muy similar a la de un vampiro y que es casi impenetrable, como una roca.
Sólo los colmillos de un vampiro o de otro hombre lobo eran capaces de rasgar la piel licántropa. Y yo no era ni lo uno ni lo otro.
Isaiah entró con una grata sorpresa. En sus manos traía una espada corta, pero que, a diferencia de otras que había visto y usado –fui campeón de esgrima en la universidad y participé como extra en alguna que otra película de época en el pasado reciente–, brillaba con un tono azulado de una intensidad fascinante.
Mi mirada se perdió entre aquel brillo metálico, intentando descifrar qué era.
–Es una aleación que todavía no conoce el ser humano, aunque lleva con nosotros casi dos mil años.
Es más de mil veces más fuerte que cualquier material que conozcas, y muy resistente.
Será lo único que pueda protegerte de los licántropos si llega el momento de luchar.
Sé que sabes usarla. Cuídala, es muy especial para Edward.
–Muchas gracias, Isaiah. Me será de gran ayuda, aunque espero no tener que usarla, la verdad –le respondí mientras se retiraba para prepararse.
Edward entró para llamarme a su lado, dirigiéndonos a un ala de su despacho, casi en plena oscuridad, alumbrados sólo por una luna llena perfecta.
–Xavier –comenzó–, quiero agradecerte tu lealtad y pedirte que tomes de nuevo un poco más de mi sangre.
Sólo así sabré que he hecho todo lo posible para que estés en las mejores condiciones –me dijo en voz baja y a solas, mientras se rasgaba la muñeca para verter en una preciosa copa de cristal un «chupito», esta vez más generoso que el anterior.
–Quien debe agradeceros algo soy yo, Edward. Me parece exagerada incluso tanta protección. No creo que me la merezca. No un simple mortal como yo –le espeté mientras mi garganta absorbía hasta la última gota de aquel elixir de la vida y él ignoraba mi último comentario.
James irrumpió la estancia mientras todavía disfrutaba de aquel éxtasis y euforia sin igual al sentir la sangre nueva recorrerme por dentro.
Me sentí como el hombre más fuerte del mundo –seguramente en aquel momento lo fuera– y capaz de todo.
De absolutamente todo. –Están llegando, Edward –dijo James al tiempo de abrir la puerta para salir de nuevo corriendo.
–Curiosa noche para una visita de hombres lobo –finalizó Edward con una sonrisa mientras miraba a la luna llena. Y salimos a su encuentro.