Nueva Vida CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Edward se sentó frente a nosotros, indicándonos a Joanne y a mí que nos relajáramos y prestáramos atención. Tras aclararse la garganta comenzó a relatar.

«La leyenda cuenta que Numitor junto con Amulio eran reyes de una ciudad de Lacio llamada Alba Longa.

Amulio destronó a Numitor y mandó matar a todos sus hijos, salvo a su hija Rea Silvia, a quien obligó a dedicarse al culto de Vesta, para así mantenerla virgen.

Una noche que se encontraba durmiendo a orillas de un río, el dios Marte la avistó y se quedó prendado de ella, poseyéndola y dejándola encinta.

Como consecuencia, tuvo dos gemelos a quienes llamó Rómulo y Remo. El rey, al enterarse, no la mandó matar, sino que dejó que diera a luz, pero luego ordenó que los colocaran en una cesta en el río Tíber para así ahogarlos.

Esta cesta embarrancó y ambos pequeños fueron amamantados por una loba, llamada Luperca, luego recogidos por un pastor, Fáustulo, y cuidados por su mujer.

Se decía que fueron criados en el centro de Lacio, en Gabio más precisamente.

Al crecer y enterarse de su origen, retornaron a Alba Longa, asesinaron a Amulio y depusieron en el trono a Numitor.

Los dos hermanos decidieron crear una ciudad, justo en el lugar donde embarrancó la cesta.

Allí trazaron un perímetro con un arado y Rómulo juró matar a todo aquel que la traspasara.

Para otorgarle un nombre sin discutir, decidieron que se lo designaría quien avistara más pájaros, prueba que supero Rómulo.

Decidió ponerle Roma, parecido a su nombre, y Remo enojado, borró el surco de los límites que había trazado su hermano. Cumpliendo el juramento que había realizado, Rómulo lo mató quedando como soberano de la nueva ciudad».

–Esa es la leyenda, aunque la realidad dista un poco de lo que el paso de los años ha traído a nuestros días –concluyó.

Cuando parecía que ya había terminado, prosiguió con más entusiasmo, sabedor de que la historia nos iba a resultar más interesante desde aquel momento.

«Remo en efecto fue ajusticiado por Rómulo y este le dio por muerto, dejándolo abandonado en la ribera. Pero no fue así. Cuando cayó la noche y tras unas horas herido de muerte y disimulando que todavía le quedaba aliento, Remo consiguió salir de allí a duras penas.

Unos kilómetros más allá su corazón no pudo aguantar el esfuerzo y quiso pararse, aunque las ganas de venganza sobre su hermano podían más que aquel débil músculo, falto de sangre.

Fue entonces cuando apareció de nuevo Luperca, que reconoció a su hijo adoptado y le dio nuevamente de comer.

Y no sólo eso, sino que, en una muestra de alianza con Remo, se hizo un corte en una pata delantera con los dientes e hizo beber a Remo de su propia sangre, prometiéndole una fuerza superior para poder vencer a su hermano.

En el mismo instante en que tomó aquella sangre de Luperca comenzó a sentirse mejor, con más energía. Y milagrosamente sus heridas sanaron y recuperó el aliento, lo suficiente como para acompañar a la loba a su cueva y reposar allí para recuperarse.

Remo estuvo con altas fiebres dos días, alimentándose en exclusiva de la leche de Luperca, hasta que el tercer día su cuerpo sufrió un cambio. Algo tan indescriptible como sorprendente y que le horrorizó hasta la muerte.

Fue por la noche, tras un fracasado intento de dar caza a un gamo que estaba resultando especialmente escurridizo.

Parecía incluso que el animal disfrutaba del juego del cazador y la presa, escapando por milímetros a las artimañas de Remo y sus flechas o lanzas.

Remo carecía de paciencia desde la traición por parte de Rómulo, y aquella bestia consiguió enfurecerle de tal manera que provocó lo inesperado.

Su corazón comenzó a palpitar a una velocidad endemoniada, y comenzó a sudar. Sentía cómo un calor emergía de su interior, siendo cada instante más y más potente, quemándole por dentro literalmente. Sin tiempo apenas para pensar qué estaba sucediendo, se miró las manos e intentó gritar.

No vio dedos, sino zarpas. Unas enormes zarpas con forma semihumana, peludas y con unas grandes uñas afiladas como navajas.

El pelo cubría la totalidad de los dedos, así como el resto del brazo.

Al intentar chillar descubrió que su voz también había desaparecido con su apariencia humana.

En vez de emitir un chillido de horror, de su garganta salió algo más parecido al rugir de un león.

Fue entonces cuando el gamo se percató de su presencia, y él de que el gamo le había detectado.

Un extraño instinto animal le poseyó y, sin poder decidir nada racionalmente, se vio en carrera tras el gamo de nuevo.

Pero esta vez era muy diferente. No tenía ninguna lanza en su mano, y el carcaj con las flechas yacía en el suelo metros atrás.

Aún así estaba convencido de su éxito en la cacería y metro a metro iba ganándole terreno al antílope.

En un abrir y cerrar de ojos saltó sobre él, derrumbándole al instante, y al momento siguiente estaba clavándole sus dientes en la yugular. Un sonido de dolor salió de la garganta del gamo, aunque se cortó en cuanto Remo aplicó más presión a la yugular con sus caninos y molares.

Ensangrentado se irguió y rugió de nuevo, con un nuevo sabor en la boca y alma. El de la victoria y el poder. Dos sensaciones que habían podido sobre el miedo a lo desconocido, a la transformación que había sufrido hacía un momento.

Pasaron unos meses hasta que Remo estuvo en condiciones psíquicas para ir a por su hermano Rómulo. Un preciado tiempo que usó para poder controlar aquella capacidad de transformación y así estar preparado para su venganza.

Una noche, cuando Rómulo regresaba de las termas a sus aposentos se percató de una presencia extraña al lado de la ventana, entre las sombras que proporcionaba la luna y aquel rincón de la estancia.

Rómulo tuvo el tiempo justo para adivinar los rasgos de aquella figura que, poco a poco, fue acercándose de la penumbra a la luz de la luna para mostrarse a él.

Apenas tuvo tiempo de mostrar su miedo y asombro al ver la cara de su hermano a quien creía muerto, cuando Remo se abalanzó sobre él en su nueva forma licántropa.

En un principio quiso destrozarle, pero su parte humana le detuvo y le hizo ver un plan mucho mejor.

Rómulo yacía bajo su cuerpo, paralizado y sin habla.

Con una expresión de pavor en su rostro permanente.

Remo simplemente tuvo que usar una de sus afiladas uñas para, a modo de daga, rasgar con extrema facilidad la yugular de su hermano, dejándole desangrar como Rómulo hiciera con él meses atrás.

Con el ruido aparecieron los criados, quienes tuvieron tiempo de ver a una bestia que escapaba de encima del cuerpo de Rómulo y que, antes de saltar por la ventana, se había transformado de nuevo en humano.

Su figura se perdió entre la mágica luz de una luna llena perfecta, apenas cubierta de nubes.

Por suerte para Remo no vieron su rostro, aunque con el miedo que vivieron seguramente tampoco lo hubieran reconocido o, si más no, atrevido a identificarle por temor a venganza.

Así es como se surgió una leyenda, un mito que todavía hoy en día vive en nuestras mentes».

–¿Así pues Remus es en realidad Remo? –Mi cara de asombro debió ser realmente expresiva.

–Ja, ja, ja. En efecto, Xavier. ¿Te sorprende? –Respondió Edward con una gran carcajada.

–Pues un poco sí… porque estamos hablando de más de dos mil años, ¿no? –Pregunté curioso.

–Sí, aproximadamente tenemos una edad parecida. Él, de hecho, es mayor que yo, pero por poco –su rostro esbozó una ligera sonrisa, que apenas mostraba sus perfectos y largos caninos.

–Y… ¿Cómo…? –Mi cabeza pensaba más deprisa que lo que era capaz de expresar mi voz. Pensé si las leyendas sobre aquella maldición serían ciertas.

–Hay parte cierta de la leyenda sobre la transmisión de esa capacidad licántropa.

Debe ser por mordedura de uno de ellos, mezcla directa de su saliva o sangre con la humana.

Si no existe esa invasión en la sangre humana es imposible convertirse en uno de ellos.

Esas historias sobre si se sobrevive a un ataque son falsas.

Ningún humano sobreviviría a un hombre lobo. Nadie –comentó Joanne.

–Como podrás imaginar, en todos estos años han creado una raza completamente nueva, han evolucionado como hemos evolucionado nosotros.

Durante mucho tiempo fue una verdadera plaga, mucho peor que cualquier vampiro, sobre todo por los estragos causados en la raza humana.

Piensa que nosotros dejamos los cuerpos sin apenas daños físicos, pero un hombre lobo destroza literalmente a su víctima.

Puede ser algo realmente desagradable, y no son precisamente discretos.

No, al menos entonces –explicó Edward ante mis dudas internas sobre cómo aquellas leyendas vivas podrían haber sobrevivido a más de dos milenios.

Mi mente se evadió durante unos segundos. Jamás hubiera imaginado que los hombres lobo existieran y, menos aún, que su origen estuviera en un hecho tan popular de la historia de la humanidad. No concebía que un acontecimiento tan conocido mundialmente tuviera una cara tan macabra y obscura.

Y esa obscuridad se cernía sobre nosotros cada vez más. Sobre todo sobre mí. Sentí una presión enorme, un agobio y falta de aire. Reviví de nuevo aquella mirada de Remus en mi mente.

Y en ese mismo momento perdí el conocimiento.