CAPÍTULO 15
Joanne marcó en el teléfono de la mesa de Edward un número corto y anunció una reunión inminente en su despacho.
«Para todos los alfa», mencionó. Apenas pasaron dos o tres minutos que en aquella estancia con vistas al jardín principal de la mansión se reunieron casi veinte personas, todas ellas esperando a Edward, que no había regresado todavía.
Dentro del silencio inicial comenzó a crecer un murmullo, la gente comenzaba a hablar en voz baja.
Joanne, usando de nuevo su capacidad telepática, me estuvo explicando quién era cada uno.
Había tanto vampiros como gente que había pasado por el mismo proceso que yo.
Todos ellos se encargaban de alguna zona en particular del Reino Unido, Europa e incluso América o Asia.
Todos estaban allí durante unos días, pues anualmente se realizaba una reunión para poner al día a Edward y el resto de gente del Consejo.
El Consejo estaba formado por cinco vampiros.
Todos ellos tenían como mínimo quinientos años, y compartían la misma visión de futuro de la raza, cohabitando el planeta con los humanos, sin ánimo de destruirnos mutuamente ni nada por el estilo.
Hoy en día se auto consideraban como unos basureros de la humanidad, eliminando a quien era perjudicial para la sociedad, gracias a un magnífico sistema inmunológico, totalmente indestructible por ninguna enfermedad humana.
Eran individuos que, aunque aparentaran poca edad, poseían no sólo mucha fuerza sino también toneladas de experiencia y sabiduría. Por ello eran los más indicados para tomar decisiones delicadas. Y ahora estábamos frente a una situación extremadamente compleja.
Si todo era tal cual habíamos visto, un grupo de tres hombres lobo y todavía no sabíamos cuántos Vahu estaban a punto de localizarnos o, si más no, acercarse demasiado a nuestra sede.
Y eso no podía suceder. Pero tampoco era tan fácil detenerlos sin causar demasiado alboroto en la sociedad humana.
La comunidad vampira era muy celosa de su secreto y, contrariamente a la manera de actuar de los Vahu, procuraban que el eliminar a un enemigo bajo ningún concepto fuera presenciado o pudiera serlo por ningún humano, cámaras de vigilancia incluidas.
Y eso hoy en día era cada vez más complicado.
Hasta los cementerios poseían cámaras que velaban por la seguridad veinticuatro horas al día.
De repente se abrió la puerta y apareció Edward seguido de cuatro vampiros más.
Jacob entró justo detrás de Edward. Por su apariencia hubiera pasado más por el cantante de un grupo de rock actual que no por alguien con más de dos mil años a sus espaldas.
Un aspecto totalmente juvenil, despreocupado, que escondían por completo su potencial.
Jamás hubiera sospechado de él como un ser a quien temer.
Pero sin duda en su cabeza y su mente se escondía el más temible de los presentes en la sala.
Su pensamiento desvelaba un odio y rabia atroz hacia nuestros posibles invasores.
Y no hacía falta buscar mucho en su cerebro para adivinar que él sería el que más deseaba un cara a cara para luchar.
Siguiendo los pasos de Jacob entraron Isaiah y Florence, y cerró la puerta Ahmed, el único miembro de aspecto no caucásico de los cinco.
Florence era una esbelta mujer, de esas que hacen girar miradas en cualquier calle y parecía acabada de salir de compras de los mismísimos Champs Elyseés parisinos.
Era una reinterpretación mejorada de la Audrey Hepburn de «Desayuno con diamantes», una mezcla de niña con cuerpo de mujer.
Poseía una aparente inocencia que camuflaba toda su habilidad seductora y maldad como vampira.
Sin duda, alguien a quien temer no sólo por su raza, sino por su mente.
Isaiah era la discreción en persona. Su forma de andar, su vestimenta, su cara.
Todo era perfectamente común, vulgar. Nadie se fijaría en él en plena calle, excepto por un detalle.
Sus ojos. Sus pupilas estaban teñidas de un color gris malva claro y luminoso que jamás había visto en ningún ser humano, quizás por ello siempre usaba gafas de sol, para ocultar aquella característica tan peculiar.
Aun así, incluso su voz, una melodía tremendamente agradable y cautivadora, pasaría desapercibida si él lo deseaba.
Tenía un don, y era muy efectivo. Podía conseguir dominar la voluntad de la gente que le rodeaba, vampiros incluidos, aunque con la excepción de los más ancianos del Consejo.
Eso le daba una peligrosidad que la gran mayoría desconocía, era una gran ventaja poder contar con aquel miembro entre nosotros.
Ahmed, el último en entrar, pero no por ello el menos importante, era uno de los pocos vampiros de raza negra que había conocido hasta entonces. Su origen se remontaba también más de dos mil años atrás y era, junto con Edward y Jacob, el más anciano de los presentes.
Edward inició la charla con su típico tono de voz contundente pero calmada, aunque con ciertos tintes de preocupación.
–Amigos, esta reunión no se ha convocado sin un buen motivo de urgencia. Así pues, permitidme primero que os presente a Xavier, un nuevo miembro de la comunidad y él será quien nos explique lo que ha visto y está sucediendo.
–Hola a todos –dije intentando mantener la calma en mi voz, impresionado por la presencia del Consejo en pleno–.
Gracias por vuestra atención. Lo que vais a escuchar es una simple visión, pero tengo mis motivos para creer en la certeza de esas imágenes, ya que las anteriores se han confirmado como veraces.
Expliqué con detalle todo lo sucedido hasta aquel momento, desde mi primera visión de Joanne en París, poniendo especial énfasis en los tres licántropos y su descripción.
Usé mis nuevas habilidades para intentar transmitir telepáticamente a todos los asistentes las mismas imágenes que había vivido yo.
Tenía a todos pendientes de mí, en especial a los cinco miembros del Consejo. Una vez terminé, Joanne me abrazó desde detrás, en un claro acto de protección y cariño, quedándonos ambos pendientes de Edward. Este se levantó de la mesa y se dirigió a todos nosotros.
–Bien. Ahora estáis al día. El Consejo se va a reunir para decidir qué es lo mejor dadas las circunstancias. Os ruego que os quedéis alerta y preparados para cualquier posible desenlace –comentó Edward–. Xavier, ¿te importaría acompañarnos un momento?
–En absoluto, Edward, será un placer –y me dirigí junto a los cinco vampiros hacia otro despacho, no muy lejano.
Una vez entramos los seis y las puertas estuvieron cerradas, Edward tomó de nuevo la palabra.
Sus largos cabellos, su barba perfectamente cuidada, escondían de nuevo cualquier expresión de sentimiento.
Era como si le estuviera prohibido mostrar cualquier tipo de estado anímico, aunque de vez en cuando se permitiera el lujo de esbozar alguna sonrisa irónica, o incluso alguna carcajada que aterraría a cualquiera.
–Todos hemos sido espectadores de tus visiones, amigo Xavier.
No obstante, me gustaría que vieras con nosotros el vídeo de tus progresos de estos últimos días, en especial el de ayer con Joanne.
Ninguno de mis colegas del Consejo quiere creerme y prefieren verlo con sus propios ojos. ¿Te importa? –Me preguntó Edward.
–Faltaría más –contesté.
Se me hizo raro que Edward, siendo el líder del clan, me pidiera permiso para mostrar un simple vídeo.
Pero no quise pensar más allá, ni investigar por mi cuenta en qué estaba pensando.
Hubiera sido demasiado atrevido y fuera de lugar el intentar buscar en su mente, él lo hubiera detectado al momento y desconocía cómo reaccionaría ante tal invasión.
Cuando el vídeo finalizó, todos los presentes nos quedamos mudos durante unos segundos. Fue Isaiah quien inició la conversación de nuevo.
–Bueno, Xavier. Todo parece indicar que, tal y como Joanne nos había anunciado, estamos ante un ser un tanto especial.
Único, me atrevería a decir.
–No obstante, queremos asegurarnos de que tu formación y capacidad no se ven limitadas en ningún aspecto.
No sé si me explico, queremos que seas capaz de llegar a tu límite, y que tú seas consciente de este en todo momento.
Tanto poder descontrolado no sólo puede ser perjudicial para nosotros, sino para ti mismo también –añadió Florence.
–Me parece razonable. ¿En qué estáis pensando? –pregunté, inocente de mí.
Ahmed me agarró sin que pudiera ni siquiera intuirle.
En un instante pasé de estar conversando tranquilamente a sentirme seriamente amenazado, sin saber por qué.
Notaba un cierto aroma de hostilidad en el ambiente y desconocía el motivo.
Hasta aquel preciso momento todo el mundo había sido muy amable y atento con mi persona, y me descuadró por completo aquella reacción.
Automáticamente pensé que me estaban poniendo a prueba, aunque era como si un sexto sentido me avisara de que aquello iba en serio, que peligraba mi integridad.
Notaba en mi cerebro una presión hostil, sentía cómo todos aquellos seres me odiaban y deseaban mi muerte inmediata. Y fue inevitable.
Sin saber cómo volví a sentir la misma sensación que cuando me llené de energía en presencia de Joanne.
Esta vez, en cambio, fue diferente. En apenas un milisegundo fui capaz de generar un campo de fuerza que automáticamente tiró al suelo a Ahmed.
Me sentía poderoso, invencible de nuevo.
El resto de los vampiros quedó inmóvil al presenciar mi defensa.
Como si de un sueño se tratara la calma apareció de repente de nuevo. Era como si hubiera acabado de tener una alucinación, un espejismo. Con la diferencia de que Ahmed se estaba levantando del suelo y una de las sillas de Louis XVI de la estancia estaba destrozada bajo él.
–¿Qué os dije? –Dijo Edward con aquella sonrisa tan característica en él, de victoria.
–Increíble. ¿Y esto sólo en cuatro días? –Preguntó Isaiah.
–Sí –respondí, con la seguridad de saber que apenas había comenzado a evolucionar. Y ellos sintieron lo mismo que yo. Lo supe al instante.
–No hay tiempo que perder. Xavier es nuestra prioridad ahora. Debemos protegerle ahora que sabemos que vienen a por él. Y no hay tiempo que perder –dijo Florence.
–El entrenamiento se intensificará aún más y realizaremos pruebas para averiguar qué sorpresas nos esconde todavía este hombre.
Porque según Joanne hay más, aunque me cuesta creer que pueda haber más que todo esto, señores –comentó Edward mientras abría las puertas de la sala de nuevo. La reunión había terminado.
Me esperaba un duro trabajo a contrarreloj, sin saber exactamente a qué o quién me enfrentaba.
Un escalofrío me recorrió toda la espalda al recordar la mirada del líder de los hombres lobo.
Un nombre me vino a la mente, como un flash.
Remus. E inmediatamente su cara se posicionó enfrente de mis ojos, mirándome fijamente, amenazante.
Edward se giró y me cogió del hombro antes de que saliera tras los miembros del Consejo, indicándome que esperara un poco. El resto de los vampiros se retiró y nos quedamos solos.
–Ese nombre, Remus, ¿de dónde lo has sacado? –Me preguntó, con un rostro de clara preocupación e intriga. –Acaba de venirme a la mente junto con su cara. ¿Lo has visto tú también? –Contesté.
–Sí. Y es más serio de lo que pensaba. Ven. Tienes que saber más de Remus –y me acompañó a su despacho, donde ya sólo esperaba Joanne.
Nos sentamos los tres, Edward mirando al jardín, donde lucía un sol espectacular. Tras un breve silencio comenzó a contarme una historia que jamás hubiera sido capaz de imaginar.