CAPÍTULO 13
Dentro del coche se estableció un incómodo silencio, aún con el motor rugiendo como un demonio tras nuestra espalda.
Intenté averiguar en qué pensaba Joanne mientras miraba hacia fuera, muda, contemplando el paisaje mientras íbamos a toda velocidad por la autopista.
Llegaron a mi mente imágenes de tristeza, de miedo, de nosotros dos huyendo cogidos de la mano, de frío y soledad.
–¿En qué piensas? No consigo descifrar nada –le dije.
–¡Oye! ¿Me estás espiando? –Dijo ella, con el ceño fruncido y bromeando.
–Me tienes preocupado, estando tan concentrada. Además, todas esas imágenes borrosas no me han ayudado mucho a discernir qué pasa por tu mente, la verdad –le confesé.
–Supongo que estoy preocupada. Lo de París no augura nada bueno. Y debemos prepararnos para cualquier cosa –dijo, con la cara llena de preocupación, mirándome fijamente a los ojos.
–Pero ¿qué pasó exactamente? –Pregunté con una elevada dosis de curiosidad.
–Los Vahu sabían de nuestra llegada. No sé cómo, pero estaban preparados y nos tendieron una emboscada mientras intentábamos conseguir información sobre sus movimientos, pues habíamos recibido noticias de que volvían a reunirse algunos miembros.
Pero eran muchos más de los que esperábamos y nos cogieron por sorpresa.
Por suerte reaccionamos a tiempo y no hubo que lamentar bajas, pero debemos cambiar de estrategia ya.
Además de prepararnos para imprevistos. Se ha abierto la veda.
–¿Qué veda?
–La de caza, amor. Nosotros les cazamos, ellos nos cazan. Llevamos así siglos. Pero esta vez tienen nuevos socios. Desconozco los motivos y sobre todo cómo lo han conseguido, pero habían tres miembros que no eran humanos. Y los Vahu jamás se habían asociado con nadie. Jamás.
–¿Los tres que te persiguieron en París? –Pregunté mientras tomaba el desvío para llegar a la casa.
–Sí. No son humanos, Xavier. Son monstruos, lo más horrible que puedas imaginar. Peor que nosotros –dijo, con cara de miedo, hubiera jurado incluso.
–¿Monstruos? ¿Y eso lo dice una vampira? Es un poco irónico, ¿no crees? –Le pregunté intentando quitarle drama al asunto, esbozando una sonrisa.
Joanne me miró de nuevo sin abrir la boca, con la tez muy seria y me atrevería a decir que incluso molesta o enfadada. Automáticamente me vinieron a la cabeza unas imágenes que no podré borrar en lo que me queda de vida.
Sí, eran unos seres mucho más monstruosos de lo que pueda llegar a ser un vampiro.
Un vampiro es un asesino nato, una máquina de matar humanos.
Pero, en cierto modo, lo hacen con clase.
Ya sea seduciendo a su víctima o, en caso de ataque directo, son bastante limpios, por decirlo de alguna manera.
La persona apenas recibe dos agujeros diminutos por donde es desangrada y ya.
No existen más daños físicos en el cuerpo.
Nada que con un poco de maquillaje no pueda disimularse durante un velatorio, por ejemplo.
Pero estos seres eran el demonio en persona.
Las imágenes que Joanne me había mostrado enseñaban a humanos siendo destrozados por ellos, despedazados sin la más mínima cesión a la compasión.
Puro salvajismo y orgía de violencia, además de una rapidez comparable a la de los vampiros, aunque con una pequeña diferencia.
Aunque parecían humanos, no lo eran. Las formas eran claramente homínidas, con más envergadura, eso sí, pero mucho más aterrador.
Deduje al instante que se trataba de otra leyenda que no era tal, y por un instante temblé de miedo puro. El pavor se apoderó de mi mente durante un segundo, recordando aquellas breves imágenes que Joanne proyectó en mi mente.
No sólo debía creer en vampiros desde hacía menos de una semana, sino que tenía la prueba de que la licantropía no era una leyenda, sino un hecho demasiado real, demasiado terrorífico como para tomárselo a la ligera.
Joanne siguió contándome los más y los menos de los hombres lobo y los vampiros a través de los siglos de existencia de ambas especies, miles de años que llevan conviviendo como enemigos naturales, a nuestras espaldas.
Hasta hacía bien poco estaban convencidos de que habían acabado por completo con ellos, pero estaba claro que no era así.
Aquellos tres individuos eran sin duda parte de un clan y no estaban para muchas historias.
Sabíamos todos que por su sangre corre la venganza y el deseo de aniquilar cuantos más vampiros mejor, y nuestra organización era una institución que la gran mayoría de vampiros conocía y respetaba.
Joanne me explicó que durante todos los años que llevaban de existencia, la organización se había encargado de erradicar a los vampiros que no respetaban las normas básicas de anonimato y comportamiento con los humanos, creándose una red mundial de controladores y regidores por zona, que verificaban que ningún miembro de la raza fuera demasiado notorio e hiciera sospechar lo más mínimo.
Mientras tanto, seguían creciendo económicamente, gracias a las aportaciones de su tecnología y a la contratación de los mejores científicos de todo el planeta.
Algunos de ellos, incluso, eran vampiros también, dedicados en exclusiva a la ciencia, para mejorar su especie, así como para encontrar soluciones a varios problemas que a lo largo de su existencia iban surgiendo.
Y los hombres lobo eran el mayor dolor de cabeza que podían tener ahora mismo.
Más si se habían unido con los Vahu, aunque fuera temporalmente.
–Debes temer a esos bichos. Son tan rápidos como nosotros e increíblemente fuertes.
Quizás uno de sus puntos débiles sea la falta de raciocinio en ciertos momentos de euforia, de excitación.
Pero ni por un momento podemos estar tranquilos si uno está cerca.
Los detectamos a kilómetros, al igual que ellos a nosotros, y estoy segura de que podrán localizarnos en no mucho tiempo –comentó Joanne mientras aparcábamos ya en la casa.
–Entiendo. Pero alguna manera tendréis de liquidarlos, ¿no? Si habéis luchado tanto contra ellos seguro que tendréis controlados sus puntos débiles. Además, ¿de dónde pueden haber salido esos tres? ¿Son los únicos? –Pregunté.
–No creo que sean los únicos, pero en todo París no había ninguno más. El resto de la gente que vimos era Vahu. Debemos estar alerta y seguir con tu preparación, ahora más que nunca, amor.
–Y supongo que, al igual que vosotros podéis vivir a la luz del día, ellos no necesitarán la luna llena, ¿me equivoco? –Pregunté irónicamente.
–Ja, ja, ja –su carcajada retumbaba en mis oídos–.
Estás en lo cierto. Piensa que todas esas artimañas del cine las hemos provocado nosotros mismos para poder pasar mejor al anonimato.
Por ejemplo: si la gente sospechara que un vampiro puede vivir a la luz del día, que nos reflejamos en los espejos y que podemos soportar el ajo y los crucifijos…
¿no te parece que tendrían más motivos para estar inseguros durante el día, además de la noche?
Podrían sospechar más fácilmente de nosotros, y eso no nos conviene.
Así pues, inventamos toda una serie de suposiciones que han dado su resultado.
El cine es maravilloso. El mayor mentiroso de la historia puede mover masas a través de la gran pantalla.
–Entiendo… –No pude evitar un poco de vergüenza por aquel comentario.
–Y por la misma razón un hombre lobo no necesita de la luna llena, ni se le mata con balas de plata.
Son historias que han sido inventadas para protegernos.
A un hombre lobo, al igual que a un vampiro, debes matarle arrancándole la cabeza, y no es fácil.
Imagínate la fuerza que debes tener, además de destreza para conseguirlo.
Nuestra piel no es como la vuestra, podrías clavarme un cuchillo y rebotaría si estoy alerta de tus intenciones.
Podemos modificar en milésimas de segundo la textura y hacerla tan resistente como el kevlar o más.
Somos más complejos de lo que parece, ¿eh? –Dijo sonriéndome.
–Un poco sí, pero es muy interesante –le respondí.
Entramos en la casa y automáticamente nos metimos en faena.
Ya que sólo teníamos la tarde por delante mi preparación del día se concentraría en ejercicios mentales.
Debía aprender a dominar más mis reflejos, mis pensamientos y sobre todo adivinar si todavía quedaba algún don oculto.
Joanne estaba convencida de que tenía mucho más que dar, que no había ni siquiera comenzado a explorar mi interior.
Y eso me alentaba, al igual que me asustaba.
Si ya poder leer los pensamientos o hablar con las personas telepáticamente me parecía algo sobrenatural; si correr y moverme, tal y como había conseguido hacerlo en tres días, era algo que jamás ningún ser humano podía haberse imaginado nunca; pensar que todo eso era una mínima parte me hacía venir una sensación de miedo muy grande.
Sobre todo, pensando en los peligros que parecían venir en breve.
Temía por no estar lo suficientemente preparado para poder ser de ayuda.
Mi cabeza volvió a recordar aquellas horribles imágenes de licántropos matando gente, y un sentimiento de furia me invadió, poseyéndome sin poder evitarlo.
Esta vez la rabia pudo al miedo y noté cómo mi cuerpo se rebelaba y se cargaba de energía.
Era como si pudiera absorber energía de la nada y concentrarla en mí.
En apenas un segundo mi vello en los brazos y cogote se erizó, como si estuviera cargado de electricidad estática. Y mi pelo comenzó a elevarse también.
Fueron apenas unos segundos lo que duró aquella sensación, aquel subidón de energía.
Joanne se levantó de la silla de golpe, mirándome atónita.
Se quedó paralizada y no reaccionó hasta que volví a mi estado inicial.
La miré y descubrí que aquello no había sido normal; algo había pasado además de que mi pelo se erizara, pues su cara no seguiría de aquella manera si todo estuviera en orden.
–¿Pasó algo? Me miras como si te diera miedo, amor –le pregunté.
–Es que tú no te has visto estos segundos como te he visto yo, te lo aseguro –dijo ella.
–Pues cuéntame cómo me has visto y saldré de dudas. Me ha invadido… –Y antes de que finalizara la frase ella me interrumpió.
–Rabia, sí. Eso he podido verlo claramente pero luego… ¿cómo has hecho eso? –Dijo, todavía con la sorpresa en su rostro.
–¿Hecho qué? No sé, notaba como si me estuviera cargando de energía o algo así, pero no ha sido nada voluntario.
Ha sido una sensación por un instante de que era invencible, «Supermán» –le guiñé un ojo sonriendo–.
Me he sentido lleno de fuerza como nunca.
Pero, en cuanto he dejado de sentir esa rabia, ha desaparecido con la misma rapidez –le expliqué.
–Es que… ¿cómo te lo explico? He sentido miedo.
Bueno, no miedo, pero sí algo raro. Sé que no me harías daño, pero por un momento temí por mi integridad si te descontrolabas.
En esos segundos has tenido mucho poder en tus manos, demasiado.
Ni te lo imaginas. Pero estoy contenta, pues creo que es lo que buscábamos –dijo, cambiando su rostro a la sonrisa que me tenía habituado, junto con una gran satisfacción–.
Hay que contárselo a Edward ya mismo. E intentar que lo vea por sí mismo. No se lo va a creer.
–¿Ver qué? Oye, ¡que no he hecho nada! ¿O sí? –No sabía qué pensar.
–Te lo diré claro, amor. Con esa energía bien administrada podrías matar a un vampiro sin problemas, o a un hombre lobo.
¿Satisfecho ahora? –Y me dejó seco en el sitio.
Atónito–. Hay que aprender a controlar eso ya mismo.
Sin pérdida de tiempo –comentó mientras me tomaba de la mano y corríamos a buscar a Edward.
Durante el breve camino hacia el despacho de Edward pasaron por mi mente toda una serie de pensamientos, que no conseguí ordenar ni saber a qué venían.
Por un lado, vi algunos dibujos animados de superhéroes; luego me imaginé descontrolado con aquella cantidad de energía, destrozando la habitación con rayos que salían de mis manos.
Situaciones que, tras lo vivido, me parecieron hasta cómicas.
Pero por último vino una nueva visión más preocupante.
Y mucho más real. Si las primeras visiones sabían que eran mero producto de mi imaginación infantil, la última me cambió el semblante por completo.
Me paré en seco en el pasillo y Joanne se soltó de mi mano bruscamente, quedándose frente a mí, observándome mientras yo tenía la mirada perdida en el horizonte, concentrado en lo que mi cerebro estaba procesando en ese mismo momento.
Veía a los tres hombres lobo que habían asediado a Joanne en París, reunidos en una sala con varias personas, deduje que eran Vahu.
Eran unos doce, aproximadamente. Estaban discutiendo sobre algún procedimiento y un viaje, en un idioma que no conseguía descifrar.
Había mapas y papeles encima de la mesa, y la discusión entre ellos era acalorada, con algunos gritos de autoridad incluso.
De repente, el líder de los tres licántropos dejó de hablar y paró sus movimientos, alzando la vista y mirando al frente.
Mirándome a mí, en mi sueño pasajero. De alguna manera, no sé cómo, era como si estuviera en la sala, espiando, y se hubieran percatado, pues su mirada se clavó en la mía.
Ya conocía de mi existencia, y el hecho le supo a reto personal. Un nuevo objetivo para lograr.
–Amor, tenemos un nuevo problema –le dije a Joanne–. Me han descubierto.