CAPÍTULO 12
Ya había amanecido y poco a poco fui abriendo los ojos, convencido de que sería tardísimo.
El reloj, en cambio, me devolvió una grata sorpresa.
Apenas habían pasado unos minutos de las ocho de la mañana, y hoy tenía el día de descanso.
Me di media vuelta dentro de la cama para abrazarme a Joanne, que estaba a mi lado, observándome.
Aunque ella no necesitara dormir en absoluto, siempre se acostaba conmigo.
Era una manera de sentirse más humana por su parte y de sentirme más querido por la mía.
Y ella sabía que me encantaba aquel detalle.
Su piel seguía siendo extremadamente fría aún bajo el nórdico de plumas de oca, pero supongo que también el contraste con mi piel ardiendo era el causante de aquella sensación de escalofrío inicial al abrazarla.
De todas maneras, ya me había acostumbrado y en apenas unos segundos mi piel reaccionaba y se adaptaba a la nueva temperatura sin yo tener sensación de frío alguno.
Me percaté de que esta vez aquel escalofrío apenas duró unas milésimas de segundo, y deduje que todo se debía a mi progresiva transformación.
Mi cerebro recibía y emitía las señales a mucha más velocidad y, proporcionalmente, mis células reaccionaban con mucha más anticipación que hacía tres días atrás a cualquier estímulo.
Sin abrir la boca y esforzándome por no pensar nada, me dediqué a observarla también en el silencio.
El sol comenzaba a filtrarse entre los huecos de la persiana, creando caminos de luz turbia donde podían observarse las motas de polvo danzando en él, deteniéndose en la cama.
Subí mi mirada deslizándola por su torso semidesnudo, perfecto.
Su piel, casi blanca, parecía brillar y tenía un color blanco nacarado perfecto.
Suave al tacto y adictiva al olfato, hacía que pudieras perderte en ella horas con el simple gesto de pasear las yemas de los dedos por ella.
Joanne se lo pasaba en grande viéndome disfrutar solo con mis dedos en su piel, absorto en tanta belleza concentrada.
Y era entonces cuando en un gesto que siempre me pillaba por sorpresa, se ponía encima de mí y me cogía de ambas manos, sujetándome, para besarme como jamás nadie me había besado, no sin antes regalarme una sonrisa y una mirada tan tierna como pícara.
A veces hacíamos el amor con tanta pasión que ya habíamos destrozado tres camas por completo.
Al principio pensé que era increíble, asustándome incluso.
Luego poco a poco fui cogiendo forma y me acostumbré.
Ahora sabía el motivo de por qué no se cansaba nunca, y justo hoy yo casi podía estar a su altura.
Pero teníamos mejores cosas que hacer, y ambos coincidimos, pensándolo al mismo tiempo.
El sol brillaba con intensidad, y los dos proyectamos en nuestras mentes y hacia el otro una misma imagen.
Picnic. Las carcajadas no tardaron en aparecer y, como niños, nos metimos dentro del nórdico a perseguirnos y jugar durante unos minutos más, como si todos los problemas que se nos echaban encima no existieran.
–Venga, va. Que si no nos levantamos ya vamos a perder todo el día –exclamó ella.
–¿Y? ¿Acaso no es nuestro día libre? Podemos malgastarlo como deseemos –respondí.
–Sí, pero sabes tan bien como yo que no deberíamos tenerlo. Así que te propongo una cosa… –Y cuando dijo eso la miré yo fijamente a la cara.
–Hasta las cuatro. Luego seguimos con el entrenamiento –le prometí.
–¡Hecho! ¡Vamos a ver qué tal se ha portado James contigo! ¡El que llegue primero al garaje conduce! –Y salió como una bala de la cama, vistiéndose como el rayo para desaparecer por la puerta en menos de un minuto.
Por mi parte, y con un poco de sorpresa ante tal reto, analicé la situación y mientras me ponía rápidamente los pantalones, cogía una camiseta y las Camper, me di cuenta de una cosa. Nuestra habitación estaba justo encima de la entrada del garaje.
Ni corto ni perezoso abrí la ventana y me lancé abajo, sin pensarlo dos veces.
El trayecto de unos cinco metros y medio duró una eternidad, aunque realmente fue un segundo, dándome tiempo a analizar la caída y preparar mi cuerpo.
Apenas se resintió lo más mínimo al llegar al césped y justo me estaba acabando de poner la camiseta enfrente del «Lamborghini Murciélago» cuando Joanne apareció por detrás.
–Pero… ¿cómo? –exclamó.
–Hay caminos y atajos, amor –le dije, mientras señalaba a la ventana abierta.
–¡Pero eso es trampa! El camino debe ser por la casa, no tirándote por la ventana –dijo con cara de mala perdedora.
–Lo siento. La próxima ocasión establece antes unas reglas. Me pido el «Lambo», ¿subes? –Le dije mientras cogía las llaves del armario en la entrada del garaje.
–Jamás había conducido un coche así, por lo que durante los primeros kilómetros el ritmo fue más bien normal.
Enseguida me acostumbré a la nueva percepción, así que mis sentidos y reflejos eran mucho más agudos ahora, permitiéndome exprimir el coche mucho mejor que un piloto profesional.
Joanne, acostumbrada a mi habitual conducción relajada, me miró con perplejidad.
–¿Dónde has aprendido a conducir así? –Dijo en un claro gesto de halago.
–Hay cosas que no sabes de mí todavía, amor –le dije con una gran sonrisa en mi boca mientras engranaba la cuarta marcha, entrando a la autopista.
–¿Videojuegos? –Exclamó, dando a entender que acababa de ver lo que yo estaba pensando.
–¡Picaste! –Y dejé ir una gran carcajada.
–¡Eh! ¡Eso no vale! –Dijo mientras me daba un leve puñetazo en el hombro izquierdo. Y aunque ella pensaría que había sido flojo, dolió.
Aunque hubiera sido una broma, me paré a pensar que en serio había conseguido engañar a Joanne pensando algo que quería que ella viera. Quizás estaba comenzando a dominar mejor de lo que esperaba mis nuevas posibilidades. Y eso me llenaba de orgullo.
Paramos en un pequeño pueblo al lado de Brighton para comprar provisiones e irnos a uno de los acantilados que hay por la zona.
Estuvimos toda la mañana hasta la hora de comer observando el mar y el horizonte.
Abrazados y sintiendo cómo nuestras vidas, aunque antes ya estaban unidas, ahora parecían estar ya selladas para siempre, con mucha más fuerza.
Pasaron los minutos volando y, sin darnos cuenta, se hizo la hora de volver.
El cielo comenzaba a teñirse de añil y unas nubes amenazaban con transformar el seco paisaje en tierra húmeda.
Así pues, recogimos los trastos y volvimos a casa, siendo conscientes de que aquel iba a ser nuestro último momento de intimidad en mucho tiempo.