Nueva Vida CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Pasaron tres largos días hasta que pude dejar de recibir las sesiones de ‘electroterapia’, como le gustaba llamarlas a Edward.

El cuarto día fue de descanso, bien merecido a mi modo de ver.

Las setenta y dos horas previas a aquella mañana fueron demasiado intensas.

No sólo por las sesiones en sí, que eran cada vez más agotadoras y extensas, sino por los ejercicios posteriores.

James se tomó muy en serio mi entrenamiento y me ayudó muchísimo a aprender a controlar mi cuerpo.

Para mi desgracia Joanne tuvo que ausentarse dos jornadas y, a la tercera, cuando tenía tantas ganas de abrazarla y disfrutar unos minutos con ella, apenas coincidimos.

La eché mucho de menos, sobre todo ahora que era capaz de sentir todavía más su presencia, su aroma, aquella química tan especial que teníamos entre ambos.

Hasta la fecha y gracias a la maravillosa paciencia de James, era capaz ya de controlar casi por completo mis músculos, hasta los más recónditos.

Notaba con pasmosa exactitud cualquier movimiento de mi cuerpo y era capaz de controlar su intensidad sin problemas.

Mi fuerza había aumentado considerablemente y apenas notaba cansancio tras duras sesiones de gimnasio y ejercicio para poder medir mis nuevas capacidades físicas.

Evidentemente no podía llegar al nivel de un vampiro, pero estaba bastante cerca de lograrlo, e incluso conseguí alcanzar a James en un par de ocasiones el último día en la sesión de carrera con obstáculos.

Era un modo un tanto particular de carrera, ya que los obstáculos en sí eran árboles, y la velocidad a la que íbamos difícilmente sería perceptible por el ojo humano común.

Se trataba de un juego al más puro estilo gato y ratón, donde debía dar caza a James antes de que llegara al otro extremo del bosque.

No sólo era rapidez de movimientos sino táctica, estrategia de cómo atajar, qué camino usar para que mi teórica inferioridad física no significara una derrota.

Parte del entrenamiento físico se realizaba en un impresionante gimnasio, dotado de las máquinas más modernas que había visto jamás, así como de un completo equipo médico que controlaba absolutamente todos mis movimientos y ejercicios mediante sensores inalámbricos que llevaba en una especie de envoltura por todo el cuerpo.

Con aquel aparato eran capaces de no sólo adivinar si algún órgano se podía resentir de cualquier ejercicio, sino que también medían los progresos entre sesiones. Y era evidente que estaba progresando.

Pero no sólo era ejercicio físico, sino que también debía ejercitar mi mente, acostumbrarla a mis nuevas capacidades, así como entrenarla para los asombrosos poderes que, según Joanne, sería capaz de desarrollar.

El primero de ellos –por tozudez mía, debo reconocer– fue el poder comunicarme telepáticamente con Joanne, Edward y el resto.

Y no fue fácil. Me obsesionaba el hecho de querer mantener una conversación con alguien en concreto que no era capaz de «escucharme», a la vez que practicaba la posibilidad de cerrar mi mente para que nadie pudiera saber qué estaba pensando.

Edward tuvo mucha paciencia, pero fue el mejor maestro, mostrándome técnicas de relajación previas que fueron imprescindibles para conseguir los resultados logrados en apenas dos días.

Pasé de no poder ni siquiera escuchar nada de nadie por mi obsesión a hacerlo todo de golpe, a conseguir bloquear mi cabeza mientras hablaba con él, sin ningún tipo de problema.

La técnica básicamente consistía en estar completamente relajado y concentrado para dominar ambos aspectos por separado.

La emisión de datos y la recepción. Sólo así podría controlar el don a mi antojo.

Sólo así podría llevar tantas conversaciones como quisiera, independientes todas ellas o no, sin que los interlocutores pudieran adivinar qué iba a hacer o decir al segundo siguiente.

Ahora sólo hacía falta seguir practicando para que pudiera ejercitarlo cotidianamente, sin necesidad de concentrarme en exclusiva.

–Asombroso, Xavier –comentó Edward–, estás evolucionando a una velocidad que ni el más optimista de nosotros podía llegar a imaginar. Si llegué a tener alguna duda de lo que me contaba Joanne de ti, te aseguro bien que ahora mismo están todas fuera de lugar.

–Gracias, Edward. Me impresiona mucho ver mi progreso, sobre todo en estos campos que jamás hubiera dicho que sería capaz de no sólo realizar, sino también de imaginar que fueran posibles –le respondí con total honestidad.

Durante aquellas noches en las que Joanne me dejó con su ausencia, apenas conseguí descansar.

En el mismo momento que me miró a los ojos para decirme que no podría estar conmigo en unos días, supe que algo andaba mal.

No obstante, sabía que no debía temer por ella, aunque era una situación incómoda, desagradable.

El meterme en la cama sólo significaba prolongar mi angustia, y el desconocimiento de en qué estaba metida o dónde estaba, si estaba bien o no…

, me atormentaba por completo. Enseguida me di cuenta que debía descansar al menos unas horas para poder afrontar con éxito la jornada siguiente, ya que entre las sesiones de electroterapia y el entrenamiento con James y Edward apenas quedaban horas libres para descansar por la noche.

Y fue durante la segunda solitaria noche que tuve el sueño, aquella desconcertante pesadilla.

Era de noche y llovía ligeramente. Una preciosa luna llena iluminaba unas calles antiguas, y al fondo parecía verse un río.

De repente apareció Joanne en un estado de alerta, alterada y corriendo a toda velocidad por aquellas oscuras calles.

Podía ver su cara de preocupación, aunque totalmente concentrada, huyendo.

Estaba sola, aunque por algunos momentos era como si pudiera meterme en su piel, y sabía que no estaba realmente sola en la ciudad, sino que simplemente en ese instante no tenía la compañía que había tenido anteriormente.

Lo que era evidente es que estaba en una situación de peligro y debía huir.

La vida le iba en ello, o esa sensación tenía yo al vivir en sus carnes aquella huida.

Por un momento me pareció ver que mientras salía de una de aquellas calles adoquinadas, húmedas por la ligera llovizna que estaba cayendo, a la derecha y tras un puente se distinguía Nôtredame.

¿Estaba en París? Unos pasos acelerados iban acercándose con tal estruendo que parecía que estuvieran encima.

El corazón se me aceleraba mientras sentía cómo Joanne se apresuraba a correr en dirección al Louvre por el lado opuesto del río.

En un movimiento rapidísimo se volvió a meter en un callejón del «Cartier Latin», para detenerse en la abadía de «Saint Germain», al lado de la estación de metro del mismo nombre.

Allí se subió a un Aston Martin negro, con el que rápidamente abandonó la escena.

Al mirar por el retrovisor del Aston, apenas dos segundos después de que sus neumáticos dejaran una ancha marca negra en el asfalto, aparecieron tres figuras, vestidas todas ellas de negro con largos abrigos que ondearon al pararse en seco.

El hombre del centro tomó un walkie y Joanne pudo escuchar, aún a casi quinientos metros de él, cómo daba señales de que iba huyendo en dirección al Pont de la Concorde.

A su lado se quedaron mirando fijamente al Aston una mujer de rubios y largos cabellos y un joven de también larga pero morena cabellera.

Enseguida me desperté, y debo confesar que el sueño fue tan real que no pude dormir el resto de la noche. Mi suerte fue que apenas quedaban dos horas para despertarme, por lo que intenté concentrarme en lo que había soñado y aproveché ese rato de desvelo para leer un poco.

A la mañana siguiente me dirigí al despacho de Edward a primera hora, irrumpiendo con notable impaciencia. Antes de que pudiera ni siquiera desearme los buenos días le miré fijamente a la cara.

–¿Está Joanne en París? –Mis manos y frente sudaban, aunque no sentía calor.

Una parte de mi interior estaba convencida que aquello no había sido un sueño.

Había sido demasiado real. Mis ojos se clavaron en los de Edward, buscando cualquier síntoma de engaño en aquellas pupilas dilatadas de vampiro, que me observaban con curiosidad a la vez que me mostraron una cierta nota de sorpresa.

–No temas por Joanne, Xavier. Ya está de camino a casa –respondió.

–¿Pero ha estado en París? Le interrogué de nuevo, fijando aún más la mirada.

–Sabes que sí. Pero repito que no hay por qué preocuparse de nada.

Todo está controlado y no sólo Joanne regresa sana y salva, el resto del equipo también.

Ha sido una pena que se torcieran las cosas, pero nos ha ayudado mucho que todo fuera como ha sucedido.

La información que hemos obtenido es muy valiosa –espetó, sin que yo entendiera nada.

Mi corazón dejó de acelerar para mantener el pulso en zona estable. Por un lado, estaba aliviado de escuchar aquellas palabras de tranquilidad, de que Joanne realmente estaba bien. Pero, por otro, seguía dentro de un asombro absoluto. ¿Había sido capaz de ver lo que estaba sucediendo aquella noche?

Sólo una persona podía confirmarlo.