Nueva Vida CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Esta vez intenté concentrarme en el procedimiento en sí. Procuré centrar mi pensamiento en todos los estímulos que iba a recibir mi cerebro y, sin saber todavía cómo, quería prepararlo para cualquier nueva experiencia.

Una vez Max reajustó todo lo necesario, los anclajes volvieron a adaptarse a mis extremidades.

Me administraron una pequeña dosis de sedante para relajarme lo máximo posible durante la siguiente sesión.

A los pocos segundos comencé a notar una profunda relajación de brazos y piernas, quedando mi cuerpo en apenas unos minutos como si hubiera dejado de vivir, completamente inerte.

Mi cerebro y terminaciones nerviosas, en cambio, trabajaban a ritmos forzados.

Podía notar cómo entraban los impulsos eléctricos, viajando por cada una de mis neuronas a la velocidad de la luz, generando ligeras convulsiones musculares en todo mi cuerpo, casi imperceptibles, pero que era capaz de detectar sin duda alguna.

No existía un ritmo constante en las descargas.

Carecían de cualquier sentido de periodicidad o compás que pudiera seguirse, no tenían ningún protocolo establecido y saltaban de un lado a otro de la cabeza sin sentido aparente, al igual que sucedía con la intensidad.

Tan pronto era una ligerísima descarga como la siguiente parecía que fuera a freírme el cerebro.

No obstante, pasados unos minutos me acostumbré y comencé a notar sensaciones totalmente distintas.

De repente el olor del perfume de Joanne me invadió.

Aunque era un olor conocido, lo percibía con una intensidad abrumadora, siendo capaz de diferenciar todos los componentes, excepto uno.

No me costó deducir que, tras aquella ola de frescura con rasgos de jazmín y miel de azahar, se encontraba un aroma mucho más puro que hacía que todas aquellas combinaciones de esencias florales adquirieran la perfección.

Se trataba de su propio olor corporal. Su piel, todos sus poros, estaban emitiendo un mensaje claro de seducción, resistirse a aquella llamada era imposible.

Era como si un grupo de sirenas cantaran la melodía más cautivadora que existe para llevarte con ellas. Y deseaba dejarme llevar.

En un vano intento de dominar mis impulsos, intenté pensar y concentrarme en otra cosa.

No quería arruinar de nuevo otra sesión.

Fue entonces cuando vislumbré en mi mente la sala.

Aun teniendo los ojos cerrados, recordaba todos y cada uno de los detalles de la misma, como si lo estuviera viendo en ese mismo instante.

El apagado color de las paredes, una extraña combinación entre gris y caqui, contrastaba con la potente luz artificial y tonos chillones de un par de cuadros que, si pudieran hablar, nos explicarían con todo tipo de detalle qué había pasado por aquella especie de consulta médica improvisada.

Además, podía notar la presencia de cuatro personas. Cada uno con un olor particular, con su marca personal que inevitablemente todos tenemos, aunque seamos incapaces de percibir por nosotros mismos, incluso por la gran mayoría de la gente que nos rodea.

Acompañando al de Joanne, podía notar el perfume tan peculiar de Edward.

Un aroma que desprendía, no sé cómo, una mezcla de sabiduría, intriga, erotismo y honestidad.

Me resultó curioso y sarcástico incluso que un vampiro pudiera emitir ni siquiera una pizca de honestidad, pero al instante me vino en mente la cara de Joanne, de quien jamás había tenido duda alguna.

Además, mi cerebro corrigió esos pensamientos enseguida, poniéndome las cosas claras.

Los vampiros son depredadores y el aroma que desprenden causando ese cúmulo de sensaciones en los humanos, es una de sus múltiples armas.

A mi mente vinieron imágenes de flores carnívoras devorando insectos, que al instante cedieron paso a vampiros sedientos de sangre, seduciendo a inocentes mujeres para clavarles sus afilados colmillos en la yugular.

Mis pensamientos cambiaron de rumbo, intentando disipar pesadillas que no tenían sentido, y dirigiéndose de nuevo a la habitación.

Había dos personas más, una de ellas era Max, desde luego.

La otra presencia me resultaba familiar, aunque no lograba identificar.

Me costó un buen rato asociar aquel olor a tabaco dulce con James, tuve que esperar a escuchar su voz para relacionar aroma con individuo.

–¿Qué tal va? –Preguntó a Joanne, con un claro tono de curiosidad.

–Genial –respondió ella–, estamos sorprendidos de lo rápido que está aprendiendo a usar sus nuevas dotes.

Casi está finalizando la sesión, ¿por qué no lo compruebas tú mismo?

En su pregunta intuí un reto al que James, sin mencionar palabra, contestó con una sonrisa y un simple «perfecto», cargado de emoción.

Tuve la impresión de ser un conejillo de indias y que al finalizar la sesión no habría acabado, ni mucho menos, mi jornada, sino que sería el inicio de una verdadera pesadilla.

Sabía que James sería un escollo para superar y que me costaría, independientemente de qué tipo de pruebas me hiciera pasar, acabar el día de una pieza.

Lo intuía, podía casi leer su maligna mente, intentando pensar cómo ponérmelo difícil, cómo ponerme a prueba de verdad.

Mis deseos de prolongar la sesión fueron vanos y en lo que me parecieron segundos, la máquina de Max emitió un sonido para el que no hacía falta explicación alguna. La sesión había finalizado.

Los anclajes se retiraron automáticamente, y mi cuerpo fue liberado de nuevo, esta vez sin acción alguna por mi parte más que erguirme en un movimiento, que fue, como la anterior ocasión, instantáneo.

Mis músculos se sentían extraordinariamente ágiles y fuertes, llenos de energía, lo que propiciaba una respuesta inmediata a mis pensamientos, una velocidad que, aun habiendo sido explicada por Joanne anteriormente, era difícil de asimilar incluso para mí, que lo estaba viviendo en primera persona.

No daba crédito a lo que me estaba pasando, a que fuera real.

Joanne me miró de reojo y antes de que acabara de sonreír ya le había devuelto mi sonrisa y miraba hacia ella, prediciendo sus movimientos con una antelación sorprendente.

Sabía qué iba a hacer, con total precisión, cualquiera de las personas de la sala.

Por un momento me asusté. Me invadieron pensamientos ajenos, no sólo la voz de Joanne, sino la de Edward, Max, James y más gente.

Era como un murmullo constante sobre el cual destacaban las voces de los presentes, aunque sin problemas podía separar conversaciones que no estaban ocurriendo en la sala en ese momento.

Miré a Joanne y, sin mencionar palabra, sólo con su mirada, me envió un mensaje de calma.

–No te pongas nervioso, amor. Es normal.

Sabía que sucedería, aunque no con total certeza, por lo que no quise decirte nada.

Es uno de los dones que te mencioné que había adivinado en ti: la capacidad de saber qué piensa la gente.

¿A que es increíble? –me susurraba su dulce voz en un tono extremadamente suave y melódico, ayudándome a tranquilizarme.

–Ciertamente es desconcertante, tendré que acostumbrarme a esto –respondí yo en voz alta, aunque sabía que podría hacer como ellos, comunicarme sin la necesidad de mover los labios y emitir sonido; estaba convencido de ello, aunque todavía no sabía cómo.

–Inténtalo, es así de sencillo –dijo Edward, con su típica sonrisa de satisfacción en su rostro.

–Es increíble, Edward. No pensé que tuviera esa capacidad tras apenas unos segundos de levantarse de la silla. Estabais en lo cierto. Él es la persona que necesitábamos –mencionó James, lleno de emoción e ilusión.

–Pasemos a otra sala, Xavier, vamos a seguir lo establecido. Necesitarás unos días de intenso entrenamiento para dominar no sólo esto, sino muchas más cosas que vendrán. Y no hay tiempo que perder –me dijo Edward, mientras me hacía un gesto para acompañarle.

Mientras me dirigía hacia él los demás, sonrientes, me observaban como si fuera un bicho raro, un engendro u espécimen único, que no hubieran visto jamás.

Yo sabía que no era el primero en salir de un proceso así, pero también tuve la sensación de que sí era especial.

Al menos ellos me hacían sentir de esa manera.

Desconocía los motivos, pero estaba seguro de que mi futuro iba a ser, además de mucho más intenso y ajetreado que mi reciente pasado, tan estresante como emocionante.