Nueva Vida CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Edward nos esperaba tal y como cuando llegamos el día anterior. Justo antes de que nos dirigiéramos a él se giró en su butaca y nos dio la bienvenida. Su cara parecía más pálida, como si estuviera muy enfermo, aunque sus ojos mostraban una vida y brillo especial, ausentes ayer.

Por un momento mi mente pensó en que ayer quizás estuviera maquillado para causarme menos impresión.

A Joanne era habitual verla maquillada, por lo que la blancura de su piel era algo a lo que estaba acostumbrado cuando se desmaquillaba, y pasaba desapercibida durante el día.

Jamás salía de casa sin maquillaje, ahora sabía por qué.

Pero a Edward le había conocido incluso algo moreno, diría yo. Verle así me produjo un pequeño sobresalto. Una contradicción que mi cerebro se apresuró en dar respuesta. Al menos una respuesta que aceptara sin complicaciones.

–Buenos días, Xavier. ¿Qué tal has dormido?

¿Descansaste?

–Me dijo con su voz más amable y conquistadora.

Edward debería haberse dedicado a la política, pues estaba convencido de que sólo con escuchar su voz, la multitud acataría sus deseos, sin más.

Era algo sumamente cautivador, una melodía que incitaba a seguir sus sugerencias, a no poner obstáculo a sus decisiones.

Cualquier cosa que dijera parecía ser correcto, lo adecuado.

–Estupendamente, Edward. Gracias –respondí intentando mostrar toda mi amabilidad disponible–.

Estar con Joanne me tranquiliza. Hace que me sienta más centrado, teniendo en cuenta todas las novedades.

Ya me ha puesto un poco al corriente de lo que va a suceder, aunque supongo que tendrás más detalles para mí.

–Evidentemente, querido Xavier. Hay muchas cosas que deberás aprender. Lo primero las normas, unas reglas a seguir, básicas y sencillas, pero no por eso menos importantes que tu propia vida. Creo que alguna ya la conoces.

–Sí. Joanne me ha hablado de la más evidente, la discreción. Aunque entiendo que existan algunas más –comenté, estando seguro de que él ya estaba más que al día de mis conocimientos y lagunas al respecto.

–Así es. Ya las irás conociendo a medida que vayas necesitándolas.

No todas las normas serán necesarias durante tu formación, ya que apenas vas a tener contacto con el exterior durante un tiempo.

No hasta que estés totalmente preparado.

Como comprenderás no podemos permitirnos correr ningún riesgo –dijo él.

Su voz entonó con cierta preocupación. Y mi intuición me dijo que algo se me estaba ocultando.

Mi cerebro volvió al ataque y se sumió en una búsqueda entre infinitas causas posibles.

Uno de los pensamientos que tuve fue el que estaban formando un pequeño ejército.

Pero, ¿para qué? No estábamos en guerra con nadie. No que yo supiera.

También se me pasó por la cabeza que tuvieran algo que ver con la inteligencia británica, aunque esa opción desapareció rápidamente.

Era un poco absurda, aunque vista la tecnología disponible, no era tan extravagante pensar en un pequeño grupo de 007 con aquellas dotes sobrehumanas. Tenía su cierta lógica.

La que más fuerza cobraba era la basada en preparación para la lucha, aunque más que lucha sentía como si se estuviera defendiendo algo.

Me daba la sensación de estar en una guarida secreta para guardar algún objeto valioso, o de un gran secreto.

Sin duda, en aquel lugar se preparaba a gente con un poder increíble, ya sin contar a los propios vampiros.

Sólo conocía a dos, Edward y Joanne, pero estaba seguro de que existían más, muchos más.

Y tenía la impresión de que no todos eran buenos como ellos.

Quizás me estaba dejando llevar por cierta influencia cinéfila, llegando incluso a imaginar escenas de terribles vampiros atacando a gente indefensa, y Edward y Joanne haciendo de protectores de la humanidad.

Curioso. Vampiros defendiendo a humanos de otros vampiros.

Pero mi mente volvió enseguida a la realidad.

Edward me explicaba los pormenores de mi futuro más inmediato.

Los preparativos, cómo sería en sí cada sesión, y un largo etcétera que nos mantuvo durante cerca de tres horas y media hablando en su despacho.

Conocía a la perfección todos y cada uno de los pormenores de la transición, como él lo llamaba, y en todo ese tiempo volcó en mí toda su sabiduría.

Desde luego su habilidad para explicar fue de gran ayuda para que yo entendiera a la primera todo lo que me venía encima, sin sufrir un ataque de nervios.

Durante todo ese tiempo Joanne se ausentó, con la excusa de tener otras tareas que hacer. Curiosamente no la eché de menos mientras estuve inmerso en la interesante charla con «el Padrino», como cariñosamente había apodado en mi interior a Edward.

Edward me comentó que no debía tener miedo alguno, ya que eran técnicas que llevaban muchos años siendo probadas.

Yo, personalmente, estaba deseando que aquella charla acabara para comenzar a sentir mi nuevo yo.

Me consumía la curiosidad por dentro. Desde siempre había tenido debilidad por los superhéroes y parecía que iba a estar muy cerca de esas sensaciones.

Pero debo reconocer que las habilidades paranormales que Joanne había mencionado sí me preocupaban un poco.

Desconocía cuáles serían. Si, como ella, podría leer y hablar con la gente sin mencionar palabra, o si tuviera capacidad de trasladar objetos sin tocarlos, o quizás no tendría ningún don, y Joanne se equivocaba. Aunque ella rara vez se equivocaba.

–Bueno, amigo Xavier. Ha llegado la hora. Todo el mundo está pendiente de ti abajo. ¿Vamos? –Comentó de repente Edward, rompiendo un silencio que ni me había dado cuenta de que había surgido de la nada.

–Desde luego. Tú primero, Edward –respondí, levantándome de la silla y haciendo un gesto con mi brazo, invitándole a liderar el camino.

Tras la puerta oculta nos esperaba Joanne.

Su cara mostraba una ilusión creciente, además de una ternura ya familiar.

Bajamos los tres por un ascensor durante escasos segundos, para acabar en una enorme sala, tras una de las múltiples puertas de otro pasillo clónico a los conocidos, en los sótanos del edificio.

Realmente aquello era como un iceberg, pensé, jamás hubiera sospechado que bajo aquella mansión de tres plantas existiera un complejo similar.

La sala tenía una luz perfecta, atenuada ligeramente para no cegar la vista si se miraba al techo.

En el centro me esperaba una aparentemente cómoda silla, similar a la que usan los dentistas, aunque desde lejos parecía mucho más cómoda.

A su derecha se situaba una máquina llena de cables, luces y que además de monitores de todo tipo, incluía un teclado.

Las dimensiones de esta serían parecidas a las de una máquina de videojuegos, como las típicas de los años ochenta y noventa, con el extra de los cables y teclado.

–No te dejes engañar, amor. Es mucho más potente de lo que puedas imaginar. La forma que se le ha dado es un guiño al pasado, obra de su creador, Max Ornwell –dijo Joanne mientras giraba la cabeza hacia uno de los presentes, quien a su vez asintió durante la presentación.

–En efecto, Xavier –dijo Max–, desde hace muchos años que soy un gran aficionado a los videojuegos antiguos y este ha sido un pequeño homenaje.

¿Qué mejor manera de crear un superhombre que con una máquina de videojuegos?

–Comentó mientras esbozaba una sonrisa que acabó en carcajada, por unos instantes incontrolable.

–Es una opción que no se me habría ocurrido, Max –contesté discretamente.

Max me acompañó a la silla y la adaptó de manera que, siempre dentro de una comodidad exquisita, mis extremidades estuvieran bien sujetas por una especie de grilletes metálicos, acolchados por dentro para que no hicieran daño alguno a la piel.

Me conectó un aparatito con electrodos en el corazón, «para controlar tus constantes» escuché decir a Joanne en mi cabeza.

Una vez todos los cables que controlaban mis constantes estuvieron en su sitio, se hizo un chequeo de seguridad. Todo perfectamente en orden.

Seguidamente fue mi cabeza quien sufrió una invasión de cables.

Esta vez se trataba de una especie de gorro de piscina, que a su vez estaba conectado directamente con la máquina.

No los conté, pero hubiera jurado que salían más de doscientos cables de todo tipo de colores de aquel gorro flexible, que se adaptó a mi contorno craneal cual guante usado.

Incluso era agradable el calorcito que proporcionaba, dada la frialdad del ambiente en la sala.

–Comenzaremos con una dosis baja e iremos subiendo la intensidad hasta que nos indiques que notas algo.

Necesitamos completa comunicación, Xavier.

Vas a estar plenamente consciente durante el proceso y es vital que nos indiques cualquier cambio que puedas notar, por insignificante que te pueda parecer –comentó Max.

–De acuerdo. Por mí cuando queráis –respondí, guiñando un ojo a Joanne y tirándole a la vez un beso, que fue inmediatamente correspondido.

Se hizo el silencio y cerré los ojos. Dentro de mi oscuridad no escuchaba sonido alguno en la sala más que algún tecleo por parte de Max.

No se oía ninguna respiración, ni crujidos, ni movimientos.

Nada. Silencio absoluto. De repente, comencé a sentir un bienestar general, una relajación que lentamente iba tomando mi cuerpo.

Era muy agradable. Con lo que me costaba dormir, ojalá tuviera una máquina de esas para ayudarme por las noches, pensé.

Pero la paz apenas duró unos segundos. Inmediatamente después, todavía en el profundo silencio, comencé a sentir una especie de espasmos dentro de mi cabeza.

Primero eran muy tenues, apenas imperceptibles.

Pero poco a poco fueron ganando intensidad, hasta hacerse un poco molestos.

Iban y venían por toda mi cabeza, sin seguir un aparente orden.

Ahora aquí, ahora allá, un segundo sin nada, ahora otra vez.

Pero aparte de aquello no notaba nada extraño.

Me pasó por la cabeza la imagen de cuando te hacen una resonancia magnética, y te meten en el tubo aquel, tan claustrofóbico.

Ahora estaba en una silla con todo el espacio disponible que quisiera para moverme, pero estaba atado.

Inmóvil. Y aunque hubiera querido mover un dedo sólo, me hubiera sido totalmente imposible.

Sentía mis extremidades, pero era como si estuvieran demasiado cansadas para responder, tras un enorme esfuerzo físico.

Tenía agujetas, era como si mis músculos se hubieran cansado de repente de hacer un tremendo esfuerzo.

Instantáneamente me di cuenta que había perdido la noción del tiempo. Desconocía si llevaba dos minutos o tres horas de tratamiento. Y comencé a ponerme un poco nervioso, a pensar si quedaba mucho para concluir la sesión y poder entonces, ya desde la normalidad, evaluar qué me había sucedido.

Mis músculos comenzaron a reaccionar, al mismo tiempo que escuché una respiración profunda, un ruido como si arrastraran una mesa metálica en suelo cerámico y a la vez me estuvieran inyectando calor intravenoso.

Sentía mi cuerpo arder. Nada alarmante, pero sí como si tuviera un ataque de fiebre alta, sin las convulsiones típicas de dichos ataques.

De repente, todo paró. El calor se disipó en segundos, al igual que la sensación de que mis músculos no podrían resistir mi peso ni el esfuerzo de levantarme. Mi cabeza parecía estar serena, sin el eco de voces que parecía escucharse minutos antes, allá a lo lejos.

Las luces intensificaron su poder y tuve que cerrar los ojos de nuevo, tras mi intento de abrirlos para ver qué pasaba. En mi segundo intento se adaptaron de inmediato a la claridad, incluso teniendo en cuenta que justo encima tenía un fluorescente, pero no me cegó.

Escuché un par de pasos a la vez que un aroma inconfundible se acercaba a mí.

Pero además del perfume habitual de Joanne podía distinguir más olores.

Un olor cremoso que identifiqué al momento como rojo carmín, de sus labios, y algunos más que no conseguía identificar, aunque sabía que pertenecían a su ropa.

No obstante, el que más captó mi atención fue una fragancia que jamás había sentido hasta la fecha.

Era algo divino, una mezcla fresca y a la vez cautivadora que se iba intensificando cada vez más, creando una adicción olfativa irresistible.

Mis anclajes se retrajeron en sus propios soportes, dejándome completamente libre.

Mi intención de levantarme y el encontrarme de pie fue un acto casi conjunto, instantáneo.

Y me encontré a apenas unos milímetros de la cara de Joanne, quien se sorprendió y paró en seco, dejándome ver cómo su cabello reaccionaba ante tal brusquedad, echándose hacia delante y entregándome todavía más de su adictiva fragancia.

–Caray. ¿Cómo has hecho eso? –Dijo ella.

–¿Hecho el qué? –Contesté.

–Levantarte tan rápido. Ha sido increíble. Eso no se consigue ni con un mes de entrenamiento en el resto de gente y tú… –se quedó sin palabras.

–Pues… no sé. Tuve la intención de levantarme y cuando me di cuenta ya estaba de pie, frente a ti. Ahora que lo dices, no recuerdo el movimiento, pero será porque estoy un poco aturdido.

Joanne no dijo nada, mirándome a los ojos fijamente, sonriendo. Se podía leer en su cara la felicidad y orgullo de quien no se ha equivocado. Fui a darle un beso, pero me encontré al instante con su índice en mis labios.

–Ya terminamos por hoy, ¿no? –Pregunté.

–Amor, si apenas han pasado dos minutos. Max estaba probando las conexiones y quería ajustar algunos detalles, cuando de repente se abrieron los grilletes y tú te pusiste en pie –dijo ella.

–¡Ah! –fue lo único que pude decir, en mi asombro, mientras me dejaba caer de nuevo a la silla.

Para mí habían parecido horas de sesión, viviendo cada segundo como a cámara lenta, centrado en todas las sensaciones que había percibido. Pero lo que más me sorprendió del hecho es que no me habían abierto ellos las protecciones de seguridad.

Me asusté un poco. Porque realmente había pensado en besar a Joanne, y automáticamente se habían abierto los grilletes y me había puesto en pie, frente a ella. Intenté relajarme y no pensar en nada durante el resto de la sesión.

Me esperaban muchas nuevas experiencias. Todas ellas mucho más fascinadoras que lo que acababa de suceder. Cerré los ojos de nuevo y me dejé llevar por mis sentidos en un viaje que, simplemente, fue increíble.