Nueva Vida CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Toda la noche tuve sueños sobre gente con superpoderes y cruzadas absurdas entre vampiros buenos y malos.

Yo era protagonista junto a Joanne, ambos vestidos con ridículos trajes al más puro estilo de Batman.

En uno de los momentos volaba, como «Supermán».

Era invencible, y me agradó la idea. Juntos Joanne y yo formábamos un gran equipo.

Fue un sueño agradable, que sólo se vio perturbado por un extraño calor, que iba aumentando gradualmente, hasta hacerse molesto, casi me quemaba.

Un rayo de sol se había filtrado y estaba iluminando la estancia.

Joanne no estaba en la cama y me levanté, fresco como una rosa.

Eran las ocho de la mañana. Ella se encontraba en la cocina, preparándome un desayuno que olía a las mil maravillas.

Tostadas con mantequilla francesa, mermelada casera de albaricoque, un par de huevos fritos de concurso y beicon en su estado perfecto, crujiente.

–¡Hola, amor, buenos días! –Dijo ella mientras se abalanzó sobre mí, dándome el primer abrazo y beso del día.

Algo que siempre se prolongaba por unos segundos.

Era imposible que un beso de Joanne durara menos de medio minuto.

Lo mío era adicción pura a sus labios, al aroma de su piel, al tacto de sus abrazos.

–Veo que madrugaste un poco más que yo. Tiene todo tan buena pinta… ¡Gracias! –Respondí una vez me liberó y pude hablar.

–Es un placer, y lo sabes. Además, hoy vas a necesitar energía a raudales. Luego te preparo un café bien cargadito.

Ahora disfruta del desayuno y las vistas.

La cocina y el comedor realmente tenían unas vistas increíbles al jardín principal de la finca, que el día anterior, al ser de noche, no pude apreciar.

Un espacio lleno de un verde intenso se presentaba ante nuestros ojos, mezclado armoniosamente con colores variados que miles de flores sembraban en un jardín perfectamente cuidado, arropado por bosque a ambos lados.

–Y bien, ¿cuál es el plan para hoy? –Pregunté mientras devoraba el desayuno, estaba realmente hambriento.

–Bueno, si quieres te explico un poco por encima, aunque Edward seguro que disfrutará dándote detalles.

–Venga, dispara. Mi curiosidad no ha hecho más que aumentar con las horas.

–Ok. Primero debes saber en qué consiste.

Como muy bien te explicó Edward, se conectan unos electrodos especiales a tu cabeza.

Todo está controlado por un superordenador que también está conectado a tus constantes vitales, para que no haya ninguna sorpresa.

Son muchos los cambios que recibe el cuerpo y no queremos que nada se nos escape de las manos.

–¿Dura mucho? –Pregunté impaciente.

–Unas horas, pero es un proceso que recibirás durante una semana entera. No podrías resistir todo de golpe –explicó Joanne.

–¿Por qué no? –Mi curiosidad afloraba y tomaba protagonismo de nuevo.

–Porque el cuerpo debe acostumbrarse a todos esos cambios y tú también, sobre todo tu mente. Recuerda que Edward comentó que no sólo estimulamos el cerebro y su capacidad, sino que todo tu cuerpo reaccionará, y debes aprender al mismo tiempo a controlar tu «nuevo yo».

–¿Y qué tipo de cambios debo esperar? Anda, explica algo más, que esto ya es más o menos lo mismo que sabía ayer –mi corazón volvía a acelerarse al mismo ritmo que mi curiosidad e impaciencia por saber.

–A ver, digamos que, como comúnmente se dice, los humanos usan el diez por ciento de la capacidad cerebral.

Eso a lo sumo, claro. Existen casos raros de un quince o veinte por ciento, pero muy aislados.

Mediante este proceso se llega a un ochenta por ciento aproximadamente.

¿Las consecuencias? Casi infinitas. Cada individuo desarrolla capacidades diferentes, pero lo más común es una facilidad de reacción casi instantánea, control de la energía y, lo más increíble…

–Hizo una pequeña pausa y sonrió, sabiendo que me tenía totalmente absorto en el tema.

–¿Qué…? ¿Qué? –Dije yo con mi mirada centrada en su cara, todo mi cuerpo en tensión a la espera de más información.

–Sólo te diré que las células aprenden a utilizar su energía de manera óptima –le encantaba ponerme acertijos, hacerme pensar. Y durante unos segundos mi mente se concentró en aquella frase.

–Mmmm… Te refieres a que… –Y un pensamiento alcanzó mi mente, como un rayo iluminador– ¿envejecen más lentamente?

–Sabía que no nos equivocábamos contigo –dijo sonriendo, satisfecha con mi respuesta–. Efectivamente, amor. El control óptimo de la energía hace que apenas envejezcan en comparación a un ritmo normal. Tras el proceso, el cuerpo humano alcanza casi la perfección.

–¿Casi? –Mi pregunta fue más instinto que otra cosa.

–Recuerda que aún queda ese veinte por ciento pendiente, y eso significa bastante, aunque el progreso que experimentes ya será todo un mundo para ti –añadió ella–. Un individuo que haya pasado por esta, digamos, transformación, puede quintuplicar tranquilamente la esperanza de vida.

Mi cabeza automáticamente hizo el cálculo. Si el hombre occidental tiene de media unos ochenta años de vida, aproximadamente, estábamos hablando de ¡cuatrocientos años!

Mi cara supongo que demostró una mezcla de sorpresa y alegría.

Siempre había soñado ser inmortal. Estaba convencido de que la media de vida que teníamos como especie era apenas un suspiro, que no era suficiente.

Y ahora sería capaz de tener esa oportunidad.

Yo, casi en exclusiva. Y eso me llenó de felicidad, más cuando mi cerebro me envió un mensaje todavía más agradable: Joanne estaría allí conmigo, todos esos años venideros.

No pude evitar esbozar una gran sonrisa.

–Cuéntame más –aun habiendo recibido tales novedades, sabía, intuía que había más.

Lo notaba en sus ojos, brillantes y excitados como los míos.

Yo por saber, ella por explicar. –Qué más te cuento…

A ver. Experimentarás un incremento bastante notable de la fuerza.

Con el debido entrenamiento, controlarás todo tu cuerpo, infinitamente mejor de lo que haces ahora.

Podrás sentir músculos que desconocías que existían, y ejercer total control sobre ellos.

También tendrás que aprender a controlar tu nueva fuerza y rapidez.

Sobre todo, para cuando estés con gente normal.

Si no, puede ser muy desorientador para ellos.

–¿Por qué?

–Imagínate que reúnes más fuerza en proporción que la que posee una hormiga; que resultas más veloz en proporción que un escarabajo tigre, que es capaz de ir a unos trescientos kilómetros a la hora en comparación con su cuerpo diminuto; que igualas a una pulga en saltar distancias superiores a doscientas veces tu altura; que tu visión es mejor que la de un halcón y tu olfato mejor que el de cualquier animal conocido.

Todo eso, en un humano. Todos tus sentidos se multiplican exponencialmente y hacen que sea más fácil todo.

Pero para controlar bien todo esto hace falta práctica, mucha práctica…

–¿Y la gente me vería como un bicho raro? –Pregunté, inquieto.

–Si no dominas tus instintos, sí. Lo que para ti sería una velocidad o fuerza normal, para ellos sería algo totalmente sobrehumano.

Y eso se debe evitar. Una de las normas que debes aprender, la primera de todas y la más importante, es pasar desapercibido.

Ser uno más en la sociedad. Nadie puede ni siquiera sospechar qué eres, de tus habilidades.

Sería el principio del final. Y aquí, amor, no podríamos ayudarte.

Como a James Bond, negaríamos tu existencia, y eso no quiero que suceda, ni tú tampoco.

–Entiendo. Pondré todos mis sentidos en que todo salga bien. Estoy impaciente por comenzar a sentir todo eso –dije visiblemente emocionado, como un niño esperando a papá Noel.

–No temas, todo a su tiempo. Es posible que experimentes o puedas tener otros dones. Más, ejem… paranormales –Joanne parecía cada vez más excitada a la hora de contarme todas aquellas novedades.

–¿A qué tipo de experiencias paranormales te refieres? –pregunté inquietado.

–Telepatía, telequinesia… Son algunas posibilidades, aunque yo intuyo alguna más, digamos…

atípica. Pero no quiero decir nada hasta que lo podamos comprobar.

A veces me equivoco. Ya te dije que en ti vimos –vi yo, de hecho– unas cualidades diferentes a los demás, increíbles a mi parecer – dijo ella, con gran entusiasmo.

Parecía que tenía más interés que yo todavía en verme una vez finalizara el proceso de cambio.

–Pues nada, vamos a ver a Edward. Quiero comenzar cuanto antes –dije, mientras recogía los platos del desayuno.

Con la emoción apenas había probado los huevos, y fríos no valían nada. Las tostadas medio mordisqueadas fueron también a la basura y lo único que pude aprovechar del desayuno fue el café expreso, delicioso, por cierto.

Nos vestimos mirándonos mutuamente, sonriendo, pero sin mencionar palabra. Fuera, el sol comenzaba su ascenso victorioso. No había nube alguna que empañara su esplendor en el cielo, al igual que no existía ser en el mundo que fuera capaz de darme tanta felicidad como

Joanne. Se acercó a mí y me besó tímidamente. Si no fuera porque lo creía imposible, hubiera jurado que se había sonrojado.

–Vamos. A Edward no le gusta esperar –me cogió de la mano y salimos de la habitación hacia el despacho de Edward.

Respiré hondo y aproveché mis últimos minutos de realidad humana, tal y como la conocía hasta la fecha.