CAPÍTULO 6
Durante el camino al comedor nos cruzamos con gente que ni siquiera parecía darse cuenta de nuestra existencia. Cada individuo iba concentrado en lo suyo, sin desviar miradas. Era como estar en una base militar, pero sin los uniformes.
Llegamos a un espacio donde, más que la cantina de una empresa, parecía que acabábamos de entrar en un restaurante de lujo.
Mantelería fina, cubertería y cristalería de calidad adornaban todas y cada una de las mesas.
Una luz de ambiente tenue, pero intenso a la vez, daba la sensación de un ambiente relajado y distendido, pero no obligaba a forzar la vista para comer.
Sólo había opción de carta –muy bien elaborada–, con una variada selección de primeros y segundos, unos postres que daban ganas de reservar hueco en el estómago y una lista de vinos increíblemente exquisita.
Todo gratuito, pagaba la casa. Podías pedir todo un Pingus si te apetecía, no existía límite. Increíble.
–¿Qué te apetece para comer, amore? –preguntó Joanne.
–Huy, pues no sé. La verdad es que todo tiene tan buena pinta. No obstante es tarde y supongo que no tardaré en irme a descansar. Probaré las verduras y el rape –dije mientras cerraba la carta. Echarle una sola ojeada más me hubiera hecho dudar media hora extra, sin duda.
–Buena elección. ¿Vino? –Dijo mientras me mostraba la carta de caldos.
–No, gracias. Mejor una Evian, del tiempo.
Me había olvidado por un instante de la capacidad de Joanne para hablar telepáticamente, por lo que no hizo falta que nadie viniera a la mesa a tomarnos nota.
En un tiempo récord tenía mi cena servida.
Joanne, por su parte, tomó una buena ración de glóbulos rojos, al parecer de excelente «cosecha», dada su expresión al bebérsela.
Durante la cena apenas intercambiamos miradas y poco más.
Me sentía observado por el resto de personal que allí se encontraba, como si fuera el bicho raro.
Tenía la extraña sensación de que ellos ya sabían quién era, como si fuera alguien esperado.
Era como si se fijaran en mí con cierto asombro y expectación a la vez.
No obstante, nadie me dirigió palabra alguna y, sin mucha dilación, nos retiramos a nuestra habitación.
Estaba en el penúltimo piso, y era digna de un hotel de cinco estrellas.
Mediría unos setenta metros cuadrados y disponía de todas las comodidades habidas y por haber.
Una cama enorme y mullida presidía la zona de descanso, con una pantalla plana de televisión justo delante, «Bang & Olufsen» con un completo equipo de «cine en casa».
La domótica seguía presente en las habitaciones, por lo que al lado de las mesitas de noche existía un mando remoto de control de persianas, luces y demás.
El vestidor era de película, y casualmente estaba ya al completo.
Ropa de todos los estilos y con un gusto exquisito, tanto para Joanne como para mí, presidían los armarios principales.
El zapatero merecía mención aparte, tanto por cantidad como por variedad y calidad.
Todo perfectamente ordenado y listo para su uso.
En el baño impresionaba el jacuzzi oval, donde dos personas podrían holgadamente desahogar todas sus fantasías. No faltaba una amplia cabina de ducha con hidromasaje y efecto sauna, además de productos «Molton Brown» para el aseo diario.
Completaba el miniapartamento un pequeño despacho preparado como oficina, donde además existía una extensa biblioteca y videoteca, por si el huésped se aburría. Una estancia de cine, desde luego. Lástima que tuviera la impresión de que la iba a disfrutar bien poco.
–¿Nos estiramos en el sofá un poco antes de ir a la cama? –Propuse a Joanne, justo después de desatarme los zapatos y descalzarme, dejando a su vez la corbata encima de la cama.
–Desde luego. ¿Quieres tomar algo? –Me dijo ella desde una zona que mi vista había obviado. La cocina.
También disponíamos de una amplia cocina americana totalmente equipada, con una zona dedicada a bar, todo tipo de bebidas y dispensador de hielo, cómo no.
–Vale, ponme un ron añejo con cola, rodaja de…. ¡Pero si ya sabes cómo me gusta! –Dije mientras seguía observando los detalles de los cuadros colgados en la habitación. Litografías de Dalí, Picasso y originales de Van Gogh, según comentó Joanne, eran habituales en las estancias de la casa.
Edward adoraba la pintura modernista y su apartamento estaba presidido por «La Grenouillère», de Monet, y «Campo de trigo con perdiz», de Van Gogh. Según Joanne eran originales, y los que exhibían los museos, meras copias.
La creí. También un buen número de diferentes esculturas de variados estilos poblaban pasillos y habitaciones, salas e incluso el exterior de la casa. Era como estar en un museo.
Me estiré poniendo mi cabeza en el regazo de Joanne, mientras ella acariciaba mi pelo. Ambos mirábamos las noticias en televisión sin mencionar palabra, disfrutando del momento. Era perfecto, como si estuviéramos en casa.
Como si nada de aquel ajetreado día hubiera sucedido.
Giré mi cabeza hacia ella y la miré. Desde aquella perspectiva seguía siendo una mujer extremadamente bella.
Su pelo brillaba como nunca y su piel parecía iluminada por el mismísimo cielo.
Ella se dio cuenta de que la estaba observando y paró momentáneamente las caricias.
Me miró y sonrió, agachándose y besándome en la frente.
En ese momento sentí una subida repentina de temperatura en mi cuerpo, mientras el corazón se aceleraba.
Una de mis manos tomó vida propia para buscar su cara, mientras los dedos de la otra mano se perdían entre sus cabellos.
Mientras, nuestras bocas dejaron de existir para convertirse en una sola unidad.
Sus labios me alimentaban con un calor diferente, totalmente adictivo.
Su cuerpo emitía un canto de sirenas que hacía que irremediablemente me deshiciera por ella. Y así fue.
Una vez todo aquel amor se calmó, cuando ya descansábamos de nuevo…, Joanne se dirigió a mí con una tierna mirada.
–Mañana va a ser un día importante para ti, amor. Edward estará contigo para explicarte con pelos y señales el procedimiento, normas y muchas otras cosas. Y luego estarás de nuevo conmigo, para aprender lo máximo posible. Hay mucho que hacer, por lo que deberías descansar.
–¿Y no me puedes adelantar nada? Debería saber qué me voy a encontrar, ¿no? –contesté mientras le tendía una mano para que se levantara conmigo e ir ambos al dormitorio.
Estaba derrotado, el cansancio había hecho acto de presencia en mí.
El día, sin duda alguna, había tenido demasiadas horas de actividad.
Una actividad verdaderamente estresante y que todavía tenía a mi cerebro en pleno rendimiento, asimilando todo lo que me habían contado, lo que me había pasado en las últimas horas.
Joanne, en cambio, estaba como si acabara de despertar de un largo sueño, llena de energía todavía.
Una vez en la cama, nos quedamos mirando el uno al otro, y por un momento la vi como a un ángel, una luz divina iluminaba su cara. Ella sonrió.
–¡Qué sabrás tú de ángeles…! –Dijo riendo.
–Bueno, déjame algo de privacidad de vez en cuando, ¿no? –Mi voz tajante y con cierto enfado. Aunque era imposible enfadarse con aquella mujer.
Esto de que me leyeran los pensamientos era algo incómodo, en cierto modo.
No porque tuviera nada que ocultar, pero tenía una desagradable sensación de desnudez total.
¿Cómo ocultar un regalo de cumpleaños?, por poner un ejemplo.
O una sorpresa… No era justo. Ella tendría siempre la opción de acceder a mi mente, y yo no sabía cómo ocultar dicha información, cómo no pensar en algo que debía tener presente.
–No le des vueltas, amor. Será parte de tu formación.
Controlar tus pensamientos, tu mente, entre otras cosas –dijo ella, intentando quitarle peso al asunto.
–Ya, pero… entiéndeme. Es difícil estar con alguien que sabes que sabe lo que estás pensando. Será la novedad, pero me desorienta un poco –respondí.
–Piensa que no lo hago queriendo, para mí es como si hablaras de viva voz.
A veces incluso debo concentrarme un poco para saber si lo has dicho o lo has pensado.
Piensa que no es fácil tampoco para mí, tengo mucha información llegándome a la cabeza y hay que hacer una selección de lo que es importante y lo que no.
Y eso es sólo una parte. Luego tienes lo de las premoniciones, eso es más complicado todavía.
–¿Premoniciones? ¿Eres algo así como una vidente también? –Mi curiosidad relevó al sueño de inmediato.
–Algo así. Es sobre todo en lo concerniente a gente con algún don especial, como tú. Puedo localizarles en cualquier parte del mundo. Es como si tuvieran una esencia especial, diferente, y la pudiera seguir sin ningún tipo de limitación en cuanto a la distancia.
–Asombroso. ¿Y qué don tengo yo? Es algo que me tiene con un alto grado de curiosidad e inquietud. Jamás pensé que fuera diferente a cualquier otra persona del montón.
–¡Uf! –Suspiró, dejando que llegara a mí su perfume, embriagando mis sentidos y haciéndome perder los míos por unos segundos–.
Sería muy largo de explicar. Y no sé si estás preparado psicológicamente para ello.
Hay mucho, muchas cosas. Si realmente supieras todo tu potencial, creo que te asustarías y todo.
Tienes unas habilidades dormidas que jamás había visto en nadie.
Algunas por separado, pero desde luego jamás reunidas en un solo ser.
Pero así eres tú, especial. Muy especial –y su mano volvió a acariciarme el pelo, bajando por mi rostro mientras me miraba.
Su cara expresaba ternura y amor a raudales. Sus ojos brillaban llenos de vida, de una vida que, curiosamente, no existía.
–Pero dame alguna pista, anda… –Mi paciencia comenzaba a extinguirse, y mi voz fue la primera en hacerlo presente.
–Sólo te puedo decir que yo, a tu lado, seré una aprendiza. Una insignificante marioneta –su seriedad al mencionarlo hizo que no me lo tomara a broma, aunque me pareciera increíble que algo así fuera posible.
–Eso es imposible. ¿Mejor que tú? Venga ya –y no pude evitar dejar escapar una risa con cierto tinte sarcástico.
–Debes esperar a que despierten tus sentidos –replicó Joanne–.
Ya te he dicho que todas esas habilidades están dormidas.
Esperando su momento. Y ya ha llegado. Mañana serás otra persona, muy diferente a como te conoces.
Por eso es importante que intentes descansar.
Debes estar fresco para poder asimilar todo lo que te viene encima. Que no es poco.
–Ya. Intentaré dormir, aunque con tanto ajetreo será difícil –mis sentidos volvían a estar alertas y el sueño era un lejano recuerdo.
–Tómate esto –en un abrir y cerrar de ojos me acercó un vaso de agua junto con una diminuta pastilla de color rojo intenso. La rapidez de movimientos me dejó boquiabierto–. Te ayudará a dormir.
–¿Qué es? –pregunté. No era muy aficionado a tomar fármacos, y menos todavía a la automedicación.
–Es un compuesto realizado por nuestros expertos. Desde hace unos años lo usan astronautas para poder conciliar el sueño. La gravedad afecta negativamente en el sistema nervioso y hace que les sea difícil dormir. Es uno de nuestros «best–sellers» –dijo sonriendo.
Una vez la pastilla pasó por mi garganta, sentí casi al momento un estado completo de relajación. En apenas unos minutos caí en un profundo sueño, sin darme tiempo apenas a despedirme de Joanne con más besos y caricias, como me hubiera gustado.