CAPÍTULO 5
No obstante, cuando regresó mi padre a casa por vez primera desde mi nacimiento, yo ya tenía dos años.
Para mí era un señor totalmente desconocido, y el sentimiento fue mutuo.
Ylvi, que así se llamaba mi madre, me puso el nombre porque le gustó, haciendo honores a los dioses.
Pero no fue así con mi padre. La mujer de Thor era rubia, tenía los cabellos de un oro fino y unos ojos azules como el cielo.
Y yo tengo pelo negro intenso. Además, el no tener los ojos azules como el resto de mis hermanos causó un gran enfado en mi padre, Sven.
Una ira de tal magnitud que, en contra de los llantos y peticiones de mi madre, me dejó abandonada en un bosque cercano, pensando que había sido engendrada por un demonio o algo parecido, ya que en aquel entonces no era muy común en mi aldea ver a alguien con el cabello negro y de ojos color miel.
La de mi padre fue una reacción habitual para la época.
Aquel caballero, lord Edward, fue quien posteriormente me llevó a Inglaterra, donde aprendí modales, sobre todo.
Él vivía en un magnífico castillo cercano a Stonehenge, en las afueras de Salisbury.
Tenía una pequeña corte a su servicio y jamás me faltó de nada.
Fiestas, comida abundante, educación en lectura y escritura…
la vida me sonreía entonces. Fui a todos efectos su nueva hija, su única descendencia.
Algo que a mí me sorprendió con el tiempo fue descubrir que jamás había estado desposado ni había tenido hijos.
Para él, yo fui una vía de escape, un sentido a su existencia que hasta la fecha no había tenido, ni necesitado.
En mi vigésimo octavo cumpleaños se sentó conmigo y tuvimos una charla.
En veintiséis años que hacía que estaba con él, él seguía como siempre, igual que el primer día que le conocí.
Su rostro no había cambiado lo más mínimo, y seguía con la misma energía que siempre, eso teniendo en cuenta que apenas descansaba, no como yo que podía tirarme doce horas durmiendo y todavía me sabían a poco.
Lord Edward era realmente un personaje misterioso, visto con ojos adultos.
Pero yo, aun contando con una edad más que madura en aquel entonces, todavía tenía mucha tontería y era demasiado infantil.
Así me había conservado él, protegiéndome del resto de gente y sus malos pensamientos.
Pero sus sirvientes y los aldeanos ya sospechaban de él.
Eran malos tiempos para los nobles, pues la Iglesia poco a poco había tomado mucho terreno y poder.
En el pueblo se oían rumores de si Edward tenía un pacto con el diablo para mantener una eterna juventud.
Y esas calumnias solían pagarse con la vida, quemado en una hoguera.
Pero para mí eran historias a las que no les prestaba atención, no eran más que simples envidias de alguien que tenía la mejor casa, además de una gran clase y belleza como persona.
Pero un día mi cabeza puso orden a los pensamientos, y dejé de ser una niña con edad avanzada para convertirme de la noche al día en una adulta con inquietudes, con un montón de dudas.
Dichos rumores comenzaron a atormentarme cada vez más, hasta que llegó el momento de hablar con Edward, y coincidió con mi cumpleaños, como si él ya supiera de mis preocupaciones.
–Mira, Sif. Ha llegado el momento de marcharnos de aquí.
Supongo que habrás oído ciertos rumores sobre mí.
Cuentos fabulosos sobre cómo tengo tratos con el mismísimo diablo –y sonrió de una manera sarcástica, como si la verdad fuera todavía más aterradora que un trato con satanás–.
El caso es que no podemos permanecer más tiempo aquí.
Nuestra integridad peligra en extremo, por lo que mañana al alba partiremos hacia el continente. En el camino te contaré más.
–No te preocupes, Edward –le respondí–. Sabes que tengo total confianza en ti, además de que tú eres mi única familia.
Si no confío en ti, no podría hacerlo en nadie más.
Así que donde tú vayas, yo voy. No me preocupan para nada esas tontas historias –dije intentando ocultar mi curiosidad e inquietud por su no envejecimiento–, no hay de qué preocuparse, de veras.
–Sif, no te tortures más. Déjame explicarte lo que ocurre, pero mañana. Hoy ya es tarde y nos espera una larga jornada. Aprovecha y descansa todo lo que puedas.
Despejada, lo entenderás mejor.
Así pues, aquella tarde me fui a la cama muy temprano, apenas después de haber comido al mediodía lo poco que la falta de apetito me dejó ingerir.
Al alba, como prometido, Edward vino a mi aposento y me despertó.
Era la hora. Para mi sorpresa íbamos los dos solos.
Yo me esperaba a todo el séquito llevando nuestras pertenencias en varios carromatos, en lo que sería toda una odisea de viaje.
Pero no. Dos corceles, los mejores de las caballerizas, estaban ya ensillados y con unos macutos para el viaje.
Lo imprescindible, mencionó Edward mientras me ayudaba a subir al mío.
Partimos sin que nadie se percatara de ello y pusimos rumbo a una zona cercana a lo que se conoce ahora como Portsmouth. Tardamos una semana en llegar a nuestro destino, un embarcadero clandestino, donde nos esperaba un barco para zarpar de inmediato hacia tierras francesas».
Yo estaba asombrado ante tal historia. Ni en mis sueños más fantásticos podía haber imaginado eso. Y supongo que mi cara pagaba por mí. Joanne prosiguió, tras guiñarme un ojo y sonreír, haciendo que yo, instintivamente, sonriera también.
–Durante el viaje pude conocer la historia de Edward, aunque prefiero que sea él quien te la comente en detalle.
Sé que le encantará hacerlo. Sí estoy autorizada a contarte ciertas partes, para que estés en preaviso de lo que es él.
De lo que somos ambos. Pero no con ello debes alarmarte, amor.
No hay de qué preocuparse, como has podido comprobar hasta ahora.
Y ahora es cuando no entendía, o sí, pero no quería entender.
Si hasta ese preciso momento mi mente estaba formando una película interior, con Joanne –o Sif– como protagonista junto a Edward, ahora todo aquello que había asimilado con tanta facilidad se torcía mostrándome una cara que no sabía si quería conocer.
Pero debía conocerla, pues tenía el presentimiento de que me involucraba directamente.
–Pues bien, no sé si te habrás fijado que apenas duermo yo tampoco, de hecho, no lo necesito. Tampoco como demasiado, aunque de eso estoy segura de que no te habrás dado cuenta porque cuando estoy contigo ingiero alimentos como tú, sin más. Pero no porque los necesite.
–Pues evidentemente no me había percatado, será porque me quedo frito enseguida en la cama. Y sí, pensé que comías poco, pero como estás delgadita… –Comenté, con una cara de asombro evidente.
–¿Y te has fijado en lo que ha bebido Edward cuando llegamos o hace un rato?
–Sí. Era vino, ¿no? Aunque me ha parecido un poco espeso.
–No es vino, amor –dijo ella, riéndose a carcajada limpia.
Inmediatamente mi cerebro me envió un claro mensaje. «Sangre». Y si bebían sangre, no dormían y no comían, la respuesta era evidente. Vampiros. Uf, menudo día estaba teniendo…
–Sí. Exactamente –dijo ella tras leer de nuevo mis pensamientos–. Pero no humana, por eso te decía que no hay de qué preocuparse. Y creo que estamos muy lejos de mitos como Nosferatu o ese ridículo conde, ¿tú qué opinas?
–Pe… pero ¿y la luz del día?
–No deja de ser un invento de Bram Stoker, amor. Prácticamente somos indestructibles. Ni luz, ni estacas, ni ajos… De hecho, es un sabor que me gusta –y su rostro emitió una mueca de sonrisa vergonzosa.
– Sí, claro. Desde luego no os parecéis a ninguna película que haya visto. ¿Estoy enamorado de una vampira entonces?
–Y tienes a una vampira coladita por tus huesos, amore.
–¿Y por mi sangre?
–Ja, ja, ja. No, eso no. Aunque reconozco que un poco tentador sí es. Aunque tenemos absoluto control sobre nuestros instintos más remotos, llevamos muchos siglos así, y no creo que seas tú el que rompa las normas ahora.
–¿Normas?
–Sí. Y muy estrictas al respecto. Jamás podemos probar sangre humana, bajo pena de muerte.
–Entonces podéis morir…
–Bueno, muerte… destrucción. Llámalo como quieras. Pero solo alguien superior a nosotros puede hacerlo.
–Ah, ¿pero existen vampiros superiores? De lo que se entera uno –mi sarcasmo y humor se incrementaban a medida que el miedo se apoderaba de mi cuerpo, alterando mis respuestas involuntariamente.
–Algo así, sí. Pero no nos desviemos del tema.
Te estaba contando sobre mí, sobre Edward.
Él fue quien me dio esta nueva vida, si es que le podemos llamar así, claro.
Porque vivos, lo que se dice vivos, no estamos.
Je, je, je –volvió a mostrar su sonrisa más picaresca.
Era evidente que estaba disfrutando mientras me explicaba todo esto, además de que se notaba que hacía tiempo que quería hacerlo.
–Entonces, ¿qué pinto yo aquí? –Dije yo– ¿Me queréis como un discípulo de esos con tatuaje en el cogote, al estilo Blade? –Desde luego mi cerebro me estaba jugando una mala pasada, ya sólo atinaba a decir tonterías.
–Céntrate un poco, amor mío. No es eso, ni mucho menos. Edward ha dicho absolutamente la verdad. Tienes mucho potencial, que aún desconoces. Y aquí estoy yo para sacarlo, si todavía quieres.
–¿Y si no?
Su cara en ese momento cambió por completo a una seriedad y tristeza que no hicieron falta más preguntas ni comentarios por mi parte al respecto.
Si no quería seguir adelante estaba claro mi destino.
No obstante, aún vencido en gran parte por el miedo, seguía queriendo a aquella mujer.
O vampira. O ambas cosas. Y, como ella cuando fue recogida por Edward, no tenía otra opción.
No tenía a nadie más en este mundo, menos a alguien a quien deseara y amara con tanta devoción.
La necesitaba. Y si hacía falta convertirse en un monstruo para estar con ella lo haría.
–No hace falta que te conviertas en nada. No todavía. Eso es… digamos, opcional. Y desde luego no entra en nuestros pensamientos. De hecho, no nos habíamos planteado que te pudiera interesar, mira por dónde –contestó Joanne–. Ya lo estudiaremos.
–¿Estudiar qué?
–Nada. ¿Vas a querer que te explique por qué estás aquí o no?
–Desde luego. Daría mi aorta por ello –y esbocé una media sonrisa, intentando quitar peso al asunto.
Su mirada me fulminó. No había tenido gracia ninguna mi chiste. Pero aun así volvió enseguida a ser la Joanne de siempre, risueña, despreocupada. Me miró fijamente a los ojos y, cuando esperaba que comenzara a explicarme el motivo real de mi secuestro, se levantó del sillón.
–Vamos a comer algo. Debes estar hambriento y yo me muero de sed –su propio comentario le produjo risa de nuevo.
Se notaba que, al no tener que fingir más, disfrutaba el doble de mi presencia y asombro, pudiendo ser ella misma, todavía más. Y ambos salimos de la sala, cogidos de la mano como si nada hubiera sucedido en el día y estuviéramos paseando de vuelta a nuestro apartamento de «Covent Garden».