CAPÍTULO 4
Tras un corto recorrido por unos pasillos que me desorientó un poco –todo parecía exactamente igual, ninguna puerta tenía distintivo alguno de qué contenía su interior– llegamos a destino.
La puerta se abrió cuando Edward se acercó a ella, permitiéndonos el acceso sin ningún tipo de control previo, o ello pensé.
Inmediatamente Joanne me corrigió y me comentó que todo el personal tenía un microchip injertado en el cuerpo.
Dicho microchip contenía no sólo datos sobre el individuo, sino que daba acceso a las zonas autorizadas para aquella persona, de manera automática en todos los centros que tenían.
Algunas puertas necesitaban seguridad extra, como las de acceso desde el exterior.
Pero dentro todo estaba domotizado, controlado mediante una supercomputadora, dotada de tecnología inteligente.
Me daba la impresión de que estaba en la NASA, aunque pensé que aquí tenían más tecnología incluso.
–Eso no lo dudes, como te dijo Edward somos la organización más avanzada tecnológicamente en el mundo.
De hecho, la NASA es cliente nuestro. Ellos nos compran nuestros descubrimientos, y pagan muy bien, de hecho.
Desde tejidos especiales, hasta nuevos materiales o formas de soldar –comentó Joanne en voz alta.
–¡Hombre! Menos mal que escucho tu voz de nuevo –dije irónicamente–, ya pensaba que no iba a suceder en el futuro –ella sonrió.
–Ahora, Xavier, os dejo solos un rato –comentó Edward, con una voz que denotaba urgencia–.
Joanne te explicará el funcionamiento y qué ha visto en ti, cuáles serán tus nuevos «poderes», por decirlo de alguna manera.
Ella será la encargada también de tu entrenamiento.
Necesitarás unos días para acostumbrarte a todo.
Pero no tengo duda alguna de que lo superarás con éxito.
Yo tengo que ausentarme ahora, me requieren otros asuntos de urgencia.
Ha sido un verdadero placer. Nos vemos pronto.
Y tras estrecharme la mano y darme una palmadita en la espalda, desapareció sin apenas darme tiempo a contestarle, quedándome con las palabras en la boca. Joanne me miraba con una cara compungida, y enseguida adiviné en qué estaba pensando.
–No voy a mencionar ninguna palabra de nuestro pasado, Joanne, no merece la pena. Supongo que tus motivos tuviste, u órdenes, más bien. No soy rencoroso, así que olvidado está, ¿vale?
–No, Xavier. Quiero explicártelo. Si no, reviento –dijo ella, con unos ojos vidriosos, emocionados–. Es cierto que fuiste una misión para mí. Un caso más, uno de muchos otros.
Edward me comentó que existías y me puse a vigilarte, de eso hace algunos años ya.
Pero pasado un tiempo, comencé a sentir algo por ti.
No sé qué fue al principio, quizás pena, lástima por todo lo que has sufrido y por cómo la vida te ha tratado.
Sé que suena fatal, pero quise compensarte por ello, aunque en el fondo de mi corazón ya existía una chispita que comenzaba a crecer, y que se hizo llama cuando por fin nos encontramos en Florencia, cuando te tuve delante de mí.
Y desde entonces no ha parado de crecer y alimentarse, Xavier.
Te quiero con todo mi ser, y creo que te lo he demostrado todo este tiempo.
Jamás me había sentido así, ni siquiera en mi etapa anterior, antes de ser lo que soy ahora.
¿Y qué era ella ahora? Eso me preguntaba yo.
Bueno, ella y toda esa gente que Edward comentó.
Más de mil personas. Eso es mucha gente.
«De eso hace algunos años ya…», me recordó mi subconsciente.
Inmediatamente me puse a cuestionarme desde cuándo estaba Joanne espiándome, controlando mis movimientos.
Si había vivido desde la distancia todos mis sufrimientos, eso eran muchos años.
Más de veinte, de hecho, pues son los años que hace de aquel fatídico accidente.
Pero ella tiene veintiocho. O al menos esos son los años que me dijo que tenía.
Pero evidentemente si hace veinte años ya estaba en «mi caso» …
Mi cerebro se colapsó. No quería procesar los pensamientos que venían a él.
Era imposible. Joanne era una mujer joven, por no mencionar su extrema belleza.
Su piel estaba tersa y sin ninguna arruga, ni siquiera aquellas que, rondando a la treintena, aparecen en los rostros femeninos.
Ni patas de gallo de qué preocuparse, ni nada. Jamás la vi usar crema alguna.
Ella captó al instante mis preocupaciones y tomó mis manos entre las suyas, acercándose hasta casi juntar las caras.
Me miró fijamente a los ojos, como solo ella sabía hacer.
Para calmarme, consiguiéndolo al instante.
Su mirada, esa mirada, conseguía hacer que mi corazón ralentizara su ritmo, hasta casi pararse.
Hacía que mi respiración volviese a ser constante y pausada.
Conseguía que me olvidara de cualquier preocupación, de cualquier motivo de angustia.
Y lo hizo de nuevo, como siempre, eso no había cambiado.
Me besó y sentí sus labios cálidos en los míos, un roce dulce y prolongado, mientras ella cerraba los ojos, apretando sus manos contra las mías.
Se separó unos milímetros y me miró fijamente, mientras una lágrima descendía por su mejilla derecha y otra asomaba tímidamente de su ojo izquierdo, amenazando con suicidarse también mejilla abajo.
Tomó aliento y centró sus ojos en los míos.
–Lo que te voy a contar, no lo sabe más que Edward. Quiero que conozcas mi historia, mi pasado, antes de que sepas nada más sobre todo lo que está por venir. Creo que te lo debo, y sólo así podrás entenderme mejor, y creo que conseguirás ver las cosas de otra manera, amor.
Sin soltarnos de las manos nos sentamos frente a frente.
Joanne estaba visualmente emocionada, pensé que en cualquier momento se pondría a llorar como una Magdalena.
No obstante, en cuestión de microsegundos su rostro tomó una apariencia serena, sin rastros ya de humedad en su cara, casi incluso demasiado seria.
Y es que todavía no conseguía acordarme de que ella tenía acceso a mis pensamientos; seguro que, al descubrir mis sentimientos en ese momento, decidió poner remedio.
No pude evitar tragar saliva antes de que ella comenzara a contarme su vida, mientras mi corazón volvía a acelerar arrítmicamente, a la espera de una historia que prometía tanta emoción como tristeza, a tenor por cómo ella se había puesto con sólo recordarla.
–Quiero que, antes que nada, intentes pensar de una manera más…
mmm… abierta –dijo–, hay algunos conceptos que si no te costarán asimilar.
Debes eliminar ciertos elementos de tu pensamiento, o al menos modificar su significado como lo entiendes ahora.
Mi edad, los años, eso y otras cosas que te contaré, y centrarte en la historia, ¿vale?
Sólo así te será más fácil entenderlo todo luego.
Sé que te va a costar, pero sabes que no te mentiría por nada del mundo, y que esto es lo suficientemente serio e importante para mí, como para que dudes lo más mínimo de su veracidad.
–No te preocupes, amore. Estoy preparado, o eso creo, para lo que venga. Después de lo que he vivido en el día de hoy, no sé si habrá algo que me sorprenda más todavía.
Mi propio pensamiento me llevó a recordar que desconocía la hora que era.
Miré el reloj y marcaba las once y media de la noche.
A estas horas normalmente ya estaba cenado y dormido tras haber leído algunas páginas del libro que tuviera en ese momento empezado.
Curiosamente no tenía ni hambre ni sueño.
Bueno, hambre sí, pero de saber. Mi cuerpo se alimentaba en esos momentos de curiosidad y conocimientos, y mi estómago permanecía sellado y callado ante las órdenes de mi razón, que prevalecía sobre cualquier aspecto físico en ese mismo instante.
–Te aseguro que hay mucho que todavía te puede y va a sorprender. Sólo quiero que lo aceptes sin más, sin preguntarte por qué o cómo. ¿Ok?
–Prometido. Venga, cuenta, que me tienes en ascuas y sabes lo impaciente que soy cuando de una historia interesante se trata.
El silencio reinó durante un par de segundos antes de que Joanne comenzara a hablar.
En ese corto periodo de tiempo, me sentí más enamorado que nunca, sin duda era el hombre más feliz y afortunado del planeta por tenerla a ella como pareja.
Mi corazón se deshizo en un suspiro interno.
Fue entonces cuando su voz angelical me despertó del breve lapsus.