CAPÍTULO 3
Mientras paseaba junto a Edward, haciendo esfuerzos para seguir su ritmo, Joanne nos iba siguiendo a una distancia prudente, como para no entrar en la conversación.
Al parecer ella ya estaba al corriente de todo lo que Edward iba a contarme, por lo que su intervención no era necesaria.
«El Padrino», como ya le había bautizado en mis pensamientos, se dirigía a mí en exclusiva.
Su voz cambió del tono estremecedor de su saludo inicial a uno mucho más relajado, incluso podría decirse dulce, como si fuera a explicar un cuento de hadas a un niño.
Inspiraba seguridad, confianza y una total credibilidad.
–Mira a tu alrededor, Xavier. Todo lo que alcanzas a ver pertenece a nuestra organización.
Esto y mucho, mucho más. Tenemos propiedades en todos los rincones del mundo.
Empresas de todo tipo… Casi cualquier cosa que puedas imaginarte.
Han sido muchos años de duro trabajo para tener todo esto.
De hecho, debería mencionar siglos en vez de años, pues quizás, con casi toda seguridad, seamos la organización más longeva en el planeta.
Justo acabó la frase cuando mi cerebro comenzó a pensar automáticamente en sectas, organizaciones secretas con rituales obscuros y demás.
Sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, llegando hasta el más recóndito de los poros de mi piel.
¿En qué me había metido sin saberlo? Por un solo instante maldije a Joanne por no haberme contado nada, pero enseguida mi razón puso un poco de calma, y me centré en lo que Edward intentaba contarme.
Supongo que notó mi cara de asombro, pues en vez de proseguir había pausado su ritmo, como intentando dejarme que digiriera poco a poco la información.
–No te voy a engañar. Y creo que me agradecerás que te sea franco.
Llevamos mucho tiempo observándote. Y estamos casi convencidos de que puedes ser una pieza clave en nuestra estructura.
Eso si finalmente decides aceptar, claro.
Joanne es la responsable de que tú estés hoy aquí y puedas tener acceso a lo que vas a ver. Ella cree en ti, más que nadie.
–Entiendo, o al menos intento entender lo que me estás contando, pero si no tengo más detalles creo que sigo bastante perdido.
¿A qué tipo de organización te estás refiriendo?
¿Tenéis nombre o algo parecido? No es que esté muy documentado y quizás vaya a decir una burrada ahora, pero debo confesar que me ha invadido un cierto miedo y pensamientos sectarios. ¿Es así?
–Edward soltó una sonora carcajada. Parecía que le habían contado el chiste de su vida. Asombrado, miré a Joanne, quien nos observaba desde la distancia también con una cara de sorpresa, aunque un tinte de sonrisa hizo que me confiara y dejara que mi anfitrión prosiguiera.
–Disculpa. No he podido evitar la risa. No sabría decirte, amigo Xavier.
Creo que cada persona genera sus propias conclusiones.
Lo que sí puedo contarte es que, por mucho que busques o quieras investigar sobre nosotros, no encontrarás nada.
Ni internet, ni bibliotecas…, nada. Nuestro trabajo nos cuesta mantener esa privacidad a los ojos del mundo, y cada día que pasa, la ciencia y tecnología avanza y supone una seria amenaza para nuestra seguridad.
Pero tenemos a los mejores. No hay de qué preocuparse.
Su última frase volvió al tono amenazador y aterrador que ya había olvidado.
Era como una promesa de muerte segura al traidor.
Y volví a sentir el mismo escalofrío, más intenso si cabe esta vez.
Aun así, no podía evitar mostrar mi interés en el tema.
Desde bien jovencito me habían encantado las novelas de misterio, y esta intriga estaba consumiendo toda mi curiosidad a un ritmo endiablado.
Edward se paró delante de una puerta de madera vieja, situada en un lateral de la casa y que carecía de cerradura.
Perfectamente podría tener quinientos años, era la zona más antigua de la casa, que se dividía en dos bloques bien diferenciados.
El primero y principal dataría de finales del siglo dieciocho.
Me recordaba a los palacios de Versalles, su majestuosidad era ostentosa.
El segundo edificio parecía haber sido absorbido en gran parte por el principal.
Este era mucho más antiguo, me atrevería a decir que eran las ruinas reformadas de una antigua capilla, de época de la Edad Media.
La entrada conducía, a través de un minúsculo recibidor de piedra sin apenas más luz natural que la que proporcionaba una ligera abertura unos metros más arriba, a unas húmedas y sombrías escaleras que bajaban a una especie de sótano.
La luz estaba gestionada por domótica, por lo que no hacía falta presionar ningún interruptor y, a medida que íbamos avanzando por el angosto pasillo escalonado, nos perseguía la oscuridad, como si quisiera atraparnos por sorpresa.
Llegamos los tres a un descanso más amplio y bien iluminado.
Sólo existía otra puerta en la pequeña sala y a su lado salía de la pared una unidad de lectura de iris.
Paredes de piedra con casi mil años –o más– combinadas con alta tecnología.
Según dicen es el sistema más seguro –o uno de ellos– para identificación personal, siempre y cuando no te arranquen los ojos, claro.
Mi asombro se veía siempre superado, pensara lo que pensara siempre había más.
Era una especia de «más difícil todavía» continuo, pues por mucho que imaginara siempre surgía algo inesperado todavía más sorprendente que añadir a mi confusión.
Seguía en mi duda sobre qué estaba sucediendo, pero había asumido que de nada servía ponerme nervioso y conseguí relajarme y dejar que mi hambre de conocimiento sustituyera al miedo a no saber.
Junto a la identificación ocular, Edward pronunció unas palabras que no entendí.
Impulsivamente me giré hacia Joanne, quien sonrió.
En ese mismo instante sus palabras me daban la respuesta a través de mi imaginación.
«Es arameo», oí con aquella voz angelical en mi mente.
Pero sus labios no se habían movido. «¿Arameo?
», me dije a mí mismo. Atónito, me volví a girar a Joanne, quien asintió con un breve movimiento de su cabeza e inmediatamente volví a escuchar sus palabras en mi interior.
«Te reirías si supieras lo que significa.
No dejes que Edward vaya solo mientras te habla.
No soporta eso. Te quiero». Y entramos todos en la sala.
Yo, sin dejar de pensar en el hecho de que Joanne me había hablado telepáticamente. ¿Qué más pasaría ahora?
Tras unos pocos metros de pasillo iluminado casi exclusivamente por unas luces azuladas en el suelo, al más puro estilo nave espacial, llegamos a una especie de sala de gestión con mucho personal, ordenadores, pantallas enormes...
En una zona elevada se encontraba lo que supuse el área de control, orientada a las grandes pantallas que cubrían casi toda la pared de enfrente.
Me recordó por un momento a una mezcla entre «Star Trek» y una torre de control aeroportuaria.
Y a Joanne se le escapó una risa tonta. Exactamente igual a las que me tenía acostumbrado cuando se me escapaba algún comentario absurdo.
Ya no tenía duda alguna. Ella era capaz no sólo de hablarme telepáticamente, sino de leer mis pensamientos.
En un gran esfuerzo por no dejarme vencer por el miedo, seguí escuchando a Edward.
Sólo así podría obviar otros temas que me preocupaban, y mucho. Cada vez más.
–Bien. Esto que ves es, como podrás intuir, una sala donde controlamos todo lo que hacemos.
A nivel mundial. Digamos que es una especie de centro logístico.
Desde aquí se toman las decisiones y controlan tanto a nuestro personal como al personal digamos…
no deseado. La más alta tecnología reside en esta sala, Xavier.
Tenemos tecnología, instrumentos y aparatos que ni con cien años de imaginación podrías llegar a construir en tu mente.
¿Te dije que tenemos a los mejores? –Y su rostro esbozó una sonrisa de satisfacción y orgullo que llenó la sala.
Todos los presentes parecieron recibir la onda expansiva de la pregunta de Edward, y mostraron también su cara de satisfacción, sin dejar de trabajar en lo que estuvieran haciendo.
Subimos a la posición del capitán Kirk y desde ahí entramos a un despacho, cerrándose la puerta tras nosotros y dejando que el silencio invadiera la sala por unos segundos.
Mientras Edward abría una especie de frigorífico de donde se sirvió de nuevo aquél vino espeso, Joanne se sentaba en una de las butacas y yo me quedé absorto, intentando descifrar qué estaría haciendo toda aquella gente.
Habría unas cincuenta personas trabajando a la vez, en el más absoluto mutismo.
–Bueno, Edward. Creo que Joanne ya te ha demostrado parte de sus dotes.
Supongo que estarás confuso y sorprendido a la vez.
Te adelanto que es una pequeña parte de sus posibilidades.
La que más desarrollada tiene quizás es un talento innato, diferente a todos los que otros puedan o podamos tener.
Tú también tienes el tuyo, aunque aún está dormido, todavía no salió a flote.
No temas, estás en el sitio adecuado para poder conocer y exprimir todas tus dotes.
Nosotros te ayudaremos a ello. Será muy interesante verlo en alguien como tú.
Desde luego Edward tenía razón. Sorprendido estaba, y mucho, por Joanne.
Desconocía esa faceta suya, aunque ahora ciertas piezas del puzle iban encajando.
Aunque no las que yo quisiera. Ahora entendí, al instante, por qué jamás discutíamos.
Ella ya sabía de antemano mis intenciones y pensamientos, pero dejé para más tarde todas las hipótesis y teorías relacionadas con nuestra vida personal, si es que eso realmente no había sido preparado de antemano.
Ahora dudaba ya de que el encuentro con Joanne en Florencia hubiera sido fortuito.
De hecho tenía la certeza de que no fue la casualidad quien nos encontró, sino un plan bien estudiado.
Intenté no mirar a Joanne, para no mostrarle mi parte dolida, como pareja, sobre los hechos.
De inmediato sentí un profundo pesar por haber pensado eso, y de nuevo sus palabras retumbaron en mi mente: «Al principio fue así, amor.
Pero tú sabes que yo te quiero. Ya hablaremos sobre eso».
Era como si pudiera sentir su vergüenza por sus actos y pena porque me había sentado tan mal.
Como si pudiera sentir sus sentimientos de amor real y verdadero.
Y, como un tonto, me dejé llevar de nuevo y olvidé, centrándome en Edward.
–Lo que quiero mostrarte, Xavier –prosiguió Edward–, es un aparato que ni siquiera se han atrevido a imaginar para ninguna película de ciencia ficción. Está más que probado, por lo que no tienes nada que temer, no vas a ser ningún conejillo de indias, en el caso de que decidas seguir adelante.
La intriga se incrementaba cada vez más y más. El miedo era importante, pero no dejaba de ser un mero espectador más de aquel circo impresionante. Yo quería más, quería saber más. Necesitaba saber más, ver más.
Edward me mostró en la enorme pantalla digital de la pared de su despacho un vídeo sobre dicho aparato.
Mientras tanto, fue explicando su funcionamiento de una manera bastante concisa, pero sin tecnicismos que no entendería, pues intrínsecamente a la máquina existían conceptos que teóricamente estaban todavía por descubrir.
–Mira. Nosotros, básicamente, tenemos a través de Joanne y sus intuiciones, conocimiento de tus posibilidades.
De, como te comentaba antes, tus dotes. Pero incluso si fueras una persona normal y corriente, como cualquier hijo de vecino –«Y yo que me consideraba uno del montón», pensé para mis adentros, sin poder evitar una nueva sonrisa de Joanne–, esta tecnología podría hacer de ti casi un superhombre.
El concepto es básicamente estimular. Estimulación de una serie de puntos concretos de tu cerebro para que puedas aprovechar al máximo su capacidad.
Tras varios años, décadas enteras de investigación, hemos llegado a la conclusión –y puesto en práctica con notable éxito– de que no sólo podemos incrementar la capacidad intelectual del individuo mediante estos estímulos, sino que el cuerpo en sí también reacciona. Físicamente, me refiero.
Creo que en ese preciso momento fue cuando mi boca se abrió y comencé a gesticular una expresión mezcla de incredulidad y fascinación.
La teoría era, o parecía, factible. Sonaba hasta bien.
Pero una pequeña parte de mi ser no dejaba de recordarme que podía doler, que podía fallar, no paraban de llegarme mensajes subliminales de pánico y respeto hacia lo desconocido.
Y Edward era un desconocido. Él se percató de mi reacción y enseguida se puso a rebatir mis pensamientos negativos.
–Entiendo que tengas muchas dudas, y para eso te he preparado un documento en el que te garantizo que todo lo que veas es cierto y sucedió en esta misma finca.
Tenemos el equipo médico necesario para casos de emergencia.
Y puedo decir con orgullo que de los más de mil hombres y mujeres que han pasado por este programa, en ninguna ocasión ha sido necesaria la asistencia de ninguno de estos médicos. Ni una sola vez.
Mi cerebro recibía tal cantidad de adrenalina que no podía más.
Tuve un pensamiento impulsivo. Lo haría.
Ya no podía perder más en esta vida. Realmente no tenía a nadie.
Ni familia, ni amigos… sólo a Joanne. Además, tenía la extraña sensación de que, en caso de negarme, las cosas podían ponerse realmente feas.
Si habían confiado en mí tal cantidad de información confidencial, ¿cómo iban a dejarme ir sin más?
–Me alegro de tu decisión, Xavier –dijo Edward–. Ven. Te mostraré más detalles sorprendentes que te van a encantar.
Con un movimiento rapidísimo de su mano sobre un panel de la mesa, se abrió una puerta camuflada tras su sillón. Era la puerta a mi nueva vida.