CAPÍTULO 2
Antes de que fuéramos capaces de dirigir nuestra mano hacia el timbre, se abrió la puerta principal. Tras ella, nos recibía lo que intuí como un mayordomo, aunque no iba con el típico esmoquin de criado. En su defecto llevaba un traje de muy bonito talle – italiano quizás–, y nos invitó a pasar.
En efecto, nos estaban esperando. Pero lo que más me llamó la atención es que se dirigiera a Joanne como si ya se conocieran de hacía tiempo.
De hecho, lo que más me sorprendió en realidad es que se besaran en las mejillas.
Joanne era una mujer muy poco afectuosa, o así me lo había demostrado hasta la fecha.
Apenas besaba a los amigos, siempre extendía la mano a todos ellos, indistintamente del sexo y nivel de amistad o confianza.
Aquí, sin embargo, era distinto. Me dio la impresión como si estuviera en familia, aunque jamás me había hablado de ese lugar, ni de que tuviera familia.
Siempre pensé que era un tema del que no quería hablar, y jamás osé sacarlo.
–Joanne, me alegro de verte de nuevo. Pasa, Edward os está esperando en la sala de juntas. Habéis llegado antes de lo previsto. ¿Queréis tomar algo? –Comentó el sujeto, mientras nos acompañaba por un gran pasillo, recogiendo nuestros abrigos.
–Yo también me alegro de verte, James. Hacía mucho que no pasaba por aquí, demasiado. Iremos directamente a ver a Edward si no te importa. James, te presento a Xavier. Xavier, James.
–Encantado, Xavier, hemos oído hablar de ti. Un placer poderte saludar en persona –dijo James dirigiéndose a mí y extendiendo la mano. Su saludo fue un inesperado apretón de manos lleno de fuerza, demasiada, como si quisiera demostrarme su poder.
–Igualmente, James. Aunque lamento no poder decir lo mismo de ti. Joanne ha sido una persona muy recatada con ciertos temas para conmigo. Preciosa finca, por cierto –respondí en un tono curioso, pero a la vez educado y con cierto respeto, mientras notaba resentida mi mano del saludo recibido.
James era un personaje que imponía. De hecho, cualquier persona que pase de metro noventa me impone.
Es cuestión de físico. Desde mi escaso metro setenta y cinco, esos centímetros de más hacen que te sientas más indefenso ante tal envergadura, ya que este individuo, además, se notaba que era carne de gimnasios.
Tenía unas espaldas que a mí me costaría trabajo abarcar con ambos brazos.
Ponedle una camiseta negra, americana negra y un pinganillo en la oreja y tendríamos al típico portero de discoteca.
Pero no, James ostentaba una educación ejemplar, además de una piel pálida, lejos de las torturadas por los rayos UVA de los matones de las salas de fiestas.
La casa por dentro era enorme. Me sentí por un instante dando un paseo por un museo, con infinidad de detalles artísticos de mucho valor –o eso me parecía a mí, claro–.
Cuadros antiguos, tapices, escudos y armaduras.
Supongo que lo típico de la zona en un estilo de casa que no era de mi gusto en particular.
Joanne iba caminando tras de nosotros, observándome.
Tenía una cierta preocupación en la cara, que mutaba a su típica sonrisa cuando se daba cuenta de que la estaba mirando.
En todo el recorrido desde la entrada hasta la sala de juntas no abrió la boca.
James iba haciendo comentarios sobre las distintas piezas de arte que íbamos dejando atrás.
Algunas pertenecían incluso a épocas de antes de Cristo, adquiridas en gran mayoría a reconocidos museos.
Muy interesante, una lástima que obviamente no estuviésemos allí para hacer una visita turística.
Las puertas de la sala de juntas se abrieron con una extrema ligereza en manos de James, a pesar de su grosor y más de tres metros de altura.
Dos hojas de madera tallada con suma exquisitez se abrían ante nuestros ojos para mostrarnos una sala enorme, con una gran mesa central rodeada de butacones.
Más cuadros y figuras adornaban las paredes, aquí de madera, y al frente nos daba la bienvenida una cristalera enorme, con vistas al jardín trasero.
Al final de la mesa había una bandeja de plata con una botella de cristal conteniendo un líquido rojizo, a medio acabar.
Extraño recipiente para un vino –pensé–, yo lo habría puesto en un decantador.
Una de las butacas aparecía de espaldas a la mesa, enfocada a la cristalera.
–¡Ah! Mi querida Joanne –dijo una voz desde la butaca.
El eco de la sala hizo que mi piel se estremeciera, como si el mismísimo diablo fuera quien había mencionado esas palabras.
–Edward… He venido con Xavier, como te dije.
Todavía no está al corriente. Supuse que preferirías hablar tú con él, directamente –dijo Joanne al misterioso ocupante de la butaca.
Este ni se inmutó al comentario y, de repente, sin dar tiempo a mis ojos a ver el cambio, estaba de cara a nosotros, todavía sentado.
Su rostro expresaba una profunda mirada y macabra sonrisa, mezcla de placer y perversión.
No obstante, su voz era suave, acolchada, dulce.
Y si uno no mirara a su cara sería incapaz de asociar la voz con el personaje.
Sin mencionar palabra alguna se levantó y se dirigió hacia mí.
La mirada penetrante, entornando ligeramente los ojos como si estuviera observando minuciosamente mi reacción.
Yo estaba entrando en taquicardia, con un pánico en el cuerpo incapaz de controlar.
Tragué saliva y me mentalicé para no causar ninguna escena. Necesitaba controlar mi adrenalina.
Aquel hombre me causaba incomodidad. No tenía motivos para temerle.
No soy de esas personas que se asustan con facilidad.
No, yo era bajito, pero con mucha valentía, incluso osadía, diría yo ante situaciones adversas.
Pero él era diferente. Apenas era cinco centímetros más alto que yo. Pero imponía. Vaya que si imponía.
–Xavier. Un placer conocerte, por fin. Joanne me ha hablado tanto de ti.
Ella tiene mucha fe en ti. No sabes cuánta.
Entiendo que estarás muy confuso, pero espero poder responder a todas tus inquietudes en breve.
Sin embargo, antes de nada, disfrutemos un poco del tiempo que hace hoy.
Es inusual tener esta combinación de sol y escasez de viento por la zona, además de que a estas horas debería estar anocheciendo ya y mira…
Todavía podemos dar un paseo por el jardín sin necesidad de luz artificial.
El cambio climático es un hecho, amigo Xavier, un hecho irremediable –acabó la frase mostrando con una mano los ventanales y una perfecta puesta de sol que comenzaba en ese preciso instante.
Yo no sabía qué contestar. Así que ofrecí mi mano como saludo, a lo que Edward me dio una suave y calurosa palmada en la espalda, obligándome con el gesto a acompañarle hacia una de las salidas al jardín, empujándome casi a la fuerza a ello.
–El gusto es mío, Sr… eh… Edward –contesté, dejándome llevar por la situación.
Aquella persona tenía toda la pinta de ser el máximo responsable de la casa, familia, o lo que fuera aquello.
Era como estar en presencia de un «Don» de la mafia italiana.
El respeto hacia él era algo indiscutible.
Joanne tenía la expresión que se tiene al estar frente a un padre admirado.
Escuchando atentamente, pero con una mirada de cariño especial, de adoración incluso.
Se notaba que Edward significaba mucho para ella, que era alguien importante.
Y no podía decepcionarla, no a Joanne, que tanto me había dado hasta entonces.
Ella lo era todo para mí en ese momento, no tenía a nadie más.
Debía calmar mi sed de respuestas, mi nerviosismo, y comportarme educadamente, aunque mi cabeza estaba a punto de estallar. Necesitaba saber qué estaba sucediendo.
–Contestando a tus inquietudes, te explicaré por qué estás aquí, Xavier.
Es algo que Joanne debería haberte comentado de camino, aunque entiendo que, dada la hora a la que habéis llegado, no ha tenido tiempo de hacer.
O habrá pensado que tú no estabas en la mejor situación para entenderlo.
A esta chiquilla le gusta tanto la velocidad…
–Y esbozó una sonrisa mientras de reojo miraba a Joanne, que respondió con una pícara mirada, entreabriendo los labios y dejándome contemplar parcialmente su perfecta dentadura.
Por un momento tuve la extraña sensación que estaban leyendo mi mente.
Que aquella persona tenía algún tipo de influencia sobre mí, pues me era imposible cerrarme en pensamientos y decidí explotar.
Abrirme educadamente, pero lanzar todas las preguntas que tenía bombardeándome la cabeza desde que Joanne me hizo entrar en el «Aston Martin».
–Ciertamente, Sr. Edward… Hay muchas preguntas que se me han pasado por la cabeza, cosas que deberían explicarme, que no…
–Edward, Xavier, llámame Edward, por favor –me interrumpió, haciéndome un gesto con su mano como para que prosiguiera sin dilación. Aquel personaje hubiera hecho pequeño el papel de Marlon Brando en «El Padrino», vaya que sí.
–El caso es que no entiendo nada de lo que está pasando, y creo que, con todos mis respetos, se me debe una explicación.
Confío plenamente en Joanne y sé que ella no me metería en ningún lío, pero desde que subí al asiento de ese coche que mi cerebro no deja de enviarme señales de alerta, aunque por otro lado tengo una extraña sensación de confianza que no logro entender, y espero que puedan explicarme.
–Desde luego, Xavier. Mira, para comenzar, debes saber que no hay por qué preocuparse de tu trabajo. Ellos saben ya que vas a faltar unos días, digamos que… indefinidos. No hay problema. De hecho, es una empresa que depende directamente de nuestra organización.
Mi trabajo, claro, con todo ese jaleo ni me acordaba ya de mi empleo. Y el hecho que me mencionara eso me puso más en defensiva. Ahora sí que no entendía nada, menos todavía que antes de entrar por la puerta.
–Verás –prosiguió–, lo que te voy a contar a continuación merece tu máxima concentración y es algo completamente confidencial.
De tan alto secreto, de hecho, que tu propia vida depende de que sepas guardar silencio sobre todo tipo de información que recibas a partir de este mismo instante, incluyendo la localización de esta casa.
En ese preciso momento tragué saliva de nuevo.
Supe que mi vida iba a cambiar, radicalmente.
No tenía ningún tipo de duda al respecto.
Tomé una bocanada de aire fresco y esperé a que Edward prosiguiera.
Impaciente por conocer detalles, pero inmerso en un miedo irremediable a lo desconocido.
Miré al horizonte y el Sol comenzaba a dejar paso a la Luna, que hoy estaba increíblemente cerca, casi parecía poderse tocar con la mano.
Una voz interior me dijo que aprovechara ese instante de belleza, esos segundos de silencio para disfrutar de la naturaleza como la conocía.