CAPÍTULO 1 #3
La puerta de entrada a la finca era una gran verja metálica, de unos tres metros y medio de altura, que rompía la monotonía de un gran muro antiguo de piedra, cubierto parcialmente por musgo y vegetación.
El muro era todavía más alto que la verja, y rodeaba la totalidad del terreno alrededor de la casa.
Tras el muro, un ejército de cipreses cuidaba de que la altura mínima a superar nunca fuera menos de cinco metros.
Toda una fortaleza. La puerta estaba cubierta con planchas de acero, por lo que era imposible vislumbrar qué se escondía tras ella, y unas cámaras de seguridad vigilaban la entrada y otros puntos del perímetro.
Joanne buscó con su mano izquierda por delante de la palanca del cambio de marchas del Aston Martin y apretó el botón de un mando a distancia.
Inmediatamente se escuchó un ‘clank’, que enmudeció al ronroneo del coche, rompiendo el silencio.
Mientras se abría la verja lentamente para dejarnos pasar, observé cómo una de las cámaras seguía al coche mientras entrábamos. No estaríamos solos dentro.
La casa era de película, o incluso mejor.
Jamás había visto nada parecido. Una extensión enorme separaba la verja en la carretera de la entrada principal del palacete.
A ambos lados del camino perfectamente pavimentado e iluminado, asomaban sendos bosques en miniatura.
Todos los árboles estaban perfectamente cuidados y simétricamente dispuestos.
En el lateral izquierdo de la casa había una gran extensión verde, donde reposaba un helicóptero.
Había nivel, mucho nivel, en esa familia.
La mansión recibía al visitante con un estanque redondo que formaba una glorieta.
En el centro del estanque se erigían dos estatuas.
Una masculina y otra femenina. Ambas deslumbraban por su poder sobre quien las observaba, aun siendo de piedra.
Una piedra blanca, pulida y perfecta. Impresionaban.
Tras unos segundos observándolas descifré su identidad, eran Hades, dios griego de los muertos, de lo obscuro, y Perséfone, su reina.
Zeus, Poseidón y Hades –hijos de Cronos–se repartieron el Universo tras derrotar a su padre, y a Hades le fue entregado el reino de lo subterráneo.
Él raptó a Perséfone de la superficie y la coronó como su reina.
Curiosa estatua para dar la bienvenida a un hogar.
En la superficie del agua distraían la mirada unos nenúfares de varios colores, acompañando a diversas especies de peces.
Frente al estanque, dos escaleras abrazaban la glorieta, dando acceso mediante sus majestuosos y amplios escalones de piedra a la entrada principal de la casa.
En su lado derecho había una zona habilitada para garaje, parcialmente cubierta.
En él reposaban un «Bentley Continental» y un «Lamborghini Murciélago LP640».
Más allá, dos «Mercedes–Benz clase S» y un «Maybach 62» completaban el parque automovilístico.
Al menos el visible. Sería coincidencia, pero todos ellos eran de color negro.
Un negro perfecto, brillante y seductor.
Joanne aparcó al lado del «Lambo». Dejó las llaves puestas y me animó a salir del coche.
Antes de dirigirnos a la casa, se paró frente a mí, mirándome como sólo ella sabía hacerlo, embaucándome al instante.
Me colocó bien la corbata, como si estuviéramos a punto de hacernos la foto con los novios en una boda.
Se puso ligeramente de puntillas y me besó.
Sus labios estaban más fríos hoy, o eso me pareció.
Jamás me había parado a pensar eso, aunque el sabor era el mismo de siempre.
Un dulzor picante que poco a poco iba subiendo de intensidad y creaba más y más adicción, a medida que seguía prolongándose la fusión labial.
No obstante, esta vez fue un contacto extremadamente corto para mi gusto.
Me dio la sensación que ella me mandaba un mensaje: «Ahora no, amor.
Nos están observando». Aunque sus labios no emitieron sonido alguno.
Pero su dulce voz sí invadió mi cabeza con aquel comentario, e inmediatamente mi subconsciente derivó la mirada hacia los ventanales de la fachada principal.
Unas cortinas se movieron, cerrándose, confirmando las sospechas.
El silencio reinaba antes de que lo perturbáramos con nuestros pasos sobre el pavimento empedrado que guiaba del garaje a la puerta principal.
Cuando llegamos al primer escalón un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Fue una sensación totalmente fuera de lugar, pues sentí verdadero miedo, pavor, aunque aparentemente no tenía motivos para ello.
Joanne no me había dicho nada todavía y me pidió confianza apretándome ligeramente las manos. Y no podía fallarla. No quería fallarla. Ella se giró y me miró a los ojos, como si supiera qué me había sucedido y, sin mencionar palabra, su rostro se convirtió en un calmante para mis inquietudes.
Inmediatamente me sentí como nunca, una invasión de tranquilidad tomó mi cuerpo y la seguí ciegamente. La hubiera seguido aun sabiendo que me esperaba la más cruel de las muertes. Esa mirada, esa sensación, valía todo aquello y más, mucho más.