Nueva Vida CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Comenzamos a hablar, y la conversación –que trató de diversos temas, desde la segunda guerra mundial hasta el parchís, pasando por historias pasadas, amores y desamores– duró hasta la madrugada.

Debí quedarme dormido durante algún tramo de esta, pues fue un intenso rayo de luz quien me devolvió a la vida, ya al día siguiente.

Estaba medio doblado en el sofá, ligeramente tapado por una manta.

Justo acababa de situarse el sol en su posición más vertical cuando me estiré cual galgo antes de comenzar la cacería, intentando recordar lo sucedido mientras observaba mi alrededor.

Ella me seguía observando desde el sillón. Como si no se hubiera movido en toda la noche, vigilándome, velando por mí. Y desde entonces tengo esa sensación. Que ella es mi ángel de la guarda. Mi protección divina.

Ahora vivimos en Londres en un pequeño apartamento muy cerca de «Covent Garden».

Todo, desde aquel día en Florencia, hace poco más de dos meses, ha sucedido extremadamente rápido y aún más sorprendente e increíblemente exitoso.

Además de la perfecta relación de pareja con Joanne, mi trabajo en Londres fue fruto de una inesperada llamada de una prestigiosa consultora internacional.

Me ofrecieron un más que sustancioso empleo pagándome una verdadera fortuna, que jamás habría imaginado, y se añadió la casualidad de que Joanne tenía familia allí y un apartamento de su anterior época en la ciudad.

Ella, además, disponía de un gran taller en un típico mew.

Un callejón silencioso, apartado y hasta se podía calificar de lúgubre, muy cerca de donde vivíamos.

Su gran pasión era la pintura, cosa que no se le daba nada mal, aunque su verdadera virtud era la restauración, tanto de frescos como de esculturas.

Recibía muchos encargos del «British Museum», de hecho.

Sus manos parecían heredadas de aquellos artistas de siglos atrás, como si el propio Miguel Ángel hubiera cedido todo su “savoir–faire” a aquella increíble criatura.

Nos encontramos en la puerta de la consultoría, en plena city a las tres y media de la tarde.

El día era soleado –raro, aunque últimamente bastante habitual en Londres–, por lo que fue todavía más fácil ver a Joanne esperándome.

De repente me di cuenta de que estaba apoyada en un flamante Aston Martin negro, de matrícula nueva. Se había sentado en el capó.

–¿Qué haces ahí encima? Como te vea el dueño te va a decir algo… –Le comenté mientras le regalaba un beso como saludo.

–Anda, sube –dijo ella mientras el coche iluminó sus luces de intermitencia. La alarma había sido desactivada y las puertas estaban desbloqueadas–. Te explico por el camino.

Ante mi perplejidad, Joanne subió al coche y en un instante el motor rugió como si estuviera poseído por el mismísimo demonio. Ella se abalanzó sobre el asiento del copiloto y, tras bajar la ventanilla unos centímetros, me preguntó:

–¿Vienes o qué? No tenemos todo el día.

Sin todavía dar crédito a mis ojos, subí al coche y, acto seguido, salimos dejando atrás una estela de humo, el eco de un chirriar de neumáticos y varios yuppies estupefactos ante la situación.

CAPÍTULO 1

Joanne comenzó a conducir como una salvaje entre el tráfico londinense, como si alguien nos estuviera persiguiendo. Por un momento recordé una película, «Ronin», con unas persecuciones en las calles de París que, según contaba la leyenda, no eran preparadas sino reales.

–Como sigas conduciendo así nos vamos a matar. ¿A qué viene esta prisa?

–Ahora no hay tiempo de explicaciones. ¿Crees en mí, amor?

–Sí, eh…. Claro.

–Pues entonces intenta relajarte y luego te lo explico.

Llegamos tarde.

Mi cerebro bombardeaba sin parar preguntas sin respuesta.

Mi mente traía pensamientos extraños, intentando encontrar un porqué a esta situación de huida, de tanta prisa sin motivo aparente.

Nada, absolutamente nada podía convencerme de que estábamos completamente a salvo.

Aquella situación no era normal. La tensión era tan palpable que apenas había aire para respirar.

Inmediatamente pensé en el trabajo. Tenía la extraña sensación de que mañana no estaríamos en Londres, y debía avisarles.

Me giré a Joanne con la intención de contarle mi preocupación más reciente pero decidí esperar.

Más preguntas llegaban a mi cerebro sin cesar y, lo que es peor, les acompañaban situaciones absurdas.

Joanne, aun conduciendo como una loca, tenía tiempo para mirarme de reojo y sonreír, como si no estuviera pasando nada.

Como si estuviera en la más absoluta tranquilidad.

Como si estuviéramos dando un paseo la mañana de cualquier domingo.

Yo, en su lugar, no podría hacer otra cosa que estar en una tensión total.

Estaba completamente seguro de que habría tenido un accidente a los pocos metros de comenzar a rodar a tal velocidad.

No tenía la experiencia suficiente como para soportar con aquel temple la situación y desconocía –hasta ese preciso instante– que ella sí la tuviera.

Era como si a mi lado tuviera a un piloto profesional de rallies trabajando, concentrado, haciendo contra volantes con asombrosa facilidad, cruzando el coche en las curvas cerradas con el freno de mano para no perder ni un ápice de efectividad y salir catapultados hacia el siguiente giro.

Asombroso e increíble. Y yo lo estaba viviendo. En ese mismo instante.

Pasamos por delante de varios agentes de tráfico, policías motorizados y varios coches patrulla durante todo el recorrido urbano, que en vez de hacer cualquier intento de seguimiento con las sirenas puestas al más puro estilo de cine americano de acción para poner fin a nuestra huida sin sentido, parecieron quedarse mudos, como si no creyeran lo que estaban viendo.

Realmente era increíble lo rápido que podía ir ese coche, incluso por ciudad, en unas buenas manos.

Lo había decidido allí mismo, en ese mismo instante.

Cuando fuera capaz de volver a mi estado ‘normal’ tomaría clases de conducción deportiva.

Nunca es tarde ni mal sitio para encontrar una nueva afición.

Joanne siempre prefería ir a los sitios caminando o en bicicleta.

El transporte público no le gustaba, de hecho, la angustiaba, decía.

Yo estaba convencido de que ambos sufríamos algún tipo de trastorno mental que hacía que odiáramos a las multitudes o que, como mínimo, nos sintiéramos incómodos entre masas de gente.

Y Londres no era la mejor ciudad para vivir, en ese aspecto.

Menos donde vivíamos, en una zona tan turística como «Covent Garden».

Los sábados, especialmente cuando se monta el mercadillo de artesanía bajo el techo del mercado, es virtualmente imposible caminar sin recibir o dar algún esporádico empujón.

No obstante, quizás sea uno de los pocos lugares en la ciudad donde no me importaba sentirme entre multitud.

Conseguía concentrarme en el mercadillo, en las raras piezas que los artistas traían consigo a veces.

Tras unas semanas yendo cada día, había hecho una cierta amistad con varios de ellos, que en cada ocasión me mostraban sus nuevas adquisiciones u obras recién terminadas.

Sabían que a mí me gustaban, que eran mi debilidad.

De hecho tenía en casa multitud de ellas que compraba compulsivamente.

Me gustaba el arte y, en cierto modo, envidiaba su capacidad para crear.

Algo de lo que yo definitivamente carecía.

Portobello era otra historia, más conocido internacionalmente –quizás demasiado para mi gusto–, estaba todavía más masificado.

Y aunque había algunos puestos del mercadillo a los que visitaba con frecuencia –no tanta como los de «Covent Garden»–, cada vez eran menos los viajes que realizaba allí. Demasiada gente.

Sin apenas darme cuenta pasábamos por «Elephant’s Castle», dirección suroeste.

Para ser la hora que era, apenas había tráfico y en pocos minutos enlazamos con la M4 y nos dirigimos hacia Brighton.

Cuando vi esa dirección esbocé una sonrisa.

Por un momento pensé en una romántica escapada para cenar con vistas al mar.

Conocía un par de locales encantadores que, si el viento lo permitía (Brighton suele ser una ciudad con unas rachas de viento tremendas), son perfectos para una velada especial.

Unas millas antes de llegar a Brighton, Joanne tomó un desvío y se desvanecieron mis estúpidas presunciones de romanticismo. ¿Qué me había hecho pensar algo tan ilógico yendo en el Aston a la velocidad de la luz?

Hasta ese momento, ninguno de los dos osó mencionar palabra, sólo algunas miradas se cruzaron en el viaje.

Ella parecía muy concentrada, como si estuviera tramando algo, o comprobando que no quedaba ningún cabo suelto, en lo que fuera que estaba metida.

Yo, por mi parte, intenté disfrutar –dentro de lo posible– del viaje relámpago, mirando de vez en cuando el cuentakilómetros del coche, cercano a las ciento ochenta millas por hora en más de una ocasión.

Tras tomar una carretera de tercera categoría entre unos prados verdes y solitarios, el ritmo se ralentizó, aunque relativamente.

Pasaron unos veinte minutos más de trayecto y llegamos a la puerta de una finca a través de un estrecho sendero medio asfaltado entre árboles, lo justo para un coche.

Difícil de adivinar si no lo conoces, pues la entrada al camino no estaba asfaltada y se camuflaba perfectamente entre la vegetación desde la carretera de acceso.