Nueva Vida
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CAPÍTULO 1
PRÓLOGO
Me llamo Xavier Andrews y soy miembro ejecutivo de «John McArthur que si se había planteado más la situación y prefería dejarlo un tiempo (siempre hay un pequeño lugar para los malos pensamientos, incluso cuando se está eufórico después de recibir la llamada de una persona tan querida y especial).
Otro pensamiento –el que más fuerza tenía a medida que me lo iba imaginando– fue que me invitaría a pasar un fin de semana de aventura, comenzando esa misma tarde.
A ambos nos gustaba la improvisación y así lo habíamos demostrado hacía bien poco, tomando un avión con lo puesto tras una larga noche de fiesta y pasando un día entero en París, la ciudad del amor, paseando juntos de la mano y besándonos apasionadamente, sin importarnos ni dónde ni cuándo, ni quién miraba o dejaba de mirar.
Esas y muchas más opciones fueron paseando por mi cabeza, hasta que me di cuenta que no estaba avanzando en el trabajo, y me centré un poco. «Al menos durante un par de horas» me obligué.
Joanne era una persona muy especial. Había conocido a un sinfín de chicas hasta la fecha, pero nadie como ella.
Quizás fue por la época y el momento en que nos conocimos, también muy distante de cualquier situación de «chico conoce chica».
Yo me encontraba en una época de la vida muy triste, realmente estaba en un momento de bajón total, hasta el punto de que si seguía vivo hoy en día era gracias a Joanne.
Fue ella quien me encontró al filo de la baranda de piedra de aquel viejo puente sobre del río Arno, en Florencia.
Estaba borracho, llorando, intentando mantener el equilibrio y mirando abajo al negro y caudaloso río sin mencionar palabra.
De mi cara iban goteando lágrimas que se confundían con la intensa lluvia que caía.
Quizás por eso –y por ser altas horas de la madrugada– no había nadie a mi lado, quizás porque nadie deseaba estar en la calle con tanta agua cayendo con aquella furia inusual.
Fue un instante en el que, al mismo tiempo que hacía por saltar, un susurro me llegó a los oídos.
Claro e intenso incluso a través del estruendo que hacía la lluvia al caer sobre los adoquines del puente.
Suave y delicado cual ángel cantando deliberadamente junto a mi cabeza, un simple «Hola. ¿Estás bien?» me detuvo al instante.
Y allí estaba ella. Joanne, mi Joanne. Tan empapada como yo, con su larga cabellera azabache mojada y pegada a la cabeza y hombros, escondiendo unos tirabuzones perfectos.
Allí estaba aquella criatura angelical que, en vez de alarmarse y gritar como hubiera hecho cualquier mujer, intentaba entablar una conversación conmigo.
¿Con quién si no? No había nadie más por la calle. No aquella noche.
Fueron unos momentos de incertidumbre que ella aprovechó para, sin mencionar palabra, ayudarme a bajar de lo alto de la barandilla del puente, sentándonos ambos en la estrecha acera, con una tímida farola como compañía.
–Soy Joanne. ¿Eres de por aquí?
–Er… no –susurré, comido por la vergüenza y sin levantar la cabeza. Mantuve la mirada fija en mis zapatos y los adoquines.
–Creo que no nos conocemos. Llevo aquí un tiempo y estoy casi segura de que no te había visto antes. No obstante, tengo la sensación de que tu cara es familiar. Como si nos hubiéramos cruzado anteriormente… ¿En otra vida quizás? –Dijo mientras sonreía.
Y supe que sonreía, porque no pude evitar mirarla.
Bajo aquella oscura y húmeda noche y la penumbra que facilitaba la farola, me pareció ver unos ojos brillantes, llenos de vida y de un color miel intenso.
Era una mirada llena de inocencia. Jamás me habían mirado así.
Por un momento me cruzó el pensamiento de que esas miradas sólo existían en los libros, en los cuentos de hadas, o de ángeles.
Nadie podía tener una mirada tan profunda y tierna a la vez.
Y su voz. Su voz era como si el mundo se parara y nada más tuviera importancia que el escucharla.
Tenía un ligero toque enigmático, aunque desde luego totalmente cautivadora. La voz de una sirena, imaginé.
Sin que me diera cuenta Joanne se levantó y me tendió la mano, para ayudarme a hacer lo mismo.
En aquel momento no me paré a pensar en la poca temperatura de aquella pequeña y delicada mano; ahora, tras todo aquel tiempo, es cuando me viene a la memoria ese pequeño detalle.
Ella siempre estaba helada, como si estuviera enferma, pero era así.
Joanne tenía la piel suave como la seda. Perfecta y fría.
En apenas un abrir y cerrar de ojos estaba de pie.
Algo raro, pues estando borracho como creía estar, no se tienen esos reflejos, y ella no podía tener la fuerza suficiente para levantarme de aquella manera.
Fue un acto tan rápido que no tuve apenas tiempo de pensar más en ello, cuando Joanne me propuso:
–Vivo apenas a unos metros de aquí. ¿Qué te parece si entramos en casa y te pones ropa seca y limpia? Creo que tengo algo de café, te vendrá bien.
Fue imposible resistirse a su encanto y acepté.
Joanne vivía en un apartamento situado en un cuarto piso sin ascensor, a escasos cien metros del puente y con un gran ventanal con vistas a él.
«Quizás me vio por la ventana y vino a salvarme», pensé.
Mientras me desnudaba en el cuarto de baño la puerta se abrió tímidamente, entrando por la estrecha abertura una mano que me ofrecía ropa limpia y seca, como prometió minutos antes.
Una vez aseado, salí al salón y allí estaba ella.
De nuevo en penumbra, pues apenas había luz en la sala, proporcionada por una antigua lámpara de pie, tras el sofá, en una esquina.
Estaba esperándome en un sillón frente al sofá.
Una taza humeante nos separaba, en la mesita de centro.
Sólo una taza dispuesta en una bandeja de plata, delante del sillón.
Una vez acomodado en el amplio sofá, Joanne estaba justo enfrente, pero apenas podía verla.
Sólo distinguía su cara, pálida y tremendamente blanca, con un efecto casi albino, debido a las oscuras ropas que vestía, supuse.
Ella también se había cambiado de atuendo, y milagrosamente su pelo estaba totalmente seco.
No me había percatado de haber oído ningún secador, no mientras estaba en el baño.
De hecho, el silencio que reinaba en la casa era sepulcral, sólo roto por algún lejano sonido de tráfico, allá abajo, en la calle.