Nuestro secreto Capítulo 24
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Capítulo 24

Mientras curaban mis heridas no podía dejar de moverme. Los nervios eran más fuertes que mi paciencia. No dejaba de mirar la puerta esperando a una persona.

Al verle aparecer, aparté a la mujer de mi lado y me levanté de la camilla para lanzarme a sus brazos. Acariciar su cabello y sentir esa barba de unos días tocando mi mejilla, me erizó la piel.

Le habían soltado.

Era libre.

—Estás temblando, Violet. Tranquila, ya estoy aquí. Tranquila, mi amor.

Me moría por besarle, abrazarle…, pero su padre…

Me aparté de su fuerte pecho, con ternura, y miré sus azulados ojos. Entonces, comencé a llorar.

—Ha muerto…—era duro, muy duro. —Tu padre ha muerto. Victoria quería vengarse. Ha sido horrible… Lo siento mucho, cariño.

Por mucho que buscara sus labios, él apartó el rostro.

—Lo sé… ya me han comunicado su muerte. Tranquila, me encuentro bien.

Aparentaba normalidad, pero sus ojos reflejaban un dolor desconocido para mí.

Yo también había perdido a un padre. Y revivir ese momento era terrible.

Recordé cómo unos hombres con uniforme blanco arrastraban una camilla con un cuerpo tumbado bajo la sábana.

Mamá no dejaba de llorar. Brent golpeaba a esos extraños que le pedían que se calmara.

Fueron otras voces desconocidas las que me confirmaron que quien estaba tumbado, era mi padre.

—Quiero irme de aquí —le pedí.

La enfermera se levantó rápidamente.

—No se puede ir. Tiene que descansar.

Busqué el apoyo de Douglas, pero seguía perdido en sus pensamientos.

Las mejillas de él quedaron arropadas por mis pequeñas manos. Obligándole a que me mirara, le confesé algo que podría darle cierta fuerza.

—La devolví el golpe con todas mis fuerzas. Y después, la apuñalé.

—¿Está muerta?

Ambos nos quedamos callados…Un frío y oscuro silencio parecía haberse impuesto entre nosotros.

—Estamos aquí para despedir a nuestro hermano, que ha concluido el camino de su vida en este mundo. Juntos, rezaremos por él y afirmaremos la esperanza en la vida eterna que Dios, nuestro Señor, ofrece a todos sus hijos.

Un día de sol ayudó a despedir al señor Belcher. Los compañeros, amigos y algunos familiares lejanos, estaban arropándonos. Doug, en ningún momento soltó mi mano. Seguía mirando esa madera maciza en la que se encontraba su padre.

Detrás de esas gafas de sol, sus lágrimas quedaron protegidas de cualquier mirada curiosa.

—Descanse en paz, Jeffrey Belcher.

—Descanse en paz —repetimos todos.

Uno por uno nos acercamos para lanzar una rosa sobre su tumba. Cuando su hijo lanzó la suya, no me esperó. Tuve que ir detrás de él para preguntarle cómo se encontraba. Nos alejamos de los demás, refugiándonos de los rayos de sol bajo un enorme árbol.

—¿Quieres volver a casa?

—Tenemos que hablar, Violet.

Tragué saliva.

—¿Ahora? —pregunté.

—Sé que no es el momento ni el lugar indicado —se quitó las gafas de sol. Acarició mi mejilla y después la besó con sus cálidos labios—. He tomado una decisión.

—¿Qué decisión? Es una decisión unilateral por lo que veo…

Pensaba que, después de todo el sufrimiento, él se daría cuenta

de que lo mejor era huir de Lynchburg.

—Quiero ser un buen hijo.

—Siempre has sido un buen hijo.

—No es cierto.

¿Por qué discutir?

—Doug.

—Mi padre quería que trabajara junto a él en la comisaria. Y eso haré. Será mi homenaje. Me prepararé las oposiciones y aprobaré. Les daré a todos en las narices.

Estaba claro que era una buena decisión. No podía impedírselo.

—De acuerdo. Me quedaré contigo.

—No, no me has entendido —rozó su nariz contra la mía y me quitó el aliento—. Tú también tienes un sueño, Violet, y no pienso retenerte aquí cuando lo que más deseas es estar lejos.

—Pero, quiero estar a tu lado.

—Y yo. Pero implicaría ser egoísta, pequeña.

—Doug, te quiero.

—Yo también te quiero.

¿Estaba cortando conmigo?

—Eres joven. Preciosa —volvió a besarme. Aunque esa vez presionó su boca sobre la mía—. Querías estudiar, ¿recuerdas? Brent te ayudará. E incluso yo te enviaré algo de dinero…

—¡No!

—Por favor…

—Dime que me dejas, pero no te inventes cosas.

Me aparté de su lado y me moví entre las sombras con aquel traje negro.

Las lágrimas me salían a borbotones, pero él ni siquiera me miraba. Estábamos muy lejos el uno del otro.

Y harta, harta de todo y de todos, me arranqué la pulsera de la muñeca y se la tiré a la cara.