Capítulo 23
Una mano tocó mi herida.
Al abrir los ojos y encontrarme con esa persona, decidió que lo mejor era coger mi mano y arrastrarme por el suelo para alejarme de la ventana.
No podía creer a quién tenía delante de mí.
Avanzó por el comedor con dificultad, y me amordazó asegurándose de que en ningún momento gritara.
Me bloqueé al ver cómo su brazo se alzaba, justo en el momento en que sacaba un arma…
—¡Sorpresa! ¿Me esperabas, dulce Violet? —Se desabrochó el abrigo para deshacerse de todo el relleno que tenía en el interior, con la intención de parecer mucho más grande—. Estabas en lo cierto: Doug no es el asesino, soy yo.
Intenté gritarle, decirle lo que sentía… Pero estaba aterrada.
—Está bien, dejaré que hables.
—Has actuado muy bien —respondí con rabia.
—Gracias —tocó su cabello.
Pero, ¿cómo lo había conseguido?
Quería pensar con claridad, ver de qué modo podía escapar. Mientras tanto, trataba de alargar la conversación. No quería morir como el resto.
—¿Cómo has escapado?
—Fácil.
—Ni siquiera puedes caminar —me di cuenta que le dolía la pierna.
Podía golpearle bajo la rodilla, pero seguía mareada, y mi cuerpo no reaccionaba.
—Pobre Doug, está a punto de perder a su novia.
—Si me matas, saldrá la verdad a la luz.
Una risa me puso el vello de punta.
—Nadie culpará a una pobre mujer que fue atacada por su exnovio. A mí ya me han descartado —volvió a bofetearme con fuerza. No paró hasta que manché su camiseta blanca de sangre—. Ya piensan que padre e hijo están involucrados. Cuando acabe contigo, seguiré con mi vida.
—¿Qué vida? ¿Victoria? ¡Estás loca! Diana fue tu cómplice y murió. Todo a tu alrededor es muerte y odio.
Rozó con el martillo mi cráneo.
—Esa zorra solo fue un peón para mí. Ella me consiguió la sudadera y muchas otras coartadas.
Pensativa miró el techo.
—Estoy cansada de que todos los hombres me hagan daño.
Deben arder en el infierno. Todos me han tratado como a una puta.
Una puta que ni siquiera cobraba: era, simplemente, una moneda de cambio.
Incluso tu querido novio —alzó el dedo amenazándome; estaba segura de que en cualquier momento me golpearía.
¿Ese iba a ser mi final?—. Era consciente de que estaba enamora do de otra que no era yo.
Pero… ¿que también llegara a follarse a Diana?
No lo soporté. Estaba cansada. Quería verle sufrir como sufrí yo.
El problema fue que el cobarde huyó junto a tu hermanito.
¡Pedazo de gilipollas que no se dio cuenta nunca de nada!
Conseguí alzar un poco mi cuerpo, aunque Victoria se dio cuenta y rápidamente tomó represalias. Solté un grito de dolor. El martillo impactó en mi mano, destrozándome los dedos.
—Quieta ahí. No te muevas.
Durante unos segundos lo único que balbuceé fueron tonterías. Cerré los ojos, pero el hormigueo y el tremendo dolor que siguió después, me durmió el brazo. Era terrible.
—A mí también me hizo daño, Victoria.
—¿En serio? ¿Por qué le esperaste?
La pulsera que me regaló me dio fuerzas en ese momento.
—Porque estaba enamorada de él. Y cuando se fue, cometí su mismo error —tragué toda la saliva que se me acumuló en la boca—. Acostarme con otro para olvidarle.
Paseó los dedos por el enorme palo de madera.
—¿Ahora es cuando aplaudo? En el fondo, me dan más ganas de acabar contigo y verle encerrado de por vida.
Se dio la vuelta y aproveché el momento para levantarme como pude. Bajo la mesa había una pequeña arma que Doug guardaba.
Mis pasos fueron ruidosos, pero conseguí caer de cintura para arriba sobre la mesa y meter la mano por debajo, hasta tocar la pistola. Victoria tiró de mi cabello y llegó a moverme hasta dejarme, una vez más, tumbada en el suelo.
Pisoteó la mano y me arrebató el arma.
—¿En serio ibas a disparar?
—¡Sí, pedazo de zorra! —grité.
—¡Eh! ¿Qué pasa con la dulce Violet?
—¡Que te follen!
Las ganas de reír se le quitaron al escuchar la puerta principal. Por ella apareció Jeffrey e intentó coger su arma, pero ella fue más rápida.
—¡No! —exclamé, al ver como él se desplomaba en el suelo.
—Uno menos —dijo Victoria.
Arrastró lentamente el cuerpo herido del padre de Doug.
Con esa sonrisa macabra se acercó hasta mí para que fuera parte del espectáculo.
Los gritos no sirvieron de mucho; disfrutaba con mis súplicas.
Con toda la frialdad del mundo rebuscó en los armarios de la cocina hasta hacerse con un arma lo suficientemente eficaz.
—Señor Belcher —intenté reanimarle.
Sangraba muchísimo por la herida de bala.
—Tiene que despertar —conseguí darle un golpecito en su costado. Él se movió, poco a poco, estaba muy débil—. No se preocupe. Vendrán a por nosotros.
—No… no lo creo.
Agrandé los ojos.
—¿Qué?
—No lle… llegué a avisar.
Intentaba detener la hemorragia con las manos.
Victoria volvió hasta nosotros sigilosamente y clavó la punta del cuchillo en la herida de Belcher. El hombre gritó con todas sus fuerzas. Retorciéndose de dolor, no podía distinguir mis gritos de angustia con la carcajada de aquella loca.
Se arrodilló delante de él y penetró un poco más la plateada hoja.
—¡Detente, Victoria!
—¡So… socorro!
Parecía que nos había escuchado a ambos, pero en vez de alejar el arma lejos del cuerpo del comisario, volvió a clavarla. En esa ocasión, fue directa al pecho. Presionó un par de veces, asegurándose que le había atravesado.
Los labios de Belcher quedaron empapados de sangre mientras que sus ojos estaban desorbitados, y me miraban con miedo. Victoria jugueteó con su cabeza y, en ese mismo instante, nos dimos cuenta de que ese pobre hombre deseaba más que nunca la muerte.
No quería ver aquello. Ver al padre de la persona que amaba, agonizando… Pero Victoria me obligó a mirarlo. Se puso detrás de mí y tiró de mi cabello.
—Deja de llorar. ¿No quieres ver cómo muere tu querido suegro? Es divertido, Violet —sacudí la cabeza—. Me gusta el espesor de la sangre. ¿No tiene un color precioso?
—¡Estás loca! Vas a pagar por todo esto.
—Recuerdo las veces que me llamaron loca. Todos los que lo hicieron —rio— acabaron muertos.
La ira me dio fuerzas; me alcé del suelo para tirarme contra esa guarra trastornada. Sobre su cuerpo, intenté quitarle el arma con la única mano que podía mover, pero era casi imposible.
Forcejeamos hasta que consiguió tener el control.
—¡Mátame ya! —Pedí.
Posó el cuchillo en mi yugular.
—Es terrible que Doug no pueda ver esto.
Escupí sobre el rostro de Victoria.
—Te pudrirás en la cárcel. Te espero en el infierno.
—¡Nunca!
Y antes de que presionara, me moví hasta golpear su antebrazo y arrebatarle el arma que utilizó contra el padre de Douglas.
Aproveché el momento para quedarme detrás de ella y detenerla de la misma manera que hubiera hecho esa psicópata; La apuñalé bajo la columna dorsal.
Sus gritos solo me ayudaron a tener más fuerzas para retorcer el cuchillo, y permitir que profundizara.