Capítulo 22
Tardé horas y horas hasta que me dejaron verle. Su abogado lo consiguió.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado al ver el golpe de mi labio. —¡¿Qué te ha pasado?!
Intenté quitarle importancia. Pronto olvidaría el altercado que tuve con esos locos.
—Debería de hacerte yo esa pregunta, Doug. ¿Te están tratando bien?
Estaba segura que él también mentía.
En el fondo éramos muy parecidos, nos protegíamos sin involucrar al otro.
—Muy bien —noté el sarcasmo—. Pequeña, te prometo que yo no…
Suspiré cansada.
—Violet.
—¿Qué?
—Desconfías de mí, ¿verdad?
Estaba cansada de los silencios. De no mirar a la persona que quería directamente a los ojos y armarme de valor para decirle que dudaba de él. Era injusto. Tanto para él como para mí. Prometí no mentirle, al igual que también tuve esa misma promesa.
No era un asesino.
¡No!
Pero había cosas que no encajaban.
—Siento haberte mentido con respecto a Diana. Estuvo en mi coche —confesó por fin—. El día que fui a buscarte al bar borracho. Ella se subió e intentó subirse la falda. La detuve a tiempo. Se fumó un cigarro…
—Tú y yo no estábamos juntos —aclaré.
—Cierto. Pero ella estaba con Brent, y yo estaba enamorado de una cría inquieta que iba detrás de mí lanzándome mil señales para que me fijara en ella. Tú mejor que nadie sabes lo que siento por ti. Necesitaba —suspiró—que confiaras en mí.
Cogí aire.
—He desconfiado, Doug.
—Y no te culpo.
—Temí lo peor.
—Eso no importa —sonrió—. Lo único que te estaba ocultando ya lo sabes. Diana se dejó el paquete de cigarros con la intención de que alguno de los hermanos Johnson lo descubriera.
—Y fui yo.
—Brent no es tan curioso como tú, pequeña.
Reí.
—Lo sé, y también sé que tú no serías capaz de hacerles daño —rocé la punta de su nariz con la mía—. Te conozco. Eres un buen chico.
—¿Pero?
—No hay peros. Nos falta demostrar que no eres el asesino — Hablaría con su abogado—. ¿Cómo pudo llegar hasta allí tu sudadera de los Sharks? El tiempo que estuviste en casa la única que entró fue Diana. Y Diana está muerta.
Apoyó la frente sobre mis dedos.
—No lo sé. Las únicas llaves del piso son las que tenemos nosotros dos —se estaba rindiendo. No quería que tirara la toalla, y menos cuando yo estaría a su lado apoyándolo sin volver a dudar de él—. ¿Quién está detrás de todo esto? Parece todo un profesional.
—No.
—Violet.
—Tendrá algún fallo. Estoy segura.
Se mordió el labio por controlar las ganas que teníamos ambos de besarnos.
—Desde aquí dentro no puedo protegerte. Y el asesino sigue ahí afuera.
—No tengo miedo —gruñí—. Necesito que cacen a ese mal nacido que te está haciendo la vida imposible.
Me retuvo del brazo en un intento de apartarme.
—Se acabó el juego de ser detective por unas horas, Violet — sus rasgos se pusieron más serios. —No quiero que te pase nada malo. Vete a casa.
Me quedaba un minuto.
—Cualquier cosa, Violet, cualquier cosa llama a mi padre. Él está intentando buscar alguna pista por su parte y encontrar a ese hijo de la gran puta.
—Sí.
—Te quiero, pequeña.
Nos separaron bruscamente.
El tiempo acabó.
—¡Yo también te quiero!
La pesadilla que estábamos viviendo no era algo que se le podía desear ni a tu peor enemigo. Había un asesino suelto y todos pensaban que estaba entre rejas.
¡Qué equivocados que estaban!
Pero no fui a casa de mis padres. Inconscientemente me fui a nuestro piso. Mi móvil no dejaba de sonar. En todo momento mantuve la luz del piso apagada.
Me quedé adormilada hasta que me sobresaltó el sonido de la cerradura. Douglas había vuelto, le habían soltado. Se había solucionado todo.
Aunque no era Doug. Una sombra se acercó y me golpeó con algo en la nuca.
Sentí un fuerte golpe en mi costado.
Todo se tornó oscuro.
Esa persona se tendió junto a mí.
Pestañeé ante un intento de no quedarme dormida.
Vi sus ojos.
Intenté susurrar su nombre.
Pero…
Más oscuridad.