Nuestro secreto Capítulo 20
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Capítulo 20

Desperté con la necesidad de sus brazos; al abrir los ojos me hubiera gustado ver esa hermosa sonrisa que me hacía perder el control y besar aquellos carnosos labios.

Pero al otro lado de la cama no había nadie. No estaba el calor de Doug. Después de hacer el amor salvajemente, dormí toda la noche. Cogí la primera camisa que asomaba del armario, me abrigué y salí para reunirme junto a él. Estaba hablando por teléfono.

Su rostro de preocupación me alertó; aquella llamada no parecía traer buenas noticias.

Algo estaba pasando. ¿Otro asesinato? ¿El psicópata se había escapado?

¿Alguna amenaza que ponía la vida en peligro de alguna persona?

Me acerqué a él. De puntillas, besé sus labios antes de preguntarle qué le pasaba.

Acunó mis mejillas entre sus manos y con una sonrisa forzada presionó su boca sobre la mía.

—¿Cuéntame?

—¿Qué quieres que te cuente? —alzó una ceja.

Crucé los brazos bajo el pecho.

—No te hagas el tonto, Doug. He escuchado la llamada. Parece que vas a salir —tiré de la chaqueta que llevaba puesta y removí su cabello castaño—. ¿Adónde vas? Si sales por esa puerta, saldré contigo. Aquí no me quedo sola.

Su risa fue sincera.

—Recuerdo las veces que salías detrás de mí cuando eras una mocosa. Tu hermano y yo te decíamos que no nos siguieras y volvieras a casa—deslizó lentamente los nudillos por mi piel—. Tengo que salir un momento; no te preocupes. Estás segura. Volveré enseguida.

—No va a pasarme nada malo —tuvo la necesidad de interrumpirme, pero puse un dedo sobre sus labios y seguí hablando—.

Creo que se lo dejamos bien claro a Brent.

Estaré junto a ti en todo momento. No pienso quedarme aquí sola esperando a que un asesino llame a la puerta.

¿Y bien? ¿Vas a contarme las últimas novedades?

—¿Cómo consigues salirte con la tuya?

Sonreí.

—Porque estás completamente enamorado de mí, al igual que yo de ti. No le veo nada malo unir placer con trabajo.

—Pero este trabajo es peligroso —y comprendí que se pusiera serio de nuevo.

—Tienes toda la razón. Ahí afuera hay un loco asesinando a mujeres inocentes. Confía en mí, Doug. Tú mismo dijiste que yo también era parte de sus planes.

—Es Victoria —accedió a hablar.

Agrandé los ojos. Temí lo peor.

—Ha desaparecido. Dos hombres estaban junto a ella en el bar, pero aseguran que desapareció misteriosamente y nadie sabe dónde puede estar.

Ni en su pequeña oficina, ni en su apartamento —por eso quería salir a las cuatro de la madrugada —.

Todavía no hay orden de limpiar la zona.

Tal vez esté con alguien, tal vez haya salido por algún motivo.

—Pero tú quieres ir a buscarla, ¿verdad? Yo voy contigo.

Asia sonaba de fondo. Doug escogió Heat of the moment, una de sus canciones favoritas. A pesar de la música, el ambiente dentro del coche era tenso. Iba demasiado deprisa; solo faltaba que tuviéramos un accidente, pero no quise ponerle nervioso y me callé.

Comencé a buscar algo que comer, un caramelo, un chicle…

al abrir un pequeño compartimento del salpicadero del coche, me encontré con un paquete de cigarros y un mechero de color rosa.

No lo pude evitar, recordé que la única persona cercana a nosotros dos que fumaba era Diana; el mechero delataba el resto…

Me hubiera dirigido a ella como esa zorra que se interponía entre nosotros dos y además jodió la vida de mi hermano, pero no podía olvidar que estaba muerta.

¿Doug la había llevado a su coche? ¿Realmente me lo contó todo?

Y si seguía insistiendo no sabía qué llegaría a pasar.

—¿Y este paquete de cigarros? —jugueteé con la cajetilla.

Lo miró un momento y volvió la vista a la carretera.

—No es lo que piensas, Violet.

—Confío en ti. Nada de secretos. No vamos a ocultarnos nada más —se lo había dicho un par de veces, y no era consciente de ello—. Le dijiste que nos dejara en paz. ¿Por qué ha llegado esto hasta aquí?

Paró bruscamente el coche. Mi cuerpo se echó hacia delante con violencia y después impactó con el sillón. Sentí un dolor en el cuello.

—¡¿Te has vuelto loco?!

—¡En realidad estoy cansado de que me repitas las cosas una y otra vez! ¿Es que no me escuchas, Violet? Entre Diana y yo no ha pasado nada. ¡¿Qué pretendes que te diga… que me la volví a follar?! ¿Es eso? —siguió gritando. Esos nervios no eran normales en él. —No pasó nada, ¿te ha quedado claro?

Su rostro enrojeció por la presión.

—Cálmate —le pedí.

Si volvía a gritarme, le golpearía.

—¿Qué me calme? ¿Qué me calme? —repitió una vez más. — Ponte en mi lugar. Están matando a todas las mujeres que han tenido un vínculo conmigo. Y ahora Victoria. Pero tú, lo único que me pides es que me calme.

—Te equivocas. Quiero respuestas.

—¿Respuestas? —soltó una carcajada—. Todos queremos respuestas. Necesito que todo esto termine. ¿Lo entiendes?

Lo entendía.

Volvió a poner en marcha el coche. Los minutos parecieron horas.

Cada uno iba enfrascado en sus propios pensamientos.

Hablar de mis miedos era contraproducente.

Ese silencio llenaba mi vacío de miles de preguntas.

¿Por qué quería matar a esas mujeres que tanto tenían que ver con ambos?

¿Por qué siempre aparecían pistas que involucraban a Doug?

¿Por qué sentía ese terrible dolor en mi pecho?

Las luces delanteras se apagaron cuando llegamos al bar. Salí del coche en la dirección contraria a Doug. Estaba enfadada con él, no quería volver a discutir.

Entré en el bar sin hacer ruido, ese silencio me extrañaba.

Estaba acostumbrada a la música, los clientes, los camareros, el sonido de los vasos chocando con la barra.

Sentí un escalofrío, pero no hice caso a mi instinto.

Avancé y con la linterna vi algo detrás de la barra.

Con el pulso tembloroso moví la muñeca y apunté el suelo con la linterna.

Retuve un grito. Mis pensamientos querían huir de la realidad ya que un líquido viscoso dibujaba un macabro reguero de sangre que llevaba hasta un cuerpo inerte de otra mujer muerta.

Tenía los ojos abiertos y los labios ensangrentados. Había un hacha a su lado, seguramente con la que se habían realizado los profundos cortes que surcaban de su estómago. Era Elle.

¡Dios mío, Elle!

Una mujer que se dejaba la vida por trabajar, que reía y se esforzaba por sacar adelante a su hija. Elle. Aquella mujer con quien tantas veces compartí horas de trabajo, ahora estaba muerta.

Me tapé los ojos con horror y comencé a llorar.

Había un olor nauseabundo en todo el local. Una pequeña gota resbaló por mi frente, luego otra y otra. Mi cuerpo decía que saliera de allí en busca de Doug, pero otra gota más llamó mi atención. Miré al techo y un aullido de terror rasgó todas mis cuerdas vocales.

Grité con todas mis fuerzas.

Por encima de mí, sostenida por unas cadenas metálicas alrededor de su cuerpo, Kayla estaba colgada en el techo completamente ensangrentada. A diferencia de Elle, su cuerpo seguía unido, pero un corte profundo en su vientre dejaba asomar sus vísceras.

Me tapé la boca con la palma de mi mano, aunque no me sirvió de mucho y acabé vomitando.

El ladrido de un perro me volvió a la realidad. Y sentí más nauseas al ver como lamía el charco de sangre.

—¡Apártate de ahí, chucho! —grité, pero no me hizo caso. Un nuevo grito me devolvió a otra realidad. Salí corriendo por

la parte trasera. ¿Dónde estaba Doug? A lo lejos había un objeto y me acerqué. Se trataba de un bolso de Louis Vuitton.

—¿Victoria? —tenía que estar cerca, estaba segura. Ella no dejaría su bolso tirado— ¡¿Victoria?! ¿Estás bien?

Los ladridos de perro sonaban cada vez más fuertes.

—¿Vic…?

Entonces, escuché un sonido muy diferente al aullido del perro.

Una persona se quejaba de dolor, como si se estuviera despertando después de un fuerte golpe.

Seguí alzando la voz, pidiendo que intentara comunicarse conmigo para encontrarla y poder ayudarla.

Lentamente, la voz de Victoria sonó cercana. Muy cercana.

—¡Ayuda! —pero el grito vino de detrás.

Salí corriendo. Seguramente, Doug también la escuchó.

Pero al llegar junto al débil cuerpo de Victoria, ambas estábamos solas.

¿Dónde estaba él? Me arrodillé para poder levantarla del suelo.

Su flequillo estaba echado hacia atrás y aprecié mejor la línea de sangre que le caía hasta el ojo derecho. Tenía un fuerte golpe en la cabeza.

Lloró. De miedo o de impotencia, pero no dejaba de derramar lágrimas. Arrodillada, la cogí entre mis brazos. Le tendí una botella de agua y bebió un buen trago. Su pierna estaba también fracturada.

—¡El dolor me está matando! —no podía dejar de temblar—. ¿Cómo me has encontrado?

No respondí a su pregunta.

Le hice otra.

—¿Le llegaste a ver? ¿Viste a la persona que te atacó?

Una mujer tan fuerte como ella, y el miedo reflejado en su rostro la había consumido en cuestión de horas.

—No me acuerdo.

—¿De nada?

—Sí. No. No lo sé, Violet —se quitó como pudo los tacones e hi ce una llamada para que vinieran a buscarnos—. Era un hombre.

—¿Pueden enviar una ambulancia? Sí, a esta dirección, por favor. Hay una mujer herida. Tiene un golpe en la cabeza y…

Victoria me quitó el teléfono. Aún herida demostraba que quería mandar.

—Ambas le conocemos.

—¿Qué quieres decir? —me obligó a que colgara la llamada, pero ya habrían localizado nuestra ubicación. —Estoy asustada. Y tú también deberías estarlo.

—Es normal que tengas miedo. Ese puto loco ha matado a mujeres por el simple hecho de haber tenido una relación sentimental con Doug…

—¡No digas su nombre! —se tapó los oídos con la palma de la mano.

—Cálmate, Victoria. Doug nos ayudará.

—No quiero ir con él.

No entendía esa respuesta.

Cierto que estaba enfadada con él porque había perdido en esta relación, pero de ahí a no verlo justo en ese momento...

No hizo falta llamarle, Doug apareció y no iba solo.

Llevaba un cuerpo entre sus brazos. Era el de otra mujer.

Mis labios quedaron ocultos por mis manos al darme cuenta de quién era ese cuerpo sin vida. Emily. ¡Qué horror!

Emily tampoco estaba en la lista de Doug. La tendió en el suelo y la ocultó con su abrigo.

Lo poco que vi de la camarera fue su cabello empapado de sangre y sus ojos en blanco. Me quedé sin aire. Comencé a llorar con desesperación. Era una buena chica. No merecía morir y menos de aquella terrible manera.

—¿Vico, estás bien?

—No me toques —gritó a todo pulmón—. No me pongas una mano encima.

Estaba histérica.

Ni Doug ni yo comprendimos que estaba pasando.

Se escucharon unas sirenas a lo lejos. Dos coches de policía y una ambulancia se acercaban.

Todo fue muy rápido. Comenzaron a atender a las heridas. Antes de que se cerrara la puerta de la ambulancia, Victoria me agarró con fuerza y se acercó a mi oído.

—Es él, el asesino, estúpida. Se trata de tu nuevo novio —estaba mintiendo. No podía ser verdad—. Lo vi. Era él, Violet. Era Doug.

Se me heló la sangre. Las manos me temblaban. Victoria estaba bajo un terrible shock , no sabía lo que decía.

—Acompáñame, y te contaré todo lo que pasó.

Iba a subir cuando una mano en el hombro me retuvo. Su más de metro ochenta y su inconfundible perfume de Guerlain le delataban. Le dije que me iba con Victoria y no lo entendió. O tal vez sí al ver mis ojos de pánico.

—No vayas con ella.

—¿Por qué no? —pregunté sin mirarlo a los ojos.

Silencio.

Y los silencios no eran buenos.

Bajé la cabeza, posé la mano sobre la suya. Después de una caricia contra su piel, con los labios apretados en un intento de silenciar cada palabra, me subí en el vehículo y me acomodé junto a Victoria.

—¿Violet Johnson? —me levanté del asiento. — Puede entrar a ver a la paciente. Nos ha pedido que no la sedemos. No quiere quedarse dormida.

—¿Y le han hecho caso? Está histérica por el miedo.

La enfermera miró el informe.

—El médico me lo comunicó y tengo que respetar su decisión.

Está en la habitación 520.

Victoria permanecía en la cama con los ojos idos. Su mirada me daba miedo.

—Estás enamorada.

—Siempre he estado enamorada —le corregí.

—Deja a un lado tus sentimientos y piensa en Doug como una persona que comete errores como los demás —intentó pasar uno de los enormes cojines blancos por detrás de su espalda.

Acabé haciéndolo yo—. Salí unos minutos del bar para tranquilizarme.

Después de la muerte de Diana y esos hombres siguiéndome a todas partes me estaba volviendo loca.

La interrumpí.

—¿Diana y tú desde cuándo erais amigas?

Soltó una carcajada.

—Esa loca se acercó a mí porque quería separarte de Douglas —se cruzó de brazos—. Vosotros dos podéis hacer lo que queráis. Pero escúchame bien. No sé qué pasó en Afganistán, pero está loco. ¡Completamente loco!

—Él no ha matado a nadie.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has estado con él las 24 horas del día?

No respondí.

—¿Recuerdas la sudadera favorita de Doug de los Sharks ? — asentí con la cabeza. —Pues esa persona la llevaba puesta. Era él. ¡Era él!

No.

No.

Y mil veces no.

Era inocente. Estaba completamente segura.

Un policía entró en la habitación interrumpiéndonos. Se quitó la gorra y nos dio la última noticia.

—Han detenido a Douglas Belcher —me levanté del asiento—. La última víctima tenía fibra sintética entre las uñas. Era una de las sudaderas de él. Lo siento, Violet.

Salí corriendo.