Nuestro secreto Capítulo 17
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Capítulo 17

Me dijo que había pasado toda la tarde trabajando en la comisaria.

En las noticias dieron muchos más detalles, cada cual más escabroso.

Mi cabeza no paraba de repetir que Doug únicamente tenía una conexión con esas mujeres porque durante su adolescencia había tenido relaciones sexuales con ellas. Una simple y macabra casualidad.

Pero, ¿por qué justo ellas?

Los asesinatos habían cambiado de golpe aquella romántica atmósfera en la que estábamos.

El destino no quería darnos una tregua. Un frío y extraño silencio se había apoderado de los dos.

Enfrascados en nuestros pensamientos, ninguno verbalizábamos lo que pensábamos, lo que sentíamos…

Él permanecía callado y yo estaba deseando conocer alguna pista más, algo que calmara mi angustia.

Doug tenía que haber averiguado algo en el trabajo sobre los asesinatos, pero no contaba nada.

Ese silencio me desesperaba. Impaciente, sin poder reprimirme más, volví a la carga.

—¿Qué está pasando?

—No lo sé —dijo rápidamente.

Estaba claro que no quería hablar. Cogí una bocanada de aire. Mis nudillos se tornaron en un tono blanco pálido de tanto apretar el puño. Mi actitud estaba cambiando con respecto a él. Me sentía incomoda, nerviosa… histérica. Quería respuestas y solo obtenía silencios.

—¿Has trabajado junto a tu padre? —escuché de fondo un «sí». Intenté aparentar tranquilidad, aunque mis hombros en tensión delataban lo nerviosa que estaba. — ¿Sobre los asesinatos?

—Estuve unas horas junto a mi padre. No sé nada. —¿Estaba diciendo la verdad? —. Pero discutí con él…y…

—¿Y?

Otra vez su impaciencia y ese pronto…

—Salí de comisaria antes de acabar mi turno de trabajo —confesó.

Entonces recordé las hermosas y enormes rosas que me trajo y yo acomodé en un jarrón que sirvió de centro de mesa para la cena. Todo había cambiado desde entonces. Tragué saliva con dificultad para evitar llorar. Noté que la garganta se me secaba. Me faltaba el aire.

—¿Dónde estuviste y con quién?

—Violet…

—¡Habla! —parecía una novia celosa, pero sentía que había demasiadas nubes oscuras entre nosotros. Su mirada esquiva le delataba. Algo ocultaba. —Estoy esperando, Douglas.

Dio unos pasos directos hacia a mí, pero me aparté inmediatamente. No quería su mano sobre mi hombro para que me consolara.

—Estuve con Diana —lo sabía, lo intuía, lo presentía—, solo hemos hablado. Te lo prometo. Desde que hemos llegado no deja de mandarme mensajes. Violet, pequeña, por favor, mírame. Tienes que creerme.

¿Mirarle?

Tenía miedo.

Miedo porque estaba diciendo la verdad. Una verdad que no deseaba escuchar.

—¿Qué le has dicho? —pregunté y dejé que el contacto de su piel rozara la mía.

—Qué nos dejara en paz. Intenté hacerla razonar, le dije que ahora estaba contigo… Bastante daño le hemos hecho a Brent. Debí de habérselo dicho hace mucho tiempo —toqué sus dedos—. He perdido a mi mejor amigo por mis mentiras…

Mi teléfono móvil vibró sobre la mesa auxiliar.

—¿Y crees que se ha dado por vencida? Eres un ingenuo.

—Sí.

—¿De verdad la crees? —le miré a los ojos. Doug me abrazó.

Recogió mi cabello antes de besarme.

—No lo sé. Está obsesionada, pero después de nuestra conversación espero que entre en razón.

—Tenemos que hacer algo. ¡Está loca!

—Ven conmigo, Violet. Olvidémonos de todo. Solo fue un desliz. Pasó hace siglos. Si ella no lo quiere entender es su problema.

—Pero, Doug…—quería contarle lo de los mensajes, pero le vi tan hundido que no pude— ¿Estás cansado?

—Estoy agotado. Algo gordo está pasando en Lynchburg, y mi padre no quiere decirme nada —cogió mi mano guiándome hasta la habitación—. Será mejor que vayamos a dormir. Mañana me levantaré pronto. —Nos detuvimos en la puerta antes de entrar—. Violet, te prometo que no volveré a verla nunca más.

Forcé una sonrisa.

—Quiero creerte.

—Créeme, por favor.

Volvió a besarme.

—Te quiero —susurró contra mi boca.

—Y yo a ti.

Hicimos el amor con prisas, casi diría que con desesperación. Me sentía rehén de mis sentimientos. Quería seguir allí con él, pero también deseaba escapar de tantas mentiras. Esperé a que se quedara dormido y me encerré en el baño. Saqué mi móvil y miré los mensajes por inercia.

MENSAJE DE TEXTO:

«Zorra. –Diana.»

Lo estaba consiguiendo.

Tenía toda mi atención.

MENSAJE DE TEXTO:

«¡Estás loca! Doug ya te ha dicho que te olvides de él.

¿Qué quieres de nosotros? Déjanos en paz o sabrás quien soy yo. –Violet.»

Eran las dos de la mañana y no creí que respondería. Sentada en el suelo y con la espalda apoyada en la pared, esperé unos minutos mirando fijamente la pantalla. De repente, sonó el vibrador.

MENSAJE DE TEXTO:

«Eres una pequeña puta.

No voy a parar hasta destruir tu felicidad. –Diana.»

Fue un impulso, lo sé. No sé cómo se me ocurrió. Me puse unos vaqueros y salí de casa sin hacer ruido. Doug dormía. Y yo tenía una conversación pendiente. A Diana se le iban a pasar las ganas para siempre de meterse donde no debía. Se iba a enterar de quién era Violet.

MENSAJE DE TEXTO:

« Me has quitado a Brent.

Ahora pretendes quedarte con Doug. Eres una zorra muy egoísta –Diana.»

El teléfono siguió vibrando en la palma de mi mano.

MENSAJE DE TEXTO:

« Te arrepentirás. –Violet.»

Fue mi último mensaje antes de llamar a su puerta.

Estaba enfurecida, harta de ella. Y con una sonrisa de rabia, presioné el pequeño timbre rojo que había junto a la puerta de la casa de Diana.

Por suerte, era una casa con un pequeño terreno y los vecinos más cercanos no escucharían el escándalo que estaba a punto de montar.

Cuando la puerta se abrió, puse un pie impidiéndole que siguiera huyendo de mí.

Ahora no tenía el móvil como pantalla protectora.

—La pequeña zorra ha tenido el valor de venir hasta aquí —me insultaba detrás de una puerta, protegiéndose.

Reí.

—Veo que sigues teniendo el mismo valor que en tus mensajes de texto. ¿No querías hablar conmigo? Aquí me tienes.

Su rostro volvió a cambiar.

Si Brent o Doug se enteraban que estaba allí, alguno de los dos se enfadaría.

Pero estaba cansada que toda esa gente nos jodiera la vida de aquella forma.

Todos teníamos el derecho de ser felices.

Yo fui parte –indirectamente de destrozar el corazón de Brent.

Se acabó. Mi hermano y Doug eran lo más importante de mi vida.

Diana no seguiría en medio de todos como si nada.

—¡Abre la maldita puerta! —empujé con todas mis fuerzas— Y acabemos de una vez lo que comenzaste en el momento que te metiste en la cama de Doug.

No le quedó de otra que dejarme pasar. La puerta se cerró detrás de mí y seguí sus pasos. Con una ceja enarcada y los labios apretados observé cada movimiento.

—¿Qué vas a hacerme? ¿Pegarme? Te recuerdo que ya me amenazaste una vez —rio—. Con todo lo que está pasando podrías acabar en la cárcel como sospechosa de asesinato.

—No me importa —recogí su móvil y se lo tiré para que lo cogiera—. Puedes grabar la conversación. Te doy permiso.

A Diana no le gustaba perder.

—Aléjate de él.

—Es gracioso que tú me pidas eso —y aluciné al ver una fotografía de Doug sobre un viejo piano. Estaba recortada. —Estás obsesionada.

—Tú eres la maldita cría que lleva detrás de él desde hace años. ¡Doug no te soporta! —gritó a todo pulmón—. Estoy segura de que Victoria piensa igual que yo.

Cogió un cigarrillo y lo encendió tranquilamente.

—No creo. Pero, ¿y si así fuera? ¿Qué me importa lo que penséis ambas de mí?

—Todo el mundo te odia, Violet. Eres la hija de Davis. Una fracasada como él.

Fue sarcástica, pero no me hacían daño sus palabras.

—Cuando te follaste a Doug, Brent no fue el único al que engañaron —me acerqué un poco más—. Victoria salía con él.

«Pedazo de estúpida» —pensé.

—¡Da igual! ¡Da igual! ¡Da igual! —¿cómo podía ser tan inmadura? — Tú deberías de haber sido una de esas zorras que han muerto.

El cigarrillo abandonó sus labios y Diana se aproximó hasta mí. En un cerrar de ojos la tuve delante de mí; cuando intenté alejarme de su lado, al darme cuenta de lo que estaba a punto de hacer, sus uñas ya habían marcado mi piel.

—¡¿Qué haces?! —toqué la herida que me acababa de hacer. Estaba sangrando. Riendo, encendió otro cigarro—. No sabes cuánto me alegro de saber que Brent está lejos de una loca como tú.

—Vas a morir —tarareó—. Violet va a morir. ¡Vas a morir!

Cada vez gritaba más fuerte.

No podía controlar mis nervios.

—¡Cállate! —no debí ponerme a su altura.

—¡Morirás!

Viendo hacia donde iba sentí miedo; no debí de haberme presentado en su hogar.

—Acabarán con tu vida al igual que han hecho con Adelaida y Taylor.

—Necesitas ayuda, Diana —di media vuelta, pero me retuvo—. Suéltame.

Negó con la cabeza.

—Doug será mío —gritó.

—¡No! —di un respingo y mis movimientos se volvieron bruscos.

Zarandeé su cuerpo antes y lo empujé lejos del mío.

Dio unos pasos hacia atrás. Sus pies se cruzaron, provocando que se derrumbara contra el suelo.

Lo peor de todo fue que su cabeza impactó con el pequeño taburete que había bajo el piano.

El golpe fue tan fuerte que escuché un gemido de dolor por parte de Diana.

Con la mano temblorosa y movimientos lentos, se tocó la nuca.

Al bajar el brazo apareció un reguero de sangre.

Me quedé paralizada. Los ojos de Diana se cerraron.

Estaba tan asustada, que en vez de ayudarla o llamar a un médico, salí corriendo sin mirar atrás.

Escogí un camino muy diferente al que había cogido cuando me dirigí al hogar de Diana.

Y corrí, corrí lo más rápido que pude. Recordé que siempre que estaba asustada, terminaba en los brazos de mi madre mientras que mis lágrimas humedecían la tela de su falda.

Recordé como cerraba los ojos cada vez que acariciaban mi cabello. Y más tarde, esos miedos, desaparecían.

En silencio entré en mi hogar. Con mucho cuidado de no despertar a nadie, llegué hasta mi habitación y permanecí muy quieta y acurrucada.

Así debí estar horas y horas. La claridad de la mañana empezó a colarse por mi ventana, recordándome que había perdido la oportunidad de cerrar los ojos y descansar un rato antes de quedar delante de mi hermano y contarle lo que había pasado con Diana.

La risa de mamá provocó que me levantara de la cama de golpe.

Di unos cuantos pasos, y en un intento de memorizar cada palabra que soltaría después de soltar un buenos días , me quedé muda al estar delante de ellos dos.

Brent dejó de tomar su café recién hecho mientras que observaba como unos brazos rodeaban mi cuello y relajaban mi cuerpo.

Estaba llorando en el hombro de mi madre.

—¿Ha pasado algo, Violet?

Seguramente, pensó que había discutido con Doug.

—No.

—Cariño, cuéntame qué te preocupa. Soy tu madre —me sentó con cuidado a su lado. Llenó mi taza con café y la sostuvo para que la cogiera. Esa dulce sonrisa no llegaba a ayudarme como cuando era pequeña—. ¿Estás bien?

Miré de reojo a Brent.

Que mi hermano siguiera en silencio llegaba a ponerme nerviosa.

—Creo que he cometido un crimen.

Toda esa sangre me hizo pensar en la barbaridad que había hecho; no solo le hice daño, también salí huyendo. Había dejado a una persona moribunda cuando más necesitaba mi ayuda.

Brent arrastró la silla hacia atrás y se acercó hasta nosotras dos. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Su hermana pequeña se había manchado las manos con sangre?

Ellos merecían saber la verdad. Todo lo que pasó esa noche.

La discusión con Diana. El forcejeó y la caída de ella.

Pero no me dio tiempo a explicárselo porque al momento se oyó el timbre, noté que la herida de mi mejilla seguía sangrando.

A lo lejos, entrando con tranquilidad, diferencié la figura de Jeffrey Belcher.

—Violet Johnson Hess, queda detenida —anunció.

Mi madre y mi hermano dieron un paso hacia delante para protegerme.

—Os estáis equivocando —Brent empujó a un hombre de la autoridad.

—Tu hermana ha asesinado a una mujer.

¿Diana estaba muerta?

—Léele sus derechos —le pidió el jefe de policía.

—Tiene derecho a permanecer en silencio.

Cualquier cosa que diga podrá ser usada en su contra ante un tribunal.

Tiene derecho a consultar a un abogado y/o a tener a uno presente cuando sea interrogada por la policía.

Si no puede contratar a un abogado, le será designado uno de oficio para representarla.

—¡No se la pueden llevar! —me asustaba más que le sucediera algo a mi madre por el ataque de pánico que estaba teniendo, que yo acabara en prisión—. Por favor, mi hija no ha hecho nada malo.

Pasaron los brazos por detrás de mi espalda, y las heladas esposas rodearon mis muñecas. Miré directamente a los claros ojos de Brent.

—Lo siento —le dije—. No quería hacerle daño.

—Violet…

—Lo siento.

Salimos por la puerta, y al llegar hasta el vehículo que nos llevaría hasta la comisaria, la prensa nos alcanzó antes de tiempo. Cubrieron mi cabeza con un fino abrigo azul marino. Seguí los pasos de los agentes e hice lo que me pidieron.

—Hasta que no venga tu abogado no digas nada.

Y así hice.

Callé.